Bestia (Mafia Italiana 3) UNO
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Bestia (Mafia Italiana 3)

Bestia (Mafia Italiana 3)

Por P. Ubri

© inepub.com

UNO

BELLA

L e hinco los dedos en la piel con fuerza. Alzo la cadera buscando más contacto, más fricción. Quiero más profundo. Lo necesito. Cada vez me cuesta más encontrar el punto exacto. Nunca me quedo satisfecha ni plena. Odio sentirme tan frustrada.

—¡Más fuerte! —exijo cargada de desesperación.

Mike intenta hacerlo. El sudor le resbala por el rostro y cae sobre el mío. Me penetra poniendo empeño, pero no es suficiente. Nunca lo es.

Sus jadeos resuenan por toda la habitación; está haciendo todo el esfuerzo que creo que puede. Se mueve con mucha rapidez y solo se centra en hacerlo deprisa. Me he follado a muchos tíos, ¿por qué creen que lo que nos da placer es moverse rápido? No entiendo el concepto que tienen.

Lo escucho emitir el ruidito ese que suele hacer antes de tener el orgasmo.

Resoplo.

—Ni se te ocurra. Yo no he terminado —le advierto.

Lo poco cachonda que me había puesto se me esfuma al segundo. Si él acaba, se le bajará la erección y tendrá que utilizar los dedos para darme placer, y eso quiere decir que tardaré más en llegar al éxtasis.

Me frustro de nuevo.

Y eso que este es el mejor de todos con lo que he estado.

Mike le pone ganas, para cualquiera bastaría; el problema soy yo, que soy demasiado exigente y aparte es un trastorno que tengo.

Lo sé porque lo he estudiado. Una profesional probablemente me diría que utilizo el sexo para regular emociones que no sé gestionar de otra manera, que persigo sensaciones cada vez más intensas porque me he acostumbrado a un nivel de vacío que me asusta reconocer en voz alta.

Sé que lo normal sería pedir ayuda, intentar cambiarlo, pero todavía no quiero hacerlo.

El problema no es que no entienda las consecuencias, es que al explotar de placer me siento viva al fin.

Me he vuelto adicta a esa sensación al llegar al clímax.

Es cuando mi corazón se acelera y la sangre me corre con fuerza bajo la piel.

El miedo, la adrenalina, el placer, el vértigo, todo ocurre a la vez.

Durante unos minutos dejo de sentirme una espectadora de mi propia vida y vuelvo a ser la dueña de mi cuerpo.

Quizá sea egoísta, destructivo o peligroso.

Quizá algún día me canse de necesitar incendiarme para notar la verdadera felicidad.

Pero hoy todavía no quiero apagar el fuego.

No quiero hacer nada al respecto. Porque, aunque sé que me consume, sigue siendo la única forma que he encontrado de recordar que sigo viva.

Todo es culpa de la maldita mafia. He vivido rodeada de peligro desde el día que nací.

Me han criado para ser fuerte, para vivir en tensión y, aunque mi mente busca una vida tranquila, mi cuerpo ya está acostumbrado a la adrenalina, a la supervivencia.

En el sexo, busco cubrir ese vacío que se impone a diario en mi interior.

Pero me estoy desviando al pensar tanto y ahora me siento más lejos de llegar al punto de excitación que necesito. De repente, él suelta un quejido que es más propio de una cabra llorando que de un tío corriéndose.

—¡Mike! Joder. Quítate.

Lo empujo por el pecho invadida por la desesperación. Al dejarse caer sobre el colchón húmedo por nuestro sudor y fluidos, deja salir un suspiro de alivio. Está cansado.

Me pongo sobre su miembro para aprovecharlo antes de que se quede flácido.

Sin dilación, me lo introduzco. Ojeo la hora del reloj de su mesita de noche.

Falta poco para que empiece mi turno en el bar.

Me muevo como sé que me gusta, ansiosa por sentir aunque sea un poco de placer.

Froto mis caderas de delante hacia atrás mientras me acaricio el clítoris.

Mike suaviza el rostro, deja las manos sobre las sábanas y se dedica a disfrutar.

—Eso es, princesa; me encanta cómo te mueves —dice con los ojos cerrados, casi dormido.

Resoplo frustrada. Obvio ese maldito apodo.

—Tócame, acaríciame. Haz algo —pido como siempre.

—Ahora te toca a ti. Yo ya he hecho mucho —pronuncia sin mover ni un músculo.

Joder. ¿En serio? ¿Y yo soy la princesa?

Imbécil. Le he dicho mil veces que en el sexo me gusta que me insulten, que me digan guarradas.

Le doy indicaciones de cómo moverse, de lo que me hace disfrutar.

Pero al parecer, todos los tíos de hoy en día solo buscan su propio placer.

Nunca pone en práctica lo que le digo. A veces lo intenta, pero lo hace mal.

Tampoco me pregunta si lo está haciendo bien o se interesa por ver en mis gestos o expresión si de verdad me gusta. Me estoy cabreando mucho.

Puto egoísta.

Mis ojos vuelven a irse hacia la hora. Me presiono mentalmente para acabar.

Cierro los ojos. Fantaseo con alguien manejando mi cuerpo con agilidad, sintiéndome deseada, cuidada, sin importarle lo pesado que tenga el culo.

