OCHO
BELLA
S obrepienso. Me castigo por haber perdido el control.
Oí a mi padre tan desesperado, tan angustiado, que no pude dominar mi estado.
Debí haber hablado calmada y no haberle dado el gusto a Bestia.
Ahora mi padre seguro que está buscando la forma de dar conmigo y él es de los que suele planear antes de actuar, pero al haberme escuchado tan fuera de mí, tengo miedo de que los pasos que dé lo hagan caer en la trampa del monstruo que tengo enfrente.
Siempre pienso que no perderé la jugada, que no podrá con mi mente, pero cuando lo tengo cerca, mis emociones se descontrolan.
Lo odio con toda mi alma. Y no por lo que me está haciendo en estos instantes, sino por estar despertando lo que yo luché por dominar, por dormir.
Está liberando lo único que considero una debilidad.
Sin embargo, sé que no es culpa suya; en mi interior sé que es mía; que yo no haya sido capaz de controlar eso y con él esté a punto de aparecer, solo me concierne a mí.
En psicología eso suele relacionarse con un mecanismo de defensa llamado externalización de la culpa.
Ocurre cuando una persona sabe que ha cometido un error o tiene responsabilidad en lo sucedido, pero desplaza esa responsabilidad hacia otra persona para reducir sentimientos dolorosos como la culpa, la vergüenza o el remordimiento.
Es un término que conozco bien, pero admitirlo significaría enfrentarme a una situación que no quiero encarar. No puedo hacerlo. ¿Cómo podría aceptar que he disfrutado como nunca en mi vida con el enemigo? ¿Y que mi mente se libera cuando apago mi moralidad?
Sé que fui yo quien lo dejó hacer. Pude haberlo frenado cuando tuvimos sexo y no sentir ese placer.
Pero si consigo convencerme de que fue él quien me obligó a hacerlo, entonces no tendré que verme como la villana de mi propia historia.
Y ahora mismo necesito esa mentira más de lo que necesito la verdad.
Lo observo. Está demasiado callado para su forma de ser.
Sus ojos van de mi rostro a la rosa y viceversa.
El silencio se hace denso a nuestro alrededor.
Mi mente me juega malas pasadas. Solo se me vienen imágenes de su mano agarrando mi cuello fuerte, de cómo casi le explotan las venas de sus musculados brazos, de esas hendiduras que tiene en los oblicuos.
No vi nada, pero mi cabeza ya se ha hecho una imagen de él que es imposible de obviar.
Aparto la vista con vergüenza.
No puedo estar pensando eso. “Es un puto depravado y lo odio”, me repito. Lo odio con todo mi ser. Pero no termino de reflexionar cuando vuelvo a imaginarme cómo entraba y salía de mí su gran miembro.
¿De verdad me estoy poniendo cachonda?
Se me escapa un pequeño gemido cuando noto cómo mi sexo se empapa al momento. Estoy alucinando porque eso es muy difícil en mí, me cuesta que se lubrique con cada polvo que he echado.
Sus ojos me atraviesan.
Mierda.
Me ha escuchado. Se relame el labio inferior mientras le da vueltas a la rosa en su mano. Mi boca se seca al notar la intensidad. Mi vista se fija en el suelo. Evito que sepa más de mí.
—Quiero saber qué estabas pensando —pronuncia con voz ronca.
No le contesto. Ni le miro. Solo rezo porque me deje tranquila un rato, el tiempo necesario para centrar mis ideas y retomar mi cordura. Pero no es así, para sorpresa de nadie.
—Está bien, te diré lo que yo estaba pensando —murmura con lentitud y control en sus gestos mientras mira el movimiento de la rosa—.
Me repetía que ha sido muy mala idea quedarme aquí contigo.
Me tendría que haber ido con Taddeo. Pero al ponerte tan agresiva con la llamada, me la has puesto tan dura que no quería apartarme de ti —pronuncia con la voz llena de deseo.
Mi vista se fija en su entrepierna sin poder evitarlo—.
Non so cosa mi faccia impazzire di più: quando urli di rabbia, piangi di dolore o gemi di piacere [2] —afirma dirigiendo su iris hipnotizante hacia mí—.
Sei l'unica che alimenta la mia follia fino a limiti insospettabili [3] .
Mierda.
Mi sexo recibe una oleada de calor y placer. ¿Qué me pasa?
Él se levanta despacio sin apartar sus ojos de los míos. Pasea los pétalos de la rosa por mi cuerpo de arriba abajo.
