Besos Robados Capítulo Treinta y Uno
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Capítulo Treinta y Uno

HANNAH

Fue meternos dentro, cerrar la puerta a nuestra espalda y desatar la locura.

Sus manos volaban frenéticas, hambrientas, recorriéndome entera.

Me quitó la chaqueta de un tirón y la dejó caer al suelo.

Yo ya estaba ardiendo por él; me moría por sentirlo en cada centímetro de mi piel, sobre todo en mi entrepierna.

Me sacó la camiseta por la cabeza y, sin darme tiempo a respirar, pegó la boca a mi cuello para ir descendiendo a besos.

Busqué su pelvis con la mía en un empuje ciego, con todo el cuerpo vibrando de la cabeza a los pies. Estaba completamente entregada a él.

—Joder. Te necesito ya —soltó contra mi oído. Siguió la línea de los tirantes de mi sujetador con las yemas de los dedos y bajó por mi espalda, haciéndome estremecer.

Podía hacer conmigo lo que le diera la gana, me daba igual. Pensé que iría directo al broche, pero el muy capullo decidió jugar y me acarició la base de la espalda, muy despacio.

Gemí, desesperada:

—Chase, por favor, tócame.

—No puedo resistirme cuando me lo pides así.

Y a mí me importaba una mierda rebajarme a suplicar.

Cuando por fin me desabrochó el sujetador, el roce de la tela contra mis pezones hizo que se me escapara un jadeo.

—Vaya, ya estás supersensible… —susurró, tirando mi sujetador a un lado.

Me hizo dar un par de pasos hacia atrás hasta que topé con el poste de la escalera. Entonces me tapó los pechos con las palmas de las manos, rozándome los pezones en círculos. Me ardía todo el cuerpo.

—Chase —murmuré—. ¡Por favor! ¡No aguanto más! Yo también quiero tocarte.

Le quité el polo de un tirón y colmé todo su torso de besos.

Me volvía loca sentir los latidos de su corazón desbocado bajo mis dedos y mis labios.

¿Cómo se podía estar tan jodidamente bueno?

Le solté el cinturón de un tirón y le desabroché los vaqueros.

Solo me dio tiempo a bajárselos hasta las caderas y cerrarle la mano alrededor de la polla cuando me frenó sujetándome la muñeca.

—No.

—¿Por qué? —protesté a oscuras.

—Todavía no.

Me obligó a subir las manos y las apoyé en su pecho mientras él se dedicaba a mordisquearme el cuello y los pechos, pero no tardé en volver a las andadas. Deslicé los dedos por debajo de los bóxers y le acaricié la punta con suavidad.

—¡Hannah! —exclamó—. No piensas portarte bien, ¿verdad?

—No puedo —respondí.

Dio un paso atrás para zafarse, se movió rápido y recogió el cinturón del suelo.

—Pon las manos detrás de la espalda.

—¿Qué?

—Como te he dicho, no quiero que me toques por ahora.

No estaba segura de qué pretendía, pero mantuve las manos a la espalda. Salió de mi campo de visión y, al segundo siguiente, sentí el cuero frío contra mi piel, rodeándome ambas muñecas. En ese instante, me di cuenta de lo que estaba haciendo: me estaba atando al poste.

Madre mía.

Agucé el oído. La habitación estaba completamente en silencio. Me acarició el trasero con ambas manos y luego deslizó una por mi muslo directo a mi sexo, antes de repetir el movimiento con la otra. Era excitante a más no poder.

—Estás mojada. ¿Te gusta que te aten?

—No tenía ni idea hasta ahora —confesé con un hilo de voz.

No me había atado demasiado fuerte, aunque apenas podía mover las manos.

Y como no podía tocarlo, lo deseaba aún más.

—Chase… —protesté.

Me besó el lateral del muslo, luego subió hasta mis pechos y se colocó de nuevo frente a mí.

—Primero te vas a correr para mí. Después podrás tocarme todo lo que quieras.

Eché la cabeza hacia atrás, asimilando sus palabras. Se quedó de pie frente a mí, sin llegar a rozarme.

—¿En qué estás pensando? —murmuré.

—En por dónde voy a empezar a devorarte primero y en cómo voy a hacer que te corras.

Jadeé. Se inclinó hacia mí hasta que sentí el calor de su cuerpo, y eso me volvió loca. Necesitaba sentirlo ya, así que empujé mi pelvis hacia delante, buscando desesperadamente su contacto.

Chase gimió.

—Creo que ya sé por dónde empezar —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo con suavidad.

Entonces me tapó la boca y, al mismo tiempo, deslizó la mano entre mis piernas. Con la otra me sujetaba firmemente las caderas, dejándome completamente inmovilizada. Tenía las bragas empapadas y me las bajó de un tirón hasta las rodillas. De esa manera no podía abrir mucho las piernas.

Protesté:

—Necesito que me las quites, ya.

