Besos Robados Capítulo Veintiocho
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Capítulo Veintiocho

CHASE

—¿De verdad tienes postre aquí? —preguntó en cuanto entramos en mi casa.

—Por supuesto. ¿Qué sentido tendría mentirte?

—No sé… ¿Porque querías engatusarme para volver antes y acostarte conmigo?

—Siempre quiero eso contigo, pero no mentiría para conseguirlo.

—Es verdad —dijo ella—. No es tu estilo.

Nos dirigimos directos a la cocina. Abrí la nevera y saqué el postre.

—¡Has encontrado baklava ! —exclamó emocionada.

—Sí. Tiene nueces —expliqué—. Y un montón de miel.

Se lamió los labios y luego se contoneó. Hannah me provocaba cosas que ninguna otra mujer había estado ni cerca de conseguir.

Abrió la caja y empezó a comer directamente de ella.

—¿Te pongo un plato? —pregunté en tono burlón.

—Ups. —Se le cayó un poco de miel en la muñeca y en el dorso de la otra mano—. Espera, que me limpio.

—Deja que lo haga por ti. —Le lamí la muñeca y ella contuvo el aliento.

Eso me dio una idea. Cogí la caja y dije:

—Vamos al sofá.

—¿Por qué?

Mantuve un tono neutro:

—Para que podamos sentarnos.

Cogió dos platos, aunque no los íbamos a necesitar —al menos, yo no. Mi plan era usar su cuerpo de plato y luego devorarla .

Cuando estuvimos frente al sofá, la rodeé con un brazo por la espalda, impidiendo que se sentara. Luego, le hablé al oído:

—Quítate la ropa.

—¿Ahora? —susurró, y empezó a temblar ligeramente.

—Sí.

Dejó los platos y coloqué la caja sobre la mesa de centro. Luego, agarró el dobladillo de su vestido y se lo quitó por la cabeza.

—Ahora date la vuelta y túmbate en el sofá. Bueno, mejor en la otomana. Allí estarás más cómoda.

La otomana era lo suficientemente grande como para que pudiera tumbarse boca arriba. Tenía las nalgas en el borde y los pies en el suelo.

—Y bien, ¿cuál es tu gran plan?

Cogí la caja con el baklava y le acerqué un trozo. Unas gotas de miel cayeron sobre su vientre. Luego dejé el dulce y cubrí su vientre con la boca, lamiendo la zona hasta dejarla limpia.

—Me encanta —murmuró.

Desplacé mi boca más abajo por su cuerpo.

Agarrando la cinturilla de sus bragas, se las bajé por las rodillas hasta los tobillos; luego le abrí bien las piernas y sostuve el baklava sobre su centro.

Unas gotas de miel cayeron sobre su clítoris.

Hannah jadeó, tan excitada que incluso el más mínimo roce de la miel suponía una tortura para ella.

No empecé a lamerla de inmediato. En su lugar, aparté el dulce y me incliné sobre ella para quitarle el sujetador.

—Estás preciosa. —Tenía la mitad del pelo esparcido por la otomana y la otra mitad recogido bajo su espalda.

Deslicé mi boca por el lateral de su cuello y la besé por el torso en un patrón entrecruzado para que no supiera dónde iba a posarme después.

Hannah arqueaba la espalda con cada beso.

Le puse una mano en el muslo y noté cómo movía el trasero; sonreí contra su piel y ralenticé el ritmo a medida que avanzaba hacia el interior de la pelvis.

Luego me dirigí con una lentitud tortuosa hacia su entrepierna.

Ella agarró los bordes de la otomana con ambas manos, clavando los talones contra el suelo.

Con la mirada fija en su cara, me desplacé a su sexo. Entonces toqué su clítoris con la punta de la lengua y se volvió completamente loca. Despegó las caderas de la otomana y se puso una mano en el estómago, clavándose las uñas.

—No te hagas daño. Aprieta mis dedos si lo necesitas.

—¡Joder! ¡Sí, lo necesito! —exclamó.

Su voz era ronca y desenfrenada. Me encantaba poder hacerla perder la compostura tan rápido. Estaba perdiendo el control de su propio cuerpo justo delante de mis ojos. Y todo era causado por mí.

