Besos Robados Capítulo Seis
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Capítulo Seis

HANNAH

No hay furia comparable a la de la dueña de un hostal que se encuentra una habitación hecha un asco.

Todo era un desastre.

Lo más rápido que pude, eché un vistazo a los muebles y al suelo para ver si había algún daño permanente o si simplemente estaba todo cubierto de suciedad. Había botellas vacías por todas partes, vasos de plástico tirados en el suelo, huellas de botas en las toallas y quién sabía qué más.

Me encantaba el hostal, pero días como aquel no eran nada fáciles. Sin embargo, no servía de nada quejarse, así que suspiré profundamente, me arremangué y empecé a limpiar.

Me alegré de que no hubiera daños graves. Podía tolerar la suciedad, pero si tuviera que reemplazar algo, era probable que sufriera un colapso nervioso. Apenas podía permitirme pagar el Impuesto sobre Bienes Inmuebles, como para andar reponiendo muebles rotos.

Yo misma había hecho el check-in de la pareja, pero como no estaba en el hostal cuando se marcharon a la hora de comer aquel día, simplemente les pedí que dejaran la llave en el buzón que había fuera del edificio. Me pasa por confiada.

Me encantaba el hostal. Era una mansión victoriana de estilo Reina Ana. Tenía diez habitaciones, y todas eran casi idénticas, desde las cortinas blancas hasta los cabeceros rojos. La fachada era amarilla y naranja, y el tejado gris.

Y el jardín me gustaba incluso más que el hostal en sí. Era mucho más grande que los de otras casas de la zona, y el límite de la propiedad estaba bordeado de inmensos árboles centenarios.

En la planta baja solo había un salón, un aseo y el pequeño cuarto que usaba cada vez que dormía allí. Las habitaciones de invitados y los baños se encontraban todos en las dos plantas superiores.

Me puse a limpiar las ventanas, que eran la única parte de la habitación que no estaba cubierta de suciedad, pero como estaba limpiando a fondo cada centímetro, decidí darles el mismo repaso. Eran las nociones básicas de limpieza que aprendí de mi madre. Justo entonces recibí un mensaje suyo:

Mamá: ¿Llegaste bien a casa? Yo todavía estoy cansadísima. Por cierto, el fotógrafo me ha enviado unas fotos de ti y Chase bailando. Están chulísimas.

Me envió dos fotos. Tenía razón. El fotógrafo había capturado a Chase en todo su esplendor.

Cerré los ojos y al instante me transporté de vuelta a la pista de baile. De inmediato, empecé a sentir mariposas en el estómago y mi pulso se aceleró. Pero estaba decidida a no pensar en él ni en ese beso increíble que me había dejado en una nube.

Recibí otro mensaje:

Mamá: ¿Todo bien?

Hannah: Sí. Es que tengo que limpiar a fondo una habitación, la han dejado hecha un desastre.

Mamá: ¿Cuántas reservas tienes para hoy?

Hannah: Ninguna.

Mamá: :-(

Eso resumía más o menos lo que pasaba por mi mente en ese momento. Durante el fin de semana, había pensado mucho en el hostal mientras exploraba el hotel.

Mientras cogía la fregona, los productos de limpieza y bajaba las escaleras, me resultó imposible ignorar los ruidos que hacía la escalera o las grietas de las paredes. Después de pasar el fin de semana rodeada de lujos, todos los defectos del hostal se hacían aún más evidentes.

El lugar necesitaba una reforma integral. Intenté convencerme de que, si le dedicaba suficiente cuidado y cariño, podría mantenerlo a flote un poco más.

Pero no pude.

Después de guardar los productos de limpieza, me senté en el porche con una taza de café. Me preocupaba que la tormenta que habíamos tenido el viernes en el aeropuerto hubiera causado daños, pero mi vecina, la señora Adams, me aseguró que había llovido muy poco allí.

Aquel día me había mimado preparándome una tarta de manzana. La quería muchísimo. Había sido la mejor amiga de mi abuela y la echaba de menos tanto como yo.

Mi abuela había fallecido dos años atrás y yo heredé el hostal.

Mi madre y mi hermana heredaron el resto de sus cosas, pero Loma House solo me pertenecía a mí.

Me hice cargo de aquel lugar con mucha ilusión.

Mi exmarido, Gary, pensaba que estaba cometiendo un gran error, pero no entendía lo mucho que significaba el hostal para mí.

De niña había pasado muchos veranos allí, echando una mano. Era mi último vínculo con la abuela.

Tenía un plan muy claro. Como bróker, ganaba bien y me había hecho un buen colchón de ahorros.

De acuerdo a mis cálculos, ese dinero habría sido suficiente para restaurar el lugar, así que, hacía aproximadamente un año había presentado mi renuncia al trabajo para poder dedicarme cien por cien al hostal.