—Estás perfecta tal y como estás; me basta con esto para hacerte correr.

Me torturó pasando los dedos despacio de arriba abajo por la entrada, sin tocarme el clítoris ni penetrarme. Tenía la boca en mis pechos, pero apenas me enteraba. Toda mi existencia se había concentrado en mi vientre.

Mis piernas flaqueaban. Apreté las nalgas, suplicando:

—Por favor, Chase.

Entonces me complació. Presionó mi clítoris con la yema del dedo y empezó a moverlo con una lentitud exasperante. Sentía que estaba a punto de estallar, así que me puse de puntillas, empujando la pelvis hacia delante.

—No puedo más —murmuré.

—Eso es, cariño.

Deslizó un dedo dentro de mí y me presionó el clítoris con la palma.

El mundo entero desapareció. Cuando me atrapó la lengua con la suya, estallé al instante.

El orgasmo fue un latigazo salvaje y el placer me inundó por completo.

Ya no sabía ni cómo me mantenía en pie. O puede que ya ni lo estuviera, porque sentía que flotaba.

Dejé de ser consciente de lo que me rodeaba y solo me centré en Chase, que ahora me sujetaba con fuerza por las caderas.

—Quiero hacer que te corras así todos los días por el resto de mi vida. No hay nada comparable a esto.

—¿Puedo tocarte ya? —pregunté, tirando de las ataduras.

—No.

—Pero dijiste que después de que yo…

—Ya, pero no dije cuántas veces tenías que hacerlo.

—Ah. ¿Cuántas veces?

—Tantas como yo quiera.

Me acarició el cuerpo, moviendo las manos por cada rincón a su alcance. Luego se puso de rodillas y me terminó de bajar las bragas. Tragué saliva con dificultad mientras me libraba de ellas. Ni siquiera me había dado cuenta de que todavía las llevaba puestas.

—Ahora ábrete bien para mí, preciosa.

Me presionó el clítoris con el pulgar mientras yo levantaba la pierna derecha. Perdí el equilibrio un momento, pero enseguida recuperé la estabilidad.

—Eres increíble y muy sexy —murmuró sin dejar de estimularme.

Entonces se apartó un segundo y me agarró por las caderas, inclinándome la pelvis.

Cuando me atrapó el clítoris entre sus labios, un escalofrío brutal recorrió todo mi cuerpo, haciendo que me flaquearan las piernas otra vez.

Tenía la piel empapada de sudor. Me estaba volviendo completamente loca: primero me lamía el clítoris y luego lo succionaba.

Después, me acarició con las yemas de los dedos, desatando una tormenta en mi piel hipersensible.

Lametón.

Mordisquito.

Caricia.

Lametón.

Mordisquito.

Caricia.

Apenas podía respirar. Apenas podía mantenerme en pie. El placer y la tensión luchaban dentro de mí, y yo estaba por completo a merced de Chase. No controlaba nada, era increíblemente liberador.

Eché la cabeza hacia atrás, soltando un grito. Presionó la parte plana de su lengua contra mi centro hasta que terminé de correrme, y luego se incorporó de inmediato, rodeándome con sus brazos para desabrochar el cinturón.

—Vamos a la cama, cariño. Estás temblando.

Mantuve mis manos recién liberadas alrededor de su cuello mientras caminábamos despacio. Tenía razón, no sabía de qué otra manera describir el estado en el que se encontraba mi cuerpo. Nunca había experimentado algo así antes.

Al entrar en el dormitorio, empecé a recuperar el sentido, reparando en los pequeños detalles. Tenía la piel caliente y una ligera capa de sudor en la nuca. No llevaba calzoncillos.

Mira qué listo. A mí no me dejó quitárselos, pero él no tuvo ningún problema en hacerlo solo.

Me senté en la cama y su erección me quedó justo delante de mí. Lo lamí una vez, desde la base hasta la punta, y sus caderas se arquearon hacia delante.

—¡Joder, Hannah! —exclamó.

Luego se subió a la cama, me colocó los tobillos sobre sus hombros y me metió algo debajo de las nalgas para elevar mis caderas. Parecía una manta doblada, pero me daba exactamente igual. Lo único que me importaba era que pronto lo tendría dentro de mí.

Entró despacio, pero yo estaba demasiado hambrienta de él.

Incliné la pelvis para acogerlo por completo.

Chase soltó un gemido y se quedó inmóvil un segundo antes de empezar a embestirme.

No tuvo ninguna piedad, y era justo lo que yo quería: necesitaba estallar otra vez.

Cada embestida era más dura y, de algún modo, más profunda.

No sabía ni cómo era posible sentir tanto placer.

Ya había alcanzado el clímax dos veces, pero estaba a punto de volver a perder el control.

Apenas había luz en la habitación, ni siquiera la de la luna, pero de alguna manera lograba distinguir el contorno de su cuerpo y la ligera curvatura de sus hombros.