Apreté mis labios contra su clítoris.

—¡Chase! —Volvió a levantar el trasero.

Le agarré los muslos y los apoyé sobre mis hombros. Esa posición me dio justo el ángulo que quería, estaba completamente a mi merced. Abrió los ojos, llenos de lujuria y deseo.

Algo me hizo cosquillas en la espalda y me percaté de que sus bragas seguían colgando de un tobillo. Por alguna razón, eso me excitó aún más.

Hundí la cara en su coño, estimulándola con la lengua y los labios hasta que empezó a suplicarme que la hiciera correrse. Lo ansiaba con locura y yo se lo iba a dar… pero solo cuando ya no pudiera soportar más la tensión.

Deslicé un dedo dentro de ella y presioné la base de mi palma justo al lado de su clítoris, pero sin tocarlo. Luego me lo metí en mi boca.

Sentir cómo llegaba al clímax fue lo mejor del mundo. Un auténtico privilegio. Apretó sus muslos contra mis orejas y sentí cada vibración de su cuerpo. Cuando se relajó, le volví a colocar los pies en el suelo despacio.

Cogí sus bragas y las lancé por el aire mientras ella se impulsaba desde la otomana y se ponía de rodillas, mirándome. Luego me agarró el cuello de la camisa, sonriendo con picardía.

—¡Esta te la puedo arrugar todo lo que quiera! —dijo.

—Claro que sí, cariño.

Me desnudó en un santiamén.

—No vamos a llegar al dormitorio, ¿verdad?

—Ahora mismo no —susurré, tumbándola en la alfombra. Le acaricié la cara y rocé sus labios con los míos. Quería saborear ese momento, lo necesitaba. Sabía que, una vez que estuviera dentro de ella, no sería capaz de frenar.

—Estás temblando —comenté.

—Mmm… —fue todo lo que pudo decir. Ni siquiera podía articular una palabra, y mucho menos formar frases. La quería exactamente así: delirando por mí.

Me deslicé dentro de ella centímetro a centímetro. Se estrechaba en torno a mi polla cada vez que empujaba un poco más. ¡Qué sensación! Necesitaba esto en mi vida todos y cada uno de mis días. Era embriagadora, me llenaba de una manera que no sabría explicar.

Moví las caderas en vaivén a un ritmo lento. Disfrutaba sintiendo cómo se apretaba con cada embestida. Entonces sus gemidos se volvieron más salvajes, y los míos también.

Necesitando más fricción, le di la vuelta para ponerme encima y empujé mi pelvis.

—¡Joder! —exclamé, hundiéndome tan profundamente dentro de ella que apenas podía respirar de tanto placer.

—¡Chase! —gimió ella.

Me quedé quieto cuando empecé a ser consciente de dónde estábamos otra vez. Tenía que llevarla a una superficie más blanda porque iba a darle duro. La levanté del suelo y me dirigí hacia el sofá.

—Está visto que nos gustan los sofás, ¿eh? —bromeó ella, y le besé la punta de la nariz.

La tumbé en la parte más ancha del asiento y me coloqué encima otra vez.

Ahora ya no había marcha atrás; no iba a ir despacio.

Empecé a darle caña con un ritmo rápido e implacable.

Nuestros cuerpos estaban perfectamente sincronizados.

Hannah lo necesitaba con la misma intensidad que yo, de la misma forma salvaje.

No dejaba de mover las caderas, acompañando cada embestida con puro fervor.

En el segundo exacto en que llegó al clímax, yo me vine con ella, gimiendo contra su hombro.

Quería que supiera exactamente lo que me hacía sentir.

Empujé la pelvis hacia delante, pero mi cuerpo ya se movía por pura inercia; ni siquiera era consciente de lo que estaba haciendo, y solo recuperé la lucidez cuando las pulsaciones me bajaron.

Hannah me miraba con una sonrisa. Levantó la cabeza y me besó la nuez.

—Ha sido increíble —murmuró.

Le besé el cuello, haciéndola reír.

—Totalmente.

—Entonces tenía razón —dijo mientras a los dos nos bajaba el subidón.

