Capítulo Once
HANNAH
El lunes, me dieron ganas de entrar bailando por la puerta principal del edificio.
Para alguien que se había jurado a sí misma que no volvería al mundo corporativo, me sorprendió que lo estuviera deseando tanto.
No sabía si era por el trabajo en sí o porque quizás tendría la oportunidad de ver a Chase, pero, a fin de cuentas, ¿a quién le importaba?
La cuestión era que estaba allí, de muy buen humor y dispuesta a darlo todo en mi nuevo trabajo.
Cuando entré, el vestíbulo estaba repleto de gente. Me acerqué rápidamente a la recepcionista, la misma mujer del día de la entrevista.
—Buenos días. Disculpa, ¿hay algún problema con los ascensores? —pregunté.
Ella sonrió.
—Oh, no, solo es la hora punta de la mañana.
—¿La hora punta es a las ocho y media?
—Me temo que sí. Hay una empresa de videojuegos enorme de la planta cuatro a la diez, y todos llegan a la misma hora.
Se enderezó y miró detrás de mí.
—Buenos días, señor Sterling. —Se le iluminó la cara al sonreírle a quienquiera que estuviera a mis espaldas. Daba igual cuál fuera, bien podía referirse a cualquiera de los hermanos Sterling.
Me di la vuelta y sonreí para mis adentros. Por supuesto que era el mío.
Que no es tuyo, Hannah. Maldita sea, que no es tuyo. Y tampoco va a serlo, ¿vale? Que solo ha sido un beso.
—Buenos días —saludé, con el tono más profesional que pude y señalé la cola.
—Parece que tendremos que esperar. Justo nos ha pillado la hora punta. No sabía que en un edificio de oficinas pasaran estas cosas.
—Conozco un atajo —aseguró.
—¿Pretendes que subamos todas esas escaleras a pie? —pregunté, porque no me cabía otra opción en la cabeza.
—No, qué va. —Miró a la recepcionista—. La señorita Levine vendrá conmigo hoy.
—Por supuesto.
Se giró de nuevo hacia mí, clavando sus ojazos verdes en los míos:
—Vamos. Es por aquí.
—Vale.
Lo seguí, aliviada de alejarme de la multitud. Al ritmo que iba la cosa, si me hubiera quedado esperando, habría tardado por lo menos media hora.
—No sé por qué no se organizan de otra forma —comentó—. Podrían decirles a sus empleados que vengan por grupos. Este atasco en los ascensores cada mañana está volviendo locos a todos.
Me guió por un pasillo estrecho y poco iluminado, lo que no me impidió disfrutar de las vistas de su trasero a cada paso.
Vaya manera de empezar el primer día. En lugar de estudiar informes, me he puesto a analizar el culo perfecto del jefe. Vas bien, Hannah, vas muy bien.
Paró ante un ascensor pequeño e introdujo una llave justo donde suele estar el botón.
Abrí los ojos como platos:
—¿Un ascensor privado? ¿En serio?
—Es para la alta dirección.
—O sea, que tienes tu propio ascensor —dije con asombro—. Vaya, no te privas de nada, ¿eh?
Se volvió hacia mí y me dedicó una media sonrisa. Por un breve segundo, olvidé de qué estaba hablando. Ah, sí, le estaba tomando el pelo con lo del ascensor.
Dios, no podía burlarme de mi jefe. ¿Qué me pasaba? Le había dado la tabarra con que no sería capaz de cumplir su promesa, ¿y ahora iba yo y hacía esto?
—A veces tarda un poco porque lo comparte la junta directiva de todas las empresas, pero no tardará tanto como la cola de ahí fuera —explicó.
Nos quedamos en un silencio incómodo, tanto que casi se oían nuestras respiraciones en el pasillo.
—¿Estás ilusionada con el trabajo? —preguntó.
—Sí. Y eso es mucho decir, porque cuando empecé a buscar, la idea me horrorizaba. Sin embargo, por algún motivo, ahora tengo muchísimas ganas.
Ladeó la cabeza:
—Quizá yo sea la razón.
Se me pegó la lengua al paladar mientras apretaba y soltaba las manos sobre la correa de mi bolso. Ni siquiera podía rebatir su argumento.
Abrí la boca para decir algo, pero justo en ese momento se abrieron las puertas del ascensor.
—¡Ah, justo las dos personas a las que tantas ganas tenía de ver!
—Wyatt, ¿qué haces en la oficina tan temprano? —preguntó Chase.
—Estaba en el gimnasio. Todavía tengo un poco de jet lag . —Se volvió hacia mí cuando Chase y yo entramos—: Soy Wyatt Sterling, encantado de conocerte. Hannah, ¿verdad?
