Capítulo Treinta
HANNAH
Abuela, por favor, envíame un poco de energía zen .
Desde que llegué al hostal, había barrido mi habitación y puesto las sábanas, pero luego decidí que quería otro juego, así que volví a hacer la cama una vez más.
Sin embargo, seguía inquieta. No recordaba ninguna ocasión en la que ir al hostal no me hubiera tranquilizado.
Quizá lo que necesitaba era dejar de moverme de un lado a otro y simplemente sentarme.
Lo ideal habría sido hacerlo con una copa de vino fuera, en el porche, pero no tenía.
Aun así, cogí una de las mullidas mantas y salí.
Me senté en el suelo del porche, ya que la última vez Chase y yo habíamos vuelto a bajar el sofá de mimbre al sótano antes de irnos.
No había querido dejar nada fuera por miedo a otra tormenta.
Respiré hondo, mirando al cielo. Aquella noche estaba despejado y precioso, justo lo que necesitaba. Podía sentir cómo la adrenalina se me iba del cuerpo mientras estaba sentada allí, rodeada por los sonidos de la noche y el susurro de los árboles con el viento.
¿Sabrá Chase que me he enterado? Era muy probable. Pero no me había mandado ningún mensaje ni nada.
Metí la mano en el bolsillo de mis vaqueros y cogí… nada. No llevaba el móvil encima. Quién sabía dónde lo habría dejado olvidado. Tal vez era mejor así, porque aún no estaba segura de qué decirle. Aún me encontraba en estado de shock .
Cerré los ojos, disfrutando del maravilloso silencio hasta que oí un crepitar y me levanté de un salto. Era fuego, sin duda, y no parecía estar muy lejos.
Se me puso el corazón en un puño. Lo último que necesitaba era que algo se estuviera quemando.
Corrí al otro lado del porche, mirando hacia ambos lados. Había luz en la parte trasera del edificio. Mierda. ¿Cómo se me ha podido pasar eso? Salí corriendo hacia allí, trazando ya un plan en mi cabeza. No tenía ningún extintor fuera, pero podía llenar un cubo de tierra y echárselo a las llamas.
Al doblar la esquina, solté un suspiro de alivio. El edificio no estaba ardiendo. El fuego estaba en la zona habilitada para las hogueras y…
—¡Chase! ¡Joder! Me has dado un susto de muerte.
Levantó las manos:
—Lo siento, no era mi intención. Solo quería darte una sorpresa.
Miré las llamas y luego a él.
—Espera, ¿cuándo has llegado? ¿Y por qué no te he visto?
Señaló con la cabeza:
—Tuve que ser muy sigiloso, he aparcado en casa de tu vecina, y me ha enseñado un camino que conecta por la parte trasera de la propiedad.
—¿Cómo sabías que estaría aquí? —pregunté.
—Bueno, ha sido una suposición afortunada. Me dijiste una vez que este es el lugar al que vienes cuando tienes un problema que no sabes cómo resolver.
Asentí:
—Sí.
—Mis hermanos me lo han contado todo.
Me froté los brazos con las manos para intentar aplacar los nervios.
—Entonces, la SEC…
Negó con la cabeza y se acercó.
—No quiero hablar de la empresa ni de la SEC. Quiero hablar del hostal. Tienes frío —dijo, quitándose la chaqueta y colocándomela sobre los hombros.
—Sí. Empieza a hacer frío por aquí —respondí. Entonces me di cuenta de que sostenía una varilla de metal con…— ¿Eso son nubes? —pregunté incrédula.
—Sí.
—¿De dónde las has sacado?
Esbozó una pequeña sonrisa:
—He comprado por el camino. No me atrevía a aparecer sin algo dulce. Pensé que así tendría más posibilidades de que me escucharas.
Resoplé.
—Claro que te iba a escuchar —repliqué—. Chase, ¿por qué no me contaste nada de… no sé… de nada? ¿Cómo se te ocurrió siquiera la idea? —Me costaba horrores formular preguntas coherentes, sobre todo porque tampoco tenía las ideas claras.
—No tengo mucho que decir en mi defensa, salvo que te quiero y, al parecer, eso me lleva a cometer auténticas locuras. Sé lo mucho que significa este lugar para ti, y también sabía que dirías que no si te lo proponía.
—Eso desde luego. Pero ¿por qué no hablarlo al menos?
