Bestia (Mafia Italiana 3) DIEZ
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DIEZ

BELLA

B usco en mi mente una explicación. Hace un rato que Elio se ha ido y me dejó con el corazón acelerado y con el deseo corriendo por mis venas.

De normal suelo tener un solo orgasmo, me cuesta mucho llegar al segundo, por no decir que es imposible; pero esta vez es diferente, lo noto, sé que sería capaz de hacerlo no dos, sino cien veces con él.

Conozco el término. En psicología es el síndrome de Estocolmo.

Lo estudié. Es la tendencia de algunas víctimas a desarrollar un vínculo emocional con quien las mantiene cautivas.

Una respuesta de supervivencia, un intento desesperado del cerebro por encontrar seguridad donde no existe.

La mente reduce el terror convirtiendo al depredador en protector, aferrándose a cualquier gesto de humanidad como prueba de que no todo está perdido.

Sé cómo funciona. Sé cuáles son las señales.

Sé que la dependencia, el aislamiento y el miedo pueden distorsionar los sentimientos hasta volverlos irreconocibles.

Y precisamente por eso me aterra preguntarme si lo que siento es real o si mi cabeza solo está intentando sobrevivir.

Espero que sea lo segundo, porque no podría soportar saber que soy igual de depravada que él. No puede ser. No.

Echo la cabeza hacia atrás para observar la bombilla parpadeando y la apoyo en el respaldo.

Suspiro. El estómago me da una señal y ruge pidiendo alimento.

¿Cómo puedo tener hambre en una situación tan desesperante?

Se supone que debería estar en modo supervivencia y no pensando en comer.

Eso me hace pensar que quizá sí es real y no es supervivencia. Quizá… la jaula se ha abierto.

Me niego a admitirlo.

No.

La puerta del almacén se abre y veo la figura de Bestia envuelta en luz solar. Ojalá pudiera sentirla en mi rostro, en mi piel, y salir de aquí para ordenar mi maldita cabeza. Él camina hacia mí a paso seguro y lento. Su forma vacilona de moverse me produce una punzada en mi vientre bajo.

No.

Para.

Cierro los muslos por instinto. Mis bragas están rotas y tengo un pequeño charco en el asiento de haber sangrado un poco cuando se fue. El clítoris es una zona sensible y ha costado que dejara de chorrear líquido carmesí.

Casi al llegar, se queda quieto al notar que ha crujido algo bajo sus pies. Son los ojos del chico. Los ha aplastado y ahora alrededor de sus suelas hay un amasijo de nervios, tendones y líquido viscoso. Lo señala con diversión.

—¿Sabes por qué hice esto? —Deja escapar una carcajada inquietante.

Mi rostro debe de ser un cuadro porque no soy capaz ni de responder. Lleva unas bolsas de plástico en las manos. Las deja en el suelo con cuidado.

—Se había deleitado con lo que es mío. Nadie te mira si yo no quiero, bella .

Nadie te toca. Nadie te habla. Tu vida es mía.

Si quieres orgasmos, yo te los daré. Si quieres comer, yo te alimentaré.

Pero nadie más puede ni siquiera pensar en ti.

Nadie —asegura acercándose con lentitud como un depredador.

Joder.

Mis vellos se ponen de punta. Me ha puesto más cachonda de lo que ya estaba.

Sabe destrozar mi mente, y yo le estoy poniendo una alfombra roja para animarle a hacerlo al reaccionar así.

Mis pezones se endurecen al instante, y si encima le añades que lo ha soltado en mi idioma natal, en italiano, y con la voz ronca, casi me corro de nuevo.

Hacía años que solo hablaba mi idioma para comunicarme por llamada con Vito o con papá, pero ahora llevo desde ayer que apareció Bestia volviendo a mis orígenes, hablándolo. Parece como si no hubiera salido nunca de aquella espiral.

—Y al otro, bueno, digamos que su polla no volverá a profanar mi propiedad. Solo de pensar que él te ha follado, me vuelvo loco —suelta con rabia.

Aprieta mis antebrazos con fuerza mientras me clava su mirada. Entreabro los labios, quiero respirar, pero apenas puedo hacer el gesto. Me he quedado petrificada. Mató a Mike porque había tenido “una relación” conmigo y al otro chico por haber intentado tontear conmigo en el bar.

Joder.

Es tan posesivo como un animal. Tan dominante e intimidante que hace que una corriente eléctrica recorra cada parte de mi cuerpo aprobando su jodida actitud. No solo la acepta, sino que suplica más de él.

Debo ser razonable, he perdido la cordura y no encuentro la forma de volver a ella. No quiero pensar en nombres de profesores ni quiero imaginar a mi padre salvándome. Solo lo quiero a él. Follándome de nuevo. Destrozándome el coño.

El sonido de un gemido me sale de forma involuntaria. Él gruñe contra mi boca. Es tan primitivo, tan visceral, que no entiendo como puede despertar esta excitación en mí.

Aguanto su mirada sin apartar los ojos, aunque cada segundo parece como una provocación.

La tensión entre nosotros es tan densa que parece llenar el aire.

Una parte de mí quiere cruzar la distancia que nos separa, dejar de pensar y actuar de una vez, besarlo; pero me obligo a permanecer inmóvil.

Debo ser prudente. Debo mantener la cabeza fría.

Aprieto la mandíbula y me aferro a ese pensamiento, a que estoy viviendo un jodido síndrome de Estocolmo, mientras las ganas me consumen por dentro.

Es una batalla silenciosa entre el impulso y la razón, entre todo lo que deseo hacer y todo lo que sé que no debería hacer.

Y, aun así, ninguno de los dos cede la mirada.

