ONCE
BELLA
C uando casi me he terminado toda la comida y bebido casi un litro de agua, Elio asiente con la cabeza en silencio desde la silla que hay frente a mí.
Me ha observado todo el tiempo mientras masticaba.
Lejos de incomodarme, ha sonreído cada vez que yo me introducía el sándwich en la boca.
No sé qué es lo que le produce esa satisfacción, si que yo esté alimentándome o cómo lo hacía, porque su vista se dirigía principalmente a mis labios.
Mis conocimientos juegan a mi favor. Sé que Bestia está obsesionado conmigo de una forma insana.
Me lo ha demostrado estas horas. Me ha amenazado, y sí, me ha producido sufrimiento, pero no con maltrato físico.
Me ha abofeteado unas cuantas de veces, pero nada más.
Para mí eso no es nada. He recibido un entrenamiento brutal que no me hace mermar ante estas adversidades.
Nadie soltaría a su víctima ni confiaría en ella. Ni se la follaría ni le daría de comer. Si de verdad quiere matarme, este no es el camino. Pongo la mano en el fuego afirmando que no quiere hacerlo, y me beneficiaré de ello.
—Ahora quiero que abras las piernas —impone mientras coge un producto de la bolsa que trajo.
El último bocado se me queda atascado en la garganta y lucho por tragarlo. Mis extremidades se quedan paralizadas. ¿Va a follarme? Mi sexo palpita con solo ese pensamiento.
“Para”, me riño a mí misma. No debo pensar una cosa y hacer otra. Mi maldito cuerpo no responde a mis órdenes. Odio que ese bastardo tenga ese poder en mí.
Él nota mi perplejidad y su mirada se hace más intensa al acercarse a mí.
—Aunque me gustaría hacer lo que estás pensando, voy a retrasarlo —susurra quitándole el tapón a una crema—. Solo hasta que ese dulce y adictivo coño pueda estar totalmente disponible para su dueño.
Joder. ¿Cómo pueden ponerme tan cachonda esas palabras en esta situación? Llevo buscando toda mi vida este estado de excitación con los chicos y al fin lo he encontrado, quizá por eso mi maldito cuerpo no quiere hacerme caso.
Traidor.
—No te lo repetiré. Abre las piernas —ordena con firmeza.
Aflojo la presión de las piernas, pero no soy capaz de abrirlas. Sería exponer mi sexo por completo. Así que él me separa los muslos con fuerza sin llegar a ser brusco. Deja salir un gruñido.
Se puede ver todo el asiento ensangrentado y mi zona íntima reseca de ese mismo líquido rojo ya oxidado.
Vierte parte de la botella de agua para limpiarlo primero.
Ahogo cualquier muestra de excitación. No quiero darle la satisfacción de que vea que me duele un poco.
Aunque no es eso lo que siento principalmente.
Que él esté aquí, justo delante, mirando con hambre mi coño y yo dándole la bienvenida con mis extremidades abiertas para él, me pone tan cachonda que creo que me estoy mojando sin necesidad de utilizar más agua.
Es erotismo puro.
Tira de mi ropa interior rasgada que ya no dejaba nada a la imaginación y la rompe con facilidad. Su gesto ha hecho que mi cadera se mueva un poco hacia él; mi postura refleja una invitación total a adentrase en mí.
Él se cruje el cuello; en su expresión noto como si estuviera aguantando las ganas de lanzarse hacia mí. Se echa un poco de crema en la yema y me la aplica despacio, frotando en mi sensibilidad.
Echo la cabeza haca atrás. Me quema y aunque duele, se mezcla con el placer y este último gana la partida. Está masturbándome. Suelto un gemido lo bastante fuerte para que él lo escuche. Al bajar la barbilla, veo su mirada oscurecida.
La tensión en el ambiente es palpable. Contengo la respiración y lucho contra mi propio cuerpo. No puedo sentir esto. No debería. Tengo que huir.