Dos semanas después, mientras un equipo de especialistas estaba inspeccionando el tejado, parte de la estructura se derrumbó.

Fue entonces cuando descubrí que la abuela se había retrasado en el pago de algunas facturas, entre ellas la del seguro.

Por suerte, ninguno de los trabajadores resultó herido de gravedad, pero sus facturas médicas acabaron con mis ahorros.

Gary me dejó al día siguiente. Nuestro matrimonio había empezado a desmoronarse mucho antes de que la abuela falleciera, pero yo estaba desbordada con mi trabajo y tratando de cuidar de ella.

Durante un tiempo estuve en estado de shock . A veces todavía me costaba procesar todo lo ocurrido. Pero sentada ahí, cubierta de suciedad y polvo, sentí que era hora de actuar .

Mientras tomaba un sorbo de café, eché un vistazo a las ofertas de trabajo.

Había llegado el momento de volver a deslomarme en un trabajo a jornada completa.

El verano era la temporada de más movimiento, y estaba llegando a su fin.

Ahorraría todo lo posible y empezaría las reformas el año siguiente.

Tendría que cerrar un tiempo, porque en ese momento los ingresos de los clientes no bastaban para cubrir el gasto de la luz, y mucho menos el resto de facturas.

Sin duda podía parecer que estaba tirando la toalla, pero en el fondo sabía que no era así. Esto solo era un bache en el camino. Volvería a levantar cabeza.

Te prometo que no me voy a dar por vencida con Loma House, abu .

Debería poder encontrar trabajo rápidamente; estaba cualificada y tenía mucha experiencia. Aunque también tenía un hueco de un año en mi currículum, pero bueno, tal vez eso demostrara a los empleadores que tenía valor y pensamiento lateral.

Guardé tres ofertas que parecían prometedoras, todas ellas en menos de una hora de buscar en los anuncios de empleo. Sin embargo, tenía que pulir mi currículum antes de enviarlo. Las ofertas no mencionaban el sueldo, pero tenía el presentimiento de que, al final, todo saldría bien.

Me puse en pie y roté los hombros para destensarlos. Tenía que poner una lavadora más, pero no me quejaba; me gustaba aquel trabajo.

Cuando renuncié para llevar el hostal, varios de mis amigos se quedaron consternados: “¿Prefieres hacer tareas domésticas en lugar de ir a una oficina?”.

Sí. Me reconfortaba. Quizás porque, de pequeña, algunos de mis recuerdos más felices eran de cuando ayudaba a la abuela allí.

Ella siempre parecía tan contenta, como si aquello fuera lo único que hubiera querido hacer en la vida.

Claro que, por aquel entonces, el hostal estaba lleno de clientes.

Pero yo iba a encarrilar las cosas de nuevo. Estaba decidida.

Mientras me dirigía a la lavandería, recibí otro mensaje en mi móvil. Esperaba que fuera Blair. No podía estar más feliz por cómo había salido todo; ella llevaba soñando con la boda perfecta desde que era niña y había tenido exactamente el día que tanto había deseado.

En su lugar, me encontré con un mensaje de un número desconocido.

Desconocido: Hola, soy Chase. En un intento por estrenarme con las nubes, he venido a Target. ¿Debo comprar alguna marca en concreto?

Volví a leer el mensaje varias veces. No me lo podía creer. Cuando estaba a punto de responder, mi pantalla se iluminó con una llamada del mismo número.

Sonreí mientras contestaba:

—Hola. ¿Eres Chase?

—Depende. ¿Le has soltado el rollo de las nubes a alguien más últimamente?

Me reí:

—No.

Estuve a punto de decir: “Tampoco he besado a nadie más últimamente”.

¿Por qué mi cerebro intentaba meterme en líos?

Me puse de puntillas y luego volví a apoyar los talones.

—¿De verdad me llamas por las nubes? —pregunté.

—No, pero entre nosotros, fue una buena manera de romper el hielo.

—No sé ni qué decir.

—¿Te ha comido la lengua el gato, Hannah?

No, has sido tú.

—Bueno, ¿a qué viene la llamada? —pregunté.

—¿Estás en el hostal?

—Sí.

—¿Te importa si me paso por allí? Podría llevar las nubes y todo lo necesario para preparar s’mores , y tú podrías enseñarme el arte de, ¿cómo dijiste?, “darle el punto perfecto al dulce”.

—¿Te acuerdas de que dije eso?

—Sí, me dejaste impresionado.

Dudé por un momento. Bah, ¿qué demonios? Era el mejor amigo de Josh, que se acababa de casar con mi hermana. Prácticamente éramos familia. No pasaría nada por llevarme bien con Chase.

¿En serio, Hannah? ¿Esa es tu excusa? Hace menos de cuarenta y ocho horas lo besaste pensando que probablemente no lo volverías a ver.

