DOS
BESTIA
La música retumba en mis venas. Luces rojas y azules cortan la oscuridad del club y los cuerpos sudorosos se frotan unos contra otros, pero yo estoy inmóvil en mi rincón, apoyado contra la columna.
Solo la veo a ella. La única que tiene toda mi atención.
Su nombre expresa inocencia, pureza y luz. Bella. Me gusta que sea así, porque más satisfecho quedaré cuando la destroce por completo.
Joder, es demasiado perfecta para ser solo un cebo.
Lo sé todo de ella. Dónde vive, qué suele comer o cuál es su ropa favorita.
Tiene una pequeña obsesión con ponerse tops cortos.
Tiene los muslos y caderas grandes, podrían aplastarme y lo aceparía con gusto.
Tenerlos así hace que su cintura se vea más fina y estrecha, ya que es la parte del cuerpo que tiene menos voluminosa.
Se suele pedir el café con la leche fría, odia bebérselo caliente.
Su gel favorito es uno con olor frutal que siempre compra en el mismo supermercado.
Al ser enemiga de la familia, por su sangre, la hemos tenido vigilada todo este tiempo. Yo tenía un par de hombres aquí en Londres observando cada uno de sus movimientos por si nos hacía falta en un futuro. Ya los he enviado a casa; ahora el objetivo es mío.
La observo inclinarse sobre la barra para servir una fila de copas.
La falda negra se le sube lo justo, revelando la curva inferior de ese culo enorme y redondo.
Mi polla se endurece al instante, palpita contra la tela del pantalón.
La imagino como antes, agarrando esas caderas con ambas manos, separando las nalgas con fuerza y clavándosela hasta el fondo de un solo golpe seco.
Escucharía cómo se le corta la respiración, cómo gime, cómo grita de placer. O dolor.
Esos ruiditos que lanzó hace solo unas horas no paran de repetirse en mi mente.
La idea era asustarla, infligirle miedo, dolor.
Y pasó todo lo que no preví. Casi la ahogo, y a ella, sin embargo, no le importaba; tuvo un pedazo de orgasmo que casi me estrangula la polla.
La traté con dureza, un comportamiento que a cualquier chica le atemorizaría.
Ella no. Ella disfrutó. Y me sorprendió.
Eso hizo que me contuviera y cambiara de planes.
Me centré en dejarla gozar. Se me nublaron los pensamientos y me dejé llevar.
Cuando salí, Taddeo negó con la cabeza porque aparecí con el capullo del novio en vez de ella. Pero pensé a última hora en darle un poco de tregua para que asimile lo que está por venir. Y bueno, no obviemos la parte en que el imbécil este debe morir por haber metido su polla en ella.
Desde el momento en que gimió con mi polla dentro, la marqué como mía. Me pertenece.
Se da la vuelta para alcanzar una botella alta y sus grandes tetas se mueven bajo la camiseta ajustada.
Es demasiado corta y casi se le salen por debajo.
Quiero morderlas. Quiero dejarle marcas moradas mientras la follo, con las piernas abiertas y temblando, que ella me suplique que pare mientras yo sigo más duro, sin delicadeza.
“Mírame. Solo a mí”, pienso. Al causante de todas tus futuras desgracias, de tu infierno personal, de tu muerte.
En mi cabeza ya la tengo de mil formas. Doblada sobre la barra mientras el club sigue disfrutando a nuestro alrededor, follándola tan fuerte que los vasos se caen con cada embestida.
De rodillas en el baño sucio, con los ojos llorosos y mi polla golpeándole la garganta hasta que se ahogue en arcadas y babas.
Atada en mi cama, con las muñecas marcadas por las cuerdas, corriéndome dentro de ella una y otra vez mientras le susurro al oído que ya no le queda nada suyo, que la voy a quebrar, que voy a corromper cada gemido, cada lágrima, hasta que solo sepa gritar mi nombre entre el placer y el dolor.
Quiero verla sufrir. Quiero que se rompa bajo mi cuerpo, que su cara bonita muestre el terror mientras la hago mía de la forma más sucia y violenta posible. Quiero llenarla, marcarla, poseerla hasta que no pueda caminar sin recordar cómo la destrocé.
Gruño de rabia.
No puede ser.
No.
Debería torturarla y dejar de ponerme cachondo con ella.
La odio. Me imagino el momento en que la sorprenda, cuando descubra quién soy y qué hago aquí.
Estoy deseando saborear su futuro dolor, su humillación, su llanto cuando todo se derrumbe.
Pero mi mirada sigue clavada en ese culo mientras se agacha otra vez, y la lujuria me quema más fuerte que la ira.
“Pronto”, me prometo en silencio.
