Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Treinta y Dos
95%

Capítulo Treinta y Dos

RILEY

—Chicas, ¡esto es una maravilla!—exclamó mi madre.

Paula y yo nos sonreímos. ¡Sí, misión cumplida!

Mi madre se había puesto muy contenta al vernos llegar. El viaje hasta allí nos llevó tres horas, pero mereció totalmente la pena. Siempre había soñado con regalarles un día de spa , y todo estaba saliendo incluso mejor de lo que imaginaba.

Elegí uno de los hoteles favoritos de mi madre, que además quedaba cerca de su casa. Teníamos reservados el pack completo: un masaje de cuerpo entero, manicura y pedicura.

No me lo podía creer. Por fin podía tener ese tipo de detalles con mi familia.

Aún así, sentía un nudo en el estómago: no me gustaba cómo habían quedado las cosas con Duncan, pero estaba decidida a centrarme en mi madre.

No la veía tanto como me gustaría, y no iba a desperdiciar este día pensando en algo que me hacía daño.

En ese momento, estábamos solas en el baño turco, y por fin tuvimos la oportunidad de hablar.

—Chicas, no hace falta que os gastéis dinero en mí.

—Ha sido idea de Riley —intervino Paula—. Lo ha pagado todo ella.

—Gracias, hermana —dije con ironía.

—De nada —respondió con una sonrisa.

—Riley, cariño… —empezó mi madre.

—No, por favor —la interrumpí—. Me hacía ilusión traeros aquí. Te lo prometí en mi graduación, ¿lo recuerdas?

—Sí, pero también recuerdo que rechacé tu oferta y te pedí que te compraras algo bonito con tu primer sueldo.

—Te prometo que me compraré algo con el siguiente, ¿vale?

—Sí, y por favor, mándame fotos. Y tú, Paula, prométeme que no dejarás que tu hermana se gaste más dinero en mí.

—Ni de coña. Yo también quiero hacer este tipo de cosas cuando empiece a ganar un sueldo en condiciones.

Mi madre negó con la cabeza.

No tiene ni idea de todo lo que quiero hacer por ella, como comprarle una casa de verdad para que deje la caravana, pero todo a su debido tiempo.

—Ahora, cuéntame algo de ese chico tan majo con el que estás saliendo. Tu hermana me ha hablado mucho de él, pero tú no me has contado nada.

Sonreí, encogiéndome de hombros:

—Ya sabes que soy muy reservada.

—¿En serio? Si a mí me lo cuentas todo —dijo Paula—. Mamá, que sepas que todo lo que te he contado lo sé por Riley. Yo creo que le da vergüenza hablarte de él.

—Lo entiendo, hija. Lo importante es que estéis bien y me alegro muchísimo por ti.

—Bueno… No estoy tan segura de que las cosas vayan tan bien ahora mismo —suspiré—. El caso es que Jeremy lleva toda la semana enfermo, y cada vez que quería pasar a visitarlo, Duncan me decía que no. No para de decirme que debo priorizar mi trabajo y que no renuncie a nada por ellos.

Ninguna de las dos dijo ni una palabra durante unos segundos. Estuve a punto de preguntarles si me habían oído cuando mi madre intervino:

—Pues ahora que lo dices, Duncan me cae aún mejor. Es evidente que se preocupa mucho por ti.

—¿En serio? ¿No creéis que esté intentando apartarme de su vida?

—Para nada —dijo Paula—. Puede ser demasiado directo a la hora de expresarse, pero se nota que tiene buen corazón.

—Sí —me reí—, es verdad.

—Pero por lo que he oído, se ha portado de maravilla contigo y con Paula —añadió mi madre.

—Así es —confirmó mi hermana—. Y le estaré eternamente agradecida.

Era verdad. Duncan había movido cielo y tierra para ayudar a Paula, y por eso mismo no entendía por qué no me permitía cuidar de él y de Jeremy. Pero lo hablaría en cuanto volviera.

