Besos Robados Capítulo Quince
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Capítulo Quince

CHASE

—No podemos hacer más que esperar —murmuró.

—Ya.

Joder, la idea de pasar toda la noche con ella me estaba volviendo loco.

Estaba poniendo a prueba todo mi autocontrol.

Apenas podía contenerme en el trabajo cuando estábamos rodeados de cientos de empleados; no tenía ninguna posibilidad de guardar las distancias aquella noche. Lo sabía con total certeza.

—Tengo algunas linternas —dijo ella—, y velas, pero no quiero quemar esto por accidente.

—¿Dónde están las linternas?

—En la cocina, debajo del fregadero.

Fuimos hacia allí guiándonos con la luz de nuestros teléfonos.

—Yo las cojo —dije, agachándome. Solo había dos.

—Estas deberían durar un buen rato. Quizás deberíamos encender una para tener algo de luz en el salón, ¿no? —sugirió ella.

—A mí no me molesta la oscuridad.

—Vale. —Retiró la mano de la linterna, rozándome el brazo.

Le agarré la muñeca; necesitaba tocarla. Estaba desesperado por hacerlo.

Inspiró con fuerza.

—Tienes la piel supersuave. —Deslicé los dedos más arriba, acariciándole el brazo. Se le puso la piel de gallina y le rodeé el hombro con la mano antes de colocarle el pelo detrás de la oreja. Me acerqué más —. Hueles de maravilla. ¿Sabes lo mucho que tengo que luchar contra mis impulsos cada día?

—¿De verdad? —preguntó con voz suave.

—Te lo juro. Lo único en lo que pienso es en encontrar una excusa, la que sea, para pedirte que vengas a mi despacho.

—¿Por qué?

—Para verte, hablar contigo… y hacer esto. —Deslicé la mano por su espalda y tracé una línea recta con el dedo corazón por su columna vertebral.

Soltó un gemido, y en ese preciso instante supe sin lugar a dudas que aquella noche iba a romper todas las promesas que le había hecho.

—Quiero preguntarte cómo te ha ido el día y contarte el mío. Y, sobre todo, me muero de ganas de besarte. —Le susurré al oído y ella se estremeció ligeramente. Me puso la mano en el pecho, la subió hasta mi hombro y apoyó el pulgar en mi cuello.

—Yo también pienso en eso: todo el tiempo —murmuró, y luego suspiró contra mi piel.

Estaba luchando contra todos mis instintos, pendiendo de un hilo. Necesitaba besarla más de lo que jamás había necesitado nada en el mundo.

—Hannah… —murmuré.

—¿Sí? —Su voz sonaba expectante. Apretó el pulgar aún más fuerte contra mi cuello.

—Estás temblando. Ve a darte una ducha.

—Ven conmigo —respondió.

Tardé unos segundos en asimilar sus palabras, pero, en cuanto lo hice, no pude contenerme.

—Dilo otra vez.

—Ven conmigo.

Le volví a tocar la cara, presionando mi pulgar sobre sus labios:

—Desde la boda, no he dejado de desearte ni un solo día y, no sé cómo, he sido capaz de luchar contra mis instintos, pero ya no puedo más.

Al segundo siguiente, la besé. Joder, la sensación era increíble: su sabor, sentir su aliento, su lengua… me volvía loco.

Se apoyó contra mí, entregándose por completo.

No pude detener el beso ni siquiera un segundo para explorar el resto de su cuerpo, pero aquella noche tenía tiempo. Enredé mis dedos en su pelo y le rodeé la nuca con una mano. Con la otra, recorrí su espalda de arriba abajo. Ella se apretó contra mí y me puse completamente duro en un instante.

—Te deseo muchísimo —susurré, rozando sus labios con los míos.

—Yo también te deseo.

Sentí una descarga de adrenalina brutal por todo el cuerpo. Aquella noche, Hannah iba a ser mía.

—¿Tienes idea de todas las cosas que te voy a hacer esta noche, Hannah?

—Sí. Sea lo que sea lo que tengas en mente, lo quiero todo.

Sus palabras llegaron directo a la entrepierna.

Estaba tan empalmado que hasta me dolía.

Me llevé la mano al cinturón y sentí la suya sobre la mía.

Joder, ella quería verme desnudo tanto como yo.

Tiré del cinturón y sonó como si fuera a romperse, pero me importaba una mierda si se rompía.

Entonces ella me bajó la cremallera y yo me bajé los pantalones.

Deslizó la mano por dentro de mis bóxers y me rodeó la polla con los dedos.

Me apretó y eché las caderas hacia delante, empujándola contra su puño.

—Hannah, quiero hacer que te corras tú primero.

Ella jadeó, apretándome aún más fuerte.

Le agarré la muñeca:

—Suéltame.

—Vale. —Abrió la palma de la mano y se la puse sobre el pecho.

—¿Puedo quitarte la camisa? —preguntó tímidamente.

—Claro que sí.

Mientras intentaba desabrocharme los botones, deslicé la mano por el costado de su cuerpo.

—¿Esta cosa tiene cremallera? —pregunté.

Se rió:

—No.

Agarré el bajo del vestido, se lo quité por la cabeza y lo tiré sobre la encimera de la cocina.

La besé antes de que tuviera tiempo de terminar de desabrocharme la camisa; no quería perder ni un segundo sin explorarla.

Gimió contra mi boca cuando le rodeé la espalda con los brazos, presionándose por completo contra mí.

