Besos Robados Capítulo Catorce
43%

Capítulo Catorce

CHASE

Mis abogados se pusieron manos a la obra a la mañana siguiente. Le enviaron todo a Elijah, que respondió rápido diciendo que ni siquiera necesitaría esperar a que terminara la semana. Tras consultarlo con su abogado, firmó los papeles al día siguiente.

Todavía no me podía creer lo rápido que habían avanzado las cosas en el restaurante.

Había ido allí mentalizado para una negociación dura, pero Hannah lo encandiló.

No culpaba al señor; al fin y al cabo, a mí también me había encandilado.

Me asombraba la facilidad con la que la gente se abría con ella.

Apenas pude contenerme de besarla en la escalera.

El resto de la semana me sumergí de lleno en el trabajo. Normalmente no me enteraba de nada de lo que pasaba fuera de la oficina, pero el viernes ni siquiera yo pude ignorar la tormenta que se cernía sobre San Diego.

Al principio pensé que pasaría pronto, pero a medida que avanzaba el día, quedó claro que no sería así. La lluvia se intensificó y me preocupaba cómo iban a llegar a casa algunos de nuestros empleados, sobre todo los que usaban el transporte público, que era la mayoría.

¿Hannah conduce?

Joder. No puedo estar pensando en esta mujer todo el maldito día.

Intenté seguir trabajando, pero solo aguanté una hora más.

A las cinco, salí de mi despacho sin ningún plan fijo y bajé un piso, directo a la oficina de Magda.

Se me estaban acabando las excusas para verla, pero tuve suerte porque no había nadie y su ordenador estaba apagado.

Magda ya se había ido, probablemente por el mal tiempo.

Eché un vistazo a la zona común, buscando con la mirada a Hannah.

Incluso desde lejos, parecía estresada. La había observado tanto las últimas semanas que me sabía de memoria cómo cambiaba su lenguaje corporal según su estado de ánimo Cuando estaba contenta, se recostaba en la silla, relajada, mientras tecleaba.

Cuando estaba concentrada, se inclinaba un poco hacia delante.

Pero en ese momento estaba de pie, agarrando el respaldo de la silla con una mano.

La mayoría de sus compañeros ya se habían ido.

Hablaba por teléfono y se la veía bastante alterada.

Chase: ¿Qué pasa?

Supuse que vería el mensaje cuando terminara la conversación.

Unos minutos más tarde, bajó el teléfono de la oreja y se sentó. Mi teléfono sonó justo después.

Hannah: ¿Cómo sabes que pasa algo?

Chase: Estoy en la oficina de Magda.

Cuando levantó la vista, se me cortó la respiración. Algo no iba bien. Tenía que saber qué había pasado y solucionarlo.

Chase: Ven a la sala de descanso que hay detrás de su oficina. A esta hora del día estará vacía.

Hannah: Vale.

Algo importante debía de haber pasado para que aceptara tan rápido. Me dirigí a la sala de descanso y me apoyé en la encimera, agarrando el borde. Cuando ella entró, me enderecé.

—¿Qué ha pasado?

Tenía los ojos un poco llorosos.

—Eh… mi vecina me ha llamado desde el hostal. Al parecer, la tormenta es aún peor por allí. Me dejé las contraventanas abiertas.

—¿No puede cerrarlas ella por ti?

—No, es una señora mayor. Se ha ofrecido, pero tuve que convencerla de que no lo hiciera. Podría hacerse daño. En fin, ahora estoy intentando ver la manera de llegar hasta allí.

—No has venido en coche —concluí.

Ella negó con la cabeza:

—No. ¿Te lo puedes creer? Llevo media hora llamando a varias compañías de taxis y nadie quiere ir hasta Point Loma con este tiempo. Los de Uber también me rechazan los viajes una y otra vez.

—Te llevaré yo.

Ella parpadeó, sorprendida:

—¿Qué?

—Venga, coge tus cosas. Voy a ir contigo al hostal. ¿Tienes la llave?

—S-Sí —balbuceó, algo muy poco habitual en ella—. ¿Por qué te ofreces a llevarme?

—Porque tienes que ir, yo voy en coche y no me cuesta nada llevarte.

—Déjame en mi casa y luego ya cojo mi coche.

—Llegaremos más rápido si vamos ahora. Además, no quiero que vayas sola.

—Chase.

—Tienes un problema y te estoy ofreciendo una solución.

Se mordió el labio y se pasó la mano por el pelo, que le cayó sobre el pecho en densas ondas doradas. Tuve que apartar la mirada y soltar el aire despacio. No tenía ni idea de cómo había pasado de querer resolver un problema a ponerme cachondo en una fracción de segundo, pero así era.

—Está bien, vamos. Y, Chase, de verdad, muchísimas gracias.

—No te preocupes, te espero aquí. O mejor, te espero al lado del ascensor.

—Vale.

Su voz seguía temblorosa.

—¿Por qué estás tan preocupada? —pregunté.

—Porque me da miedo que la tormenta cause destrozos en el hostal. No he podido reparar gran parte de… Olvídalo. —Se dio la vuelta y empezó a recoger sus cosas.

Cuando nos encontramos en el ascensor, me di cuenta de que nunca la había visto tan estresada; ni siquiera cuando la organizadora de la boda no se presentó.

Hannah se pasó todo el viaje en silencio.