—Sí, ¿cómo lo sabes?
—Veamos. Primero, has dado mucho que hablar con tu puntuación en el examen. Y además, he oído versiones diferentes… —me miró a mí y luego a Chase— sobre cómo llegaste a presentar tu solicitud aquí.
Me mordí el interior de la mejilla. La apariencia de Wyatt era puro contraste.
Llevaba traje, pero tenía el pelo ligeramente despeinado.
Y cuando se pasó la mano por el pelo, la manga de su camisa se deslizó unos centímetros por su muñeca, dejando al descubierto un tatuaje. Sus ojos eran idénticos a los de Chase.
—No me puedo creer que sea el último en enterarme —le dijo a Chase.
—¿De qué? —pregunté.
—Wyatt —dijo Chase. Su voz sonaba amenazante—. No incomodes a Hannah.
Se giró para mirarme:
—¿Te estoy incomodando?
—No. Ahora mismo estoy más bien confundida —respondí.
—Ah, entonces me quedo más tranquilo, prefiero que estés confundida antes que incómoda. En fin, encantado de conocerte. Ya veo de qué hablaban mis hermanos.
—Wyatt… —repitió Chase.
Su hermano levantó las manos en señal de rendición:
—Vale. Nos vemos, Hannah —dijo asintiendo mientras se abrían las puertas.
Primero salí yo y luego Chase.
—¿A qué ha venido eso? —pregunté en cuanto se cerraron las puertas—. Eso de que ahora entiende de qué hablaban sus hermanos.
Chase se quedó completamente en silencio.
Hice una mueca de sorpresa y susurré:
—¿Tus hermanos lo saben todo?
—Sí.
Madre mía, acaba de reconocerlo sin pestañear.
—Vaya… Vale.
—No te preocupes, saben cómo comportarse. Menos Wyatt, por lo visto.
—En una escala de Knox a ti, ¿dónde sitúo a Wyatt?
Se echó a reír:
—Más cerca de Knox. Pero si alguna vez se entera de tu escala, no le va a hacer ninguna gracia.
—Tomo nota.
Cuando conocí a los hermanos de Chase, los encasillé a cada uno en un tipo de personalidad, por decirlo de alguna manera. Ni el propio Chase era consciente de mis suposiciones.
Knox, Finn y ahora Wyatt eran los hermanos extrovertidos y un poco descarados, pero dentro de lo que cabe tenían su gracia.
Duncan me pareció un tío responsable y con la cabeza amueblada, seguro que por el tema de tener un hijo.
Griffin tiraba más hacia Wyatt que hacia Duncan, aunque a lo mejor me equivocaba.
Y Chase era… un cascarrabias en toda regla. De eso estaba segura.
Magda salió de su despacho y se acercó a nosotros:
—Genial. Me gusta que seas tan puntual —comentó, dirigiéndose directamente a mí—. Buenos días, Chase.
—Buenos días, Magda.
Me miró a mí y luego a Chase.
—Menos mal que la has subido por el ascensor privado —dijo Magda, alternando la mirada entre ambos—. Se me olvidó avisarte de que evites el tramo de las ocho y media, a no ser que quieras comerte toda la cola. Venga, acompáñame, que te enseño tu sitio.
—Que tengas un buen día, Hannah —dijo él.
—Gracias.
Caminé a paso rápido junto a Magda, esperando que no se diera cuenta de que había cierta tensión entre Chase y yo.
Con un último saludo con la mano, él volvió a entrar en el ascensor.
Magda dio una palmada:
—Muy bien, ya te he dejado todo preparado en tu puesto.
—¿Voy a tener un sitio fijo? —pregunté.
—Sí.
Suspiré aliviada.
—Qué bien. No me gustan nada esos espacios de oficina en los que tienes que cargar con tus cosas todos los días porque no sabes dónde te vas a sentar.
—Lo probamos una vez y fue una pesadilla. Perdíamos mucho tiempo por la mañana buscando un sitio libre. No era para nada productivo. Además, todos necesitamos un lugar donde guardar nuestros portátiles, así que ¿por qué no tener sitios fijos?
—Pienso lo mismo.
—Y también debes saber que tenemos una política muy estricta: nadie se lleva el trabajo a casa.
La implanté yo —señaló con orgullo—. Se lo vendí al jefe como un problema de seguridad, pero lo que realmente buscaba era dar un mínimo de conciliación entre la vida laboral y familiar en este mundo de las inversiones.
Los únicos que no cumplen esta norma son los jefes. Viven por y para el trabajo.
Magda me caía de maravilla.