—Te he traído comida. ¿Te vas a portar bien, bella ?

Rompe la tensión al fin, alejándose.

Joder. Mi estómago ruge de nuevo. Me recompongo de su provocación y de las frases posesivas antes de responder y asiento con la cabeza.

Coloca un sándwich sobre mis muslos. Tiene una pinta apetecible.

Elio se acerca de nuevo para soltar mi agarre.

Deja los grilletes colgando sobre la parte exterior de la silla y me masajeo las muñecas que están adoloridas de haber forcejeado varias veces.

Me he estado aguantando la orina, pero no quiero que piense que quiero escaparme, y sería muy evidente tratar de buscar una excusa para intentar huir ahora.

Quiero hacerlo, en realidad, NECESITO alejarme de él lo antes posible.

Pero tengo que ser inteligente y actuar cuando no se lo espere.

Le doy un bocado ansiosa, saboreo cada ingrediente con un gemido de satisfacción.

Él me sonríe mientras me observa comer. Cierro los ojos para tener un poco de intimidad con mi mente mientras como.

Debo ser razonable. Por mucho que mi cuerpo me traicione, debo huir.

Debo alejarme de Bestia, volver a casa y encontrar una maldita solución a todos mis putos traumas.

Superaré su ausencia. Quizá cuando vuelva mi cordura, mi mente me haga comprender que todo esto fue producto de mi imaginación. Quizá no son orgasmos lo que siento.

En cuanto termine, me escaparé. Él ha bajado la guardia. Lo sé por sus gestos. Está confiando en mí. Siento un nudo en el pecho al pensar en traicionarlo, pero sé que es lo que debo hacer.

Quiero vivir. Y sanaré como pueda.

Comienzo a enumerar situaciones y personas de mi vida para confirmar que sigo en la realidad, que estoy aquí.

Kate Wincher era una de mis profesoras, la más simpática.

Adara Miller era la compañera con la que más conexión tuve.

Borré su contacto y la bloqueé porque no me puedo permitir tener amigos, y eso me dolió en el alma.

Me da por pensar que lo que necesitaba para romper mis cadenas era un poco de alimento para convencerme de que sigo viva. Recuerdo hasta la conversación que tuve con mi padre antes de venirme a Londres.

No solo sueño con ello. También lo pienso a cada minuto. Me estoy volviendo obsesiva, me estoy convirtiendo en un puto monstruo, y esto tiene que acabar.

—No entiendo esa urgencia por irte, Bella.

Allí estarás desprotegida. Sabes que eres una pieza fundamental en nuestra familia —me dice mi padre dejando a un lado su portátil—.

Sé que en algún momento tendrás que hacer tu vida y salir de mis brazos, pero aún es pronto y no puedo ni pensar en perderte.

He entrado en su despacho decidida a convencerlo. Mi idea es volar esta misma noche. Si veo algún cuerpo más siendo arrastrado por el pasillo del edificio…

—Papá, no vas a perderme. No seas catastrófico y entiéndeme. Necesito esto. Quiero vivir una vida normal. Me horrorizan las muertes. Tengo hasta pesadillas.

Mentira. En esos sueños, soy yo el eje del mal que ejecuta cada una de las muertes y me despierto más húmeda y excitada de lo que debería.

Y eso es un gran problema. Necesito poner distancia.

Desparecer de aquí para controlar mi mente.

Vito no ha perdido la cabeza, mi padre tampoco.

¿Por qué yo si? En fin, no puedo permitirlo.

—Déjame pensarlo unos días. Quizá pueda proponer que cambien la localización.

Despejaré todas las plantas cercanas para que no tengas que escuchar ni ver nada más.

—Se levanta para acercarse a mí y acariciarme una mejilla—.

Te aislaré aquí para quitarte de todo. Contrataremos un tutor privado y darás tus estudios en casa —piensa en voz alta mirando hacia la pared.

Sus ojos se posan en mí—. Lo siento, hija.

Solo quise hacerte más fuerte. No hay nada que tenga más poder que la información y creí que enseñándote cada rincón de esta organización haría que estuvieras más preparada para el futuro.

Ahora veo que me equivoqué, que tú no naciste para ello —finaliza en tono afligido.

No está decepcionado. Solo está culpándose por verme sufrir.

La cosa es que siento de todo menos miedo.

No soy capaz de mostrar esa emoción solo cuando se trata de él o de Vito.

Lo demás es confuso, porque no debería sentir adrenalina cuando le pego tanto a mi entrenador que lo hago sangrar.

No debería tener tantas ansias por matar.

Y definitivamente no debería sentirme satisfecha cuando alguien suplica por su vida y muere siendo torturado con brutalidad.

Sí que me ha hecho fuerte, demasiado, y ahora estoy rota.

—Papá, por favor.

Mis lágrimas salen deslizándose por mi mejilla.

No lloro por estar asustada o por tristeza.

Es por impotencia. Es por la rabia que me consume.

Intento esconderlo ante mi padre, pero me avergüenza que él acabe viendo el monstruo en el que me he convertido.

Soy muy débil de mente. Todo el mundo que me rodea ha podido sobrellevar todas esas muertes a su alrededor.

Yo no. Yo me he obsesionado tanto que siento que estoy perdida entre tanta sangre, gritos y dolor.

—Está bien, hija. —Me abraza transmitiéndome calidez—. Prepara tus maletas. Te acompañaré a… ¿dónde dijiste que querías?

—Londres —sonrío entre sus brazos.

Voy a curarme. Viviré una vida normal, lo más aburrida y rutinaria que pueda. Estoy segura de que esto será solo un mal recuerdo. Puedo con ello. Sé que si.

No dejaré que Bestia me consuma.

Yo soy más fuerte que eso.