—Mamá, ¿no ves el engranaje de su cabeza de abogada preparando la defensa? —comentó Paula con guasa.

—Pues eso es exactamente lo que estoy haciendo —respondí entre risas.

—Salgamos de aquí, chicas —sugirió mi madre—. Con todo este vapor no puedo veros la cara.

—Ya te digo —dije, y las tres salimos corriendo de la infernal sala de vapor. Prefería mil veces la sauna.

Después de ducharnos, fuimos a lo que llamaban la sala de silencio. Estábamos solas allí, lo cual era un privilegio.

—No veo que hayas desconectado la máquina de pensar —comentó Paula mientras yo cerraba los ojos.

—¿Qué tal si disfrutamos del silencio? —sugerí.

—Sí, la mente funciona mejor en silencio. Solo quiero decir una cosa antes —susurró nuestra madre, haciéndome reír—: Me alegro de que te hayas ablandado, cariño, y que le abras tu corazón a un hombre.

Me sorprendió tanto que puse los ojos como platos y la miré. Estábamos tan cerca que me cogió la mano y se la llevó a la mejilla.

—¿Sabes a lo que me refiero?

Asentí. Claro que lo sabía. Porque durante mucho tiempo mantuve mi corazón bien protegido. Pero ya no. Duncan había encontrado la llave y quería que supiera que le pertenecía por completo.

Respiré hondo, acariciando la mano de mi madre con la izquierda y la de Paula con la derecha.

—Modo abogada desactivado —anuncié.

Ya tendría suficiente tiempo para reflexionar en el viaje de vuelta. En ese momento, quería disfrutar del amor de mi familia.

* * *

El domingo volví a casa a las once y media de la mañana. Paula tenía organizado un día de playa con unas amigas, y Christine y Julia habían salido de compras, con lo cual tenía la casa para mí sola.

Abrí la puerta y entré.

Pero me quedé paralizada al escuchar un ruido proveniente de la cocina. Respiré hondo y retrocedí temblando.

¿Qué está pasando aquí?

Había decenas de jarrones con amapolas por todas partes. Avancé un poco y eché un vistazo al salón. Más amapolas.

Mi corazón latía a mil por hora mientras iba a la cocina.

Para mi sorpresa, Jeremy y Duncan estaban allí, cuchicheando.

—Y cuando ella llegue…

Me aclaré la garganta y los dos se giraron de inmediato.

—¡Papá! —resopló Jeremy—, ¡ tenías que avisarme!

—Jolines —dijo Duncan—. He calculado mal.

—¿Vosotros habéis traído las fl-flores? —tartamudeé.

—¡Sí! —exclamó Jeremy—. Fuimos al mercado y pedimos todas las amapolas que había. Pero como eran muy pocas, tuvimos que ir a comprar a siete tiendas más.

Se me va a salir el corazón.

Duncan no decía nada, solo me miraba con ternura.

—Pero, ¿por qué habéis…? —pregunté.

—Porque son tus favoritas —me interrumpió Jeremy—. Papá y yo queremos demostrarte lo mucho que te queremos.

También había tres floreros con amapolas en la encimera de la cocina. No podía apartar la mirada de Duncan.

Abrazó a su hijo por los hombros y dijo:

—Jeremy y yo tuvimos una muy buena conversación; le conté que eres mi novia y que tú y yo nos queremos mucho.

Jeremy miró a su padre y dijo:

—Papá, ¿puedo preguntárselo?

Duncan asintió y Jeremy se acercó y me rodeó la cintura con los brazos:

—¿Quieres mudarte con nosotros?

Me emocioné muchísimo. Me agaché y lo abracé con todas mis fuerzas:

—Pues claro que quiero irme a vivir con vosotros. Que me contéis cómo ha ido vuestro día y arroparos cada noche.

—Y papá dijo que además nos aseguraremos que no te falte de nada —continuó Jeremy—, prepararemos tu cena favorita y comeremos helado.

