Besos Robados Capítulo Diecisiete #2
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Capítulo Diecisiete #2

—Mira, ni siquiera sé cuánto es todavía, ¿vale? —explicó Hannah—. No te preocupes. Solo os lo he contado a ti y a mamá para que no penséis que os estoy ocultando algo.

—Hannah… —empezó Blair, pero ella la interrumpió.

—Sé lo que vas a decir. Quieres echar una mano, pero no es justo para ti. Te estás encargando de lo que te dejó la abuela, y el hostal es mi responsabilidad.

—Por Dios, es imposible hablar contigo cuando te pones así. En fin, cambiemos de tema —replicó Blair.

Me estaba impacientando. Estaba a punto de darle el alto, pero las siguientes palabras de Blair me dejaron de piedra.

—Te he conseguido la cita a ciegas que te prometí.

—¿Qué? —preguntó Hannah.

—Lo que has oído. No voy a decir nada más, salvo que está buenísimo y que puede pasarse por tu casa mañana por la tarde.

—Blair, espera. Eeem…

Ya no pude mantenerme al margen y salí de detrás del árbol.

Hannah se sobresaltó al verme.

—Te llamo luego, ¿vale? —dijo antes de colgar—. Dios mío, Chase, ¡me has dado un susto de muerte! ¿Cuándo has llegado?

—Hace dos segundos.

Ella se rio con nerviosismo:

—O sea, que lo has oído, ¿no?

—¿Vas a ir? —pregunté, acercándome a ella y mirándola directamente a los ojos.

—¿A qué te refieres?

—A la cita. ¿Vas a ir?

—Chase, ¿por qué me preguntas eso?

—Porque no has dicho que no.

—Mi hermana me ha pillado por sorpresa, y al instante te vi… —Dio un paso atrás, pero entonces su espalda chocó contra el árbol y ya no pudo retroceder más.

—¿Qué le habrías dicho si yo no estuviera aquí?

Se movió hacia un lado, esquivando las raíces.

—No puedo creer que tengas que preguntarlo.

—Eso no es una respuesta —repliqué.

Ella me miró:

—¿De verdad crees que iría a una cita a ciegas?

—No lo sé, Hannah. Dímelo tú.

—Por supuesto que no iría. De hecho, me había olvidado por completo de que habíamos hablado de eso. Me hizo prometérselo en la boda, pero no pensé que se lo fuera a tomar en serio. No me puedo creer que pienses eso de mí.

Intenté controlar mi enfado. No tenía ni idea de por qué me había puesto así ni por qué no conseguía calmarme.

—Necesito que lo digas —admití—. Que no vas a salir con ese tío ni con ningún otro.

Sus labios se entreabrieron y abrió mucho los ojos.

Me quedé completamente paralizado. ¡Joder! ¿Quiere salir con otros hombres? No podría soportarlo. Jamás.

—Quiero ser el único hombre en tu vida —dije antes de que tuviera siquiera la oportunidad de responder.

—No tenía pensado salir con nadie más, pero no me gusta que me acuses de… Ni siquiera sé de qué me estás acusando.

Por fin pude soltar el aire y respirar hondo. Estaba tan cerca que podía oler su perfume. Le rodeé la cintura con un brazo y la atraje hacia mí. Ella no se resistió y toda la tensión que tenía acumulada en la espalda desapareció.

—Lo siento. Es que la idea de que salgas con otro hombre… me vuelve loco de rabia.

—Ya lo veo —murmuró. Su cuerpo se relajó.

—Entiendo que no les has contado a tu hermana y a tu madre lo nuestro, ¿no?

Ella negó con la cabeza:

—No, no sabía cómo decírselo ni qué decirles.

—Que soy tu novio.

—¿Estás seguro? —bromeó ella.

Gruñí:

—Por supuesto, joder.

Ella sonrió y apoyó los antebrazos en mis hombros, entrelazando los dedos detrás de mi cuello.

—Me gusta cómo suena eso. Chase Sterling es mi novio.

—No quiero que lo nuestro sea un secreto —afirmé, acariciándole la mandíbula.

