TRECE
BELLA
E l interior del jet privado desprende una elegancia discreta y exclusiva. Los asientos de cuero son amplios y cómodos. A través de las ventanillas, las estrellas brillan con fuerza en medio de la oscuridad del cielo nocturno.
A miles de metros de altura, aislada del mundo, la sensación es extraña, como si el tiempo se hubiera detenido porque no soy capaz de procesar todo lo vivido.
Bestia tiene un vaso de whisky en la mano; está sentado en la parte delantera junto a Taddeo.
Yo, atrás del todo, intento pasar desapercibida.
Necesito espacio, soledad, pero es en vano.
Elio dirige su mirada hacia mí a cada minuto, cerciorándose de que no me voy de su vista.
Me ha reclamado como si fuera una maldita mascota.
Lobo, que estaba con ellos, se sienta a mi lado. Me ofrece bebida y no la acepto. No quiero nada sin saber qué pretende de mí. Necesito todos mis sentidos alerta, y el alcohol te debilita.
—¿Cómo estás? —me pregunta pareciendo preocupado.
Arqueo una ceja.
—¿Cómo estabas tú cuando te enteraste de todo esto?
Se pasa una mano por el pelo. Exacto. Sin palabras.
Dejo caer la nuca contra el respaldo. Me tapo hasta los hombros con una manta que me dio al comienzo del vuelo.
Cierro los ojos queriendo dar por cerrada la conversación.
Estoy cansada, magullada, exhausta… Necesito espacio para recomponerme.
Ahora mismo no quiero ni pensar en ese tema de Sofía siendo mi madre.
—Sé que no es fácil enterarse de que tu madre está viva y de que tienes familia que siempre ha sido una amenaza para ti y los tuyos —afirma con pesadez.
Sus palabras hacen que abra de nuevo los ojos y los clave en los suyos—.
Solo quiero que sepas que no dejaré que te ocurra nada malo.
Te protegeré al igual que lo hago con Elio y Jasmine.
—No confío en ti —suelto con determinación.
Él asiente conforme.
—Lo entiendo. No hay prisa. Ya lo harás —asegura dedicándome una sonrisa.
No creo. No puedo cambiar todo mi mundo de la noche a la mañana.
Mis valores, mis pensamientos, mis miedos, mis objetivos.
No pueden desaparecer por arte de magia.
Que Sofía sea mi madre no cambia nada. No ha actuado como tal.
Para mí, mi madre sigue muerta. No comprendo cómo pudo abandonar un bebé así de fácil.
Eso no es de ser buena persona, y mucho menos, buena madre.
Estoy rodeada de hipócritas. Mi padre también me debe muchas explicaciones al respecto.
No le perdono que haya podido esconderme un asunto tan importante.
Al parecer, quedan pocos en los que pueda confiar. De momento, solo en Vito, y no estoy segura de ello, porque lo mismo lo sabía y también me lo ocultó.
De repente, caigo en la cuenta.
—Si yo soy tu hermana, también lo soy de Elio, ¿no? —inquiero con el pulso entrando en estado de ebullición.
No hay una pregunta más tonta que esa, pero necesitaba hacerla en voz alta. Ya sé la respuesta antes de que me la dé.
Bestia se entera y se acerca a nosotros con una expresión indescifrable.
—Pues… —contesta Ciro pensativo.
Mi vista se clava en mi opresor. Dios, somos hermanos y hemos… Seguro que eso no lo perdona ni el Dios más benevolente. Cuando pasemos al cielo nos llamarán monstruos depravados y nos enviarán al infierno.
—Déjame a solas con ella —exige Elio.
Su hermano asiente con pesadez y se va hacia la parte delantera.
Lo noto cabizbajo, y me parece que está escondiendo información, tengo buen instinto.
La psicología me ha enseñado mucho. Por ejemplo, la comunicación no verbal.
Pero ¿así es como piensa protegerme? ¿Dejándome en manos del peor de los seres humanos?
Mi odio por Bestia ha aumentado, y más después de saber lo que hemos hecho.
De nuevo, una parte de mí sabe que no debería derivar toda la culpa a él, pero si reconociera que disfruté y que yo tengo elección en esto, acabaré con la poca cordura que me queda.
—Hermaniiiitaaaa —me vacila con prepotencia.
¿Acaso no le importa nada? Está claro que no. Me recuerdo que estoy tratando con un loco. De todas formas, prefiero no entrar en su macabro juego. Estoy dolida con lo de Sofía. Aún debo asimilarlo.
—No estoy para bromas, capullo —suelto girando el rostro para evitarlo.
—Pues al capullo de tu hermano se la sigues poniendo dura —susurra con una serenidad inquietante. Acerca su rostro al mío queriendo intimidarme.
Ahora que él no tiene poder sobre mí, mi rabia toma el control. Me siento con más determinación y seguridad. Se apodera de todo mi ser esa adictiva sensación, dándome la valentía que necesito.
—Pues el capullo va a cascársela con dos piedras —murmuro en tono arrogante—. A mí no me tocas más —aseguro con firmeza acercándome aún más a él para que note que no me amedrento.
Estalla en una carcajada maníaca.
—Cuidado con esa sucia boquita, bella —advierte sin dejar de reírse.
Voy a matarlo. Lo detesto. No lo soporto. Supongo que Ciro puede notarlo en mi expresión, porque se pone entre nosotros. Aleja a su hermano de mí a empujones. El puto loco sigue mirándome con intensidad y una gran sonrisa desquiciada. Le saco el dedo corazón.
—Vete a la mierda —hablo en voz baja, solo yo me escucho.
Pero él ha intuido lo que he dicho porque hace el ademán de acercarse forcejeando con Ciro.
Mis ojos se abren al verlo ido. Viene a por mí.
Se escapa de su hermano y consigue rozar la manta que he puesto por delante de mí como si fuera un escudo inquebrantable.
El hijo de puta me mataría en este momento si tuviera oportunidad. Estoy segura.
Lobo consigue cogerlo por el cuello antes de que llegue a mí. Taddeo también lo apresa contra su cuerpo.
—Mírame. O te calmas o te calmo —le advierte su hermano cogiéndolo con fuerza por la mandíbula y haciendo que aparte su mirada de mí para que la dirija a él.
—Te dije que era mía —habla Elio con una calma que da escalofríos.
—Y me prometiste que no la tocarías —le recuerda Ciro en el mismo tono.
Bestia gruñe exasperado.
Taddeo lo obliga a sentarse delante, a su lado. Subo los pies al sillón y me encojo sobre mi cuerpo. Respiro profundo para calmarme. Intentaré descansar ahora que tienen al gilipollas controlado.
Echo un breve vistazo por última vez al monstruo.
No me quita el ojo. Su mirada está cargada de venganza.
Joder. No sé cómo se la va a cobrar, y eso me aterra.
Espero que Ciro cumpla su palabra y lo controle.
Es el único que veo que puede domarlo. Aunque si no lo hace, ya me encargaré yo de darle su merecido.
Ni de coña podrá conmigo.