A medida que nos acercábamos a Point Loma, comprendí por qué ninguna compañía de taxis había querido aceptar el viaje.

La tormenta era mucho peor allí y el viento soplaba con una furia tremenda.

No me habría sorprendido que arrancara de cuajo algún árbol de la carretera.

—Ya casi hemos llegado —dije.

Se pasó las palmas de las manos por los muslos, mirando hacia fuera.

—¿Por qué no cerré las contraventanas?

—No te culpes, Hannah. Es verano. Nunca tenemos tormentas así en esta época.

Extendí la mano y la puse sobre su mano izquierda:

—Hannah, sea lo que sea que nos encontremos allí, lo resolveremos.

Giró la cabeza bruscamente hacia mí.

—Chase, te agradezco que me lleves hasta allí, pero no espero que te encargues de nada.

Ya vería que yo estaba ahí para lo que hiciera falta.

La tormenta fue empeorando aún más a medida que nos acercábamos al hostal.

—Puedes aparcar justo delante —dijo—. Menos mal que no se ha desprendido ninguna de las contraventanas. Al menos, que yo vea.

Teníamos que darnos prisa. Las contraventanas golpeaban con fuerza por el viento, y la lluvia caía a cántaros. Nos empaparíamos en segundos.

—Quiero que entres corriendo y te quedes ahí, yo me encargaré de cerrar las contraventanas —afirmé mientras detenía el coche.

—No digas tonterías.

—Lo digo en serio.

—Chase, es mi hostal. Ni siquiera sabes dónde están todas las ventanas. Quédate en el coche con la calefacción puesta.

—No. En todo caso, hagámoslo juntos, será más rápido.

Salimos del coche y corrimos hacia el porche.

Tal y como había previsto, acabamos completamente empapados.

Una vez dentro, la seguí. Cada habitación tenía al menos dos ventanas, y cerrar las contraventanas me costó mucho más esfuerzo de lo que pensaba.

Nunca había tenido contraventanas exteriores que se cerraran desde dentro.

El viento soplaba con una fuerza brutal. Pero, veinte minutos después, las habíamos asegurado todas y habíamos vuelto al salón. El espacio estaba muy oscuro con todas las contraventanas cerradas.

En cuanto dejamos de movernos, me di cuenta de que Hannah estaba temblando.

—Tienes frío. ¿Tienes algo para cambiarte?

—No, me llevé todo lo que tengo a casa. Pero tú también estás empapado.

—Puedo aguantarlo —repuse.

Ella sonrió:

—¿Qué pasa, que te crees que soy de azúcar y me voy a derretir?

—Ya te está saliendo la vena descarada.

Dejó escapar un suspiro de alivio:

—La verdad es que pensaba que al llegar aquí me iba a encontrar todas las contraventanas arrancadas o algo peor. Vámonos antes de que la tormenta empeore y no podamos ni conducir.

—Claro —dije—. Estaba a punto de sugerir lo mismo.

El problema fue que apenas conseguimos pasar la verja. La tormenta había derribado un árbol enorme que ahora obstruía el paso en la carretera.

Hannah gruñó:

—Esta es la única salida.

—Voy a llamar para que nos ayuden. No me gusta nada estar aquí, podría caernos un árbol encima. Volvamos dentro.

—Sí, hay demasiados árboles por aquí —coincidió.

Paré el coche en el mismo sitio que antes.

—Deja que llame al guardabosques de la zona—dijo Hannah, y luego se llevó el teléfono al oído—.

Hola, señor Wilkins. Sí, soy Hannah, de Loma House .

La carretera está bloqueada porque se ha caído un árbol.

Estoy a salvo, pero ¿cuándo cree que podrán retirarlo?

—Le cambió la cara—. Claro, tiene sentido.

El caso es que no tenemos forma de salir.

Sí, por supuesto. Lo entiendo. Igualmente, cuídese. Nos vemos mañana.

Guardó su móvil y me miró con aire de disculpa:

—No vendrán esta noche. Va a esperar a que amaine. Y mañana a las nueve vendrá un inspector de seguridad para evaluar los daños.

Cuando vi que el hostal estaba en tan mal estado, me había puesto en contacto con una empresa que inspeccionaba las propiedades después de los temporales y tormentas. No confiaba en mis propios conocimientos para detectar los problemas, y varios vecinos usaban el mismo servicio.

—Es lógico —respondí—. Pero creo que vamos a tener que pasar la noche aquí.

Ella resopló:

—Lo sé.

—Hannah, no es el fin del mundo. A mí, desde luego, me apetece darme una ducha caliente.

—Tengo un montón de toallas limpias.

—¿Ves? No estaremos tan mal —Le guiñé un ojo.

Entramos lo más rápido posible. El lugar parecía aún más oscuro que antes.

—Lo siento mucho —dijo Hannah.

Le puse las manos en los hombros, ella se detuvo y me miró:

—Hannah, no tienes por qué disculparte. Me ofrecí a acompañarte, y menos mal que lo hice. ¿Qué habría pasado si hubieras venido aquí sola?

—Bueno, probablemente me habría peleado un buen rato con las contraventanas, pero ahora mismo estaría atrapada y sola aquí.

—No me importa quedarme atrapado aquí contigo —-le solté—. Ni un poquito.

Ella se rio con nerviosismo, extendió la mano hacia la pared y pulsó el interruptor de la luz.

—Mierda. No hay luz.