“Es un monstruo”, me grito en la mente. Solo está sometiéndote. ¿Lo voy a dejar ganar?
No.
Inhalo profundo. Me preparo para atacar. Mi cuerpo se tensa. Me está impidiendo hacerlo.
—¿No decías que querías hacerme sufrir? ¿Por qué me curas? —pregunto para que me dé la respuesta que quiero y hacerle entender a mi cuerpo que es un maldito monstruo.
—Porque lo necesitas si quiero que aguantes mi polla, Bella. Y nadie más va a tocar este coño. Solo yo. Ni siquiera tú. Es mío —sentencia con la voz baja y ronca.
Obsesivo y posesivo hasta la saciedad. Y eso me pone más cachonda aun si cabe.
Fricciona sus dedos en mi humedad con más rapidez. Me aguanto el gemido que lucha por salir.
Tengo que huir. No puedo quedarme. Si lo hago, acabará conmigo, y no físicamente. Mi mente está rota. Acabará con mi puta cordura.
“Hazlo”, me grito para mis adentros.
Inhalo sintiendo cómo llega el orgasmo.
“Ya”, me vuelvo a repetir.
Si llego al final, me habrá roto un poco más, y no puedo permitirlo.
De repente, cierro los ojos y para mi sorpresa aparecen mi padre y Vito reprochándome mi actitud.
No es lo que esperan de mí. No me criaron para que fuera como él.
No soy una maldita desquiciada mental. Debo ser racional.
Esto está mal. Mi futuro es encontrar una pareja que me dé hijos, una rutina y una vida tranquila.
La culpa se hace tan fuerte que actúo. Me abalanzo hacia él para rodearle el cuello con los brazos.
A cámara lenta, observo cómo sus ojos se agrandan de pura sorpresa.
No se lo esperaba. Lo intento ahogar presionando con mi antebrazo.
Su fuerza es mayor que la mía, pero la posición que he cogido no da lugar a que él pueda deshacerse de mí.
Por mucho que su peso triplique el mío, la técnica es la que te hace vencedora, y ahí soy superior a él.
Su forma de luchar es callejera, muy bruta e inestable.
Yo aprendí cada movimiento con dedicación, sé qué puntos débiles debo golpear en mi batalla.
Forcejeamos durante unos minutos. Él consigue tirarme al suelo lanzándome a unos metros. Mi espalda golpea el frío pavimento. El dolor me recorre toda la columna y suelto un quejido. Lanzo una pierna al ver cómo se acerca hecho puro fuego. Está lleno de rabia.
Me intento levantar, pero no puedo. Él me ha cogido por el cuello y me golpea la cabeza varias veces contra el suelo. Aguanto los golpes. Mis manos recorren su pecho, luego su cuello, su rostro, buscando empujarlo para deshacerme de él. No puedo respirar.
—Este juego me la pone más dura. ¿Apostamos a ver cuánto aguantas antes de morir?
—El frío de su tono me encoge el estómago.
Su otra mano se desliza por debajo de mi falda, entrando sin dilación en mi zona íntima adolorida—.
Yo apuesto mi vida a que te corres antes de quedarte inconsciente. ¿Tú qué crees, bella ?
Me lame la mejilla como el sádico que es. Una carcajada desquiciada brota de su garganta. Mis brazos pierden fuerza. La vista se me nubla. He perdido, pero al menos me quedará la sensación de haberlo intentado.
Lo siento, papá .
No me opongo y me dejo someter por él. La oscuridad se apodera de mi mente. Voy a perder la consciencia.
—Suéltala, Elio —escucho en la lejanía.
No reconozco la voz, pero tiene que ser alguien importante porque Bestia chasquea la lengua y afloja su agarre permitiéndome respirar de nuevo.
El oxígeno me entra a borbotones. Mis pulmones absorben el aire a bocanadas. Giro el rostro desde el suelo para saber quién me ha salvado.
No me jodas.
¿Esto puede ir a peor?
Es Ciro Barone.
El Don de La Cosa Nostra.