—Porque entonces habrías sospechado si un inversor te ofrecía el dinero tan rápido justo después de que yo te lo comentara.
Me acarició las mejillas con ambas manos y ocurrió algo mágico. Mientras estaba completamente envuelta en él, con su chaqueta sobre mis hombros y sus manos en mi cara, el corazón me dio una tregua y me relajé por fin.
—Iba a decírtelo —murmuró, clavando sus ojos en los míos.
No pude evitar reírme.
—¿Cuándo?
—Después de que firmáramos los papeles. Iba a esperar al momento oportuno: cuando ya te hubieras gastado el dinero y no tuvieras forma de echarte atrás.
Me quedé boquiabierta:
—De verdad, lo tenías todo planeado al milímetro.
—Sí, y no estoy orgulloso de ello, pero tienes que saber algo sobre mí, Hannah. Te quiero y no puedo verte pasar apuros. Especialmente cuando está en mi mano solucionarlo… y cuidar de ti . Eso es lo único que quiero.
—Chase, no puedes ir por la vida pensando que todo se arregla con dinero.
Gruñó:
—Estoy tratando de mejorar eso.
—Sé que quieres lo mejor para mí, pero no puedo aceptar esto. Lo sabes, ¿verdad?
Volvió a gruñir.
—Ahora que lo sabes, voy a intentar convencerte de que lo aceptes como muestra de mi amor.
—Oye, que no puedes chantajearme.
Sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Yo no he dicho eso.
Resoplé:
—¿Ah, no? ¿Crees que no sé lo que estás haciendo? No has traído las nubes por nada. No solo estás intentando disculparte, estás intentando convencerme, y no va a funcionar.
—Has cambiado mi vida en tantos sentidos que no sé ni por dónde empezar a explicarlo, Hannah. Lo has cambiado todo, has puesto mi mundo patas arriba.
Dios mío, me estaba haciendo derretir por dentro. Cuando se ponía así, tan encantador, era capaz de convencerme de cualquier cosa.
Me puse de puntillas y le besé inesperadamente, consiguiendo sorprenderlo por una vez. Lo besé tan profundamente que gimió, y él me devolvió el beso con un hambre voraz. Movía la lengua con precisión, deslizando las manos por debajo de la chaqueta hacia mi cintura y luego hacia mi espalda.
Acercó su pelvis y lo sentí: estaba medio duro, no se trataba de la cremallera de sus pantalones; sabía distinguir entre eso y virilidad.
Con un gemido, dio un paso atrás.
—Hannah, hablemos primero.
—Ni hablar —repliqué, besándole la mandíbula y bajando luego hasta su nuez. Era una de las partes más vulnerables de su cuerpo.
—¿Por qué no?
—Porque estás diciendo cosas que me derriten. Eres muy convincente.
Se rió. Sentí la vibración de su risa contra mi boca.
—Creo que quieres distraerme con sexo —comentó.
Sonreí contra su piel.
—Sí. ¿Qué se siente beber de tu propia medicina?
—Me vuelve loco —gruñó.
Me incliné hacia delante, tomando la iniciativa del beso esta vez, y ¡madre mía! Tiré de su polo, pero lo que realmente quería era quitárselo. Quería tocar su piel y sentir cómo se estremecía con cada jadeo.
Deslicé las manos por debajo del dobladillo de la prenda e inmediatamente obtuve mi recompensa: un gemido ronco y cargado de deseo. Estaba perdiendo el control por completo.
Se acercó para besarme en la sien y murmuró:
—Vamos dentro.
—Nadie puede vernos aquí —protesté.
—No, pero te oirán.
Una oleada de calor me recorrió por dentro hasta encenderme entre los muslos. Su promesa era demasiado tentadora, y sabía de sobra que la iba a cumplir.
Me acarició por todas partes: el trasero, mis piernas, y luego subió por las costillas rozándome los pechos. Pero yo quería más. Tenía que ser completamente suya esa noche, de arriba abajo.
Cuando salí de la oficina, no tenía claro qué era lo que necesitaba. Incluso después de llegar al hostal, no lograba encontrar la respuesta.
Pero era muy simple. Necesitaba a Chase. Eso era todo.
Empezó a llevarme hacia la puerta trasera y no hice el menor intento de detenerlo. Lo deseaba demasiado como para pensar con claridad.
Menos mal que él había tomado las riendas.