CATORCE
BESTIA
N o se me da bien contenerme. Y sin embargo, desde que Bella está a mi lado, no paro de hacerlo.
No podría ni imaginarse todo lo que guardo en mi interior.
Ciro cree que me controla, pero no hay nada más lejos de la realidad: agacho la cabeza por ella, no por él.
Si de verdad me hubiera enfrentado a ella, habría acabado con un cuchillo atravesándole la garganta.
El culpable de todo es mi maldito hermano.
Él es quien no para de cubrirla, ella se siente más cubierta por él.
Se siente segura. Estando atada también intentó defenderse.
La diferencia es que éramos ella y yo jugando a un juego peligroso pero nuestro.
Que haya una tercera persona en la partida me jode.
¿Estoy celoso de mi propio hermano? Mucho. No quiero que nadie la toque, le hable o respire cerca. Es mía. ¿Qué tengo que hacer para que lo entiendan todos?
¿Hermanos? Me río en su cara. No creo que sea verdad. Si Ciro quiere creer al imbécil de Gepetto, es su problema; yo no caeré en esa trampa. Mi hermano siempre ha sido muy inteligente, más que yo incluso; por eso espero que en algún momento descubra la verdad.
“Hermana”, vuelvo a pensar. Mentira. Y si fuera así, me importa una mierda.
¿No sería convencional? Me la zumba tanto que me resbala cada pensamiento por la punta de la polla.
Tenga mi sangre o no, me la seguiré follando.
Es mía, y así será hasta que llegue el momento de dejar la tierra para entrar en el infierno.
El jet privado ha aterrizado. Estoy ebrio de tanto beber.
Lo necesitaba para soportar la lejanía de su cuerpo con el mío.
Tengo tantas ganas de meterle mi polla en esa boca entreabierta que me quema casi hasta el límite.
Está relajada, durmiendo. La cabeza apoyada sobre el reposabrazos del sillón.
Taddeo sonríe divertido cada vez que me ve mirándola con posesión.
Sabe que me han destrozado todos los planes que tenía con ella y él disfruta del mal ajeno.
Yo haría lo mismo, pero como soy el que está en el lado contrario, no me hace ni puta gracia.
—Espero que tengas lo que te pedí en el motel —le hablo al pasar por su lado.
Él asiente con una risa que posee el caos de una mente trastornada, como la mía. Nos lo pasaremos bien los dos con mi plan. Haré que ella aprenda a la fuerza. Mi obsequio de metal la hará entrar en razón.
Me cuesta bajar los escalones del avión. Tengo la vista nublada. Suelo beber mucho, también drogarme, y nunca pierdo los estribos. Mi cuerpo aguanta todos los asaltos con dignidad; pero esta vez, o el líquido era más fuerte o las alturas han hecho mella en mis órganos.
O simplemente he sido yo bebiendo hasta el jodido límite para no estar en esta maldita realidad. No soporto que siga tan lejos de mí y a la vez tan cerca.
Me dejo caer en el asiento de atrás de uno de los BMW de la organización. Ni si quiera he intentado traerme a MI chica; sé que Ciro no quiere que me acerque a ella de momento.
Ennio conduce, me saluda con brevedad. Taddeo se sienta a mi lado y me enseña con la diversión de siempre una bolsita con coca. Él sí que me sabe cuidar. Si me gustaran los hombres, me habría ido con él. Es el único que me comprende.
Observo desde mi sitio, por la ventanilla, cómo Ciro lleva en brazos a Bella.
Va acurrucada sobre su pecho, adormilada.
Frunzo el entrecejo. Celos, posesión; no sé lo que es, pero me quema tanto por dentro que quiero matarlos a los dos.
A ella por dejarse y a él por hacerlo. Mi hermano está jugando con la muerte.
Nunca había sentido esto por nadie. Soy intenso, dominante y muy absorbente respecto a mi familia, daría mi vida por ellos. Pero este sentimiento de tratarla como si fuera lo más frágil y delicado del planeta y a la vez desear romperla y quebrarla, es nuevo. Tanto que no sé ni qué mierda digo.
Se montan en uno de los coches a unos metros. Mis ojos no pueden parar de escrutar cada detalle. Ella abre los suyos un poco, mira hacia alrededor y se tensa. Los músculos de su cuello se estiran. Mi jodido hermano le habla y ella se tranquiliza al instante. Ahora quiero cortarle la puta lengua.
