Bestia (Mafia Italiana 3) UNO #2
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UNO #2

Me folla duro, salvaje, clavándomela hasta el límite.

Solo escucho su respiración acelerada, nada de apodos de mierda cariñosos.

Bueno, no son insultos, pero me vale. Luego la saca de golpe, me agarra del pelo y me la mete en la boca sin aviso.

Estoy tan cachonda, tan mojada, que la lamo como una puta desesperada.

La chupo con ansia, babeando, gimiendo mientras él gruñe y me folla la garganta.

Noto su líquido preseminal mezclado con mi saliva.

Me chorrea por la barbilla, ya que no hay cabida para ellos en mi cavidad bucal. Su polla ocupa cada milímetro.

“Definitivamente, no es su polla”, pienso.

Entonces, ¿qué cojones está pasando? ¿Y por qué estoy tan excitada por primera vez en mi vida? Sé que algo va mal, pero mi cuerpo se niega a interrumpir el estado de nirvana al que estoy llegando.

Vuelve a metérmela de un solo empujón brutal.

Me penetra con rabia, muy profundo. Sus manos grandes me dan palmadas fuertes en las tetas, que rebotan con cada golpe.

Me abofetea la cara un par de veces, fuerte, y yo gimo más alto, como una zorra en celo.

Y es que lo estoy. Joder si lo estoy. Me gusta. Demasiado.

Me corro como una loca, gritando, convulsionando y sintiendo tanto placer que creo que estoy viviendo un puto sueño. Mi coño lo aprieta mientras todo mi líquido sale empapando tanto la cama como sus huevos.

No me ha hecho falta tocarme el clítoris.

Ni dos horas para poder sentir algo.

¿Qué cojones ha sido esto que me ha pasado?

Él se baja rápido, hunde la cara entre mis piernas y se bebe toda mi corrida, lamiendo y succionando como un animal sediento. Mike no hace eso, nunca. Es demasiado pulcro, le da asco. Pero ese gesto me da un placer tan sucio y fuerte que vuelvo a correrme un poco más.

Noto su… ¡barba!

Mierda, Mike no tiene barba. No es espesa, es más bien cortadas a ras, pero la noto a la perfección.

—¿Quién cojones eres? ¿Dónde está Mike? —inquiero enfadada por no saber nada de la situación.

Me intento incorporar, pero el desconocido me empuja de nuevo hacia atrás y tira de mis piernas hacia él. Me revuelco y cierro los muslos, pero él no hace caso; me las abre con una facilidad insultante.

Me sujeta las caderas con fuerza bruta y me folla más duro aún, más salvaje, castigándome el coño ya hinchado.

Yo intento negar el placer, juro que me obligo a resistirme, pero es imposible.

Lo estoy sintiendo más que nunca, cada embestida me hace entrar en un estado de placer imposible de dominar.

No quiero que pare aunque muestre lo contrario.

Su lengua me lame la cara, me chupa los pezones, baja por mi cuerpo sudoroso como si yo fuera un puto helado que se derrite. Lo hace con posesión salvaje mientras no deja de penetrarme sin piedad.

—¡Quítate! —grito confusa.

No quiero que lo haga, pero es que apenas puedo pensar. Sé que esto esta mal y, a la vez, es el mayor éxtasis que he sentido jamás.

—Quítate —exijo con el tono endurecido.

Él gruñe, me tapa todo el rostro con la palma de su mano, que es tan grande que consigue engullir en ella desde mis ojos hasta mi barbilla.

Me aprisiona tanto que apenas puedo respirar.

Mi nariz está aplastada. El oxígeno no pasa.

Y aun así, recibo coletazos de placer. Mis pulmones arden.

Noto cómo la conciencia se va esfumando.

¿Quiere matarme? Mi bajo vientre arde de lo cachonda que estoy.

Estoy al límite de desmayarme y al mismo tiempo de volver a tener un brutal orgasmo.

Hasta que suelta un gruñido gutural y se corre dentro de mí, llenándome de semen caliente y espeso.

Levanta la mano al parar en seco sus movimientos.

Mi boca se abre buscando oxígeno. Jadeo temblando, destrozada y con más deseo que nunca.

Si hubiera seguido, podría haber vuelto a sentir ese éxtasis.

¿Cómo es posible que haya sucedido esto?

¿Es posible tener tantos orgasmos tan seguidos?

Juraría que si hubiera seguido un poco más, habría explotado de placer.

Pero ¿qué he hecho? ¿Qué está pasando? Lo he dejado correrse dentro, sin protección, a un puto desconocido.

“¡No es Mike!”, grito en mi mente.

A saber lo que pretende de mí. Por embarazos no deseados no tengo que preocuparme porque para eso todos los meses me inyecto anticonceptivos, pero en todos los polvos que he echado, siempre exijo preservativo. Siempre. Sea con quién sea.

No me salen las palabras, necesito pensar. Mi cuerpo está inmovilizado. Además, él pesa mucho más que Mike. Su pecho cae sobre el mío y noto unos grandes pectorales. Es muy musculoso. Antes de que pueda si quiera pensar en como será físicamente, sale de mí, dejándome un vacío de nuevo muy confuso.

Me produce rechazo a mí misma sentir esto. Soy idiota, no debería gustarme. Sabía que estaba jodida de la cabeza, pero esto es sobrepasar muchos límites.

No pasa ni un minuto cuando lo escucho cerrar la puerta principal. Se ha ido.

Me revuelvo buscando aflojar mi agarre y desatarme. ¿Estará bien Mike?

Lo consigo. Me suelto una mano, luego la otra.

Al fin me quito el maldito pañuelo y enfoco la vista.

Lo primero que hago es mirar hacia mi vagina.

El muy animal se ha corrido mucho. Su semen impregna todo mi sexo, los muslos y gran parte de la cama.

¿Quién puede llegar a ese extremo? Me sorprende lo caliente que me pone ver esta jodida imagen.

Debo de estar rota.

Muy rota.

Camino desnuda por la casa con el pecho acelerado y luego de unos segundos me cercioro de que no hay nadie. No están ni el desconocido ni Mike. ¿Lo habrá secuestrado? Cojo el móvil y llamo a su número. No me lo coge. Tengo que llamar a la policía. Antes de hacerlo, recibo un mensaje:

Era una sorpresa. Luego hablamos.

¡¿Qué?!

¿Todo ha sido un invento de Mike? No me lo creo. Él no es así. No puede ser. ¿De verdad le gustan los jueguecitos? Pero si algo fuera mal, no cogería su teléfono y no me estaría mensajeando, ¿no?

Sea lo que sea, voy a reventarle las pelotas cuando lo vea.

Ha sido el mejor polvo de toda mi vida y, a la vez, el más extraño. No sé que pensar al respecto. Solo sé que esto me confirma que es imposible llevar la vida normal que yo buscaba. Que un tío actúe como un maldito animal salvaje no debería ponerme tan cachonda.