Me acompañó hasta mi escritorio, que estaba en la tercera fila de quince, justo en medio de todo el mundo. Hubiera preferido sentarme cerca de una pared o de una ventana, en algún sitio donde solo tuviera un vecino a un lado, pero no podía ir por ahí exigiendo.
—Muy bien, aquí tienes todo lo que necesitas. Si te van surgiendo dudas, me puedes enviar un correo. Haré todo lo posible por responderte enseguida. La información con tus tareas te llegará en tu bandeja de entrada, así que podrás ponerte a trabajar de inmediato —explicó.
—Genial. Gracias, Magda.
Mi entusiasmo estaba por las nubes mientras encendía el ordenador y me ponía manos a la obra.
Sin embargo, dos horas más tarde, ese subidón inicial disminuyó un poco.
Mierda. ¿Y si ese entusiasmo era solo por Chase?
Bueno, eso no significaba que no pudiera hacer un gran trabajo.
Si bien me gustaba trabajar con números y analizar datos de mercado, la realidad era que me gustaba más llevar el hostal.
De todas maneras, sabía que podía dedicarme a eso durante un tiempo, y además hacerlo muy bien.
La sala se llenó de otros brókers en poco tiempo. Me impresionó gratamente que la empresa me diera unos auriculares con cancelación de ruido, porque eran un salvavidas en una oficina diáfana como la que tenían.
A la hora de comer, me tomé un descanso.
Los empleados podíamos pedir comida en la cantina de la planta baja y nos la subían enseguida.
Había varias salas de descanso en cada planta, y la mayoría de la gente comía allí.
Algunos también comían en su escritorio, que era lo que yo había decidido hacer aquel día.
Me quité los cascos mientras comía y me di cuenta de que dos de mis compañeras estaban hablando de Chase.
—¿Por qué crees que estuvo tanto rato en la oficina de Magda esta mañana? —preguntó una de ellos.
¿Chase había estado aquí? Instintivamente eché un vistazo a través del cristal, pero Magda parecía estar sola en ese momento.
—Ni idea. Esperemos que no estén preparando una oleada de despidos.
—No lo creo —intervine—. Quiero decir, si estuviesen pensando hacer una reducción de personal, no me habrían contratado. No harían eso si estuvieran pensando en echar gente.
Las dos mujeres me sonrieron.
—Ya me parecía a mí que eras nueva —dijo la que estaba más cerca—. Siento no habernos presentado antes, pero es que parecías muy concentrada.
—Sí, estaba en mi mundo —admití.
—Además —añadió la otra con timidez—, con tanta gente como hay por aquí, nunca sabes si alguien es nuevo de verdad o si solo lo han cambiado de sitio. Soy Alexa.
—Y yo soy Hazel.
Sonreí.
—Encantada de conoceros. Soy Hannah.
De repente, mi móvil vibró en mi bolso.
—¿Es tu teléfono? —preguntó Alexa.
—Sí —respondí, sacándolo. Debería haberlo puesto en modo avión. Probablemente era un mensaje de mi hermana o de mi madre. Sin embargo, para mi sorpresa, era de Chase.
Chase: ¿Qué tal el primer día? Estabas monísima en tu escritorio, tan concentrada con los auriculares.
Casi se me sale el corazón del pecho.
Hannah: ¿Cuándo me has visto?
Respondió de inmediato.
Chase: Cuando estaba en la oficina de Magda. He estado allí metido una eternidad.
Joder, ¿había ido allí a propósito solo para mirarme? No sabía ni qué pensar.
No, no podía ser, pero por si acaso…
Hannah: Bueno, pues no lo vuelvas a hacer, porque la gente se está asustando de que el jefe pase tanto tiempo en la oficina de Recursos Humanos.
Chase: No había pensado en eso. Aunque, por otra parte, consigues acaparar mi atención de tal forma que se me olvida todo lo demás.
Me quedé mirando la pantalla de mi móvil mientras masticaba mi manzana.
No le sigas el juego. No le sigas el juego.
Pero tenía mariposas en el estómago y me moría de ganas de teclear.
Hannah: Ojos que no ven, corazón que no siente, ¿recuerdas?
Chase: Sabía desde el principio que eso no iba a funcionar.
Una corriente de calor me recorrió todo el cuerpo.
Hannah: ¿Y por qué no lo dijiste?
Chase: ¿Habría cambiado algo?
Me balanceé hacia adelante y hacia atrás en mi silla y le di otro mordisco a mi manzana, intentando calmar mi pulso. Después de unas cuantas respiraciones profundas, por fin le respondí.
Hannah: Pues yo confío plenamente en que funcionará.
Chase: Hemos empezado con muy buen pie, ¿no?