Capítulo Siete
HANNAH
Cinco minutos después, el fuego ya crepitaba.
Puse nubes en dos pinchos de metal y le tendí uno.
Las yemas de nuestros dedos entraron en contacto durante un segundo e, inesperadamente, una oleada de calor recorrió todo mi cuerpo.
Aparté la mirada y me volví hacia el fuego, metiendo las nubes directamente en la llama.
El atardecer era mi momento favorito del día. En ese momento, el cielo era una mezcla de azul, naranja y destellos de rosa. Los pájaros cantaban alegremente y, si me concentraba, podía oír las olas del mar, aunque estuviéramos bastante lejos de la costa.
—Ya está —dije unos segundos después—. Fíjate en cómo lo hago para que no te quemes.
—Con todo el cuidado del mundo, puse la nube entre dos galletas Graham con una barra de chocolate y luego le di un bocado—.
Mmm, están buenísimos. Te toca. —Le señalé su pincho y él lo metió en el fuego, pero sin quitarme los ojos de encima.
Crucé las piernas, inquieta sobre el tronco—.
Se te está derritiendo —señalé. No había sacado el pincho del fuego.
Dos nubes se habían derretido por completo, pero aún se podía salvar una.
Preparó el s’more igual tal como le indiqué, soplándolo antes de comérselo.
—¿Y? ¿Qué te parece? —pregunté.
Me miró:
—Pues… esperaba algo más.
Me quedé boquiabierta.
—¿No te gustan?
—Sí, pero no me matan.
Entrecerré los ojos:
—Acabas de perder todos los puntos que habías ganado en la boda. Todos.
Movió las cejas con picardía
—¿Cómo puedo recuperarlos? ¿Con otro baile? ¿O con otro beso?
La expectación se disparó a través de mis venas. Era emocionante. Pero sentía que me estaba perdiendo parte de la historia y que jugaba en desventaja.
—Chase, ¿por qué estás aquí?
Bajó el pincho y lo clavó en la tierra. Yo hice lo mismo con el mío.
—Hoy he hablado con Josh.
—¡Dios mío! ¿Están bien?
—Sí, sí. Va todo bien.
—Ah, vale. —Me sentí muy confundida.
—Le he preguntado qué dificultades estás teniendo con el hostal.
Eché la cabeza hacia atrás:
—¿Por qué?
—Porque lo mencionaste un par de veces y no podía quitármelo de la cabeza. Es evidente que el asunto te angustia. — Me clavó la mirada—. Josh me dijo que el hostal tiene problemas económicos.
No dije nada. ¿A dónde quiere llegar con esto?
—He pensado en cómo ayudarte —continuó—. Se me ocurrió que podríamos hablar de ello mientras comemos s’mores .
—Chase —murmuré—, no sé muy bien qué decir. —Por alguna razón, no me sentía nada avergonzada por mis problemas. Eché un vistazo hacia el hostal—. ¿Has venido aquí para darme consejos? ¿Por qué?
—Porque me caes bien, Hannah, y no me gusta la idea de que puedas perder el hostal.
Me conmovió. No esperaba que aquel hombre gruñón que al principio me había parecido un capullo fuera tan considerado.
—Además, no puedo desconectar mi cerebro empresarial —continuó—. Pero primero, ¿puedes contarme cómo están las cosas y cuáles son tus planes?
Asentí:
—Lo positivo es que no hay deudas, está todo pagado. Iba a invertir mis ahorros en reformas, pero entonces, mientras unos trabajadores inspeccionaban el tejado, se produjo un derrumbe. Sus gastos médicos acabaron con todos mis ahorros.
Chase frunció el ceño:
—Pero el seguro debería cubrir ese tipo de accidentes.
—Lo sé. Pero el caso es que mi abuela llevaba un tiempo sin pagar el seguro.
En los últimos meses de su vida, se confundía con muchas cosas, pero por mucho que lo intentara, no me dejaba ayudarla.
Debería haberlo comprobado todo al detalle después de que falleciera, pero en ese momento no era capaz de concentrarme.
—Hannah, es más que comprensible.
