Besos Robados Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

CHASE

El lunes por la mañana, les pedí a mis hermanos que se quedaran en la sala de reuniones después de la reunión general semanal. Quería contarles lo de la tienda.

En cuanto se fue el resto del equipo, Duncan me miró fijamente:

—¿Qué pasa?

—No pasa nada —dijo Griffin—. Míralo. El tío está relajado.

—Sospechosamente relajado —añadió Wyatt.

Finn y Knox, que estaban hablando entre ellos, se callaron de golpe.

Finn se quedó mirándome durante unos instantes.

—¿Sabes qué? —le dijo Knox a Wyatt—. Tienes razón, has dado en el clavo.

—¿Has salido a correr antes de venir a la oficina? —preguntó Finn.

Puse los ojos en blanco:

—Siempre salgo a correr. ¿Me dejáis hablar, capullos?

—Esto va a tener gracia —comentó Knox, enderezándose en la silla. Él y Finn eran tan pequeños cuando mis padres vendieron la tienda, que me pregunté si siquiera la recordarían.

—¿Os acordáis de la tienda de nuestros padres? Pues resulta que ha salido a la venta hace poco —empecé diciendo.

—Continúa —dijo Duncan.

—Pues la he comprado.

Mis hermanos no dijeron nada durante unos segundos, hasta que Griffin declaró:

—Vaya, no me lo esperaba, pero mola. Me pregunto en qué estado se encontrará. Si seguirá teniendo la distribución original, o si los fuegos artificiales que Wyatt y yo escondimos debajo de una tabla suelta del suelo siguen ahí.

—¿Cuándo hicisteis eso? —preguntó Finn.

—Y lo más importante, ¿por qué no nos llevasteis con vosotros? —añadió Knox.

—Porque erais demasiado pequeños como para enteraros de nada —respondió Wyatt.

—Ya. Y oye, Wyatt, tú siempre decías que nuestras travesuras no se les contagiarían a los pequeños —añadió Griffin—. Y mira, ahora resulta que nos han salido espabilados.

Mi madre siempre decía que deberían haber tenido un séptimo hijo solo para romper los grupos. Seis era un número muy fácil de dividir en parejas, así que nos aliábamos por edades: Duncan y yo, Griffin y Wyatt, y Knox y Finn.

Wyatt se echó a reír:

—Tío, no me puedo creer que hiciéramos eso.

Griffin se volvió hacia mí:

—¿Por qué no nos dijiste nada?

—Sí, habríamos puesto dinero entre todos —dijo Wyatt.

—Claro, como si eso fuera un problema —repliqué con sarcasmo.

—Obviamente no —intervino Knox—. Pero se la habríamos podido regalar entre todos.

—No lo había pensado así. —Me levanté de la silla y empecé a dar vueltas por la sala. Odiaba estar sentado durante las reuniones—. En fin, el caso es que quería preguntaros si tenéis alguna idea de cómo decírselo a nuestros padres.

Knox se rió entre dientes:

—Tío, es que eres único. Vas y compras la tienda tú solo sin decirnos ni mu, pero ahora nos pides consejo.

—A ver, estaba totalmente centrado en convencer al tipo. Y si no fuera por Hannah…

—Espera un momento —dijo Knox—. ¿Qué? ¿Hannah lo sabe? ¡Ostras! Ya me pareció en la boda que había tema entre vosotros.

—¿Por qué se lo contaste a ella y no a nosotros? —preguntó Duncan. Parecía perplejo.

Me encogí de hombros. Mis hermanos estaban actuando como una panda de cotillas.

—Pensé que ella entendería mi propósito.

—¿Y nosotros no? —preguntó Wyatt—. Eres nuestro hermano, pero a veces eres raro de cojones.

Tenía que ser Wyatt el que me soltara las verdades sin rodeos.

—¿Y cómo te ayudó Hannah exactamente ? Tengo curiosidad —preguntó Griffin.

—Intenté ofrecerle más dinero al dueño, pero no funcionó. Estaba empeñado en encontrar a un comprador que realmente valorara el local.

Griffin asintió:

—Y el hombre pensaría que eras otro simple inversor que quería hacerse con el lugar por el terreno.

—Exacto —respondí—. Pero Hannah mencionó que había pertenecido a nuestros padres, y eso inclinó la balanza a mi favor.

—Espera, ¿tú no lo habías mencionado en absoluto? —preguntó Duncan.

—No. Ya sabes que no me gusta hablar de cosas personales.

—¡Ojalá tuvieras cinco hermanos que pudieran ayudarte! —bromeó Wyatt.

Knox le dio un golpecito con el codo a Finn:

—Finn, no sé qué te imaginabas cuando hiciste bailar a esos dos en la boda, pero lo que sea que esté pasando va mucho más allá de eso.

—Sí, estoy llegando a la misma conclusión. —Mi hermano pequeño parecía incrédulo.

—¿Lo sabe Josh? —preguntó Duncan.

—¿Lo de la tienda?

—No, lo de Hannah. Está claro que hay algo entre vosotros si le has hablado de la tienda.

Hannah y yo no habíamos hablado de si haríamos público lo nuestro o no. Lo único que hicimos el sábado fue disfrutar el uno del otro hasta saciarnos. No tenía condones, pero hice que disfrutara de otras maneras. Y seguía sin tener suficiente de ella. Esa mujer me tenía completamente enganchado.

La sala se quedó en absoluto silencio. Mis hermanos me observaban con atención. No podía mentirles. De hecho, no quería ocultárselo.

—Hannah y yo nos estamos viendo. Y Josh no lo sabe. Os agradecería que no os fuerais de la lengua.

