Capítulo Doce
HANNAH
Llevaba un tiempo sin trabajar en una oficina, así que se me había olvidado que no solo se trataba de hacer bien el trabajo, sino que además había que lidiar con los cotilleos y las rivalidades, pero poco a poco iba aprendiendo quién era amigo de quién, quién quería que despidieran a quién, y ese tipo de cosas.
Tenía su gracia, la verdad, pero también me daba ganas de volver corriendo a mi hostal.
Allí todo era más tranquilo. Por otra parte, tener una nómina fija me estaba aportando una tranquilidad increíble.
Me encontraba entre la espada y la pared.
Cuando tres de mis compañeras me invitaron a comer con ellas al principio de mi segunda semana, acepté enseguida, contenta de hacer nuevas amigas.
Estaban sentadas al fondo de la sala, así que no había interactuado mucho con ellas.
Elena, Alina y Danielle eran bastante simpáticas.
Cuando nos sentamos a comer en una hamburguesería de la zona, me enteré que Danielle en realidad no era bróker; sino la asistente de algunos miembros de la dirección.
—Pensamos que así conoceríamos mejor a la nueva empleada —dijo Alina—. Tu puntuación en la prueba ha dejado flipando a todo el mundo.
—Pensaba que solo lo sabrían en Recursos Humanos y los jefes —comenté antes de darle un bocado a mi hamburguesa.
—Normalmente es así, pero creo que tu caso ha sido especial. En cualquier caso, nos alegra tenerte en el equipo.
—¿Cuánto tiempo lleváis en la empresa? —pregunté.
—Diez años —respondió Danielle.
—Vaya, eso es mucho tiempo.
Se estremeció.
—Sí, y no intentes adivinar mi edad.
—Yo llevo cinco años aquí —respondió Elena.
—Y yo seis —añadió Alina.
Sonreí.
—Eso es buena señal. Significa que estáis contentas con el trabajo, ¿no?
Todas asintieron.
—Sí. Trabajé en tres empresas de inversión antes de venir aquí, y esta es, con diferencia, la mejor —repuso Alina.
Elena asintió.
—Sí, es que son mucho más relajados que todos los demás en el sector. No sé si es porque la fundaron los hermanos o qué, pero no le dan tanta importancia al tema de las jerarquías.
—A mi jefe le horroriza eso —intervino Danielle.
—¿Quién es tu jefe? —pregunté.
—Cyrus —respondió—. No para de quejarse de que esta no es una verdadera empresa de servicios financieros. Es que el tío es de la prehistoria. Lleva mucho tiempo en el sector, pero es un auténtico dinosaurio. Creo que no puede superar el hecho de que su propia empresa se fuera a pique.
Levanté una ceja:
—¿A qué te refieres?
—Tenía su propia empresa de servicios financieros hasta hace nueve años. No paraba de dar pérdidas y la mayoría de sus clientes se pasaron a Sterling Investments . Chase convenció a Cyrus para que se uniera a la empresa. Te lo juro por Dios, lleva quejándose desde entonces.
Aunque no conocía de nada a aquel hombre, ya me caía fatal. Los hermanos Sterling se habían dejado la piel trabajando. No se merecían que nadie hablara mal de ellos, y menos cuando parecía que le habían salvado el pellejo
—Bueno, Hannah, cuéntanos más sobre ti. ¿Cómo es que acabaste echando el currículum aquí? —preguntó Danielle.
Se me sonrojaron las puntas de las orejas. Por regla general, odiaba mentir. Incluso en el peor de los casos, prefería la verdad a una mentira piadosa. Pero no podía decirles bajo ningún concepto que conocía a los hermanos Sterling fuera del trabajo.
—Estaba buscando algo nuevo, y Sterling Investments me parece interesante.
—Es una empresa magnífica para trabajar —dijo Alina.
Hablamos un poco más sobre el trabajo, hasta que llegó el momento de volver al curro.
***
Tener amigas en la oficina era guay. Si era sincera, hacía bastante tiempo que no tenía vida social. Tras separarme de Gary, me centré tanto en sacar adelante el hostal que no tenía tiempo ni de hablar con nuestro grupo de amigos, y mucho menos de quedar.
Además, relacionarse con otros empleados tenía sus ventajas, ya que me había enterado de toda clase de secretos, como cuáles eran las mejores salas de descanso.
Había unas seis repartidas por las distintas plantas.
Dependiendo de dónde estuvieran situadas, tenían vistas diferentes.
Algunas ni siquiera tenían ventanas, pero esas ya no se usaban.
Rara vez comía en mi mesa. Normalmente cogía la comida del carrito que subían los de la cantina y me ponía a buscar sitio en alguna de las salas de descanso. Así fue como conocí a un montón de compañeros.
Aquel día probé ir a una nueva sala de descanso con la intención de conocer otra gente. Aunque era bastante tarde para comer —las tres en punto—, así que no estaba segura de con cuántos empleados me cruzaría.
Duncan estaba en una esquina con un niño que parecía tener unos nueve o diez años. Me saludó con la mano y me acerqué directamente a ellos.
—¡Hola! —saludé.
—Hola, Hannah. Este es mi niño, Jeremy.
Me volví hacia el niño:
—Encantada de conocerte, Jeremy.
Asintió, mientras comía un bocadillo.
—Hoy es el “Día de llevar a tu hijo al trabajo” —aclaró Duncan.
—Qué guay. ¿En qué curso estás? —le pregunté a Jeremy.
Me miró con los ojos muy abiertos:
—En segundo.
