Capítulo Dieciséis #2
Entonces miró a Chase con interés. Una cosa que la abuela y la señora Adams tenían en común era que ambas eran unas cotillas de cuidado.
Estaba segura de que todos nuestros vecinos se enterarían de su existencia muy pronto.
Tampoco era que me importara; en el fondo me gustaba presumir de aquel monumento de hombre.
—¿Necesita que la ayudemos en algo? —preguntó Chase.
—¿Os apetece pasar a tomar un café?
La señora Adams era más lista que el hambre.
—No, la verdad es que tenemos que irnos. Solo queríamos ver si estabas bien después de la tormenta —expliqué.
Me dedicó una sonrisa cómplice:
—Estoy bien, cariño. Pero cuando estéis por aquí, no dudéis en pasaros a tomar un café.
—Lo haremos —respondí—. Si necesitas algo, llámame. Oh, espera. Se me ha quedado sin batería el móvil.
Chase sacó el suyo:
—Dígame su número, señora Adams.
—Claro. —Se lo recitó de carrerilla y él la llamó al instante.
—Ahora ya tiene mi número. Llámeme si necesita algo.
—Eso haré. —Su sonrisa era aún más amplia que antes.
Le toqué el brazo.
—Venga, Chase, vámonos.
Nos dimos la vuelta mientras ella cerraba la puerta.
—Parece simpática —comentó Chase.
—Para mí es como una segunda abuela desde que perdí a la mía.
No para de decir que se está haciendo demasiado mayor para vivir aquí y que quiere mudarse a algo más pequeño.
Pero no ha encontrado comprador para la casa.
Una vez se me pasó por la cabeza la idea de comprársela para vivir allí y alquilar el hostal, pero…
—Me reí con nerviosismo— Ahora tengo otras cosas de las que preocuparme.
De camino a su coche, le expliqué dónde estaba el Fanny’s Diner .
En el coche, puse a cargar el móvil. Diez minutos más tarde, aparcamos frente a la entrada principal. El Fanny’s Diner estaba en un pequeño edificio junto a Catalina Boulevard. Había dos jacarandás detrás del local y los dos se habían caído, por suerte no sobre el edificio.
Por lo que pude ver, Fanny tenía el local a rebosar. Cuando entramos, se dio la vuelta y me sonrió y vino pitando a nosotros con una cafetera gigante en la mano derecha.
El local olía a azúcar y café. El sonido de los clientes hablando y de los tenedores chocando contra los platos llenaba el ambiente.
—Hannah, buenos días. ¿Qué tal el hostal?
¿Cómo…? —Se detuvo de repente, apretó los labios y miró a Chase de arriba abajo.
Fanny me conocía desde hacía mucho tiempo.
A diferencia de la señora Adams, era bastante más sutil.
—He hablado con la señora Adams —comentó Fanny—.
Dice que su casa no ha sufrido ningún daño.
—Sí, hemos estado en su casa. Está bien.
—¿Y tú?
—Nada que no pueda solucionar.
—Genial. ¿Por qué no os sentáis? Las tortitas corren a cuenta de la casa.
—Le agradezco, pero no puedo aceptar su invitación. Pagaremos como todo el mundo. —dijo Chase.
Maldita sea. No tuve oportunidad de avisarle.
Fanny se puso firme:
—No, de eso nada, caballero. No en Point Loma, y menos aún después de una tormenta. Todos han pasado una noche difícil. Lo menos que puedo hacer es invitarlos a unas tortitas.
—No discutas con ella —le susurré con picardía a Chase, sabiendo que Fanny estaba lo suficientemente cerca como para oírnos.
—Explícaselo tú —dijo ella—. Sentaos ahí. —Señaló una mesa junto a la ventana y luego se dio media vuelta para continuar su camino.
Chase y yo nos sentamos, y él miró a su alrededor:
—¿De verdad está dando comida gratis a todo el mundo? ¿Cómo hace para mantener a flote el negocio?
—Sinceramente, ni yo sé cómo lo hace —admití—. Ha pasado por momentos difíciles a lo largo de los años, pero la gente siempre echa una mano con donaciones.
Chase parecía perplejo:
—Ya —dijo, y luego echó un vistazo por la ventana que tenía al lado—. Tiene suerte de que esos árboles hayan caído de esa manera.
