Capítulo Veintidós
HANNAH
Siempre había pensado que, una vez firmados los papeles del divorcio, ya no me importaría lo que hiciera Gary. Pero una mañana soleada, mientras esperaba a Chase en la cafetería de la esquina, me di cuenta de que estaba equivocada.
Desde casa, había subido toda la información sobre el hostal a la plataforma para los inversores, y ahora estaba comprobando cómo se veía en la pantalla del móvil.
La verdad era que la página web estaba bastante bien montada. La actualicé un par de veces con la esperanza de ver algún mensaje, aunque sabía que era una tontería por mi parte porque, literalmente, había terminado de subirlo todo hacía una hora.
Cerré el navegador y abrí Instagram. Seguía a varios influencers de decoración de interiores y tenía curiosidad por ver qué habían publicado últimamente.
Sin embargo, lo primero con lo que me topé fue con una foto de boda de mi ex y una mujer que no conocía.
¿Cómo es posible? Lo había bloqueado en todas las redes sociales.
Entonces me di cuenta de que lo había publicado un amigo común. Bueno, en realidad era más amigo de Gary que mío, pero qué gracia me hacía…
No sabía muy bien por qué me molestaba tanto.
Era evidente que no estábamos hechos el uno para el otro, así que tal vez su nueva esposa cumpliera todos sus sueños.
Pero me dolía pensar que yo no había sido suficiente para él, y cuando nos divorciamos, estaba segura de que ninguna mujer lo sería.
Aunque, con el tiempo, me di cuenta de que él tampoco era el hombre de mi vida.
Pero Chase… él sí que podría serlo.
—Buenos días —saludó Chase, sacándome de mis pensamientos. Casi se me cae el móvil. Llevaba dos tazas de café.
—Oye, ya has comprado café.
Me dio un beso largo y profundo, luego se apartó y se sentó en la mesa a mi lado.
—¿Qué te pasa?
—¿Lo has notado, eh?
—Estás tensa. ¿Ha pasado algo?
Le mostré la foto en el móvil:
—Es mi ex. Me acaba de salir en el muro que se ha casado.
—Vaya, debe de ser duro para ti —dijo Chase.
Dejó las tazas sobre la mesa y luego puso su mano sobre mi hombro derecho, acariciándomelo con el pulgar en círculos. El movimiento era reconfortante.
—¿Quieres hablar de ello?
—No estoy segura. Quiero decir, no sé por qué estoy reaccionando así.
—Estuviste casada. Es lógico que te afecte de alguna manera.
—Creo que simplemente no me lo esperaba.
Chase permaneció inmóvil.
—¿Todavía sientes algo por él?
—No. Sinceramente, lo que sentía murió mucho antes de que firmáramos los papeles. Se encargó de destruir hasta el último gramo de cariño.
Me cogió la mano, le dio la vuelta y me besó la muñeca.
—Te has quedado pensativo —dije—. ¿En qué piensas?
—Solo estaba pensando en cómo animarte.
—¿Qué opciones hay? —pregunté, forzando un tono alegre. Sonaba un poco artificial, pero creía firmemente en eso de fingir hasta que te lo creas.
—Todavía lo estoy pensando. Por cierto, ¿qué vas a hacer mañana por la mañana?
—Nada, ¿por qué?
—Mis padres quieren que mis hermanos y yo vayamos al local a limpiar unas cosas que dejó el anterior dueño en el sótano. ¿Te apetece venir?
—Sí —dije con timidez, y así, de repente, mi alegría se volvió real. No había bromeado cuando dijo que tenía la intención de presentarme a sus padres.
—Me gustaría que vieras el local. Significa mucho para mí.
—Claro, me apetece un montón. —Le di un sorbo a mi café mientras Chase se acercaba a mí—. Oye, no has tocado tu café.
—No, lo que quiero es saborearte a ti. Joder, tenemos que quedar en algún sitio que no esté tan cerca de la oficina.
—No. Solo tienes que comportarte —bromeé.
—Eso nunca.
***
El sábado por la mañana, Chase pasó a buscarme por casa.
Tenía una sorpresa para él y, mientras caminaba hacia el coche con una sonrisa de oreja a oreja, hacía oscilar una pequeña bolsa de regalo.
También llevaba una chaqueta fina en el brazo.
En San Diego hacía un tiempo maravilloso incluso en octubre, pero las noches podían refrescar un poco y no sabía cuánto tiempo nos quedaríamos en la tienda.
—¿Qué es eso? —preguntó mientras se acercaba para abrirme la puerta.
—Ayer le dije a mi vecina que hoy iba a ver a Jeremy, y me dijo que todavía no había conseguido el Mario Kart , pero me dio un juego que, al parecer, está muy de moda.
—¿Le has comprado un regalo? Eres increíble.
—Estoy deseando ver su cara cuando se lo demos —dije.
Chase me besó en la sien y luego bajó suavemente con los labios hasta mi oreja. Me estremecí cuando dio un paso atrás y abrió la puerta del coche.
Al subirme, el vestido se me subió unos centímetros, lo que le arrancó un gruñido a mi novio.
Me reí:
—¿Así es como vamos a empezar el día?
—Sí —asintió—. ¿Qué te parece si te pones unos pantalones?
—Chase, mi vestido no tiene nada de malo. No enseña nada en absoluto.
—Te queda jodidamente sexy.
—Pues no me voy a cambiar.
—Hannah…
—¡Chase!
Lo miré fijamente hasta que cerró mi puerta. Luego dio la vuelta al coche.
—Por cierto, ¿tienes planes para hoy o mañana? —preguntó una vez dentro.
