Capítulo Treinta y Tres
DUNCAN
No me bastaba con besarla. Necesitaba tenerla completamente desnuda para devorarla a mi antojo y hundirme en ella.
—¿Por qué llevas tanta ropa puesta? —protesté, tras quitarle la chaqueta y descubrir que llevaba una camiseta metida por debajo de la falda.
—Ahora ya sabes lo que es para mí desnudarte —murmuró.
Riley empezó a desabrocharme los botones, mientras yo tanteaba la cremallera de su falda. Jadeó cuando le bajé el cierre de un tirón y se tambaleó sobre sus zapatos.
—Déjate los tacones —le pedí, mientras la falda caía a sus pies—, te quedan sexy de cojones.
Me soltó el cinturón, y me bajó los pantalones y los calzoncillos, mientras yo terminaba de desabrocharme los últimos botones de la camisa y la apartaba a un lado. Nunca había estado tan desesperado por quitarme la ropa.
Riley lo era todo para mí. Era mi refugio.
Escudriñé su cuerpo y gruñí. Me encantaba ser el único que tuviese el privilegio de verla con lencería sexy. El único en su vida… para siempre. Su tanga de encaje era un sueño hecho realidad.
Me cogí la polla y empecé a bombear un par de veces hasta que Riley reemplazó mi mano por la suya.
Aproveché para tocar cada parte de su cuerpo como llevaba días deseándolo.
Aparté el tirante de su sujetador hacia un lado y le besé la clavícula.
Ella arqueó la espalda en cuanto mis labios entraron en contacto con su piel ardiente.
Pasé al otro tirante y su sujetador quedó pendiente de un hilo… tanto que veía sus pezones asomando.
Desprendí el broche de la espalda y el sujetador cayó al suelo. Le froté los pezones con los pulgares mientras le besaba el cuello y bajaba por su hombro. Sentí cómo la tensión se acumulaba en su cuerpo y sus músculos se contraían bajo mi tacto.
Mientras ella me apretaba la polla con más fuerza, dejé escapar un gemido gutural.
El deseo me atravesaba y me estremecí ante sus caricias.
Le bajé el tanga, y ella se meneó para que cayera hasta sus tobillos, y lo apartó con sus pies.
Jamás me cansaría de verla desnudarse, que me confiara su cuerpo y pusiera su placer en mis manos.
Seguí acariciándole los pechos y dibujando círculos alrededor de su sexo. Quería provocarla y evitaba tocarle el clítoris, pero al sentir lo mojada que estaba, casi pierdo la cabeza.
—No puedo creer lo excitada que estás.
—Ya ves… ese es el efecto que tienes en mí. —Hasta a ella le costaba creerlo.
Di las gracias en silencio por ese privilegio. Yo también me entregaba por completo y le ofrecía todo lo que tenía.
Aparté su mano para coger mi polla y estimular su entrepierna con movimientos circulares, tal como había hecho con mi pulgar, para cubrirme de su humedad. Quería que estuviera bien preparada.
Bajé la mirada, y le rocé el clítoris con la punta de mi erección. Entre jadeos, apoyó las palmas de las manos sobre mis hombros para estabilizarse.
—Te tengo, cariño —dije.
Hice que recostara el culo contra el tocador de su dormitorio para tener un punto de apoyo, y aumenté el ritmo y la intensidad de mis caricias.
Darle todo el placer del mundo era mi prioridad absoluta y sabía que estaba a punto de correrse.
Lo que no sabía es si tendría el autocontrol suficiente para esperar sin hundirme dentro de ella. Las sensaciones eran abrumadoras.
Su cuerpo estaba cediendo al deseo; Riley arqueó la espalda y se agarró un pecho mientras seguía firmemente apoyada en mi hombro y me clavaba las uñas en la piel.
—Déjate llevar, preciosa. Necesito ver cómo te corres.
Echó la cabeza hacia atrás y empezó a gemir mientras todo su cuerpo se sacudía con el clímax.
Preso de la ansiedad, no pude esperar a que se recuperara del orgasmo. Me introduje dentro de ella hasta el fondo.