—Totalmente. —No podía imaginarme lo que habría pasado si se hubieran estrellado contra su edificio.
Point Loma era uno de los barrios más queridos de San Diego. Sin duda era una zona acomodada, pero había una comunidad bastante grande que llevaba generaciones viviendo allí, y a Fanny le gustaba tratarlos con mimo. Conocía a la mayoría de los clientes que nos rodeaban.
—¿Podemos pedir? —preguntó.
Me eché a reír:
—Eeeh, no. Fanny te dará de comer gratis, pero el menú lo elegirá ella.
—Vale, por mí, bien —respondió.
Unos minutos más tarde, la hija menor de Fanny, April, nos trajo dos platos con tortitas y café.
—Qué alegría verte, Hannah. Gracias por ir a ver cómo estaba la señora Adams. —Me guiñó un ojo antes de dar media vuelta y volver a la cocina.
—Están buenísimas —dijo Chase tras el primer bocado.
—Las tortitas de Fanny son, con diferencia, las mejores del mundo. Antes también hacía un baklava 1 increíble, pero hace mucho que dejó de hacerlo. Lo echo de menos y no he encontrado ningún otro sitio donde tengan uno tan bueno.
Vi que varios clientes nos escudriñaban disimuladamente. Chase no pareció darse cuenta hasta después de comer.
—¿Es idea mía o la gente nos está mirando? —susurró.
Me reí en voz baja:
—Creo que sienten curiosidad por ti. Apuesto a que se ha corrido la voz de que pasaste la noche en el hostal.
Me miró fijamente.
—¿Cómo?
—A ver, Fanny no me ha preguntado nada, pero te apuesto lo que quieras a que ha llamado a la señora Adams en cuanto hemos entrado, y ella le habrá soltado todos los detalles de nuestra visita. ¿Te has fijado en que no parecía sorprendida de verte aquí? Solo se ha dedicado a calarte.
—Ni me he enterado.
—Es normal, no conoces a Fanny tan bien como yo. Luego April me guiñó un ojo, así que apuesto a que ya está soltando la historia en las otras mesas.
—No sé ni cómo tomármelo.
Me reí, encogiéndome de hombros:
—Así es como funciona el Fanny’s Diner . Es un mundo aparte, sobre todo entre vecinos.
—Y que lo digas.
Nos terminamos las tortitas rápidamente y, aunque April nos ofreció más café gratis, no nos quedamos. No paraban de entrar clientes nuevos y necesitaban sitio para sentarse.
En cuanto salimos del restaurante, todas mis preocupaciones volvieron a abrumarme. Sentí las manos de Chase en mis hombros, acariciándome ligeramente la nuca mientras me guiaba hacia el coche.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—Te ayudo a relajarte, es obvio que todas las preocupaciones han vuelto a tu cabeza.
—Y tanto que ayuda —dije, dejándome llevar.
No tenía ni idea de cómo había encontrado mis puntos de tensión, pero me relajé al instante.
Normalmente era una persona positiva, excepto cuando se trataba del hostal.
Había tenido una racha tan mala que me resultaba imposible mantener mi optimismo habitual.
Pero en ese momento, no corría ningún peligro de entrar en un bucle de negatividad, y sabía que era porque Chase estaba allí.
Suspiré cuando volvimos al coche y él me miró con una sonrisa de suficiencia.
—Estás contenta —dijo.
—Sí. He desayunado de maravilla con un hombre espectacular. ¿Qué más puedo pedir?
Pero no pude alejar las preocupaciones mientras conducíamos hacia la entrada del hostal.
—¿Quieres quedarte un rato en el porche? —pregunté en cuanto salimos del coche—. Hace un tiempo precioso fuera. La famosa calma después de la tormenta.
—Claro. ¿Tienes algo para sentarse?
—Tengo un sofá de mimbre y cojines en el sótano.
—Venga, vamos a subirlos.
Lo guié a través de la casa hasta el sótano.
Él solo cargó con el sofá, ya que no pesaba nada.
Vaya vistas tenía mientras subía los escalones.
Yo llevé los cojines y, en cuanto colocó el sofá en el porche, los acomodé sobre el mimbre.
Nos sentamos juntos y, de inmediato, nos pusimos a buscar empresas de reformas en Google.
—Conoces unas cuantas, ¿no? —preguntó.
—Sí, ya me he puesto en contacto con varias en otras ocasiones.