—Me voy a correr —murmuré cuando ya no pude contener el orgasmo por más tiempo.

Al segundo siguiente, me presionó el clítoris con un dedo y exploté de placer, gritando aún más fuerte que antes.

Estaba segura de que iba a quedarme sin voz. Entre mis gemidos, también oí los suyos. Gimió de una forma tan feroz y primitiva que supe de inmediato que su orgasmo estaba siendo tan placentero como el mío.

El agotamiento me invadió casi de inmediato. Tenía la corazonada de que Chase estaba igual de agotado; no decía nada, solo se quedó acariciándome el pelo.

Me quedé dormida y me desperté en medio de la más absoluta oscuridad.

¿Qué hora es? Claramente, todavía era de noche.

Me pregunté qué me había despertado, y entonces sentí su mano moviéndose de arriba abajo por mi espalda.

Estaba tumbada boca abajo, abrazando una almohada.

Giré la cabeza para mirarlo y vi que Chase también estaba tumbado.

—¿Estás despierto? —susurré.

Se rio suavemente:

—¿Crees que te tocaría si estoy dormido?

—Viniendo de ti, no lo descartaría —bromeé.

—Siento haberte despertado. Pensé que, si lo hacía con suavidad, no te darías cuenta.

—No estaba profundamente dormida. ¿Qué hora es?

—Son las dos de la madrugada. Vuelve a dormirte.

Parpadeé un par de veces:

—No puedo. Ahora estoy completamente despierta, así que, por favor, sigue tocándome.

Apoyó la mano en mi nalga y se acercó más.

—¿Quieres que hablemos?

—Acabo de darme cuenta de qué me ha despertado. No hemos hablado de qué piensas hacer con respecto a, ya sabes, todo este marrón.

Respiró hondo:

—He estado hablando con mis hermanos.

—¿Cuándo?

—Hace como una hora.

—¿Pero has dormido algo? —pregunté.

—No. Tú te quedaste frita, pero yo no he sido capaz de pegar ojo.

—¿Por qué no me despertaste?

Me besó en la frente.

—Eres adorable cuando duermes, y además te he dejado agotada.

Suspiré.

—Ya lo creo… —Le toqué el pecho y luego los hombros. Estaba tenso, pero instintivamente supe que no había nada que pudiera hacer para ayudarlo a relajarse de verdad. Al menos hasta que pasara todo este lío.

—¿Quieres que volvamos a la oficina? —pregunté.

—No, no tiene sentido. Ahora mismo todos están durmiendo, pero nos reuniremos mañana temprano. El plan es pillar a Cyrus por sorpresa antes de ir a la SEC.

—Pues parece una buena estrategia para resolver el asunto.

—No creo que vaya a pegar ojo —comentó.

—Mmm, entonces ¿qué podríamos hacer el resto de la noche? —pregunté—. Ah, ya sé. Has traído todas esas nubes. No vamos a dejar que se echen a perder, ¿verdad?

En la oscuridad, sentí cómo sonreía contra mi frente.

—Ni de coña, cariño.

Nos vestimos rápidamente y salimos. Me sonrojé muchísimo al pasar por la escalera. No sabía cómo iba a volver a mirarla sin recordar todas las cosas que me había hecho contra ese poste de madera.

Me volvió a poner su chaqueta sobre los hombros al salir.

El fuego se había apagado, por supuesto, pero Chase lo reavivó en un abrir y cerrar de ojos.

Se colocó detrás de mí, rodeándome la cintura con los brazos, mientras yo sostenía el palito con la nube sobre el fuego, vigilando con atención para que no se quemara.

—¿Por qué no me dijiste que mis hermanos y tú habíais visto algo raro? —preguntó.

—Queríamos asegurarnos de que era real y no preocuparte sin razón.

—No tienes que protegerme de nada. —Su voz sonaba un poco tensa.

Me di la vuelta.

—Mira quién habla… ¿No acabas de hacer lo mismo conmigo?

Gruñó.

—Eso es diferente. Tú eres mi chica y tengo que protegerte.

—Pues conmigo pasa exactamente lo mismo.

Me besó en la mejilla y solté un bufido cuando las nubes se derritieron y se cayeron de la varilla.

—¡Ay, no! —dije, empujándolo juguetonamente con el trasero—. Mira lo que has hecho.

Se rio entre dientes:

—Menos mal que he traído unas cuantas bolsas.

—Desde luego.

Pasamos las siguientes horas asando nubes y disfrutando el uno del otro hasta que salió el sol.

—Qué maravilla —murmuré mientras nos sentábamos en el porche trasero, viendo cómo el sol iba tiñendo el cielo de oro.

Chase no respondió nada. Tenía la barbilla apoyada en el hueco de mi cuello y los brazos rodeándome.

Me empapé de la paz de ese momento. Sin duda lo necesitábamos de cara al día que nos esperaba.