—¿En qué?

—En lo de usar el postre como excusa para traerme aquí antes.

Me levanté del sofá, tirando de su brazo para que se levantara conmigo, luego cogí la caja de baklava del suelo y la dejé sobre la encimera de la cocina.

—No lo había planeado así, pero ya sabes… una cosa llevó a la otra.

—Mmm, ¿de verdad? ¿Viste el postre y tuviste esa ocurrencia?

Ladeé la cabeza:

—Exacto. De hecho, pensé que me comería la miel y luego a ti.

Un ligero rubor se apoderó de sus mejillas. Después de todo lo que acababa de pasar, ¿se avergonzaba?

Me miró y dijo:

—Quiero darme una ducha. Y luego me voy a comer todo el baklava .

—Es para los dos —aclaré, aunque en realidad me importaba bastante poco comer un trozo o no.

—Tú ya has tomado como tres gotas de miel. Con eso ya tienes suficiente.

Le di una palmada en la nalga y se la apreté.

—Vaya que sí.

Salí del baño en un abrir y cerrar de ojos. Hannah tardó más porque se lavó el pelo. Cuando volví a la cocina, serví zumo de naranja para los dos. Tentado por el baklava que había en la encimera, le di un bocado.

—Oye, pensaba que eso era todo para mí —dijo Hannah, pillándome por sorpresa.

—No me he podido resistir.

Me di la vuelta y casi se me traba la lengua al verla. Hannah tenía el pelo mojado, pero no goteaba, así que probablemente se lo había secado con una toalla. Estaba más ondulado de lo habitual y le quedaba de maravilla.

Rodeó la encimera de la cocina y se metió inmediatamente el resto del baklava en la boca. Parecía una ardilla con sus mejillas llenas.

En serio, es adorable.

Me puso la mano en el omóplato izquierdo y me echó el hombro hacia atrás.

—Sigues tenso, ¿verdad?

—No consigo quitarme el nudo.

—Ni siquiera un orgasmo ha ayudado —murmuró.

—Pero tal vez un segundo lo consiga.

Movió las cejas de manera pícara y abrió el albornoz para que pudiera ver su desnudez. Me puse medio duro al instante. Hannah tenía el mando a distancia de mi cuerpo y, pulsara el botón que pulsara, me empalmaba.

—¿Te preocupa lo de la SEC? —preguntó.

—Nunca es plato de buen gusto que te vengan a llamar a la puerta, pero ya tengo bastantes cosas entre manos como para preocuparme por eso. Solo será un dolor de cabeza si la cosa pasa a mayores.

Ella asintió.

—Me parece bien, es lo más sensato —dijo, pero no dejaba de juguetear con los pulgares.

—Siento que a ti sí que te pone nerviosa —afirmé.

Volvió a asentir, puso ambas manos sobre mi pecho y respondió:

—Es que no quiero que te pase nada. A la empresa tampoco, pero a ti menos todavía.

No estaba acostumbrado a que alguien quisiera protegerme. Mis hermanos y yo nos cuidábamos las espaldas mutuamente, pero aquello era diferente.

—Estoy lista para luchar contra cualquiera que venga a por ti. —Su tono era desenfadado, pero algo me decía que no bromeaba.

Le acaricié la mandíbula con el pulgar:

—No va a hacer falta pelear. Pero puedes usar todas tus armas para ayudar a relajarme. Sin duda, puedes apuntarte un tanto con un orgasmo —sonreí con picardía.

Se rió:

—Apuntado.

No quería que se preocupara por mí. Mi trabajo era protegerla a ella, no al revés.

—Por cierto —dijo—, ahora que se me ha pasado un poco el subidón, me he dado cuenta de que se me olvidó decirte algo. He recibido un mensaje de un inversor que está interesado en el hostal.

—¡Qué buena noticia! ¿Quién es?

—No creo que los conozcas… Se llaman Boutique Relax Inc. No he podido averiguar gran cosa sobre ellos.

Eso era justamente lo que buscaba. Knox y Finn habían actuado con mucha rapidez. Estaba en deuda con ellos.

¿Me sentía culpable por mentirle descaradamente a Hannah?

