Besos Robados Capítulo Dieciséis #3
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Capítulo Dieciséis #3

—Dime con cuáles quieres contactar —dijo, mientras miraba los resultados de la primera página de Google.

Después de enviar correos a diez empresas solicitando un presupuesto estimado basado en el informe del inspector, me descalcé y subí los pies al sofá; él los apoyó sobre su regazo.

—Sigues estresada —señaló.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque estás tensa como una cuerda. —Me puso una mano en la pantorrilla—. Tienes estos músculos contracturados.

—Estoy intentando calcular cuánto va a costar esto, y me imagino que la cifra será mucho más alta de lo que tengo en mi cuenta de ahorros.

—Puedo prestarte lo que necesites para las reparaciones.

Al instante me puse aún más tensa:

—Gracias, pero no.

—¿Por qué no?

—Cuando alguien te presta dinero, las cosas cambian. No quiero que eso se interponga entre nosotros.

Se acercó más:

—¿A qué te refieres con que se interponga entre nosotros?

Apreté los dientes:

—Es que no me sentiría bien aceptando dinero tuyo, ¿vale? Ni siquiera como un préstamo.

Como me quedé callada unos segundos, me cogió la mano y me atrajo hacia él.

Sabía exactamente lo que quería, así que me apoyé sobre mis rodillas y me senté a horcajadas, mirándolo a la cara.

Él puso ambas manos en la parte exterior de mis muslos.

Nunca me había alegrado tanto de que los árboles que rodeaban la propiedad fueran tan altos.

Desde la calle se veían las plantas superiores del hostal, pero no el porche.

Así que nadie podía vernos. Eso sí, hacía un poco de frío. Debería traer unas mantas.

—Quiero que sepas que esa opción siempre va a estar sobre la mesa.

—No, en serio, no lo veo como una opción. Quizás después no quieras verme la cara, o recriminarme que…

Mierda. ¿Por qué me cuesta tanto mantener el pico cerrado?

—No importa —dije al final.

—Te hizo daño —murmuró Chase—. Maldito imbécil.

Me sentí expuesta y avergonzada, pero, por alguna razón, no quería eludir a Chase.

Mi ex me hizo sentir insignificante al final, como si no importara, y eso realmente afectó mi autoestima.

Blair me decía que estaba loca por tomarme tan a pecho lo que dijo ese imbécil, pero por alguna razón, no había podido quitármelo de la cabeza.

—Sí, y sé que no debería dejar que me afectara… —Dejé la frase en el aire. No estaba segura de que fuera buena idea compartir mis secretos más íntimos.

—¿Quieres contarme qué pasó?

Dudé. Una cosa era que él se imaginara ciertas cosas y otra muy distinta que lo supiera a ciencia cierta.

Pero no quería ocultarle nada. Ni siquiera las partes que aún estaban a flor de piel y me dolían. Contárselo me parecía lo correcto.

—Ya te conté que me estuvo presionando para que vendiera el hostal después de que falleciera mi abuela; no le gustaba un pelo que siguiera adelante con el negocio.

Y luego, cuando pasó lo del seguro, se quitó del todo la careta.

Dijo que menos mal que nunca habíamos juntado nuestras cuentas, que iba a divorciarse antes de que pudiera echar a perder también sus ahorros.

Me hizo sentir tan insignificante, como si mis deseos y necesidades le importaran un comino.

Como si yo no importara. La peor parte es que nunca le pedí nada.

—Me detuve ahí porque el resto podría compartirlo en otra ocasión.

Estaba disfrutando demasiado del día como para terminar hecha polvo por recordar todo aquello otra vez.

—A mí tampoco me has pedido nada. Pero te lo ofrezco.

—Chase, no insistas, ¿vale?

Respiró hondo.

—Vale.

Me acarició los muslos con las yemas de los dedos, luego deslizó las manos hacia mi culo y gruñó.

—Joder, ¿vas sin bragas?

Sonreí con timidez.

—Obviamente. No iba a ponerme las bragas de ayer. ¿Tú sí llevas ropa interior?

—Es diferente. Yo llevo pantalones. —Casi gruñó cuando preguntó—: ¿Y si te ve alguien?

Puse los ojos en blanco:

—¿Eso es lo que te preocupa?

—Sí. Y que se me ha puesto durísima por ti y no tengo condón.

—¡Chase! ¿Cuándo ha pasado eso?

—Ahora mismo.

Sonreí, moviéndome encima de él.

—¿Está mal que me sienta superorgullosa de esto?

—No, para nada. —Sonrió y luego me acarició la cara con ambas manos—. ¿Qué me estás haciendo? No tengo ni el más mínimo control sobre mi cuerpo cuando estoy contigo. Ni sobre lo que siento.

Me quedé sin aliento.

—A mí me pasa lo mismo —confesé.

Había estado casada durante dos años y, sin embargo, Chase me hacía sentir cosas que nunca antes había experimentado.

Me sentía valorada, segura y viva con él. Mis deseos y necesidades eran importantes para Chase. Yo era importante para él.

—Dime, ¿qué te apetece hacer el resto del día? —preguntó.

—Mmm, no me importaría quedarnos así.

Me froté un poco más contra su cuerpo.

Volvió a gemir y me apretó el culo.

—Tus deseos son órdenes.

1   Nota del traductor: El baklava es un tradicional y delicioso postre de origen otomano, muy popular en Oriente Medio, Grecia y los Balcanes.

Consiste en múltiples capas finas de masa filo crujientes intercaladas con frutos secos triturados (como nueces, almendras o pistachos), todo ello bañado en un dulce almíbar de miel o azúcar.