NUEVE
BESTIA
E stoy jodido. Me gustan los vicios. Las veces que me he aficionado a hobbies no sanos son innumerables.
Y sin embargo, el peor en el que he caído ha sido en ella.
Soy adicto a su coño, a sus curvas, a su lengua malhablada, a su carácter explosivo, a su sufrimiento, a su angustia, a su placer.
A TODO. Estoy enganchado hasta a la forma en que respira o cómo entreabre los labios cuando tiene pensamientos pocos adecuados.
Yo imparto miedo y respeto allá donde voy.
Todo el mundo agacha la cabeza cuando me ve.
Soy Bestia, un depravado perverso en cuyo camino es mejor que no te cruces.
Sin embargo, ella no me teme. Ni una pizca.
No solo es eso, sino que para más inri, se excita conmigo.
Me lo ha demostrado las dos veces que se ha corrido ya por mí.
Lo normal en mí es que utilice a las mujeres a mi antojo solo para un polvo rápido; nunca he puesto mi boca en el coño de ellas hasta que llegó Bella.
Ella hace que quiera solo dedicarme a darle placer.
Estaría horas y horas escuchando sus gemidos.
Cuando ha hecho la tentativa de gritar de dolor antes de gemir, me ha puesto al límite.
No me había pasado nunca. He explotado. Me he llenado todos los calzoncillos de semen antes de que pudiera pararlo.
Gruño cuando cae el agua fría en mi cuerpo. Me fui con rapidez del almacén a las afueras de Rye, un pueblo de Londres. Me vine al motel donde nos estamos quedando Taddeo y yo para despejar mi cabeza.
La muy zorra solo quiere embaucarme. Seguro que Gepetto le enseñó técnicas de supervivencia.
Mi pecho se aprieta al pensar que sus orgasmos pueden ser fingidos.
¿Y si solo lo hace para hacerme creer que le gusta?
Nadie se enamoraría de un monstruo como yo.
Nadie. Y menos con lo roto que estoy. Me destrozaron para siempre, y ahora no soy más que un recipiente para mi locura.
Toda mi mente se torna oscura y cada gesto de ella en mi imaginación se vuelve borroso por la sangre de su cuerpo. Quiero que sufra, que sienta el dolor que yo he sentido, que suplique tanto que prefiera morir. No puede seguir viva.
En realidad, sí. Seguirá haciéndolo, pero bajo mi completo mando. Ahora yo soy su dueño.
Pongo un pie en el sucio suelo del cuarto de baño. Me rodeo la toalla a la cintura. Taddeo tiene el portátil abierto.
Volví a apagar el móvil después de la llamada.
La frase de Gepetto sigue dándome vueltas en la cabeza.
Quizá ya han llegado a un trato. Quizá mi hermano ya ha solucionado la situación y mi madre está en casa descansando o dirigiendo desde las sombras como siempre.
Ojalá fuera así, porque si pienso que sigue presa de cualquiera, soy capaz de dejar salir toda mi locura al completo.
No quiero darme cuenta de la realidad. Sigo desconectado de todos los aparatos porque no puedo escuchar un “deja a Bella en paz”. No quiero soltarla. No puedo. Ha entrado en mi vida con fuerza para nunca más irse.
Me pertenece.
Es la única que, aunque le infrinja dolor, me desea.
Que me soporta. Sé que no soy nada normal.
Me gustan los jueguecitos a vida o muerte.
Disfruto haciendo sufrir y ella es la única que lo encuentra satisfactorio.
He estrangulado a mujeres que han salido corriendo a la mínima.
Ella no. Ella tuvo un orgasmo enorme. Le gusta el sexo duro y no dejaré que lo haga con otro que no sea yo.
—Tengo decenas de correos electrónicos de tu hermano. Deberíamos encender el móvil para saber qué está pasando —anuncia Taddeo sin quitar la vista de la pantalla.
Otra llamada a la realidad.
No. Quiero a Bella solo para mí. No volverá con su familia.
—No los abras y no enciendas el teléfono. Podrían rastrearnos —le ordeno con firmeza.
Él asiente despreocupado.
Es un buen tío. Me seguiría a la muerte si yo se lo pidiera.
Cuando Lamberto me daba las brutales palizas, me refugiaba en él.
Algunas veces lo descubría Ciro, pero la mayoría intentaba escondérselas para que no sufriera y era Taddeo quien me ayudaba a recuperarme.
Me esterilizaba las heridas y nos íbamos durante toda la noche a divertirnos para no venirme abajo.
Aun así, no lo sabe todo. Hay un jodido puñal que llevo arrastrando desde los doce años. Fue solo una vez, pero eso bastó para romperme por completo, para quebrar mi mente hasta el punto de convertirme en Bestia. Necesito el dolor para sentir que estoy vivo.
Con el tiempo conseguí saber lo que me calmaba.
Ansiaba el sufrimiento ajeno. Entrábamos en casas de enemigos para llevar a cabo una ofensa personal sin venir a cuento.
O robábamos cualquier cosa que se nos pusiera por delante.
Intentaba desquitarme con cualquiera. Reconozco que alguna vez he violado a mujeres, pero debo decir a mi favor que fue porque se interpusieron en mi camino haciéndose las valientes, y ellas mismas eran las que iban en nuestra contra.
Así que cuando se trata de rendir cuentas, no miro si es hombre o mujer. Reparto consecuencias para todos por igual. A los hombres los torturo con mis manos o con las herramientas, y a las tías, las violo y humillo. Es así de fácil.
—Hermano, ¿qué pasa con Bella? —inquiere Taddeo, ahora dirigiéndome una mirada inquisitiva.
Arqueo una ceja para hacerle creer que no sé de qué habla. En realidad sí lo sé. A estas alturas, ya habría torturado a mi víctima de mil formas, para algo puse la mesa de tortura a su lado. Con Bella no puedo. La muy zorra me ha manipulado hasta el punto de protegerla.
—No sueles actuar así. Ya debería estar debatiéndose entre la vida o la muerte —me insiste.
Tiene razón. Esto está llegando demasiado lejos. Pero solo de pensar en matarla, mi polla se revuelve al saber que ya no habrá otro coño igual, otra boca que la trate tan bien.
Estoy cansado de masturbarme porque ninguna tía aguanta mis embestidas y mis formas, y estoy seguro de que ella me daría con gusto todo lo que necesito.
Aunque quiera ir de santa y princesa, es otra bestia como yo.
Es un monstruo disfrazado con una cara bonita.
Ni ella misma sabe lo que es, y me muero de ganas por destrozarle la vida y que sepa su verdadera condición para que no se vaya nunca de mi lado.
Nadie quiere estar con un monstruo, pero otro igual sí lo aguantaría, ¿no?
—De ella me encargo yo. Tú asegúrate de hacer tu parte —mi voz suena más dura de la cuenta.
Quiero que entienda que se acabó la conversación. Ella no es su problema, es el mío.
—Tú mandas.
Hace un gesto de asentimiento y vuelve a su pantalla.
Voy a pasarme a por un poco de comida para ella y a por algún juguete con el que desafiarla. Abro el macuto y saco una camiseta negra con vaqueros del mismo color. No traje ropa, Taddeo se ha encargado de comprar algunas mudas. Esbozo una sonrisa al pensar en ella de nuevo.
No debería querer su placer. No debería seguir obviando la realidad.
¿Sería malo que me la follara fuerte, duro, brutal? Sí, una catástrofe.
¿Voy a hacerlo? También.
Esa mezcla de su fluido con sangre es una jodida fantasía, y repetiré ese festín.