—Eres como esta flor. Parece inofensiva, pero en realidad es peligrosa. —Al deslizarla por mi muslo, se queda quieto. Gira el tallo hasta que lo que me roza la piel son las espinas—. Me muero por probar tu sangre, bella .
Presiona el tallo y lo desliza por la cara interna de mi muslo haciendo que me abra una pequeña herida en la piel. Unas gotitas de sangre aparecen al instante. No he sentido dolor porque tengo un calor tan descomunal en mi vagina que opaca todo lo demás.
Elio se agacha hasta dejar su rostro cerca de mi intimidad.
Saca la lengua sin dejar de observarme y lame la sangre hasta no quedar ni una gota.
Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás.
Se me va a salir el corazón del pecho. “Tienes que ser racional, no pierdas la cabeza”, me grito a mí misma mentalmente.
La imagen de él aparta la cordura de un plumazo al imaginar su iris mirándome cuando se comió toda mi corrida.
No lo he visto en la realidad, pero yo ya me he montado una película de cómo fue.
Su lengua recorre sedienta mi piel hasta terminar muy cerca de mi vagina. Intento ahogar un gemido, pero creo que ha sonado. Sí. Lo ha hecho, porque al abrir los ojos, veo cómo sonríe satisfecho y lleno de deseo.
—Ahora no sé si me gusta más la sangre o el líquido de tu coño. Tendré que probar los dos a la vez para decidirme —sentencia alejando el rostro para acercarlo al mío.
¿Qué será lo próximo que haga?
Me muero por saberlo, ya que desde que él ha aparecido, es lo más excitante que me ha ocurrido desde hace mucho.
Mierda. Sí que estoy perdiendo la cabeza.
Él se acerca de nuevo con lentitud. Dibuja una sonrisa ladeada que promete tanto dolor como placer.
En su mano sigue teniendo la rosa roja; sus dedos, agarrando el tallo, continúan su recorrido hasta el borde de mis bragas blancas.
Él lo presiona más, frotándolo contra la tela fina que cubre mi coño.
Noto el dolor agudo y punzante, pero se camufla rápido con el calor que se impregna por todo mi vientre bajo y mi sexo.
Las espinas se clavan a través de la tela, raspando mi carne sensible.
En lugar de gritar de sufrimiento, un gemido alargado y lleno de éxtasis brota de mi garganta, siendo profundo y traicionero.
Aumenta la velocidad y la presión. El tallo se mueve de arriba abajo, frotando con fuerza contra mis labios hinchados, presionando justo sobre mi clítoris.
Las espinas se hunden más, rasgando la tela poco a poco.
Arqueo la espalda, tirando de los grilletes, gimiendo cada vez más fuerte, más desesperada.
El placer es oscuro, prohibido. Es una mezcla enfermiza que nunca me habría imaginado que sentiría.
Con un movimiento brusco, él me frota más fuerte. La tela cede. Las espinas rasgan las bragas y se clavan directamente en mi carne caliente y empapada. Un dolor intenso me atraviesa. Mi clítoris se llena de sangre y se mezcla con mi propio líquido.
—Córrete como la puta que eres —me ordena con contundencia.
Esas palabras sucias me han hecho sentir más placer.
Elio se agacha con rapidez entre mis piernas abiertas.
Su boca caliente se cierra sobre mi coño.
La lengua de él me lame recogiendo cada gota de sangre y fluido.
La succión hambrienta de su boca alrededor de mi clítoris herido me hace explotar.
Un orgasmo brutal me atraviesa como un rayo.
Mis músculos se contraen violentamente, mis caderas se sacuden contra la cara de él mientras grito perdida en un éxtasis tan intenso que me nubla la vista.
Oleadas y oleadas me recorren mientras él sigue chupando y tragando, gruñendo contra mí como si mi sangre y mi orgasmo fueran el manjar más exquisito que ha probado jamás.
Cuando las últimas contracciones cesan, él levanta la cabeza. Sus labios y barbilla están manchados de rojo. Me clava la vista con una posesión absoluta. Giro mi rostro con incomodidad, con vergüenza. No tengo palabras. ¿Qué mierda ha sido eso?
—Yo tampoco esperaba sentir esto. He acabado siendo adicto a ti, bella . Ya no hay vuelta atrás. Ya me perteneces —asegura con firmeza.
Y justo en este momento, sé que ya he perdido mi cordura por completo, porque no hay nada que ansíe más en este momento que otro orgasmo provocado por la Bestia.