Solo llevaba puestos las bragas y el sujetador, así que podía sentir su piel mientras movía las caderas hacia delante y hacia atrás, frotándose contra mi erección.

¡Joder!

¿Cómo puede ser tan increíble lo que siento?

Di un paso atrás y Hannah exhaló con fuerza mientras yo desabrochaba el resto de botones y me quitaba la camisa. Nunca me molestaba en llevar camiseta interior, algo que ambos parecíamos agradecer en ese momento.

—Vamos a acercarnos a una ventana —indiqué, llevándola al salón—. Quiero verte. No hay suficiente luz con las linternas.

El sol aún no se había puesto del todo y unos rayos débiles se filtraban a través de las persianas, a pesar de que el cielo se veía completamente negro cuando estábamos fuera.

Nos llevamos las dos linternas y las coloqué en una de las mesas del salón para que iluminaran el techo.

—Así está mejor —dije antes de volver junto a ella.

Se humedeció los labios, echando un vistazo a su cuerpo:

—Deberías haberme avisado. Habría ido al gimnasio o algo así.

—Eres preciosa. Me flipan tus curvas; llevo fantaseando con tu cuerpo desde la boda. Quiero verte, ¿o te sentirías más cómoda si apagara las linternas?

—No las apagues, yo también quiero verte. —Entonces deslizó los dedos por mi pecho—. Puedo sentir todos estos músculos, pero verlos es otro nivel.

La acompañé de vuelta al sofá porque era el sitio más cómodo. Ni de coña tenía suficiente autocontrol para ir a uno de los dormitorios. Le quité el sujetador y enseguida empecé a acariciarle los pechos.

Primero rodeé sus pezones con mis dedos y luego bajé la cabeza, llevándome el derecho a la boca.

Ella jadeó, arqueando la espalda. Me coloqué de manera que pudiera acceder fácilmente a sus pechos y a sus muslos; después, apoyé la mano derecha en la cara interna de su muslo, provocándola a medida que subía poco a poco con los dedos.

Luego presioné el dorso de mi mano contra su sexo y ella soltó un gemido.

—¡Chase! —exclamó.

Quería tocar su piel desnuda, pero, de momento solo la acariciaba por encima de la tela.

Se me tensó la polla al sentir cómo se humedecían sus bragas y luego se mojaban aún más.

La fricción de la tela contra su piel sensible la estaba volviendo loca.

Lo noté en la forma en que apretaba los músculos y me agarraba por los hombros.

Cuando me di cuenta de que aquello le estaba resultando más tortuoso que placentero, metí el dedo por debajo de la lencería, acariciando la misma zona con el pulgar antes de rodear su clítoris. Luego la penetré con el dedo. Se volvió loca, y empezó a retorcerse.

—Chase, por favor…

Oír sus súplicas ponía aún más a prueba mi autocontrol. Me senté en el sofá y la atraje hacia mí.

—Chase —murmuró, a horcajadas sobre mí—, necesitamos un condón.

—Tengo uno, pero no te preocupes. Por ahora, solo te daré placer con mis dedos y mi lengua. —Aparté a un lado la tira de tela que le cubría el sexo y acaricié sus zonas más sensibles.

Alterné entre esos movimientos y rodear su clítoris con la lengua. La tenía a mi merced… o eso creí, porque entonces ella me agarró la polla y empezó a deslizar la mano arriba y abajo.

—¡Hannah!

Mi voz se quebró en un gemido. Seguí tocándola, moviendo los dedos al ritmo que a ella le gustaba. Era como un libro abierto para mí; descifraba cada arqueo de su espalda, cada inclinación de su cuello. Con la otra mano, le acaricié los pechos mientras besaba sus hombros.

Me soltó la polla y hundió ambas manos en mis muslos, clavando sus uñas en mi piel. Estaba muy cerca del orgasmo, y yo sabía exactamente qué la llevaría al límite.

Apartándole las bragas a un lado, estimulé su sexo y le metí dos dedos mientras presionaba su clítoris con mi pulgar.

Se sacudió con tanta fuerza que casi se cae de mi regazo.

Le puse una mano en la espalda, manteniéndola en su sitio mientras la estimulaba con la otra.

La quería en esa posición, quieta. Así podría asimilar cada gota de placer que yo quisiera darle.

Seguí las señales de su cuerpo, manteniendo la presión sobre su clítoris, y estalló de placer al segundo siguiente, balanceando las caderas.

La abracé unos instantes hasta que se calmó.

—Ha sido increíble —murmuró.

—Esto es solo el principio.

Nos pusimos de pie, la giré para que quedara frente al sofá y la tumbé boca arriba, dejando su trasero en el borde.

No quería esperar demasiado porque todavía estaba sensible, se volvería a correr rápido.

Así que le abrí bien las piernas, tocándole la parte interna de los muslos.

Su piel era muy suave, y quería besarla antes de hacerla disfrutar otra vez.

Me acerqué a la parte interna de su muslo derecho, besándola en línea recta hacia el coño.

Ella jadeó y oí su grito ahogado. Se estaba preparando, pero yo no iba a por su sexo. Todavía no.

Apoyé mi boca en la parte interior de su rodilla, subiendo poco a poco antes de ralentizar el ritmo al acercarme a la entrepierna. Entonces presioné mi lengua contra su entrada, la deslicé en su interior y luego subí lentamente hasta su clítoris, con la intención de darle el mayor placer posible.