Capítulo Dieciséis
HANNAH
Me despertaron unos ruidos extraños. Me incorporé de un salto y se me nubló la vista al instante, así que cerré los ojos y volví a abrirlos. ¿Estoy atrapada en un sueño erótico en el que Chase anda por el dormitorio completamente desnudo?
—Te he despertado. Lo siento.
—Di lo que sea —murmuré.
—¿Qué?
Salté de la cama, me acerqué a Chase a paso ligero y me detuve en seco justo delante de él:
—Estoy intentando comprobar si eres real o no.
—Me llevé un dedo a los labios—. Mmm. Hablas, y ese culo tan sexy es tal y como lo recuerdo de anoche.
Tu polla es igual de impresionante, aunque, bien pensado, si lo de anoche y lo de esta mañana fuera un sueño, tendrías el mismo aspecto.
—Le pellizqué los abdominales—. Sí, eres real.
Él soltó una risita:
—Claro que sí.
—¿Por qué te has levantado tan temprano? —pregunté, mirándolo embobada. Fue entonces cuando me di cuenta de que yo también estaba desnuda. Y, sin embargo, no me sentía para nada cohibida.
—No es tan temprano, son casi las nueve. He mirado fuera y hace buen tiempo.
—¡Madre mía!
Abrí las contraventanas y vi que hacía sol. El jardín estaba hecho un desastre, con ramas tiradas por todas partes.
—Supongo que ya habrán despejado la carretera —continuó Chase.
Me volví hacia él, poniendo cara de pena:
—¿Eso significa que pronto podremos irnos?
Sonrió:
—No, solo significa que el inspector de seguridad llegará pronto. Eso es lo que dijiste ayer, así que será mejor que nos vistamos.
—Mierda, tienes razón. —Miré a mi alrededor. ¿Dónde está mi ropa? —Qué raro, por las mañanas suelo tener la mente mucho más despejada. No sé por qué tengo la cabeza tan espesa hoy. —Lo señalé—. Creo que la culpa es de los dos orgasmos de anoche.
Gruñendo, se colocó justo delante de mí:
—Tres.
Le dediqué una sonrisa pícara.
—Mmm. ¿Estás seguro? Eso es discutible, ¿no crees? ¿De verdad te crees capaz de hacerme tener tres orgasmos, ¿eh?
—Te lo puedo demostrar.
—¡Sí! —exclamé—. Pero guárdate esa idea para cuando volvamos a estar solos.
Chase volvió a gruñir en respuesta.
Nos aseamos y nos vestimos a toda velocidad. Llevaba unas pintas de haber tenido una noche loca de cuidado, ¿pero qué más me daba? No conocía al inspector de nada.
***
Chase tenía razón. El inspector llegó diez minutos más tarde, acompañado por un chico joven. Probablemente era un aprendiz. Chase y yo nos quedamos en el porche mientras se acercaban, ambos mirando a nuestro alrededor con mirada escrutadora.
—Buenos días, señora —me saludaron.
—Buenos días —respondí.
—¿Está despejada la carretera? —le preguntó Chase al inspector.
El hombre asintió:
—Casi, pero se puede circular con total seguridad. ¿Ya han inspeccionado la propiedad?
—No —respondí—. Podemos hacerlo ahora.
—Su marido puede enseñárnosla —dijo.
Me sobresalté. ¡Jolín! ¿Qué me pasa? Esperaba que nadie se hubiera dado cuenta de nada.
—Hannah es la dueña de la propiedad —aclaró Chase con naturalidad—. Ella puede enseñarle todo. Por cierto, ya ha vuelto la luz.
El inspector más joven puso un tic enorme en la hoja de papel que sostenía.
—Estupendo, una cosa menos que comprobar —dijo—.
Al no haber árboles grandes bordeando la propiedad, estimo que los daños no serán tan severos.
Pero el viento soplaba con tanta fuerza que podría haber arrastrado algunas ramas de allí.
— añadió, señalando los árboles que había en los límites del jardín—.
Así que vamos a dar una vuelta, ¿les parece?
—Claro —respondí. Me volví hacia Chase—. Puedes esperar dentro si quieres.
—Te acompaño.
—Gracias. —El simple hecho de tenerlo a mi lado me hacía sentir segura. No iba a tener que enfrentarme a esto yo sola.
Obviamente, el hostal era mi responsabilidad. Pero me gustaba saber que se preocupaba por mí y que quería estar ahí para apoyarme.
Caminamos despacio por el perímetro. Había muchos destrozos en el jardín. Mi rosal estaba prácticamente destruido. Habían caído unas cuantas ramas enormes de los árboles y el viento las había esparcido por todas partes.
Cuando casi habíamos terminado la inspección, se me cortó la respiración. Una rama enorme se había estrellado contra la pared este. Había destrozado parte del porche e incluso tirado un poste que servía para sostenerlo. ¿Cómo demonios llegó eso hasta aquí? Los árboles no estaban tan cerca.
—Eso parece peligroso —dijo el inspector de más edad—. No se acerquen demasiado, tienen que repararlo cuanto antes.
—Sí, justo estaba pensando lo mismo —respondí. Mi voz sonaba robótica. Maldita sea, no podía ni imaginar cuánto costaría una reparación así.
—Ha sido un viento muy fuerte —comentó Chase con calma.
Los inspectores asintieron, cada uno rellenando un formulario mientras volvíamos a la entrada.
—Muchas gracias por su tiempo —dijo el mayor de los dos, entregándome las hojas.
—A ustedes.
Chase y yo nos quedamos en el porche mientras se marchaban.
