Capítulo Quince #2
Jugué con su cuerpo al ritmo que yo quería, alternando entre chuparle el clítoris y subir con los labios por su abdomen. Ella jadeaba desesperadamente cada vez que me alejaba de su centro, pero no quería abrumarla. Quería que pudiera asimilar cada gota de placer.
—Me encanta explorarte —dije—. Tu cuerpo es tan jodidamente perfecto. Me encantan tus curvas.
Le besé el vientre antes de volver a bajar hacia su sexo.
Estaba lista. Deslicé dos dedos de arriba abajo por su hendidura mientras le estimulaba el clítoris con la boca.
Cuando apretó los muslos y levantó las caderas unos centímetros, le metí esos dos dedos dentro.
Soltó un grito de placer aún más bonito que la primera vez.
Se quedó lacia en mis brazos, con los muslos temblando y la respiración entrecortada. Iba a levantarme para coger el condón, pero Hannah me atrajo hacia ella.
—No. ¿A dónde vas? Te quiero dentro de mí ahora mismo.
Se relamió los labios, y le presioné el inferior con mi pulgar antes de acariciarle la mandíbula.
—Necesitamos un condón, preciosa.
—Ah, sí. Eso.
Me incorporé:
—Déjame ir a por mis pantalones. Me los he dejado en la cocina.
Regresé rápidamente con un condón, rasgando el envoltorio por el camino y poniéndomelo. Ella seguía esperándome en el sofá, apoyada contra el respaldo.
Tenía el culo justo en el borde. De pie frente a ella, le agarré ambas manos y la ayudé a ponerse de pie. Luego la besé, retrocediendo con ella hasta que la apoyé contra el cristal. Hannah jadeó al sentir el contacto frío. Como las persianas estaban cerradas, nadie podía vernos.
—¿Te gusta así? —pregunté.
—¡Sí! El cristal está frío, y nuestros cuerpos arden.
La giré y la apoyé contra el ventanal. Se estremeció y apoyó la frente en el cristal, y luego las palmas de las manos.
—Chase, ¿qué me estás haciendo?
—Saciándome de ti.
Le besé la espalda, que estaba completamente bañada en sudor.
Me encantaba que se hubiera corrido tan fuerte como para sudar de esa manera.
Volví a girarla y, esta vez, la besé en la boca muy despacio.
No íbamos a llegar al sofá. Le cogí las manos, las puse sobre mis hombros y luego me agaché lo suficiente como para poder agarrarle los muslos.
Acto seguido, la levanté en mis brazos y la bajé sobre mi polla de un solo movimiento rápido, presionando su espalda contra la ventana. Hannah jadeó de placer. Me encantaba ese sonido y quería oírlo una y otra vez. Me hundí por completo dentro de ella mientras apoyaba mi frente en su mejilla.
Ese momento fue una puta locura. Nunca había vivido nada igual. Estaba totalmente perdido en ella: el olor de su champú, su piel suave. Jamás me había sentido tan completo en mi vida.
Me retiré y volví a penetrarla. Continué con embestidas largas y precisas porque quería sentirla —literalmente, sentirla— a lo largo de cada centímetro de mi polla.
Ella también se movía de arriba abajo, jadeando y suplicando por más placer.
Necesitaba correrse de nuevo, y yo buscaba mi propio clímax con desesperación.
Apoyé una mano en el cristal mientras la ajustaba sobre mi polla antes de sujetarla con ambas manos.
—Quiero ver cómo te tocas y sentir cómo te corres en mi polla.
Sus músculos se contrajeron con fuerza. Estaba claro que le gustaba que le dijera guarradas, y eso me encantaba de ella. Empecé a correrme en cuanto puso la mano sobre su sexo. Me invadió una oleada de placer y empecé a ver borroso.
Entre mis propios gemidos desesperados, la oí gritar. La abracé hasta que los dos recuperamos el sentido y luego la bajé al suelo.
—Quedémonos así unos segundos —pidió—, mientras recuerdo dónde estamos y qué estábamos haciendo. Si seguimos en el planeta Tierra o no.
Me reí y le besé la cabeza:
—¿Qué te parece si nos tomamos un descanso antes de volver a la acción?
Deslizó los dedos por mis bíceps:
—Qué fuerza tienes. No puedo creer que hayas sido capaz de sostenerme ahí arriba durante tanto tiempo.
—Ha sido un placer —respondí mientras daba un paso atrás—. ¿Dónde está el baño más cercano? Tengo que limpiarme.
—Te acompaño —respondió, cogiendo una linterna.
Caminamos despacio por el pasillo y entramos en un pequeño baño.
—Es un buen momento para darnos esa ducha —sugirió.
—¿Funciona el agua?
—Debería. Es independiente del sistema eléctrico.
Tenía razón. Apoyamos la linterna en el lavabo y nos duchamos juntos, tomándonos nuestro tiempo para enjabonarnos el uno al otro. No podía saciarme de ella, pero la ducha era demasiado pequeña para hacer nada dentro.
Al terminar, nos secamos rápidamente y volvimos al salón.
Hannah se puso el vestido y yo solo mis calzoncillos Se acercó a la ventana, quedándose boquiabierta al ver el cristal.
—Madre mía. Ha quedado la silueta de mi culo marcada en la ventana.
—Eso me da ideas…
—Ya me lo imagino.
Se dio la vuelta. Aunque no podía verle la cara porque mi cuerpo tapaba la luz de la linterna, intuía que algo la preocupaba. Estaba completamente encogida de hombros.
—¿Qué pasa?
—Nada. Pero seguro que nunca te has quedado atrapado toda una noche en casa de una mujer.
—Hannah, aunque pudiera irme ahora mismo, ni de coña lo haría. Lo digo en serio. —Luego me aclaré la garganta—. ¿Quieres que me vaya?
—No, no cuando me has prometido hacerme de todo contra esa ventana. Solo estoy pensando dónde vamos a dormir. Tenemos el sofá cama, o podemos usar el dormitorio de la planta baja. Aunque tengo que buscar ropa de cama, y una manta.
—Yo te daré calor.
Se rió:
—Oye, qué buena idea. ¿Cómo no se me ha ocurrido a mí?