TRES
BELLA
D espierto de golpe. La cabeza me martillea como si alguien me hubiera dado una paliza.
No descarto esa posibilidad al recordar quién es mi opresor.
Me cago en la puta mafia y todos sus muertos.
Así de una. Odio haber nacido en el eje de una organización criminal.
Nada más y nada menos que La Camorra. Mi padre es el Don.
Intenté alejarme. En cuanto cumplí quince años, le pedí a mi papá que me dejara estudiar lejos. Él nunca lo ha visto como si fuera buena idea. Repetía hasta la saciedad que yo era un punto débil en su mandato y que me podrían utilizar sus enemigos, incluso matarme si fuera necesario.
Nunca he prestado atención a sus advertencias. Quería vivir una vida normal. Estudiar, salir a divertirme, beber alcohol, enamorarme, tener amigos… Lo que cualquier chica querría, vaya.
Y lo conseguí. Estudio un máster en psicología y aunque lo pague papá, yo trabajo para ser igual que todos y para sentirme útil.
Tengo buena relación con mi padre, pero no lo quiero por aquí.
Intento evitar que su presencia afecte a mi vida mundana.
No podría imaginar cientos de tíos enchaquetados y armados hasta los dientes rodeando la universidad.
Conseguí trabajo en el bar de Moody, un tipo que se insinúa más que respira. Es una mierda de persona. No hay compañera a la que no le haya tirado la caña. Conmigo lo ha intentado unas tres veces; juré que a la siguiente le cortaría los huevos, y ahora no sé si podré hacerlo algún día.
Porque, joder, Bestia me tiene, y eso no es nada tranquilizador. O soy la consecuencia de alguna cagada de mi padre o me quiere para negociar algún término.
“Maldita ingenua”, me reprocho. ¿Pensaba que podría llevar una vida fuera de la mafia?
No puedo moverme. Tengo las muñecas atadas al reposabrazos de una silla con una cuerda. Parpadeo varias veces para que mis ojos se acostumbren a la oscuridad. Poco a poco, el lugar empieza a tomar forma entre las sombras.
Es un almacén abandonado, es amplio y está vacío; tiene el techo lleno de grietas que se pierden en la negrura.
Las paredes de metal están oxidadas, puedo olerlo.
El silencio es tan enorme que parece presionarme los oídos.
Y, sin embargo, hay un sonido que me está taladrando la mente y hace que me duela más la cabeza.
Es una gota de agua cayendo en algún rincón.
Hace eco, así que me indica que apenas debe haber mobiliario. Está vacío.
¿Dónde se ha metido el imbécil de Elio Barone?
La respuesta llega pronto. La puerta se abre a los pocos minutos.
Ahí está, entrando bajo la luz de la luna.
Taddeo va a su lado. Si él solo es un peligro para la sociedad, cuando se juntan es una catástrofe inevitable.
El jodido infierno desatado. Y aun así, no estoy nada nerviosa.
Sé que puedo con ellos. Confío en mis habilidades y en que solo será una pequeña piedra en el zapato que tendré que quitarme para seguir mi camino.
Pulsa un interruptor en la entrada que enciende una pequeña bombilla que cuelga en el techo justo encima de mí.
La iluminación es tenue y casi inexistente; aun así, ayuda a que pueda ver a mis captores.
Nuestros ojos se encuentran en la lejanía.
No los aparto. No le temo. Sea lo que sea lo que haya venido a hacer, pienso ponérselo muy complicado.
Tonta no soy. Es real que esperaba tener una vida tranquila, pero era consciente de mi alrededor.
Por lo tanto, sé quiénes son mis enemigos.
Vito me ha enseñado mucho sobre ellos y me ha informado de todo en cada llamada.
Y, bueno, también se ha encargado de entrenarme, de formarme para saber defenderme.
Esbozo una sonrisa arrogante. Él ladea la cabeza contento con mi desafío. Sabe que voy a darle ruido. Casi se levanta su comisura.
Es imposible no mirarlo. Tiene el cabello oscuro, cortado al ras, lo que acentúa todavía más unos rasgos demasiados definidos como para pasar desapercibidos.
Tiene la mandíbula fuerte, unos pómulos marcados y una barba cuidada al detalle que endurece la expresión de su rostro.
Sus ojos claros destacan de una forma inquietante bajo la penumbra y sobre su piel bronceada.
Va vestido con una camiseta negra muy ajustada.
Tiene unos músculos difíciles de soportar y de evitar.
Una cadena fina de oro le cuelga del cuello.
Los pantalones también los lleva muy apretados, marcando los muslos bien trabajados.
Evito el bulto de su entrepierna porque no quiero ni pensar en ello.
Todo en él resulta llamativamente atractivo de una manera evidente, tengo que admitir lo obvio incluso aunque no quiera hacerlo. Es guapo. Mucho.
Me dedica una mirada fría, y perversa, tal y como es él. Camina sin prisa, vacilando. Desprende mucha seguridad, aunque yo ya sé quién es y de lo que es capaz.
Se puede palpar en el ambiente el peligro en la quietud de su expresión, en la ausencia total de gestos innecesarios, en sus ojos demasiado serenos para alguien con las manos tan manchadas por la violencia y la sangre.
Lo que me eriza la piel es que Elio no es de los que se suelen contener. Nunca. Aun así, me trago la poca inquietud que me ha producido y la disfrazo de valentía. Si piensa que soy una princesita de cuento, no puede estar más equivocado.
Yo seré su perdición. Su maldita condena.