Claro que sí. Había llegado a la conclusión de que algún día se lo confesaría, porque no quería que tuviéramos secretos, y mucho menos mentiras entre nosotros.

Pero en ese momento, solo quería que se sintiera tranquila y que consiguiera reparar el hostal.

—Me estoy tomando mi tiempo con la investigación —continuó—. No quiero precipitarme, pero veo que esto puede llegar a concretarse. Aunque me gustaría poder ponerle cara al nombre.

Ya, estaba seguro de que sí, pero eso no iba a suceder.

—A veces es mejor mantener las cosas de forma impersonal.

—Es cierto, pero ya me conoces: tengo otra manera de hacer las cosas.

—Si te sirve de ayuda, puedo echarles un ojo e investigar la empresa.

Sonrió:

—Eso sería genial. Por fin parece que la suerte empieza a sonreírme.

Se puso de puntillas y me besó el hombro derecho y luego el izquierdo.

—De hecho, creo que me has traído buena suerte. Desde que te conocí, la racha ha empezado a cambiar un poco.

En ese instante me sentí tremendamente culpable.

Había sido sincero con el tema del trabajo, pero aquella cuestión me reconcomía por dentro.

Con esfuerzo, aparté esa desazón al fondo de mi mente.

Había aceptado que algún día se lo diría, preferiblemente después de que firmara los papeles y salvara su negocio, y ya lidiaría con lo que viniera después.

—Creo que la abuela estaría muy feliz si supiera que voy a conservar su hostal. —Su voz era cálida y alegre—. Me siento más cerca de ella cuando estamos allí.

—¿Quieres que nos pasemos por el hostal ahora mismo?

Levantó la cabeza de golpe.

—No, no me tientes. Todo el sitio está hecho un desastre. Pero me muero de ganas de conseguir por fin los fondos para las reformas. Seguro que iré a menudo.

—Te acompañaré.

Entrecerró los ojos.

—¿Por qué? ¿Temes que me tropiece y me tuerza el tobillo?

—Algo así. Solo quiero estar contigo. Siempre se te ilumina la cara cuando hablas de ese lugar, y aún más cuando estás allí.

—Es verdad —dijo y me abrazó fuerte—. No puedo creer que te hayas dado cuenta de eso.

—Me fijo en cada detalle cuando se trata de ti.

Esbozó una pequeña sonrisa.

—Bueno, se te conoce por tu gran memoria fotográfica.

Le di un beso en la sien.

—Con esto no funciona así —le murmuré al oído—. Contigo no es algo consciente. Es un sentimiento. Y, francamente, nunca pensé que pudiera existir.

—¿A qué te refieres?

Me aparté un poco, mirándola fijamente.

—Estoy enamorado de ti, Hannah.

Se echó un poco hacia atrás y abrió los ojos como platos, con una gran sonrisa.

—Espera, ¿lo dices en serio?

Fruncí el ceño.

—Por supuesto. No te lo diría si no fuera cierto.

—El día de la boda me soltaste un rollo interminable sobre cómo no creías en el amor.

—Seguro que no fue tan largo —repliqué.

—Pues a mí me lo pareció. —Sin dejar de sonreír, se colocó delante de mí y se puso de puntillas. Me di cuenta de que quería susurrarme algo al oído, así que me acerqué—. Te voy a contar un secreto. Yo también estoy enamorada de ti.

Le besé una comisura de los labios y luego la otra antes de confesar:

—Es la primera vez que me dicen eso.

Su enorme sonrisa se transformó en una más pequeña y tierna.

—Entonces te lo diré muy a menudo. Te quiero. Te quiero. Te quiero.

Algo dio un vuelco en mi interior. y sentí que todas las piezas encajaban a la perfección. ¿Cómo era posible que fuera tan jodidamente afortunado? ¿Cómo había encontrado a aquella mujer increíble que sentía exactamente lo mismo por mí?

Le besé el hombro y luego fui subiendo por su cuello.

Ella se tumbó junto a mí.

—Mmm… este beso es diferente. Me dice que quieres que te lo repita miles de veces más.

—Me has leído el pensamiento.