Bestia (Mafia Italiana 3) QUINCE
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QUINCE

BESTIA

E nnio conduce fuera de mi vista. En su lugar, aparece el coche al que no he quitado ojo en todo el camino. Ahí viene el traidor de mi hermano y la puta que me pertenece.

Los cristales tintados hacen que mi urgencia por saber qué está pasando dentro de ese chasis empeore mi estado de autocontrol.

Escucho la puerta abriéndose. Ciro aparece primero en mi visión advirtiéndome con sus ojos entrecerrados.

Yo sonrío de forma perversa porque dentro de poco lo tendré todo bajo control.

Tras él, se baja Bella, que me fulmina con la mirada. Maldita zorra. Se cree que el capullo de mi hermano puede protegerla de mí. Ilusa. Nadie puede conmigo. Nadie.

Inhalo cuando pasa por mi lado y su maldito olor corporal me llega. Todo de ella me llama. Me atrapa. Me he vuelto adicto a ella. Joder.

—Bella… —pronuncio con voz ronca al ver que no se para conmigo y que sigue el camino.

Levanta la barbilla con altivez. Su espalda se yergue y echa los hombros hacia atrás. Es una reina. Pero es MI reina y acatará mis órdenes cuando me dé la putísima gana.

—Bella —vuelvo a repetir con el tono cargado de amenaza.

—Que te follen, loco de mierda —me suelta con desprecio volviendo la cabeza hacia mí sin dejar de caminar.

Estallo en una carcajada que resuena por todo el lugar como comienzo de mi verdadera locura. Si quieres que sea tu monstruo, lo seré.

Saco la pistola que descansaba sobre el borde de mis pantalones.

La rabia me tiene poseído, la coca me quema las venas. Ya no soy yo. En realidad siempre he sido un animal. Tengo los ojos inyectados en sangre, la mandíbula desencajada y la respiración entrecortada, como un perro rabioso que solo quiere destrozar carne.

Me encamino a ella hecho una furia; el corazón me martillea tan fuerte que creo que me reventará el pecho. La veo subir un escalón. Me vuelve loco de verdad, ocupa cada puto pensamiento traicionero. Ella se vuelve hacia mí y entrecierra los ojos.

¿Apostamos a ver cuánto tiempo pasa antes de que supliques piedad? Zorra.

No doy lugar a que pueda reaccionar, la agarro brutalmente del pelo con una mano, cerca del cuero cabelludo, y tiro con fuerza hacia abajo. Grita de dolor. Su quejido me pone aún más cachondo y furioso al mismo tiempo.

—Mía —le gruño entre dientes; mi voz está rota y desquiciada.

—¿Qué haces, Elio? ¡Para! —suena Ciro a mi espalda, pero ni le miro.

Le pego una patada a la puerta de entrada para no malgastar ni un segundo. La madera choca contra la pared con fuerza y el eco resuena por toda la casa.

—¿Qué está pasando?

Aparece ante mí Cara con la expresión llena de inquietud. Se me pone delante y tengo que hacer una parada en el camino.

—¡Suéltala! —vocifera Ciro a mi espalda.

Me agarra de la espalda para intentar frenarme.

Levanto mi arma con vacile y lleno de decisión.

Apunto a su querida novia. Cara abre los ojos, su rostro está lleno de estupor.

Ares pega un salto y se interpone entre ella y yo.

Su hocico se frunce y abre la boca para enseñarme los colmillos.

Otro traidor de mierda que prefiere a una mujer que acaba de entrar a la familia antes que quien lo ha cuidado toda su vida.

—No me jodas, Elio. No te creo. Has perdido la puta cabeza. No entiendo qué te pasa —suaviza la voz el imbécil de mi hermano.

Me importan una mierda el reproche o la decepción de Ciro, y todas las amenazas que me interponga.

—¡MIAAAAAA! —estallo en un grito feroz.

Mi tono desquiciado hace que todos den un paso atrás. Bella forcejea con mi mano. Lanza patadas al aire que no llegan a ningún lado.

Ares ladra mostrándome su advertencia.

—Voy a someterte ante mí. Voy a disfrutar quebrándote, bella —susurro en su oído con una calma tan fría que resulta aterradora.

Avanzo por la casa pasando por el lado de Cara y su puto guardián de cuatro patas.

Esta no hace ningún intento por detenerme y el lobo tampoco.

A Bella la obligo a caminar a mi lado, deprisa, por el pasillo, arrastrándola del pelo como a un animal.

Sus pies apenas tocan el suelo, tropieza, se tambalea, pero yo no aflojo mi agarre.

Le doy tirones secos para que mantenga el equilibrio, clavándole los dedos en el cuero cabelludo.

Cada vez que grita o forcejea le doy un tirón más fuerte, casi arrancándole los mechones dorados.

—Me prometiste que no la tocarías, Elio —escucho la voz tensa de mi hermano a mi espalda.

—Ya deberías saber que mis promesas no valen una mierda. —Dejo de avanzar para volverme hacia él. Acerco mi rostro al suyo con desafío—. Nunca confíes en un puto monstruo.

Veo por primera vez el terror en el rostro de mi hermano. Evado la punzada de culpa, que es muy pequeña, y la guardo lejos de mi corazón.

Llegamos a las escaleras. Sin pensarlo dos veces, la levanto como un saco de carne y me la echo al hombro.

Patalea como una loca, sus piernas me golpean el abdomen y los costados.

Siento sus uñas clavándose en mi espalda, pero el dolor solo alimenta más esta maldita ira.

Subo los escalones de dos en dos, jadeando.

—¡Suéltame! ¡Por favor! ¡Ayuda! —suplica ella a mi hermano, que corre detrás de nosotros.