Estaba luchando por contener las lágrimas —de alegría—, pero necesitaba contenerme porque no sabía si Jeremy entendería la diferencia entre las lágrimas de felicidad y las de tristeza. Y ese no era el momento adecuado para explicarlo.

Era mi niño. Y aunque no fuera mi hijo biológico, lo quería como si lo fuera.

Cuando me enderecé, Jeremy preguntó:

—¿Podemos darnos un abrazo los tres?

—Claro que sí, campeón —dijo Duncan, con la voz quebrada. Quizás por eso se había mantenido bastante callado.

Me rodeó la espalda con un brazo, apoyé la boca en el hueco de su cuello, y Jeremy nos abrazaba con fuerza. Por fin pude soltar el aire que llevaba conteniendo esos días. Todo estaba encajando como las piezas de un puzle.

—Papá, ¿cuándo puede mudarse a casa? —preguntó Jeremy.

—Depende de ella —dijo Duncan, dando un paso atrás y acariciándome la mejilla—. Cuando esté lista.

Estoy tan segura que podría mudarme hoy mismo.

—¿Ya estarás en casa cuando vuelva esta tarde? —preguntó Jeremy con entusiasmo.

—¿Adónde vas tú hoy?

—Los titos Knox y Finn vienen a recogerme para ir al cine.

Sonreí y vi que Duncan tenía un brillo pícaro en los ojos.

Lo había planeado todo para que pudiéramos tener un rato a solas.

—Es muy poco tiempo, Jeremy. Además, no debemos presionarla —dijo Duncan.

—No puedo mudarme esta noche, pero sí la semana que viene.

—¡Sí! Y así podemos continuar con nuestra maratón de Disney.

La sonrisa de Duncan se desvaneció y apenas pude contener la risa.

—Ya veremos —dije con suavidad.

—Vale. —Jeremy no parecía decepcionado, solo sorprendido.

Estaba tan feliz que le habría dicho que sí a cualquier cosa que me pidiera. Quizás vio la oportunidad y aprovechó el momento. El niño era muy listo.

Duncan me besó en la frente y oímos un coche aparcando.

—¡Creo que son mis titos! —exclamó Jeremy, antes de salir disparado hacia la puerta.

—Joder, no sabes todo lo que tengo que contarte —me susurró Duncan al oído—. Pero necesito que seas paciente.

—No puedo esperar ni un segundo más para estar contigo —confesé.

—¡Ay, Riley! —protestó.

Llevó una mano a mi cintura y presionó sus dedos contra mi piel. Mi chico estaba a punto de perder el control. Pero tenía razón, había que esperar un poco.

El timbre fue como un jarro de agua fría. Duncan y yo nos apresuramos a la puerta.

Knox y Finn estaban en el porche; Knox miraba a Duncan con una sonrisa de oreja a oreja.

Finn se limitó a silbar, mirando a su alrededor:

—¿Qué son todas estas flores?

—Son amapolas, tito —le explicó Jeremy—. Tuvimos que ir a ocho lugares diferentes para conseguir todo esto.

Knox echó la cabeza hacia atrás y dijo:

—Tú sí que te lo curras, tío. —Luego me miró y dijo—: Riley, has sacado a relucir una faceta de nuestro hermano que desconocíamos.

—Ni el propio Duncan sabía de lo que era capaz —continuó Finn.

—¿Qué es eso de las facetas? —preguntó Jeremy, y Duncan se limitó a reír.

—Es una forma de hablar de los adultos, hijo.

Knox bajó la vista hacia mis manos y volvió a mirar a Duncan.

—Jeremy, ¿listo para irnos? No quiero llegar tarde, así podremos comer algo antes de la película.

—Sí, estoy listo —respondió, y se dirigió a toda prisa hacia el coche sin siquiera despedirse de nosotros dos.

—Me mata que cada vez que viene alguien de la familia a recogerlo, yo dejo de importarle —comentó Duncan.

—Ambos dejamos de importarle —le corregí.

—Tienes razón —sonrió— ahora somos dos.