Me encogí de hombros:
—Y tampoco ayudó que a mi exmarido no le gustara el hostal.
Pensaba que simplemente debía venderlo. Estaba tan desbordada justo después de que ella muriera que no daba abasto con el trabajo y el hostal.
Hace un año, dejé mi trabajo, decidida a darlo todo por este lugar.
Entonces, el desastre del seguro se comió mis ahorros y Gary y yo acabamos separándonos.
Oí a Chase rechinar los dientes. Literalmente lo oí .
—¿Qué?
—Sí. Me dijo algo así como que no paraba de tomar malas decisiones y que no quería que lo arrastrara a él también. Tres semanas después me entregó los papeles del divorcio. Creo que ya tenía pensado hacerlo de todos modos. Llevábamos dos años casados.
Solo recordar esa pelea me ponía los pelos de punta y me rompía el corazón otra vez.
—A ver si lo entiendo. ¿Estabas de luto por tu abuela y ese capullo te echó la culpa de tus malas decisiones? ¿Qué tal si en lugar de eso te hubiera ayudado?
Hice un gesto restándole importancia, encogiéndome de hombros:
—No hablemos más de él. Solo lo mencioné porque… sinceramente, ni siquiera sé por qué. En fin, basta de charla. En pocas palabras, no tengo dinero para las reformas. Averigüé para pedir un préstamo al banco, pero el interés es tan alto que prefiero ahorrar durante un año antes de empezar las obras.
Él asintió.
—Lo del préstamo era una de las soluciones en las que había pensado. ¿Te plantearías buscar un inversor?
—No lo descartaría, pero no es fácil. El mercado de inversores interesados en pequeños hostales es… minúsculo. Además, me gusta llevar las riendas del negocio.
—No me sorprende. Pero un socio silencioso resolvería tu problema.
Me reí:
—Sí, claro. ¿Un socio silencioso interesado en un pequeño hostal? Siento que el abanico de opciones se reduce a cada segundo.
Sacó el móvil y me enseñó la pantalla. Para mi asombro, había hecho una lista con posibles soluciones.
Le había dado muchas vueltas al asunto. Estaba segura de que tenía un millón de cosas más que hacer que preocuparse por el hostal.
Me acerqué a él de manera inconsciente y entonces percibí el aroma de su colonia. Todo mi cuerpo reaccionó ante su cercanía. Al instante recordé lo que había sentido al tener sus labios sobre los míos. Me crucé de brazos para evitar que un estremecimiento me delatara.
—El último punto trata de unas subvenciones que concede el ayuntamiento —dijo.
—¿Me puedes enviar el enlace por correo electrónico? —pregunté. Ya había analizado esa opción y el hostal no cumplía los requisitos, pero no perdía nada por volver a comprobarlo.
—Claro.
Me distancié un poco de él porque, de verdad, podría emborracharme solo con su olor. El fuego crepitaba delante nuestro. De alguna manera, allí me parecía aún más sexy que en la boda.
—Aunque sí que tengo un plan —dije de golpe—. Hoy he estado buscando trabajo.
—¿Ah, sí?
—Sí. Quiero cerrar el hostal por un tiempo. Solo tendré que pagar el IBI y el seguro. Ahorraré todo lo que pueda y calculo que, en un año más o menos, podré empezar con las reformas.
—Josh me dijo que este lugar significa mucho para ti.
—Muchísimo. Estar aquí me hace sentir más cerca de mi abuela. Sé que suena tonto —dije con rapidez porque él se había quedado completamente en silencio, probablemente pensando que estaba loca.
—No, para nada. Es solo que nunca había oído a nadie hablar con tanta pasión.
No te acerques más a él, Hannah. Volverás a perder la cabeza, ¿y quién sabe lo que puede pasar? Un beso fue suficiente. Es el mejor amigo de Josh y no le interesan las relaciones serias. No es para ti.
—¿Qué tipo de trabajos estás buscando? —preguntó.
—De bróker, por supuesto. No llevo tanto tiempo fuera del sector, y se me daba muy bien. Además, me gusta.
—Entonces, ¿por qué lo dejaste?