Taddeo me da un toque en el brazo para indicarme que ha preparado la droga. Cojo un billete que ha enrollado, me inclino, tapo una fosa nasal y aspiro con fuerza. El polvo sube rápido por mi conducto, quemando y raspándome la garganta. El sabor amargo me llena la boca al instante.
Un frío me explota en la cabeza, seguido de un relámpago que me abre los ojos de par en par.
El corazón se me dispara como si quisiera salirse del pecho.
La euforia me barre como una ola caliente.
Me siento invencible, enérgico, más vivo que nunca.
Todo es más nítido. Las luces brillan más.
Mis pensamientos corren a mil por hora por mi mente y me doy cuenta de que ya no los controlo.
Ella lo prefiere a él.
Eres un monstruo, ¿quién te va a querer?
Nunca será tuya.
La rabia crece en mi estómago. Me quema por dentro. Se me tensa la mandíbula hasta doler, se me cierran los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavan en las palmas. La respiración se me acelera, pero no entra aire en los pulmones.
El cielo llora, igual que yo; las gotas de agua me empapan haciendo que se me pegue el pelo a la frente.
El dolor es insoportable. No puedo más. Él me agarra de un mechón del cabello.
Me obliga a que levante el rostro. Siento cómo cada músculo se desgarra.
Mi ano se deforma tanto que pienso que me lo va a partir.
El cabrón pone su pene en mi boca y por mucho que me resista, al tirar de mi cabello, mantiene mi boca hacia arriba.
Frunzo los labios con fuerza. Quiero morirme.
Le he pedido perdón muchas veces, pero dice que esto lo hace por mi bien, para hacerme fuerte.
No quiero llorar, eso es de débiles, pero no puedo evitarlo. Me duele mucho
—Por favor… —le suplico con la voz rota.
Él se carcajea con malicia. Sabía que era perverso, me ha pegado muchas veces, pero esto… Mierda. ¿Por qué? Lo odio. Y me odio a mí.
—Me hubiera gustado que estuvieras consciente, pero no paras de resistirte. Qué lástima —escucho de su asquerosa boca.
Noto un pinchazo en el brazo. ¿Qué me acaban de inyectar?
Recibo otra embestida que me hace mover el cuerpo entero.
Dirijo mis ojos al cielo, buscando ayuda.
Dios mío, si existes, ayúdame. Solo quiero abrazar a mi madre y pedirle perdón por todo.
No sé qué he podido hacer tan grave, pero juro que no lo repetiré. Otra embestida.
—Por favor, parad ya… —suplico llorando.
Quizá sí que haya un Dios ahí arriba. Ha dejado de dolerme y siento el cuerpo adormecido.
Taddeo y Ciro nunca se enterarán de esto, de esto no, esta vez no.
Porque me haría ver débil. Se reirían de mí.
No valgo nada. Nada. Pero no volverá a pasarme porque juro por Dios que no habrá nadie en este mundo peor que yo.
Que tiemble hasta el mismísimo Dios que me ha dejado de lado.
No puedo ni respirar.
En mi mente se instala una nube negra que solo deja lugar a voces que me hacen querer meterle fuego a todo y todos.
El convoy de coches entra por la gran verja de nuestra mansión. El aeródromo está muy cerca de casa. A pocos minutos.
Normalmente, mi cuerpo ya está acostumbrado al polvo blanco.
Taddeo y yo solemos probar la mercancía que llega de nuestros socios.
Pero mezclado con la cantidad ingente que he consumido de alcohol, está siendo una bomba explosiva.
Mi amigo me pide el móvil. Se lo tiendo y a los segundos me lo devuelve.
Me entrega con él un collar de acero. Sonrío como un niño pequeño con un juguete nuevo.
Lo veo relucir bajo la luz de la luna. Luego, se lo devuelvo. Me lo guardará de momento.
Mi coche es el primero en aparcar en la entrada para dejarnos justo en la puerta principal. Ennio, que ha presenciado todo por el espejo retrovisor, nos avisa de que ya hemos llegado.
Abro la manilla con lentitud. Al ponerme de pie, el suelo se tambalea un poco.
Sí que me ha dado fuerte. El efecto está siendo brutal, pero la furia no se ha ido, me invade entera.
Ya no pienso en el placer. Solo quiero destruir.
Matar. La imagen se me clava en la mente con una claridad enfermiza.
Veo mis manos rodeando el cuello de Bella, apretando hasta que los huesos crujan, hasta que los ojos se pongan en blanco.
Imagino la sangre, caliente y a borbotones.
El alivio que sentiría al fin sería exquisito.
Ella es mi problema y los problemas hay que cortarlos de raíz o empeoran.