—¡Duncan! —jadeó.
Me quedé completamente quieto para disfrutar el palpitar de sus paredes internas apretándome la polla. Sentir cómo terminaba de correrse era surrealista.
Me retiré y empecé a embestirla. Gracias a esa postura podía observarla a la perfección, pero tampoco quería follarla contra el tocador. No era cómodo para ella y la madera gastada podría hacerle daño, pero esperaría unos segundos más. Quería exprimir cada gota de su placer.
Le besé los hombros y el cuello antes de atrapar su boca y enredar nuestras lenguas, sin dejar de tocarla por todas partes. Me devolvió el beso tiernamente; y al ver que todo su cuerpo se estaba relajando supe que su orgasmo había concluido, y el siguiente aún no se estaba gestando.
Porque habría otro, claro que sí.
Siempre le daría más de uno. Era lo mínimo que se merecía.
Me retiré y ella protestó.
—Vamos a un lugar más cómodo, preciosa —expliqué, y se colocó delante de la cama—. Mira, te han quedado unas marcas aquí —dije, pasando la mano por la hendidura que se notaba en sus nalgas. Mi polla le rozaba los muslos y Riley se frotó contra ella.
—¡Joder! —exclamé, y la recosté sobre la cama a cuatro patas.
Me introduje dentro de ella justo cuando sus rodillas tocaron el colchón. Ya no me quedaban fuerzas para prolongar los preliminares. Necesitaba penetrarla como el aire para respirar.
—Duncan… —susurró.
Me retiré un momento para flexionar las rodillas y ajustar el ángulo. Cuando volví a arremeter, Riley gimió y se inclinó sobre la almohada. Al principio pensé que quería ahogar sus gritos —lo cual no iba a permitir—, pero luego entendí que solo buscaba un punto de apoyo.
Me movía con precisión, intensificando con profundidad el ritmo de mis acometidas y observé cómo mi polla entraba y salía. Nuestra conexión era más fuerte que nunca. Formaba parte de ella, y ella formaba parte de mí. Nos pertenecíamos el uno al otro.
Riley me miró de reojo y sonrió. Ella también mecía las caderas hacia atrás para intensificar mis embestidas, con la cara enrojecida y la espalda arqueada. Era una señal inequívoca de que el placer se estaba apoderando de su cuerpo, una mezcla de tensión y excitación.
—¿Estás cerca? —pregunté.
—Sí, y no entiendo cómo. —Su voz temblaba, sus palabras eran apenas audibles—. Estoy muy caliente.
—Estoy loco por ti, Riley. Ahora ponte recta; yo te sujetaré.
—¿Qué? —Y aunque ella no entendía lo que le estaba pidiendo, obedeció mi orden, enderezándose en sus rodillas.
Apreté su espalda contra mi pecho, con la ventaja añadida de que así podía tocar la parte superior de su cuerpo. Ahora tenía acceso total a sus preciosos pechos y su entrepierna, y eso fue precisamente lo que hice: cubrí un pecho con la palma de la mano, y llevé la otra a su sexo.
Todo su cuerpo se tensó y su excitación se disparó aún más. Su gemido fue tan gutural que llenó la habitación.
Lo tenía tan apretado que apenas podía penetrarla.
Pero no cejé en mi empeño: la recompensa sería el éxtasis más absoluto.
Cuando gritó mi nombre, y se contrajo aún más fuerte sobre mi polla, se me nubló la vista, y supe que no aguantaría ni una fracción de segundo más.
Acaricié su clítoris con más ritmo y exploté segundos después que ella.
Hundí la cabeza en su cuello, pero fue en vano. Nuestros gemidos eran tan fuertes y desenfrenados que se debían de escuchar desde la calle.
Me quedé un rato hundido dentro de ella; mantuve a Riley, que temblaba, contra mí y me aseguré de que no se cayera sobre el colchón.
—Duncan —murmuró, con la cabeza apoyada en mi hombro, su mejilla presionada contra mi clavícula, y su mano aferrada a mi muslo.
—Tumbémonos para descansar un poco —dije.
