Capítulo Doce #2
—Bueno, a mí también me ha caído genial. Pero si alguna vez vuelve por aquí, me encantaría que me avisaras, así podré pensar en una forma de hacer que todo esto le parezca guay.
Chase me miró con incredulidad y luego sonrió.
—No estaría mal. A ver, nosotros todavía no hemos conseguido impresionarlo, pero a lo mejor tú tienes más suerte.
—¿Ves a Jeremy a menudo?
—Sí. Nos turnamos entre los hermanos para hacer actividades con él.
Lo llevamos a todas partes y yo lo llevo al colegio por la mañana una o dos veces por semana.
Aunque los que pasan más tiempo con él son mis padres.
De hecho, hasta han podido limar asperezas.
Antes solían reducir al mínimo sus interacciones, pero ahora se turnan para estar medio día cada uno con Jeremy, y a veces hasta lo cuidan juntos. Ha sido bastante curioso.
Que Chase mencionara a sus padres me hizo pensar en su operación inmobiliaria.
—¿Tienes noticias sobre la tienda?
—Sí. De hecho, justo de eso trata la reunión que tengo luego del trabajo.
—¿Por qué no se lo has dicho a Duncan?
—Porque todavía es un secreto.
—Ah, vale. —Me encantó que compartiera conmigo un detalle tan personal que nadie más sabía.
—He quedado con el propietario para cenar.
—Oye, pues qué bien, un ambiente más informal siempre ayuda. ¿Cómo has conseguido que acepte?
Esbozó una media sonrisa:
—Tengo mis recursos.
—Ya veo.
—Voy a convencerlo de por qué soy el mejor candidato.
Me mordí el labio:
—¿Chase?
—Dime.
—¿Y si le hablas de tus padres y de lo que ese local significa para ti?
Bajó la mirada hacia su camisa y empezó a juguetear con un gemelo. Ese gesto me activó la memoria. Había hecho lo mismo en la boda, justo después de que parara la música. De repente, una oleada de calor me recorrió el cuerpo y casi pude sentir sus manos en mi cintura.
Dios mío, estoy perdida.
—¿Te importaría venirte a cenar con nosotros? —preguntó de repente—. Tienes un don para relajar el ambiente y promover el entendimiento. Me vendría de lujo esa ayuda en la negociación.
—O sea, que necesitas mi buen rollo para cerrar el trato, ¿no? —bromeé. Chase soltó un gruñido:
—No voy a dar mi brazo a torcer a menos que…
Me eché a reír.
—Vale, acepto. ¿A qué hora es?
—A las seis.
—Mmm, es justo después de terminar el día, pero creo que me dará tiempo a terminar lo que tengo pendiente. ¿Dónde es?
—Podemos ir juntos en mi coche. Está en el barrio de Gaslamp.
—Ah, yo vivo por esa zona —dije.
—¿Nos vemos en el parking a las cinco y media? —preguntó, mirándome fijamente.
Respiré hondo. ¿Qué hacía yo aceptando pasar tiempo a solas con él?
No vas a estar sola, Hannah. Vas a reunirte con el dueño del local. Solo estaréis a solas en el coche. No digas tonterías .
—Allí estaré.
***
Cuando me dispuse a irme, a las cinco y media, todos los ascensores estaban ocupados. Esperé cinco minutos antes de enviarle un mensaje a Chase.
Hannah: Puede que llegue tarde. No sé si es por la hora punta o qué, pero ningún ascensor para en esta planta.
Me respondió enseguida.
Chase: Ven al ascensor de la dirección.
Dudé. ¿Más tiempo a solas con él en un espacio reducido?
Eso era buscarse problemas.
Pero, por otra parte, las posibilidades de que fuéramos los únicos que usáramos el ascensor de la dirección eran escasas.
Subí un tramo de escaleras hasta la planta de Chase y luego recorrí el pasillo hacia el ascensor.
Oí murmullos procedentes de todas las oficinas y me di cuenta de que Magda tenía razón: eran unos adictos al trabajo.
Aunque también valía la pena aclarar que la mayoría de los brókers se quedaban al menos hasta las seis.