Mis ojos no se apartan de ella ni un segundo. Parece tan desinhibida y tan feliz que de solo saber la crueldad que vivirá a mi lado me la pone aún más dura.
La posesión me aprieta el pecho con fuerza.
No me anticipé a este obstáculo. Sabía que era guapa, pero hacía años que no la veía, que no sabía nada de ella.
En realidad, desde que se vino a Londres.
Aunque La Cosa Nostra la vigilara, al no sernos útil, no me molesté si quiera en saber cuál era su aspecto.
Solo me informaban de vez en cuando de que todo iba bien.
Antes era una cría, mucho más inocente, delgada, y nunca llegué a pensar que podría ser esa fiera en el sexo. No lo aparenta.
Uno de los chicos le sonríe. Se aparta de su lado en segundos volviendo a su grupo de amigos, pero solo con ese gesto, ya ha firmado su sentencia de muerte. Esta noche me divertiré mucho.
Le hago un gesto con la cabeza a Taddeo, que está pendiente de mí desde el otro extremo del local. Él me complementa. Es igual de sádico y retorcido que yo, por eso somos como hermanos. Él avanza con lentitud detrás del chico que camina hacia el baño.
Bella siempre ha sido libre hasta esta noche.
Hoy le ha cambiado la vida, pero ella aún no lo sabe.
Gepetto sí. Siento haber tenido que dejar a Ciro solo negociando con él, pero sé que se las arreglará bien.
A él se le dan bien las palabras, la estrategia, el mando.
Yo soy más de ejecutar, de dejar las reglas a un lado y actuar sin consecuencias.
Nadie diría que soy el hermano mayor, aunque sea por un año.
Llevo unas horas sin apartar la vista de ella y se me ha hecho demasiado corto. Mi amigo volvió al poco tiempo y me hizo un gesto de asentimiento desde lejos. Supongo que ya está a buen recaudo el inútil con el que me voy a desquitar en el coche.
Bien.
Es la hora.
Al llegar al bar, una de las veces que ella se metió al almacén en busca de botellas, me abalancé sobre la barra y le cogí el bolso.
Lo tiré a la basura, excepto por su móvil, que lo guardé en el bolsillo.
No le daré opción a su padre de que la ponga en alerta, así que lo apagué al momento.
Acabo de enviarle la foto a mi hermano. No sé si habrá utilizado la baza al momento, pero por si acaso, le tuve que quitar el teléfono para cuidarnos en sorpresas.
El local ya casi está vacío. Aunque esté camuflado en las sombras, corro el peligro de que sospeche de mí. Además, me conoce bien. Nos hemos criado siendo enemigos acérrimos. Nuestras familias siempre han estado enfrentadas, luchando hasta la saciedad.
Lo que sigo sin entender es qué hace aquí. Debería estar rodeada de guardias. Es una persona muy importante, la hija del Don, quiera o no, y es un punto vital en el juego. Supongo que creía que podría salir ilesa de este mundillo. Un error por su parte.
Sonrío de forma perversa al ver que se asusta porque no encuentra el bolso.
De la mafia nadie sale a no ser que mi hermano y yo demos el visto bueno.
Indico a Taddeo que me siga al exterior. No podemos exponernos más.
Observo la calle por donde vino. Imagino que tomará el mismo camino de vuelta. Taddeo se adelanta para coger el coche y ponerlo en posición. Yo me escondo en las sombras de una esquina que hay cerca de la puerta del local.
Uno.
Dos.
Hasta seis minutos, y al fin sale.
Tiene cara de circunstancia. No le ha sentado bien que le hayan robado el bolso. Para su desgracia, este local de mala muerte no tiene ni cámaras, así que no ha podido saber quién ha sido.
Siguiendo mi pensamiento, da pasos rápidos hacia mi posición. Me muerdo el labio inferior hasta hacerme sangre al ver cómo se contonean sus caderas.
Maldita puta. Me distrae.
Justo cuando se está acercando, ella levanta la barbilla y enfoca su visión en el camino. Iba distraída, supongo que pensando en el autor del robo. Ya no.
Le corto el paso, sonriendo con amenaza. Me ha reconocido, porque sus pupilas se dilatan al instante cuando ve que está acorralada por mí.
—Hoy no es tu día de suerte. Vas a conocer lo que es el verdadero dolor, bella [1] —advierto con voz ronca.
Se ha quedado paralizada. Tampoco le doy tiempo a reaccionar cuando hago que se quede inconsciente. La visión se le estrecha hasta convertirse en un túnel y todo se funde en negro, mi color favorito después del rojo, porque lo que más me gusta en la vida es la jodida sangre.
Y a Bella pienso absorberle hasta la última gota.
Ya es mía.