Cierro la puerta de mi cuarto de un portazo que retumba en toda la casa. Echo el pestillo. Nadie va a entrar y joderme esto.

La tiro sobre el suelo con violencia. Cae con el pelo revuelto; su expresión es de pura furia. Me inclino hasta el suelo y cojo su barbilla con una mano presionando fuerte.

—Arrodíllate —le escupo en la cara—. Eres mía, siempre fuiste mía, y ahora voy a romper tu maldita integridad.

La rabia, la coca y la obsesión me tienen completamente desquiciado. No hay vuelta atrás.

Bella respira agitada y yo solo me muero por follarla hasta destrozarla.

La paranoia me tiene completamente roto.

Todo da vueltas dentro de mi cabeza como un puto tiovivo.

Escucho voces susurrando que ella lo prefiere a él, que siente lástima por mí.

El corazón me late tan fuerte que creo que me va a explotar.

La droga me ha invadido el cerebro y ahora solo hay rabia, miedo y un deseo animal de dominar, humillar y romper.

Me pongo recto, me limpio la baba de la boca con el dorso de la mano.

—¡De rodillas! ¡Ahora! —bramo con voz rota, desquiciada.

Ella me mira con una rabia tan profunda que estoy seguro de que estará pensando en mil formas de matarme. Le doy una bofetada tan fuerte que le gira la cara. ¿Dónde está esa valentía ahora? ¿Dónde está la que me levantó el puto dedo de mierda?

—¡Que te pongas de rodillas, coño! ¡O te mato aquí mismo!

Se arrodilla despacio. Su rostro está a la altura de mi cintura. Me bajo los pantalones de un tirón para sacar la polla dura ya chorreando. La agarro con fuerza por la base y empiezo a pajearme delante de su cara.

Muevo la mano con agresividad, haciendo un sonido húmedo y obsceno de piel contra piel. La polla se me pone aún más dura. Le escupo a ella, en el rostro, un gargajo espeso que le cae en la mejilla y se desliza hasta su boca.

—Mírame, zorra. Mira lo que me haces —gruño—. Hermana o no, esto no podremos evitarlo. Te follaré cada vez que me dé la puta gana, y tú disfrutarás tanto como yo.

Cierra los ojos con fuerza, evitando lo inevitable. Voy a demostrarle lo equivocada que está. Sigo moviendo la mano, cada vez más rápido. El sonido húmedo y guarro de mi puño subiendo y bajando llena la habitación.

Escucho a mi hermano maldecir tras la puerta. Está muy enfadado. Sonrío porque no me importa nada. Está tan lleno de ira que amenaza con tirar la puerta abajo. Los golpes que recibe la madera cada vez son más fuertes.

—Me desquicia que me rechaces y prefieras a mi puto hermano, Bella —susurro lleno de resentimiento—. Solo yo puedo llamar tu atención. Solo a mí me debes devoción. Si te veo sonreírle otra vez, os cortaré la cabeza de raíz a los dos y me haré un jodido colchón con vuestros huesos.

Me fijo en los pezones de Bella, que se le marcan contra la ropa, se le han puesto duros. Tiene las mejillas rojas y su mirada empieza a fijarse en mi polla. Se muerde el labio inferior sin querer.

—¿Qué coño miras? —espeto con crueldad, acelerando la mano—. ¿Te gusta ver cómo me pajeo? Es tu culpa, Bella. Siempre he estado enfermo, pero tú me llevas al límite. No puedo ni pensar en no tenerte un segundo a mi lado.

Ella no responde, pero abre un poco más la boca, respirando agitada. Aprieta sus muslos, frotándolos entre sí. Está mojándose, la muy zorra está empezando a excitarse con esto.

Eso me pone más rabioso y cruel.

Es un monstruo como yo, y se lo haré ver. Otra en su lugar ya se habría escandalizado hace mucho.

Agarro su pelo con la mano libre y le tiro la cabeza hacia atrás con fuerza, obligándola a mirarme mientras sigo masturbándome como un animal. Mi polla está hinchadísima, la cabeza morada y chorreando.

—Lo reprimes, pero no puedes evitar mojarte como una perra en celo —le digo con asco y placer, escupiéndole otra vez en plena cara—. Y eso que el puto maníaco soy yo.

Ella gime bajito. Sus ojos ya no reflejan odio; tienen deseo.

Le doy una bofetada más suave que antes y sigo masturbándome más fuerte.

—Abre la boca, te voy a marcar y tú vas a disfrutar cada gota, ¿me oyes?

Su cuerpo tiembla, pero ahora es de excitación. Tiene las pupilas dilatadas, las mejillas ardiendo y está claramente cachonda, respirando como si estuviera a punto de correrse solo con verme.

No aguanto más. Gruño como un animal y exploto.

El primer chorro grueso y blanco le cae directo en la boca que la tiene muy abierta y con la lengua fuera; luego se va cayendo por la barbilla.

El segundo le llena la mejilla izquierda.

El tercero sobre los ojos. Sigo sacudiéndomela con violencia, pintándole toda la cara con mi semen.

Mi saliva y mi corrida se mezclan en su rostro.

Una jodida obra de arte.

Ella jadea con la cara completamente cubierta de mis fluidos y veo cómo le brillan los ojos de placer. Se pasa la lengua por los labios, probando la mezcla.

Me quedo mirándola desde arriba, con la polla todavía en la mano, respirando como un toro lleno de furia.

—Buena chica —refriego todos mis fluidos por su rostro con una mano—. No niegues lo evidente, bella . Estás igual de enferma que yo —aseguro un poco más tranquilo.

Nunca más dejaré que la lleve otro en brazos. Y que la toque, menos. Ni siquiera mi propio hermano.

Es mía, joder. Hasta la muerte.