—Nadie va a hacerlo. Solo queremos estar al tanto de todo —dijo Duncan.

—Vale, ¿ya podemos centrarnos en la tienda? —preguntó Griffin—. ¿Creéis que mamá y papá querrán llevarla juntos?

—Eso lo tienen que decidir ellos —respondí.

—En realidad da igual —señaló Wyatt—. Creo que la van a disfrutar de todos modos.

Una vez los oí hablar de dividir el espacio antes de que el banco se la quedara.

Mamá quería ofrecer clases de cerámica en la planta de arriba, y papá seguir con la tienda en la planta baja.

Pero en aquel entonces, como ya sabemos, la cosa no salió bien.

Yo también había oído esa misma conversación de pasada. Probablemente por eso siempre había estado atento a ver si la tienda salía al mercado. No tenía ni idea de que mi hermano menor también lo sabía.

—Nunca se sabe. Puede que al final acaben gestionándola juntos. Creo que últimamente se están llevando mejor —repuso Knox—. La última vez que fui a ayudar a mamá a cambiar un aspersor en el jardín, papá también estaba allí.

Parpadeé:

—No sabía nada. ¿Han estado viéndose sin nosotros de por medio? ¿O sin que estuviera Jeremy?

Mi madre nunca lo había mencionado, y mi padre tampoco.

Veíamos a nuestra madre más a menudo porque siempre le dábamos una mano con las reparaciones o arreglos en su casa.

Nuestro padre era diferente: se empeñaba en hacer todo solo.

Normalmente solo pedía ayuda cuando tenía que mover objetos pesados o grandes.

Pero nunca había oído que se ayudaran el uno al otro.

—No sé si fue algo puntual o no. A ver, a papá se le dan bien las tareas del jardín —dijo Knox.

—Sea cual sea la razón, me alegra mucho oírlo.

—¡Tengo una idea! —exclamó Duncan—. ¿Y si les pedimos que vengan aquí la semana que viene después de la reunión?

—Eso es demasiado formal —protestó Finn.

—Sí —intervino Griffin, señalando a Duncan—, pero también discutirán menos si están en la oficina.

Asentí:

—Pues a mí me parece una gran idea.

—Duncan, eres la leche —dijo Wyatt.

—Ahora, hablemos de Hannah —dijo Griffin—. Por favor, no la espantes.

—¿Pero qué coño…? —pregunté, ajustándome uno de los gemelos—. Eso no es asunto tuyo.

—Me cae muy bien. Y es la cuñada de Josh. Además, no tienes lo que se dice “madera de novio”.

Tenía razón. No la tenía. Nunca la había tenido.

—Eso no es asunto tuyo —remarqué—. Bueno, ya tenemos un plan para mamá y papá, así que vamos a ir cerrando esto.

Griffin levantó una ceja, pero no añadió nada más.

Uno a uno, mis hermanos fueron saliendo de la sala de reuniones. Me recosté en la silla, dándole vueltas a las palabras de Griffin. Tenía razón, pero solo veía la punta del iceberg. No lo entendía.

Con Hannah, no paraba de hacer las cosas de forma diferente a lo habitual. Por eso, en cuanto me quedé solo, le mandé un mensaje al momento. Sentía una necesidad enorme de compartir mis asuntos personales con ella. Nunca antes me había pasado.

Chase: Les he hablado a mis hermanos de la tienda, y se lo vamos a contar a nuestros padres juntos la semana que viene, después de la reunión general.

Hannah: Es una idea genial. Me imagino que se pondrán supercontentos.

La necesidad de verla me golpeó sin previo aviso. Podría volver a la oficina de Magda, pero sabía que verla desde lejos ya no iba a ser suficiente. No después de haber estado con ella y tenido sexo. Y Magda seguramente empezaría a sospechar de tanto viaje a su oficina.

Chase: Vayamos a comer juntos.

Hannah: ¿Crees que es buena idea? ¿A dónde podríamos ir para no encontrarnos a nadie de la oficina?

Respiré hondo. No tenía ni puta idea de si era una buena idea. Lo único que sabía era que quería pasar tiempo con ella.

Busqué en Google restaurantes cercanos y un resultado en particular me llamó la atención.

Chase: He oído que hay un sitio de tortitas en Balboa Park ⁠ 1 .

Hannah: Siempre sabes cómo tentarme. Ahora ya tengo algo con lo que ilusionarme hoy.

Chase: ¿Con las tortitas?

Hannah: Las tortitas y tú.

Chase: Eso era lo que quería escuchar.

Hannah: ¿Quedamos allí?

Chase: Claro.

La verdad que no me gustaba ni un pelo que las cosas fueran de esa manera.

Entendía la necesidad de ocultárselo a todos los demás, pero no era así como quería pedirle una cita, para un almuerzo rápido en algún sitio donde nadie se diera cuenta.

Ella se merecía lo mejor y quería dárselo.

No iba a dejar que la ayudara con el hostal, pero eso no significaba que no pudiera mirar por ella de otras maneras.

***

A la hora de comer, llegué a nuestro punto de encuentro cerca de Marston Point, en Balboa Park, cinco minutos antes de la hora acordada.

Hannah ya estaba allí, apoyada contra un árbol.

No había nadie alrededor, así que decidí sorprenderla.

Estaba preciosa, con un vestido blanco de tirantes gruesos que se ceñía a sus curvas.

Su pelo rubio le llegaba por encima del pecho y se me hizo la boca agua al instante.

Cuando me acerqué lo suficiente, me di cuenta de que estaba hablando por teléfono y lo había puesto en altavoz.

—¿Qué quieres decir con que tienes que pagar todo ese dinero tú sola? —preguntó Blair.