—¿Te gusta el cole? —seguí preguntando.
Frunció el ceño:
—No mucho. Me gusta más jugar al baloncesto, pero papá dice que tengo que ir al cole.
Duncan le dio una palmadita en la cabeza:
—Así es, colega. El colegio es importante.
—Pero seguro que tienes un montón de amigos en el cole —le dije—. Es divertido pasar tiempo con ellos, ¿a que sí?
—Sí, a veces.
—¿Y a qué jugáis?
—Nos gusta jugar al Mario Kart en la Nintendo. Queremos la edición especial, pero está agotada en todas partes. Pero lo bueno es que hoy no tengo cole.
Duncan negó con la cabeza:
—Créeme, parece más hijo de Knox o de Finn que mío. A mí me encantaba el colegio.
Jeremy abrió mucho los ojos:
—¿Están aquí el tío Finn y el tío Knox? ¿Podemos ir a saludarlos?
—Ahora mismo no, y no sé si se pasarán hoy por la oficina. ¿Qué te parece si, después de comer, te enseño esto y buscamos a alguien que no conozcas para que hables con él y le preguntes en qué consiste su trabajo?
—Yo puedo hablarte de mi trabajo —intervine.
Jeremy me dedicó una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Sí! ¿Me dejas, papá?
Duncan asintió:
—Claro. Gracias, Hannah.
—Pero ¿les puedes preguntar a mis tíos si van a venir? ¿Les puedes decir que estoy aquí? —insistió Jeremy. Se notaba que los adoraba.
—Claro. A ver si tienen un hueco. Seguro que Chase está por aquí metido en algún lado.
Se me aceleró el corazón al oír su nombre, pero mantuve la compostura.
Le pregunté a Jeremy cuáles eran sus asignaturas favoritas mientras comíamos todos juntos.
Los sándwiches de pastrami que habían preparado aquel día estaban bastante buenos.
De alguna manera, terminamos hablando otra vez del Mario Kart .
Duncan comentó que toda la familia andaba detrás del videojuego; Chase ya le había conseguido uno, pero había distintas ediciones y eran complicadas de conseguir.
De repente, me di cuenta de que había algunos empleados mirándonos y me pregunté si el hecho de estar almorzando con Duncan y Jeremy era una buena idea.
Hasta entonces, nadie había atado cabos ni se había imaginado que yo conocía a algunos de los hermanos Sterling desde antes de empezar a trabajar en la empresa.
En cuanto terminé mi sándwich, saqué el móvil. Tenía varias aplicaciones de informes que podía enseñarle a Jeremy.
—Vale, mira. Esto es lo que hago. Son herramientas con las que proceso la información y la convierto en gráficos.
Enseguida me di cuenta de que eso debía ser un tostón tremendo para él. A mí me gustaban los números, pero Jeremy era solo un niño.
Miré con impotencia a Duncan, que se encogió de hombros y se rió. Parecía entender perfectamente cuál era mi problema, porque dijo:
—A mí me pasa exactamente lo mismo cada vez que intento explicarle lo que hago.
Pero Jeremy miró de mí a su padre y dijo:
—No importa, papá, me lo paso bien contigo.
Duncan le revolvió el pelo, mucho más relajado de lo que jamás lo había visto. De pronto, levantó la cabeza y levantó la mirada.
—Chase —dijo Duncan.
Yo me enderecé al instante. No tenía ni idea de lo cerca que estaba, pero mi cuerpo ya vibraba anticipando su presencia. Un par de segundos después, oí unos pasos por detrás de mí y sentí el calor de su cuerpo a mi lado.
—Jeremy, no sabía que ya estabas aquí. —Abrazó a su sobrino con fuerza y me derretí por completo.
Ay, corazoncito mío, no te aceleres así.
—¡Hola, tío Chase! —lo saludó Jeremy.
—¡Hola! ¿Qué pasa, te cojo en brazos?
Jeremy entrecerró los ojos:
—No, que hay gente mirando.
—Vale, vale.
Dios mío, qué monos son.
—Hoy es el día en que los hijos vienen al lugar de trabajo de sus padres, ¿no? —preguntó.
—Sí —asintió Jeremy.
—Ya he conseguido aburrirle —le dije a Chase.
—¿Y el tío Finn y el tío Knox no van a venir? —preguntó Jeremy.
Duncan negó con la cabeza:
—Ya te lo he dicho, colega, no creo que se pasen hoy por aquí.
Jeremy puso cara de pena y luego se volvió hacia Chase.
—Tío Chase, ¿puedo ir a tu despacho cuando papá termine de enseñarme el edificio?
—Claro. Pero solo estaré aquí hasta las cinco. Después tengo una reunión fuera.
Duncan levantó una ceja:
—Pero si no he visto nada en tu calendario.
—Es un asunto personal.
Duncan frunció el ceño.
Jeremy agarró la mano de Duncan:
—Papá, venga, vamos ya a dar la vuelta. Quiero chocolate caliente. ¿Tienes chocolate caliente?
—Veré qué puedo conseguir —respondió Duncan—. Nos vemos luego, chicos.
En cuanto se fue, me percaté de que la sala de descanso estaba vacía. Me encontraba sola con Chase, y mi corazón empezó a latir más rápido.
—Es tan mono, pero no he podido convencerlo para que se dedique a la bolsa —comenté—. Empecé a hablar de cifras e informes, y al pobre lo he dejado frito.
—Le caes bien.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no suele hablar tanto delante de los desconocidos.
Probablemente eso fuera típico de la mayoría de los chavales.