Sentí la presencia de Chase nada más entrar en el estrecho pasillo. De alguna manera supe que estaba solo. Suspiré cuando lo vi.
Iba vestido con la misma ropa de esta mañana, pero, por el motivo que fuera, allí en el pasillo a media luz parecía todavía más sexy. Tenía el pelo más despeinado, seguramente de pasarse la mano por él. Se estaba desabrochando el primer botón de la camisa cuando notó mi presencia.
No fijes la mirada en ese botón, Hannah .
Me acerqué a él.
—Hola —saludé.
¿Por qué narices sueno tan tímida?
—Hola.
El ascensor se abrió enseguida. Como no podía ser de otra manera, estaba vacío.
Entramos y pulsó el botón del parking . Unos segundos después, ya me había vuelto a perder en el aroma de su colonia.
Me tenía hechizada, y cada vez que lo olía, me transportaba de vuelta a nuestro beso en la playa.
Olía a mar, pero también tenía un toque cítrico.
—Gracias por acompañarme esta noche —dijo.
Aquel día se había portado sorprendentemente bien —de hecho, toda la semana—, lo cual era algo positivo, pero no pude evitar sentir una punzada de decepción en el estómago.
—¡Faltaría más! ¿Qué sabes de él?
—Solo lo que mi asistente pudo encontrar en Internet. Tiene unos setenta años y quiere jubilarse.
—¿Y tus padres le vendieron el local a él?
—No. Se la compró a la persona a la que mis padres se la vendieron hace años.
—¿Tiene familia?
—No lo sé, no ha podido encontrar casi nada sobre él.
Intentaba imaginar cómo iría la conversación, cuáles podrían ser sus puntos débiles.
El ascensor pitó cuando llegamos al parking y las puertas se abrieron. Chase me hizo un gesto:
—Pasa tú primero.
Di un paso hacia las puertas y entonces sentí que él respiraba hondo.
Sí, literalmente lo sentí , porque su nariz estaba a la altura de mi cabeza.
Me arriesgué a mirarlo de reojo. Estaba mirando hacia abajo.
Al instante, me di cuenta de que, desde su ángulo, probablemente podía tener una vista directa de mi escote.
Salí a toda prisa y sonreí para mis adentros.
Vaya, vaya. Así que, después de todo, no es inmune a mí.
Jolines, ¿por qué me alegraba eso?
Estaba totalmente descolocada, ni siquiera sabía lo que quería. Me guió hasta su coche, un Lexus azul oscuro y, una vez que estuvimos dentro, eché un vistazo a nuestro alrededor.
—¿Estás buscando algo? —preguntó.
—No, solo me acabo de dar cuenta de que la gente puede verme subiendo a tu coche.
Frunció el ceño:
—No parecías estar muy preocupada por que te vieran con mi hermano y mi sobrino hoy.
Era cierto. ¿Por qué siempre me ponía tan a la defensiva cuando estaba cerca de Chase? La respuesta me vino a la mente segundos después: porque reaccionaba de forma diferente con él y daba por hecho que los demás también podrían notarlo.
—Tienes razón. Debería relajarme —repuse, pero no respondí a su pregunta implícita. ¿Qué podía decir? “Me pones nerviosa y creo que los demás se están dando cuenta”.
—Además, nos podemos inventar mil excusas para justificar que pasemos tiempo juntos.
—¿Ah, sí? ¿Sueles trabajar con tus empleados? —pregunté.
—Rara vez —admitió—. Pero no es algo descabellado.
—¿A dónde vamos? —pregunté.
—A un restaurante mexicano. Ha sido elección suya.
—Has hecho bien en dejarle elegir.
—Sé negociar, Hannah. —Me guiñó un ojo y sentí un calor repentino en mis partes íntimas.
—Sí, pero también te gusta que las cosas se hagan de una manera determinada. O sea, a tu manera.
—Sí. Pero sé cómo jugar mis cartas… y esperar el momento oportuno.
Por el rabillo del ojo, me di cuenta de que me estaba mirando de nuevo. De repente, sentí que estaba ardiendo por dentro.
Un momento, ¿ahora estaba hablando del local o de mí?
No me atreví a preguntárselo.
Pero sabía muy bien cuál quería que fuera la respuesta.