Besos Robados Capítulo Veintidós #2
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Capítulo Veintidós #2

Entramos en el sótano y vimos que Knox, Finn y los padres de los hermanos ya estaban allí. Duncan y Jeremy todavía no habían llegado.

Susan y Bruce, que sostenían sendas tazas de café en las manos, se giraron y nos vieron.

—Mis niños, ya estáis aquí. —Susan vino directamente hacia mí, pasando por delante de Wyatt antes de abrazarme—. Me alegro mucho de volver a verte.

Le devolví el abrazo, apoyando la cabeza en su hombro y dejándome llevar por su cariño.

—Estoy encantada de estar aquí. Este lugar es increíble. Estoy deseando ver qué hacéis con él.

Susan y Bruce se miraron y luego su madre dijo:

—De momento estamos barajando todas las opciones. En cuanto lo tengamos todo despejado, nos resultará más fácil tomar una decisión definitiva.

Cuando se apartó, dejé la bolsa con el regalo de Jeremy sobre la mesa improvisada que habían montado con cajas. Luego puse encima también la bolsa con los bagels que le había quitado a Griffin de las manos para ayudarlo.

—¿Qué es eso? —preguntó Susan, señalando la bolsa de regalo.

—Oh, solo un regalito para Jeremy.

A Susan se le iluminaron los ojos mientras nos miraba a Chase y a mí.

—Eres un encanto. A él le encantan los regalos.

Todos nos reímos cuando Bruce se acercó y me dio un pequeño abrazo.

—Hannah, me alegro de verte de nuevo.

—Igualmente, señor.

—Bruce. Por favor, llámame Bruce.

Asentí, sintiéndome ya como un miembro más de la familia.

—Joder, basta con que uno de nosotros aparezca con una chica para que ya ni se den cuenta de que existimos los demás —dijo Griffin.

Susan puso los ojos en blanco:

—La próxima vez, trae tú a una chica. Ahora, vamos a comernos todas esas delicias que habéis traído y luego nos ponemos manos a la obra.

—¿Qué hay que hacer? —preguntó Chase mientras sacábamos los bagels .

Tras darle un bocado al mío, cogí una de las tazas de café y le di un trago rápido.

—Esas cajas son cosas que he traído yo. Productos de limpieza y herramientas —dijo Bruce—. Pero no las vamos a abrir hasta que revisemos todo lo que dejó Elijah y tiremos lo que no necesitamos.

—Me parece estupendo. Si no, os vais a agobiar —coincidí.

—Se llevó casi todo de la planta de arriba, salvo lo de un dormitorio que está completamente amueblado y los electrodomésticos de la cocina —continuó Bruce—. Es que además vivía aquí, encima de la tienda.

—La cocina se quedará tal y como está —comentó Susan—. De hecho, más tarde os prepararé unos brownies a todos.

Chase se volvió hacia ella:

—¿Pero se puede usar la cocina?

—Sí —respondió Bruce—. Como la venta se cerró tan rápido, pudimos cambiar los titulares de la luz y del gas sin problemas. Tu madre ha hecho tartas varias veces esta semana.

—Y podemos dar fe de que estaban buenísimas —comentó Knox, y Finn asintió en señal de acuerdo.

—A nosotros también nos gustaron. —Griffin se señaló a sí mismo y a Wyatt.

Chase los miró a todos:

—¿Habíais estado aquí antes todos juntos? ¿Por qué no me lo dijisteis? Habría pasado a echar una mano.

—Tonterías —replicó Susan—. Les pedí que no os molestaran.

—Y vaya si lo hizo —dijo Finn—. Imagina el autocontrol que hizo falta para no hacer exactamente lo contrario. Estaba que me subía por las paredes.

—Knox, Finn, ¿se puede saber qué os pasa? —preguntó Susan.

—Lo mismo que nos pasa a nosotros —intervino Griffin.

Bruce negó con la cabeza:

—Venga, dispersaos por la sala. Empecemos por revisar todas las cosas que hay por ahí tiradas y a separarlas en dos montones: lo que nos quedamos y lo que tiramos.

—Hannah, cariño, necesito tu ayuda en aquella esquina —dijo Susan.

Asentí:

—Claro, dime qué quieres que haga.

Caminamos juntas hacia lo que parecía una estantería llena de libros.

—Me puse muy contenta cuando Chase dijo que venías tú también. Tenía muchísimas ganas de pedirte disculpas por la encerrona del otro día —me dijo Susan una vez que nos alejamos de los demás.

—Me pilló por sorpresa, pero no estoy enfadada —aseguré—. Me encantó conoceros a ti y a Bruce.

—Ah, menos mal, me has quitado un peso de encima —sonrió—. Echemos un vistazo a todos los libros para ver si están en buen estado. Si es así, igual me los llevo arriba, a mi planta, y los pongo en una estantería de verdad.

—¿Ya habéis decidido qué vais a hacer con el edificio?

—Prácticamente sí. Yo quiero dar clases de cerámica en la segunda planta, y Bruce abrir una tienda de artículos de pesca.

No tiene sentido poner una tienda de ultramarinos como la que teníamos antes.

Si te soy sincera, ya entonces se había quedado anticuada y lo pasamos bastante mal.

De hecho, fue uno de los motivos de tensión entre nosotros.

Pero ahora él puede dedicarse a lo que le gusta, que es todo lo relacionado con la pesca.

Hablaba con muchísimo cariño de su exmarido, lo cual me sorprendió, porque por cómo lo contaba Chase parecía que sus padres estaban siempre a la gresca.

—Estamos muy agradecidos de que nuestros hijos nos cuiden todo el tiempo —continuó.

—Es un privilegio para un hijo poder hacer eso.

—Bueno, yo creo que debería ser al revés. Por mucho que les digamos que no tienen que hacer nada por nosotros, no dan el brazo a torcer. Y Chase… pues ya sabes cómo es. Nunca podremos pagarle todo lo que hace por nosotros.

—Solo quiere que seáis felices —aseguré.

—Ya de niño era así. Siempre se aseguraba de que los que le rodeaban estuvieran bien, incluso Duncan, aunque eran casi de la misma edad.

Chase tenía de verdad ese deseo de ver felices a todos los que lo rodeaban. Eso me llenaba el corazón de alegría. El padrino gruñón tenía un lado tierno en el fondo …y la verdad era que me resultaba de lo más atractivo y sexy.

Susan continuó:

—Estar aquí me recuerda mucho a cuando los chicos eran pequeños. Todos eran supertraviesos hasta que Bruce y yo nos divorciamos. Les afectó mucho. No pude mantenerlos al margen de esa situación, por mucho que quisiera.

—Hiciste todo lo que pudiste, pero hay cosas que son difíciles. Yo también me he divorciado, y es algo que realmente no ves venir hasta que te estalla en la cara.

Asintió:

—Es verdad.

Empezamos a quitarles el polvo a los libros, pero al final los metimos todos en la caja de los que se iba a quedar, porque estaban en buen estado.