Nos desplomamos sobre la cama, y ella sonreía con la cara completamente sonrojada y el pelo revuelto. ¿Le había agarrado la melena? Era probable, pero no lo recordaba.
De hecho, no recordaba nada más, salvo que estábamos hechos el uno para el otro.
* * *
RILEY
Después de asearme, volví al dormitorio, pero Duncan no estaba allí.
—¿Duncan? —pregunté en voz alta.
—¡Ahora mismo vuelvo!
Me tumbé en la cama, mirando hacia la puerta. Me encantaba estar allí a solas con él.
Volvió al dormitorio con una botella de vino y dos copas.
—¿Por qué te has puesto los pantalones? —protesté.
—Tengo mis motivos —dijo con un guiño.
—Me has dicho que mis amigas no volverán hasta dentro de un rato, ¿verdad? —pregunté, incorporándome en la cama.
—Así es. Las he sobornado para que se pasen todo el día fuera de casa.
—Tienes que decirme cómo has logrado que se levanten antes del mediodía.
—Tengo que guardar algunos secretos —explicó con un guiño—. Puede que vuelva a necesitarlo.
Me puse de rodillas en la cama, observando cómo descorchaba la botella y servía vino en las copas. Me bastó con inhalar su aroma para saber que era uno de los mejores que había probado jamás. Olía exquisito.
—¿Knox te regaló la botella?
—Sí, pero no hablemos de él ahora mismo —dijo Duncan, sacudiendo la cabeza.
—¿Por qué no?
—Porque este es nuestro momento.
Dejé la copa sobre la mesa para poner mis manos sobre sus hombros y besarle el pecho.
Al menos no lleva camisa.
—Quiero que te quites la ropa otra vez —pedí.
Duncan gimió, pero antes de que pudiera decir nada más, le desabroché el botón de los vaqueros y se los bajé. De repente, se oyó un ruido metálico, como el sonido de una llave cayendo al suelo.
—Creo que llevabas algo en el bolsillo.
—¡Joder! —exclamó, y se arrodilló para buscar el objeto.
—Lo siento —dije.
—No te preocupes.
¿Desde cuándo guarda las llaves en el bolsillo trasero?
Se incorporó unos segundos después pero no tenía una llave en la mano… era un anillo.
Duncan cambió de postura: se agachó en una sola rodilla y mi corazón se detuvo, con la respiración atascada en la garganta.
—Riley, hoy ha sido un día lleno de sorpresas.
Algunas salieron como imaginaba. Otras… no tanto.
—Hizo una pausa, mirando el anillo—. Quiero prometerte varias cosas.
La primera, mejorar la forma de expresar mis sentimientos.
Y la segunda, que si aceptas ser mi esposa, te haré la mujer más feliz del mundo.
Te amo con una inmensidad que no sabía que era capaz.
Me encanta estar contigo y la relación que tenemos.
Prometo que Jeremy y tú seréis mi prioridad absoluta…
el resto de mi vida. Me aseguraré de darte todo el amor del mundo y que no te falte de nada. ¿Quieres casarte conmigo?
—¡Sí! Prometo amarte todos los días de mi vida, y apoyarte en las buenas y en las malas. Y prometo ser la mejor figura materna posible para Jeremy.
—Eres increíble. No sabes lo que significa para mí que quieras tanto a mi hijo.
—Quiero hacerlo feliz, aunque eso signifique pelear contigo para ir de acampada —bromeé.
—¿Ya te pones de su parte? —dijo con sorna.
—Claro que sí. Teneros a vosotros dos… es mucho más de lo que jamás había soñado. Soy muy feliz con nuestra pequeña familia —dije, mientras él deslizaba el anillo.
Duncan se levantó, apoyó una rodilla en la cama y se desplazó hacia el centro del colchón.
—Y te prometo que para la próxima sorpresa, lo organizaré todo mejor —comentó entre risas.
Me reí, señalando mi nuevo y precioso anillo. Era una banda de platino con un enorme diamante circundado por otros más pequeños. No podía dejar de admirarlo.
—Lo has hecho muy bien —le aseguré.
Entonces lo atraje hacia mí y caímos sobre el colchón.