—Porque me encanta el hostal. Me gustan las finanzas, pero siento que no es lo que estoy destinada a hacer, ¿entiendes?
Entonces, la sonrisa que me dedicó fue enorme . Le iluminó la cara por completo.
Consiguió moderarla lo suficiente como para hablar.
—Qué curioso, resulta que soy dueño de una de las mayores sociedades de valores del país. Vaya coincidencia, ¿no?
Mi corazón se aceleró:
—Es verdad, ni siquiera lo había pensado.
—Suerte que me he pasado por aquí a comer s’mores , entonces.
—¿Suerte por qué?
—A ver, Hannah, siempre estamos buscando brókers con talento.
Levanté una ceja:
—¿Cómo sabes que tengo talento?
—Una de las primeras cosas que Josh me contó sobre ti fue lo mucho que le impresionaste en aquel congreso de finanzas donde os conocisteis.
Allí había hecho unos cuantos contactos. También podría preguntarles a ellos si tenían algún puesto. Hacía unos cuatro meses, empecé a dudar de que el hostal fuera a salir adelante rápidamente, por eso fui a la conferencia.
—Y te vi en acción este fin de semana. Eres minuciosa, decidida y sabes trabajar bajo presión. Eso es una ventaja en cualquier trabajo.
Dios mío. Quizás esto sea realmente una señal de que las cosas van a cambiar. Hoy mismo estaba pensando en volver al mundo de las finanzas, y ahora Chase me está ofreciendo un trabajo.
—Chase… No quiero que me ofrezcas un trabajo por lástima.
—No estoy haciendo eso. Si te hace sentir mejor, simplemente enviaré tu currículum al Departamento de Recursos Humanos. Te harán pasar por todas las pruebas y exámenes que usamos para todos los brókers.
Eché los hombros hacia atrás:
—Sí, eso me haría sentir mucho mejor. Se me dan genial esas pruebas.
—No me cabe ninguna duda. —Atenuó su sonrisa, pero seguía presente. Le sentaba de maravilla. Entonces, volvió a mirarme a la boca y humedecí mis labios, pero me eché aún más hacia atrás en el tronco.
—Chase —dije de manera pausada.
—¿Sí?
—Si tu empresa acaba contratándome, tenemos que empezar de cero.
Por fin levantó la mirada y me miró a los ojos:
—¿A qué te refieres?
—Ya sabes… a lo que pasó en la boda.
Se inclinó hacia delante, pero no me atreví a alejarme aún más.
—Para que lo sepas, Josh prácticamente me amenazó hoy para exigirme que me mantuviera alejado de ti.
—¡¿Qué?! —exclamé—. ¿Le has dicho que nos besamos?
—Le prometí que me comportaría.
Eso no respondía a mi pregunta, pero tenía cosas más importantes en las que centrarme.
—Vale. ¿Entonces tenemos un trato?
Sus ojos brillaron:
—¿Por qué no te presentas primero y luego ya vemos qué pasa?
—No. Así no funcionan las cosas.
De alguna manera, habíamos terminado aún más cerca el uno del otro. Me había vuelto a perder en su aroma.
—Necesito que me des tu palabra, Chase —insistí.
—Te lo prometo —afirmó.
El brillo en sus ojos me hizo desconfiar, pero había conseguido que me lo prometiera y, como siempre decía: “a caballo regalado no se le mira el diente”.
No lograba entender cómo podía atraerme tanto, sobre todo sabiendo tan poco de él.
Solo que era un gran bailarín, que besaba de maravilla y que había ayudado a sacar adelante la boda de mi hermana.
Y había venido al hostal esa noche…
—Ahora, centrémonos en las nubes —dije, haciéndolo reír—. Sería una pena que se echaran a perder.
Se pasó una mano por el pelo y automáticamente ese gesto me transportó de vuelta a la playa. Había hecho el mismo movimiento aquel día, después de que le tirara del pelo durante nuestro beso. Incluso recordé cómo lo sentí entre mis dedos.
Estupendo. Le pido empezar de cero y ahora me pongo a fantasear con nuestro beso.
Bien hecho, Hannah.