Me aclaré la garganta:

—Claro, ¿por qué no? Tengo un par de cosas pendientes, pero después podemos preparar los s’mores .

—Genial, estaré allí en media hora más o menos.

—No te he dado la dirección.

—La he sacado de la página web.

—Espera un momento —dije, con el estómago rugiendo de repente—. ¿Quién te ha dado mi número? ¿Josh?

—No —respondió con un tono un poco brusco—. Tenía el número de tu madre. Estaba en la lista de contactos de emergencia que nos dio la organizadora de bodas el sábado. He hablado con ella y me dio tu número.

—¿Así sin más?

—Resulta que le caigo bien.

—No me imagino por qué —bromeé.

—Nos vemos en un rato, Hannah.

—Nos vemos.

Se me aceleró el corazón. Estaba hecha un desastre. Al olerme las axilas, me di cuenta de lo mal que olía. Me había puesto desodorante dos veces, pero había sudado mucho mientras limpiaba.

Lo más rápido que pude, pasé las sábanas y las toallas de la lavadora a la secadora y subí a darme una ducha rápida. Usé mi gel de ducha con aroma a lavanda. Después de asearme, me puse también una crema corporal.

Vale, ya está. Me sentía fresca y… bueno, no podía decir exactamente que estuviera lista, porque definitivamente no lo estaba.

Entonces caí en la cuenta de que aún no sabía a ciencia cierta por qué Chase iba a visitarme en el hostal.

Sabía que las nubes eran solo una excusa, pero ¿qué más daba?

Había tenido un día duro, así que, si aquel chico tan guapo quería pasarse con nubes y hacer s’mores , no le iba a mirar el diente al caballo regalado.

Últimamente, estaba empezando a aprender que era mejor dejar que las cosas fluyeran. La mayoría de mis planes no salían bien de todos modos…

Al oír que llamaban a la puerta, me di cuenta de que había llegado antes de lo esperado. No me había maquillado, pero no importaba. Aquello no era una cita. Aunque, ahora que lo pensaba, no tenía ni idea de qué era en realidad.

Bajé corriendo las escaleras y abrí la puerta principal.

Chase entreabrió los labios, exhalando bruscamente, y de repente me sentí cohibida.

Bajé la mirada hacia mi cuerpo y… ¡mierda!

Llevaba un sujetador deportivo debajo de la ropa y se me marcaban los pezones.

Me acomodé rápidamente el pelo mojado para que me cubriera el pecho por completo.

—Has traído nubes —dije con voz nerviosa, a pesar de la obviedad. Su traje era diferente al que llevaba el viernes y le quedaba aún mejor. Era de un azul marino más oscuro y se ceñía a su cuerpo; le quedaba de escándalo.

Levantó una bolsa.

—Y chocolate y galletas Graham .

—¡Justo lo que necesitaba hoy! —Aparté la mirada mientras le hacía un gesto para que entrara.

Lo guié por el estrecho pasillo, pasando por la escalera que llevaba a las plantas superiores.

Las tablas del suelo crujían a cada paso.

De camino a la puerta trasera, pasamos por el pequeño dormitorio y la lavandería.

Sentí su presencia con intensidad mientras caminaba detrás de mí.

Estaba tan cerca que podía oír cada respiración y oler ese mismo aroma de la boda.

—¿Tienes algún huésped esta noche?

—No. —Bajé los hombros. Recordar que el hostal no tenía reservas era deprimente—. Había una pareja, pero se marcharon hoy.

—¿Estaban aquí sin supervisión? —Su voz sonó cortante.

—Sí, y tienes todo el derecho a regañarme. Fue un error.

—¿Qué pasó?

Detecté un tono protector en su voz que me pilló completamente por sorpresa.

—Dejaron la habitación hecha un desastre. Dentro de lo malo, debería alegrarme de que no hayan causado ningún daño irreparable.

—Aun así, puedes hacer que paguen por ello.

—No rompieron nada. Solo he tenido que darle un buen repaso a fondo a todo el lugar.

—Hannah…

—No, no hablemos de eso —dije mientras salíamos al jardín trasero—.

Has venido aquí con la excusa de querer hacer s’mores , así que vamos a ello.

—Señalé el lugar donde solíamos hacer las hogueras, a unos seis metros del hostal.

El suelo estaba chamuscado y había varios troncos donde la gente podía sentarse.

—A ver si puedo encender el fuego —murmuré en cuanto llegamos a los troncos.

—Yo me encargo —afirmó él.

Le sonreí:

—Vale, pues vamos a ver cómo te marcas el tanto de macho.

De macho sexy , dijo una voz en mi cabeza.

Y vaya si era sexy…

Empezó remangándose la camisa. Tenía unos brazos impresionantes y, aunque ya me había fijado en sus bíceps en la boda, aquí, con el sol cayendo y a solas por fin, todo tenía un matiz distinto, mucho más íntimo.

¿A qué ha venido?