—No. Me imaginé que tus padres podrían necesitar ayuda ambos días, así que los he dejado libres.
Chase sonrió con aire de suficiencia.
—Excelente.
—Bueno, ¿y qué hacemos hoy? —pregunté.
—Mis padres dicen que hay que limpiar un poco el sótano, así que hoy quieren revisar todo lo que dejó el anterior propietario. Mis hermanos también vendrán.
—¿Compramos el desayuno para todos?
—No, Griffin se va a encargar del desayuno, Wyatt traerá el café, y Knox y Finn se encargarán de la comida.
—¿Y tú qué vas a llevar?
—A ti.
—¿Qué quieres decir? —Me pasé la mano por el pelo hasta las puntas.
—A mi madre le encantó la idea cuando le dije que tú también venías. Hacía mucho tiempo que no la veía tan ilusionada.
—¿Por qué?
—Creo que hace años que no le presento a una chica.
Me dieron ganas de parar el coche, ponerme a horcajadas sobre él y comerlo a besos.
Llegamos a la tienda diez minutos después.
Estaba cerca de La Jolla 1 y rodeada de modernos edificios de apartamentos.
Apostaba a que Elijah había recibido montones de ofertas de promotores inmobiliarios.
No me extrañaba que hubiera actuado de manera tan evasiva.
Chase debía de haber pagado una fortuna por la propiedad.
Salí del coche con la bolsa de regalo en una mano. Chase me cogió de la otra y me llevó hasta la entrada.
El edificio de dos plantas estaba construido en piedra caliza.
Los alféizares de las ventanas eran blancos y parecían un poco desgastados, pero me gustó, le daba al lugar un encanto rústico.
Lo mismo ocurría con la puerta de madera arqueada, que era de estilo antiguo.
Resultaba acogedor tanto por fuera como por dentro, aunque estaba completamente desordenado.
En la primera planta había cajas por todas partes y un pequeño mostrador con estanterías detrás que se extendía por todo el espacio, pero allí no había nadie.
Chase me guió a través de una pequeña puerta que probablemente conectaba con un almacén.
Se me cayó la mandíbula al suelo cuando abrió la siguiente puerta: no era un almacén; en todo caso, yo lo llamaría un cenador acristalado.
Tenía vistas a un jardín trasero monísimo y bastante amplio. Pero allí tampoco había nadie.
—¡Madre mía, este espacio es increíble! —exclamé.
—Lo sé. Mis hermanos y yo pasábamos mucho tiempo aquí.
Mis padres pusieron escritorios a lo largo de dos de las paredes para que pudiéramos hacer los deberes después del colegio.
A mi madre le gustaba tenernos por aquí y echarnos un ojo de vez en cuando.
—Sonrió, señalando el lugar donde se sentaban todos.
Le rodeé el torso con los brazos, apoyé la barbilla en su pecho y lo miré. Chase era bastante alto, medía más de un metro ochenta, y yo, con mi metro setenta, encajaba perfectamente bajo su barbilla.
—Me alegro mucho de que hayas podido recuperarla.
Me apretó contra él:
—Yo también me alegro.
—Madre mía, avisad la próxima vez, ¿vale? —pidió Wyatt mientras él y Griffin entraban en la sala.
—O a lo mejor podríais llamar antes de entrar —replicó Chase.
Griffin asintió.
—Sí, sin duda vamos a tener que aprender a hacerlo. ¿Queréis que nos vayamos y os dejemos a los dos morreándoos?
Me sonrojé muchísimo.
—Tío, deberías tener un poco más de tacto —señaló Wyatt.
—Qué va, Hannah ya está acostumbrada a nosotros. Bueno, en realidad, a mí —respondió Griffin.
—Que os den —dijo Chase de buen rollo.
Griffin llevaba varias bolsas con el desayuno y Wyatt cargaba con unas doce tazas de café.
—Os ayudamos. —Chase le quitó unas cuantas bolsas a Griffin para aligerarle la carga.
—¿Dónde están todos los demás? —preguntó Griffin.
—Pensábamos que estarían aquí atrás, pero creo que están en el sótano —explicó Chase.
Wyatt echó un vistazo a mi bolsa de regalos.
—¿Le has comprado un videojuego a Jeremy?
Asentí:
—Sí.
—Te va a adorar. —Wyatt me sonrió con encanto y luego soltó una pequeña risa.
—¿Qué? —le preguntó Chase con brusquedad.
—Nada. Es que acabo de caer en la cuenta de que debería reconocerle más a menudo el mérito a Knox y a Finn por sus ideas.
Sonreí.
—Desde luego que deberías.
—Pero tampoco te pases —replicó Griffin—, o se les subirá a la cabeza.
—¿Estáis intentando ganar tiempo para no tener que trabajar? —preguntó Chase.
Wyatt levantó una ceja:
—Qué ironía, ¿no? Teniendo en cuenta que te hemos pillado metiéndole mano a la pobre Hannah.
Me sonrojé de nuevo. Menuda manera de comenzar la mañana. Había olvidado cómo se comportaban los hermanos Sterling fuera de la oficina.
Chase negó con la cabeza, pero en lugar de responder, nos guió hacia el sótano.
A medida que bajábamos las escaleras, el ambiente se volvía más húmedo.
—Este lugar necesita ventilación —dijo Griffin.
—Totalmente —respondió Wyatt—. Hoy mismo haré un par de llamadas para que les traigan unos deshumidificadores.
Me encantaba que los chicos quisieran hacerles la vida más fácil a sus padres en todo lo que pudieran.