Resoplé:
—Chase, lo siento. Ahora mismo estoy de un humor de perros. Entenderé perfectamente si quieres irte.
—No quiero irme. Quiero quedarme aquí contigo y ayudarte a arreglar las cosas.
—No creo que puedas.
—Pues entonces voy a animarte.
A pesar de la situación y de mi mal humor, me eché a reír:
—Eso sí que lo puedes hacer.
—Lo primero es lo primero: necesitamos comer. Vamos a desayunar a algún sitio, luego volvemos y pensamos en cómo solucionar esto.
Negué con la cabeza:
—Hoy es sábado, así que no podré hacer gran cosa. Pero el lunes llamaré a un par de empresas para ver quién puede encargarse de esto lo antes posible.
—¿Qué te preocupa? Cuéntame.
Me colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. El viento me lo volvió a echar a la cara y me eché a reír. Entonces me llevó a un rincón para que nos resguardáramos del viento.
Me encogí de hombros:
—Me temo que las reparaciones me costarán un ojo de la cara.
—Tu seguro las cubrirá.
—Tal vez. Pero tendré que pagar una franquicia enorme.
Después de la primera conversación que tuve con Chase sobre el hostal, miré las subvenciones que el ayuntamiento concedía para reformas, pero, tal y como temía, la propiedad no cumplía los requisitos. Dios, adoro este sitio, pero ¿por qué se está comiendo cada céntimo que gano?
—En fin… gracias por acompañarme en la inspección.
—¿Qué ha pasado antes? Cuando el inspector ha pensado que yo era tu marido, te sobresaltaste .
—Sinceramente, ni siquiera sé muy bien por qué reaccioné así. Supongo que me trajo malos recuerdos. Mi ex nunca venía al hostal cuando pasaba algo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Chase con brusquedad—. ¿No venía aquí cuando había una emergencia?
—No, ni de coña. Odiaba el hostal y que viniera a ver a la abuela tan a menudo. Quería que hiciéramos otras cosas el fin de semana. Al final, empezó a hacer sus propios planes siempre que yo estaba aquí. Con otra persona…
—Joder —gruñó.
Hice un gesto con la mano, restándole importancia.
—No quiero hablar de él, no tiene sentido. Quizá debería empezar a hacer una lista de empresas de reparaciones hoy mismo.
Chase se acercó y me rodeó la cintura con los brazos:
—Te propongo un trato. Primero desayunamos y luego hacemos la lista juntos. Así después nos quedará el resto del día libre para divertirnos.
Sonreí:
—Acabas de convertirte en mi persona favorita.
—Ese era mi plan desde el principio. Ahora, ¿dónde quieres ir a desayunar? —preguntó.
—Hay una cafetería buenísima no muy lejos. Pero primero me gustaría pasar a ver a mi vecina y ver si necesita ayuda. La llamaría, pero me he quedado sin batería.
El viento volvió a soplar y me echó el pelo a los ojos. Chase se acercó, pasándome las manos por el pelo para apartármelo.
—Eres increíble. Qué bonito que te preocupes por tu vecina en un momento como este.
—Espero que esté bien —dije—. Pero, Chase, sinceramente, esta va a ser una mañana muy aburrida para ti. Puedo hacerlo todo yo sola.
—No va a ser aburrida porque estoy contigo —respondió en un tono que no admitía réplica.
—Vale, si estás seguro, entonces vamos a visitarla. Podemos ir andando y luego volver a por el coche.
—Claro. Te sigo.
La señora Adams vivía al lado. Su casa era mucho más pequeña que el hostal, pero muy acogedora. Siempre me había encantado. También era de estilo victoriano, pintada de blanco con contraventanas azules. Todas estaban aún cerradas cuando subimos al porche.
—Espero de verdad que esté bien —murmuré, con el corazón a mil por hora mientras llamaba a la puerta.
Unos segundos después, oí pasos y me tranquilicé un poco. La puerta se abrió de par en par.
La señora Adams tenía unos ochenta años. Desde que tenía uso de razón, se teñía el pelo de negro azabache y siempre se lo recogía en un moño. Era menuda y esbelta, aunque en ese momento no podía apreciarlo porque llevaba un albornoz negro muy holgado.
—Buenos días, Hannah —saludó. Luego miró a Chase—. ¿Eres el inspector? Ya le he dicho a tu jefe que no hacía falta que viniera nadie.
—No, vengo con Hannah —respondió Chase, y yo suspiré ante lo que eso implicaba.
La señora Adams me sonrió de oreja a oreja. Me recordaba muchísimo a la abuela. A lo mejor porque solían pasar mucho tiempo juntas. Se pasaba el día en nuestra casa cuando yo era pequeña.
—Hannah, cariño… —chasqueó la lengua—. Me has estado ocultando cosas.
—Eeem, bueno, solo queríamos asegurarnos de que estabas bien —dije.
—Esta mañana di una vuelta por la casa y todo parecía estar bien. Le dije al inspector que no hacía falta que vinieran, pero me dijeron que quizá enviarían a alguien de todos modos. Por eso pensé que eras tú —le dijo a Chase.
—Mmm, no creo que vayan a pasar por aquí. Acaban de ir al hostal —aclaré.
—¿Cómo está todo en Loma House ?
Cambié el peso de una pierna a la otra.
—Tendré que reparar algunas cosas.
Chase me puso la mano en la nuca y, al instante, me relajé al sentir su contacto.
—¿Tiene luz? —le preguntó a la señora Adams.
—Sí, ha vuelto esta mañana, gracias a Dios.