Se pajea con desesperación, me susurra que no parará hasta que me desmaye del mismo cansancio de tener orgasmos en su polla, me frota todo el rostro con ella, dejándome el líquido pegajoso y caliente por cada poro de mi piel.

Fricciono más mi clítoris al incrementarse el deseo.

Lo siguiente que imagino es a alguien ahogándome mientras juega con mi coño.

Me la mete muy lento, pero es tan grande y estamos tan cachondos que grito de placer.

El timbre de la puerta suena.

Mierda.

—¿Quién será? —pregunta Mike.

Mis fantasías se esfuman y otra vez baja la excitación. Resoplo frustrada de nuevo. Creo que en esta media hora he echado fuera de mi cuerpo más aire del que he inhalado.

—Quítate. A ver quién es. —Me empuja con cuidado hacia un lado.

—¿En serio? —Noto cómo la sangre me hierve de ira—. Sabes que me cuesta llegar al orgasmo y vas tú y me interrumpes.

Ya saliendo de la habitación, se rodea una toalla sobre las caderas. El cabrón está bueno. No entiendo cómo no consigue excitarme con rapidez. Por mucho que el envoltorio llame la atención, si no sabes usar tus herramientas, no vale para nada.

—Ahora seguimos, bebé —dispone con una sonrisa.

Odio los putos apodos cariñosos. Vuelvo a mirar el reloj. No voy mal de hora, pero sé que me costaría mucho llegar al orgasmo. Sería una tarea difícil y, sinceramente, ya no estoy de humor para intentarlo.

Me dejo caer sobre el colchón.

Otro día más.

Otro puto día más.

Resoplo por millonésima vez.

Bueno. Es hora de ir a trabajar. Me incorporo quedando sentada de espaldas a la puerta y pongo los pies en el suelo. Escucho un ruido seco en la lejanía.

—¿Mike? ¿Va todo bien? —pregunto sin mucho afán.

Se habrá dado un golpe en el pie o cualquier gilipollez de esas y, si soy sincera, se lo merece.

Estoy a punto de subirme la falda cuando me tapan los ojos con una especie de pañuelo.

Mi reacción es moverme con rapidez, pero me atrapa la muñeca y me obliga a quedarme quieta.

Por un segundo me he sobresaltado, pero es una tontería; será Mike queriendo innovar.

En otro momento me podría haber hecho ilusión, hoy ya no.

Ya estoy lo bastante frustrada y fuera del momento como para saber que todo lo que intente va a ser en vano.

—¿A qué estas jugando? Tengo que irme. No quiero llegar tarde —pronuncio con sosiego.

Termina de amarrarme la tela a la nuca. Me empuja hacia atrás con fuerza tirando del pañuelo. Al no esperármelo, mi espalda golpea el colchón, rebotando en el acto.

—¿Qué haces? —inquiero con extrañeza.

Casi me hace daño, está siendo muy bruto. Tira de mis muñecas hacia el cabecero, me las ata con lo que creo que es un cinturón y tuerce mi cuerpo para quedar tendido recto sobre la cama.

—Guarda la idea para el próximo día. Hoy me voy ya —anuncio sin emoción.

Si hubiera hecho esto hace diez minutos, me hubiera alegrado la noche. Pero estoy tan enfadada que no creo que pueda hacer nada para arreglarlo. No podría entrar en el estado de excitación por mucho que me obligue.

Siento su boca recorrer todo mi cuerpo como un animal.

Es salvaje, cosa que nunca he comprobado de Mike, así que me extraña esta actitud.

Su lengua gruesa y caliente me lame el cuello, baja por mis tetas y succiona con fuerza hasta dejarme marcas.

Muerde mis pezones, tira de ellos con los dientes y yo me retuerzo intentando escapar, pero solo consigo que mis muñecas se enrojezcan más y él muerda con más saña.

Baja por mi vientre, me da pequeños bocados por la piel de mis caderas, mis muslos, dejando chupetones y la señal de sus dientes por todas partes.

Es como si me estuviera marcando como suya.

“Este no es Mike”, pienso. Al momento encierro mis pensamientos intrusivos. ¿Quién sería entonces? Soy tonta.

De repente su mano enorme me aprisiona el cuello.

Sus dedos me aprietan fuerte, cortándome la respiración.

Me abre las piernas de un tirón brusco y su polla enorme y caliente presiona contra mi coño.

Entra lento, profundo, abriéndome sin piedad, tal como le había suplicado tantas veces antes.

Es tan brutal que mi cuerpo entra en un estado de lujuria muy intensa. Cada centímetro me quema por dentro.

No es Mike.

No es su polla.

Y no es su mano.

“Tonterías”, me digo.

—Joder… —gimo ahogada, sin aire.

Empieza a moverse primero con lentitud pero con dureza.

Al entrar tan despacio, mi agujero se abre para él tal y como lo había imaginado tantas veces.

La introduce hasta el fondo, y la siguiente embestida la hace con una fuerza animal que me hace rebotar contra el colchón.

Su mano no suelta mi cuello, aprieta más cada vez que embiste, y yo siento que me voy a desmayar del éxtasis tan grande que me recorre.