Capítulo Veintiuno #2
—No me mires a mí. Solo le pregunté si sabía de qué iba todo esto —dije.
—Venga, no hagas un drama de esto, Chase —intervino su madre—. Tenía muchísima curiosidad por conocer a Hannah, eso es todo.
—¿Así que habéis decidido hacerlo a mis espaldas? —preguntó Chase, poniéndose a mi lado.
Me sentí como si estuviera viendo una serie y me hubiera perdido unos cuantos episodios.
¿Qué demonios está pasando? Entonces Chase me rodeó la cintura con un brazo, apoyando los dedos en mis costillas.
El gesto era tan íntimo que cualquiera que nos viera no tendría la menor duda de que éramos mucho más que jefe y empleada.
—Hannah, tengo que ponerte al corriente —dijo.
—Sí, por favor —murmuré.
—Mis padres han venido esta mañana, les he dado la llave de la tienda y les he dicho que nos habías ayudado con las negociaciones.
—Tenía que conocerte —explicó su madre.
Chase soltó un bufido y miró a su padre, que permanecía sospechosamente callado.
—¿Y no pudiste impedirlo? —le preguntó Chase a su padre, que se limitó a reírse.
—Hijo, ni siquiera lo intenté.
—Chase, no te pongas así —intervino su madre.
—¿Se os ha ocurrido pensar que a lo mejor me hubiera gustado ser yo quien os presentara a Hannah?
¿De verdad quería hacerlo él? Ay, corazón mío, no te aceleres tanto.
Su madre lo miró con una tierna sonrisa.
—Bueno, se me pasó por la cabeza, pero me pudo la curiosidad.
—Ya, claro… —replicó Chase. Era la primera vez que oía un tono de derrota en su voz. Miró a su madre fijamente.
—Venga, está bien. Nos vamos. No queremos entreteneros mucho más —añadió ella—. Ha sido un placer conocerte, Hannah.
—Igualmente —respondí, todavía sintiéndome un poco desconcertada. Pero al menos esta vez no tartamudeé.
—Vale, vámonos —dijo Knox. Sus padres salieron primero de la sala de descanso.
Knox se detuvo en la puerta y susurró:
—Lo siento. Ya sabes cómo se pone mamá.
Chase levantó una ceja:
—No finjas que no lo has disfrutado.
—Al principio sí, pero luego me he sentido culpable. Lo siento, Hannah. No quería hacerte pasar un mal rato, solo tocarle las narices a mi hermano.
Me reí y me volví hacia Chase:
—Vale, entonces no pasa nada.
—¡Lárgate! —le gritó a Knox, que se marchó de inmediato.
En cuanto me quedé a solas con Chase, me entraron ganas de ponerme a bailar de alegría. Me moría por robarle un beso, y tal vez por meterle un poco de mano. Lo suficiente para aguantar el resto del día.
Me apresuré hacia la puerta y la cerré.
—Cierra con llave —ordenó Chase.
—¿Hay cerrojo en la sala de descanso? —pregunté, intentando ignorar lo mucho que a mis partes íntimas les gustaba su tono de voz.
—Sí. En su momento fue un despacho.
Giré la cerradura y me volví hacia él. Ya se estaba acercando a mí. Chase estaba tan increíblemente sexy con su camisa blanca y el botón de arriba desabrochado que temí sufrir una combustión espontánea.
Me tocó el lado de la cara con el pulgar y el índice, y luego me acarició la mandíbula.
—Siento todo esto —murmuró—. No es así como imaginaba que conocerías a mis padres.
—No pasa nada, de verdad.
—Hagamos esto todos los días.
—¿Qué, colarnos en la sala de descanso?
—Sí —respondió antes de besarme.
Instintivamente me dejé llevar por el beso. Fue una pasada y me estremecí por completo. Agarré el cuello de su camisa y lo atraje aún más hacia mí, como si de alguna manera pudiera meterme dentro de él.
Hizo una pausa para respirar y solté mi agarre.
—Vaya, la he liado. —Intenté alisar el cuello de la camisa—. Te la he arrugado toda. Maldita sea. Creo que necesitamos una regla, algo así como “en la oficina solo se besa, no se toca”.
—Esa regla es una mierda. Necesito tocarte —dijo, y luego me besó de nuevo, poniendo ambas manos en mi cintura.
Mis partes íntimas estaban a punto de arder, pero mientras mantuviera las manos en mi cintura…
Sin embargo, como era de esperar, no las mantuvo allí; las bajó hasta mi trasero y acarició mis nalgas.
Podía alcanzar sus omóplatos con las yemas de los dedos. Noté que se relajó bajo mi contacto y yo me aparté un poco.
—Estás tenso.
—Es que tengo muchas cosas en la cabeza. —Su voz era grave y áspera.
—¿Quieres compartirlas conmigo?
Negó con la cabeza:
—No. Esto es mejor.
Volvió a explorar mi boca, besándome y acariciándome hasta que estuve a punto de subirme a él. Por instinto, levanté una pierna e intenté enroscarla alrededor de su cintura, pero en ese momento me contuve y me moví hacia un lado.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, levantando las manos.
—Esto no es una buena idea. ¿No te has dado cuenta de que estaba a punto de echarme encima de ti?
Sonrió.
—¿Y qué tiene de malo?
—En la oficina, no —murmuré.
Se aclaró la garganta:
—Tienes razón. Joder, haces que pierda la cabeza en un segundo. Sal tú primero de la sala, yo me quedaré aquí unos minutos.
—¿Por qué? —pregunté, un poco molesta.
—Porque tengo una erección.
Le había provocado una erección al rey del autocontrol en mitad del día y en la oficina. Di un pequeño salto mental de alegría al pensarlo.
—Joder, necesito pasar más tiempo contigo —gruñó—. Verte de vez en cuando por las noches no es suficiente. Ni de lejos.
—¿Qué propones?
—Empecemos el día tomando un café juntos. Hay una pastelería con buen café a unas cuantas calles de aquí.
—Trato hecho.
Chase tenía tantas ganas de pasar más tiempo conmigo que incluso había pensado en los detalles. Mi corazón se aceleró de felicidad. Era un hombre increíble y ya me tenía totalmente ganada.
No pude ocultar mi sonrisa. Me sentía en la cima del mundo.