Besos Robados Capítulo Veintisiete
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Capítulo Veintisiete

CHASE

—¿Adónde vamos? —preguntó Hannah.

—He hecho una reserva en un restaurante. Creo que te va a gustar.

Esbozó una gran sonrisa. Vaya, eso me llenó de orgullo. Antes de conocer a Hannah, solo sentía esa satisfacción cuando cerraba un trato o lograba avances en un asunto de negocios.

Incluso para mis estándares, aquel día había sido un desastre.

La SEC se puso en contacto con nosotros —con los hermanos Sterling, concretamente— aquella mañana, diciendo que necesitaban profundizar en su investigación, que las transacciones sospechosas que llevaban meses rastreando seguían produciéndose.

Normalmente no prestaba atención a sus investigaciones porque solían ser una pérdida de tiempo.

Pero había algo en este caso que me estaba dando mala espina.

Aun así, estaba decidido a dejar el tema en un segundo plano y centrarme en Hannah. Le había prometido una cita antes de que llegara la noticia de la SEC, y no quería cancelarla.

Sabía que a ella le hacía ilusión.

Y a mí también.

En el pasado, cada vez que tenía un problema en la oficina, me sumergía en el trabajo. Ahora, simplemente quería estar con mi chica.

La llevé a un restaurante que estaba, literalmente, en la playa.

—¡Qué pasada! —exclamó ella, mirando a su alrededor.

Era un restaurante al aire libre. Colocaban las mesas en la misma playa y recomendaban quitarse los zapatos para evitar que se llenaran de arena. Ambos nos los quitamos y los dejamos en la entrada.

Un camarero nos llevó a una mesa en primera fila, justo al lado del agua. Habían puesto velas por todo el perímetro y en cada mesa.

—Esto es tan romántico… —comentó Hannah.

—Me imaginé que te gustaría —le susurré al oído mientras le apartaba la silla para que se sentara. Luego me incliné y le di un beso en el lateral del cuello. El aroma de su piel era adictivo.

Era todo lo que necesitaba después de un día largo y difícil. Joder, la necesitaba. Apenas había podido contenerme durante la jornada. Más de una vez tuve la tentación de buscar una excusa —cualquier cosa valía— para llamarla a mi despacho.

Después de sentarme, la observé fijamente mientras ella miraba a su alrededor, examinando cada detalle.

—¿Qué vamos a cenar? —preguntó, y luego echó un vistazo al menú. —Ah, es una sorpresa. Eso va a ser divertido.

—¿Hay algo que no te apetezca? —pregunté.

Ella sonrió, moviendo las cejas.

—No, me gusta todo.

Sentí un cosquilleo en la entrepierna.

Contrólate, Chase.

El camarero se acercó y nos explicó cómo iba a transcurrir la velada. No nos iban a revelar nada sobre la comida ni el vino. Al parecer, todo iba a ser una sorpresa.

—Así que también hay cata de vinos —dijo Hannah, casi saltando en su asiento—. El plan me gusta cada vez más, esta noche va a ser épica.

—Ese era mi plan —respondí. Cuando el camarero se marchó, añadí—: Y tengo una sorpresa para ti en casa.

—No me puedo creer que me digas eso.

—No me refería al sexo. O, bueno, no solo al sexo. Me refería al postre.

—Ahora estoy deseando terminar la cena para poder disfrutar de mis regalitos.

—Todo a su tiempo, Hannah, todo a su tiempo. —La miré fijamente hasta que empezó a moverse, inquieta, en su silla. Me encantaba poder ponerla nerviosa con solo mirarla.

El camarero volvió unos minutos más tarde. De primer plato, nos sirvieron rodajas de sandía envueltas en jamón serrano con vino blanco.

Levanté mi copa y brindamos.

—¿Por qué brindamos? —preguntó—. Mmm… por más veladas como esta.

—Totalmente. —Si ese tipo de cosas la hacía feliz, organizaría cenas parecidas una vez a la semana. O mejor aún, lo haría todos los días. Verla feliz me resultaba adictivo.

La comida estaba muy buena, al igual que el vino. El resto de los platos eran una mezcla de cocina fusión americana, italiana y francesa. Era un concepto bastante interesante, pero estaba demasiado concentrado en Hannah como para prestar atención a lo que estaba comiendo.

—¿Cariño? —pregunté después de que se terminara su tercera copa de vino y buscara al camarero con la mirada—. ¿Seguro que quieres otra?

Le dio un ataque de hipo y se tapó la boca con la mano.

—Iba a decir que sí, pero creo que eso ha sido una señal clara de que ya es suficiente —bajó la voz, inclinándose hacia delante sobre la mesa—. No estoy borracha, ¿verdad?

Me reí, acariciándole la pierna con mi pie descalzo bajo la mesa.

—No, simplemente eres adorable.

—Mmm… —replicó ella—. Eso no es lo que pensabas en el aeropuerto cuando estaba bebiendo champán.

—No, ahí me estaba debatiendo entre discutir contigo o besarte contra alguna pared.

Se quedó boquiabierta.

—¿Qué? No capté ese rollo para nada.

—No, estabas demasiado ocupada dándome el coñazo.

Se recostó en la silla.

—No puedo negar eso. —Al instante, suspiró—. La boda fue preciosa, ¿verdad? Mi hermana siempre había querido casarse en la playa.

—¿Y tú? —pregunté.

—Yo siempre he querido una en la montaña, o en algún sitio rodeado de bosques.

A Blair y a mí nos gustaba escuchar a mi madre hablar de su boda.