—Bueno, no queremos hacer de sujetavelas —dijo Finn, que se dirigió hacia el coche, abriéndole la puerta a Jeremy.

—Solo una última cosa —intervino Knox, sin hacer amago de moverse—. ¿Qué te ha parecido el vino?

—Knox… —le advirtió Duncan con tono severo.

—Venga ya, tío. Tienes que reconocer que…

—¡Aún no he sacado el vino!

—Joder —maldijo Knox con cara de decepción, antes de dirigirse a mí con un aire de disculpa en la mirada—: Olvida lo que acabo de decir… De hecho, olvida toda mención a un vino.

—Si lo sigues repitiendo, es poco probable que lo olvide —replicó Duncan, con muy poca paciencia.

Estaba luchando con todas mis fuerzas por contener la risa, pero no iba a poder aguantar mucho más.

—Mejor me voy. Pero… ¿tampoco habéis llegado a la parte en la que…? —comenzó Knox como si no pudiera evitarlo.

—Knox, al coche, ¡ahora! —le regañó Duncan.

—Vale, que os lo paséis bien.

—Gracias —dije.

Knox se dio la vuelta y se fue. Los vimos en silencio mientras se alejaban. Cuando Duncan cerró la puerta ya no pude contener la risa.

—Déjame adivinar…. ¿tenías algo planeado para hoy y tus hermanos lo sabían?

—Pues sí, pero Knox no sabe mantener la boca cerrada —gruñó, negando con la cabeza—. Joder, no me puedo creer que por fin estemos solos, parecía que no se iban a ir nunca. —Duncan me rodeó la cintura y puse mis manos en su pecho. Me acarició la mejilla y me acerqué a él.

Cómo necesitaba esto.

—Cuéntame todo —murmuré.

—El martes pasado hablé con Jeremy sobre nosotros. Sé que quedamos en decírselo los dos juntos, pero se dio la oportunidad ideal para hacerlo.

—Eres su padre, Duncan. Tú sabes mejor que nadie cuándo es el momento adecuado.

—Le conté lo nuestro y lo mucho que significas para mí. Quiero que formes parte de nuestra vida. Te amo, Riley, no sabes cuánto. No sé cómo expresar todo lo que significas para mí.

—Te entiendo… yo siento lo mismo por ti —le aseguré.

—Sobre lo que dijo Jeremy… no era exactamente lo que tenía en mente. No quería que te soltara de golpe que te mudaras con nosotros ni que te sientas presionada.

—Pero yo quiero … siempre y cuando tú quieras —añadí.

¿Y si Jeremy se había precipitado y no era lo que Duncan quería?

—Nada me haría más feliz. Me muero por pasar todo el tiempo posible contigo, tenerte en mi cama cada noche, despertarme a tu lado cada mañana y ser una familia.

Asentí y me permití soltar unas lágrimas.

—Estoy completamente enamorado de ti —confesó—. Todo ha sucedido muy rápido, pero no lo cambiaría por nada.

—¿De verdad? Con lo que te gusta planificar cada cosa de tu vida.

—Es cierto —se rió—, pero tú me has enseñado a que no puedo controlar todo. Y es lo mejor que me ha pasado.

Me cubrió de besos desde la frente hasta los labios.

—A veces es mejor que las cosas sigan su curso y dejarse llevar.

Nunca pensé que Duncan sería de los que se dejaría llevar. Y, sin embargo, estaba dispuesto a hacerlo por mí.

—Te quiero, Riley. —Entonces capturó mis labios y me entregué por completo al beso, deteniéndome solo para respirar. Noté cómo nos íbamos desplazando a mi dormitorio.

—Espera, mis amigas…

—No volverán en un buen rato.

—¿Saben todo esto?

—Por supuesto. No podía dejar nada sin atar.

—¿Y qué hay de ese vino que mencionó Knox? —pregunté, para chincharlo.

—Qué arte tiene mi hermano para meter la pata. Ya veremos lo del vino más tarde —dijo, antes de volver a besarme.

Y ya no lo volví a interrumpir.