Hannah ladeó la cabeza:

—Me pregunto cómo se lo tomará Josh.

—Yo me encargaré de hablar con él.

—¿Y en la oficina? —preguntó.

—Por mí, como si se lo contamos a todo el mundo. ¿Qué te parece?

Sonrió con timidez. Vaya, qué mona era. Se le formaba un hoyuelo que la hacía parecer adorable.

—Supongo que habrá gente que se ponga a cotillear, pero eso nunca me ha importado demasiado. Además, no me hace ninguna gracia la idea de andar a escondidas —respondió.

Moví las cejas con picardía:

—Exacto. Si todo el mundo lo sabe, entonces puedo invitarte a mi oficina a comer y cerrar la puerta. Luego echar el cerrojo y tirar la llave por la ventana.

Ella resopló y dio un paso atrás:

—Chase, no. De ninguna manera. Y tampoco puedes pasarte por la oficina de Magda todo el tiempo. Va a ser supercantoso.

—No puedes decirme lo que tengo que hacer, Hannah.

—Pero te aseguro que lo voy a intentar.

Me eché a reír:

—Sí, sé muy bien que lo harás. A ver, hagamos una cosa: no lo escondamos, pero tampoco vayamos exhibiéndonos por ahí, ¿me entiendes?

—Claro que sí.

Sonrió de oreja a oreja. Me gustaba verla así. Quería hacerla feliz, aunque estuviera pasando por un mal momento con el hostal.

—Estupendo. Bueno, me muero de hambre, ¿vamos a comer algo? Si no, me voy a poner insoportable en cero coma.

—Entonces vamos ya mismo, no quisiera que te pusieras así —bromeé.

—Entonces, ¿dónde está ese famoso sitio de tortitas?

—Según el mapa, a unos minutos de aquí.

Rodeé su cintura con un brazo y le di un beso en la sien. Me resultaba imposible tenerla tan cerca y mantener las manos quietas. Quería sentirla pegada a mí.

—El parque es una maravilla —murmuró, mirando a su alrededor—. Creo que nunca había estado en esta zona.

—Hace años que no vengo por aquí —confesé.

Ella echó la cabeza hacia atrás:

—¿En serio? Pero si no está lejos de la oficina.

—Ya, pero no es algo que suela hacer.

—Mmm… Pues has sugerido venir aquí sospechosamente rápido.

Porque te gustan las tortitas, Hannah. Lo hago solo por ti.

—¿Qué puedo decir? Me inspiras.

Ella sonrió.

—¿Te inspiro? Me gusta como suena eso.

—Por lo general, como en mi despacho. Le pido a la empresa de catering que me envíe la comida directamente.

—¿Ni siquiera vas a la sala de descanso a comer?

—No. Hay demasiada gente.

Ella resopló:

—Ya veo. Para evitar relacionarte con todo el mundo, ¿no? ¿Quién sabe lo que podría pasar?

—Me gusta hablar contigo. Ahora, si cambias de opinión sobre comer en mi despacho…

—No. —Me dio un codazo suave—. No empieces otra vez con lo mismo.

—Nunca la terminamos.

—En lo que a mí respecta, sí que la terminamos.

—¿Qué sueles hacer a la hora de comer? —pregunté.

—Me gusta ir probando todas las salas de descanso. Mi favorita es la que tiene el balcón en la parte trasera del edificio.

—Creo que sé cuál dices —dije.

—Qué pena que no tengamos una en la azotea.

—¿Te gustan las azoteas?

—Sí, me ayuda a despejarme. Cuando busqué piso en la ciudad, esperaba encontrar uno con azotea, o al menos con balcón. Me encanta hacer barbacoas… más que cocinar en realidad. Pero no encontré nada que se ajustara a lo que buscaba.

Eso me dio una idea. Mi piso tenía azotea y barbacoa.

Llegamos al local, que en realidad era un food truck .

Había mesas altas de bar repartidas por todas partes y todo el mundo comía de pie.

No era exactamente el almuerzo largo y tranquilo que tenía en mente.

Comer con prisas y de pie no era lo ideal, pero en ese momento no teníamos tiempo para otra cosa.