Cuando éramos niñas, siempre se le quedaba esa mirada soñadora cuando la mencionaba.

Como si pudiéramos sentir la presencia de nuestro padre.

Mi historia favorita era la de cómo ahorró durante cuatro años para comprarle el anillo de compromiso.

Es un poco modesto, no como el de mi hermana, pero me encanta.

—Echas de menos a Blair y a tu madre, ¿verdad? —pregunté.

—Me encantaría que vivieran más cerca, obviamente, pero me alegro de que sean felices.

Le cogí la mano por encima de la mesa:

—Sabes que puedes ir a verlas cuando quieras, ¿verdad? Incluso podemos ir juntos en avión.

Se estremeció. Incluso lo noté en el movimiento de sus dedos.

—¿Vendrías conmigo?

—Por supuesto. ¿Es que todavía no te has dado cuenta de que me encanta hacerte feliz, Hannah?

—Ay, Chase, las cosas que dices…

Palabras como esas nunca me salían con facilidad.

De hecho, nunca había sido de los que decían cosas así.

Pero con Hannah, todo me resultaba tan fácil que era casi un instinto.

Lo único que tenía que hacer era dejarme llevar, esperar y soltarme, en lugar de intentar controlar mis pensamientos y mis palabras.

Tuve que luchar contra todo mi ser para no llevármela en brazos y volver a casa de inmediato.

***

Cuando terminamos de comer, me levanté para echarle la silla hacia atrás a Hannah, le cogí la mano y ella la apretó con fuerza mientras se levantaba. Pegó su cuerpo al mío y me habló al oído.

—Te voy a contar un secreto, estoy un poco achispada.

Me reí en su oído.

—Yo te llevo, Hannah. Vamos al coche y luego a casa.

Caminar por la arena me costó más de lo habitual, porque mi chica estaba un poco inestable.

Luego, al llegar a la entrada, había cola en el lugar donde recogían los zapatos.

Hannah bostezó antes de apoyar la cabeza en el hueco de mi cuello.

Noté su lengua y luego sus labios recorriéndome la garganta.

—¿Hannah?

—Mmm —murmuró contra mi piel—. Esa es tu voz sensual de “no me puedo controlar”. —Se apartó sonriendo tímidamente, y añadió—: Voy a esperar allí, en ese banco.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, puedo ir sola. Es solo que no quiero estar de pie más tiempo.

—Vale, te llevaré los zapatos.

Me quedé en la cola unos minutos más hasta que llegó mi turno. Señalé los zapatos de Hannah y los míos.

—¿Eso es todo? —preguntó la recepcionista.

—Sí. —Señalé a Hannah—: Voy a ayudarla a ponerse los zapatos.

Ella giró la cabeza, mirando a Hannah:

—Ah. ¿Se encuentra mal?

—No, solo ha bebido demasiado vino.

La recepcionista levantó una ceja y luego se acercó a mi oído:

—Bueno, si quieres terminar la noche como Dios manda, llámame después de dejarla en su casa.

¿Quién coño le tiraría los tejos a alguien cuando está claramente en una cita?

—¿Cómo se te ocurre decirme eso? —repliqué.

Echó la cabeza hacia atrás como si le hubiera dado una bofetada:

—A ver, no parecías muy contento con ella…

—No tengo nada que hablar contigo —respondí—. Voy a hablar con el dueño.

—Joder, no era mi intención… —Volvió a echar la cabeza hacia atrás.

Me di la vuelta, pasando olímpicamente de la recepcionista, y me dirigí hacia Hannah. Me arrodillé ante ella y empecé a ponerle los zapatos.

—Este momento parece sacado de “La Cenicienta” —comentó cuando le puse los zapatos, tocándole los tobillos más tiempo del necesario—. ¿En qué estás pensando?

—Se me ha venido una imagen tuya en la cama… con los pies atados…

Se quedó boquiabierta y se tapó la boca con la mano. Tras ponerme mis zapatos, me levanté y le cogí las manos para ayudarla a incorporarse del banco.

—¿Por qué has tardado tanto? ¿Acaso la recepcionista no encontraba nuestros zapatos?

Le acaricié la mejilla con los dedos y decidí ser sincero con ella:

—No, de hecho, me ha tirado los tejos.

Hannah parpadeó varias veces, sorprendida.

—¿Qué? —Miró por encima de mi hombro—. Pero si me ha visto, ¿no?

—Sí.

Me clavó la mirada.

—¿Qué le has dicho?

Fruncí el ceño:

—¿Qué quieres decir? Le dije que se fuera a la mierda. ¿Por qué lo preguntas siquiera?

Hannah se mordió el labio inferior.

—No sé… Es guapa y estoy un poco borracha, así que no tengo ningún tipo de filtro.

—Hannah. —Le acaricié la cara—. Ni se me ocurriría prestarle atención a otra mujer. Lo eres todo para mí.

Acto seguido, la besé con tanta fuerza que estuvo a punto de tropezar hacia atrás contra el banco.

Volqué todo lo que sentía en ese beso. Necesitaba que supiera lo mucho que significaba para mí; quería que lo sintiera de verdad.

Y quería que todo el mundo supiera que era mía, estaba marcando mi territorio por si alguien tenía los santos cojones de tirarle los tejos a mi chica.

Cuanto más la besaba, más ganas tenía de profundizar en el beso. Pero ella me apartó, sonriendo contra mis labios.

—Chase, no estamos solos —murmuró.

—Pues eso está a punto de cambiar.

Tenía los labios completamente rojos.

—Me muero de ganas de probar ese postre que me has prometido.