Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Treinta y Uno
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Capítulo Treinta y Uno

RILEY

Al final, el evento de trabajo mereció la pena. Algunos de los principales socios del bufete estaban presentes y daba la impresión de que sinceramente querían conocer a los nuevos empleados.

—Las jornadas son larguísimas, sí, pero es una profesión muy gratificante. Una vez que entiendes la dinámica, y adquieres experiencia laboral, todo se vuelve más rutinario. Yo, por ejemplo, estoy mucho menos estresada ahora que cuando empecé —comentó Lilly, una de las socias.

Le pregunté por sus tareas diarias, pero seguía pendiente del móvil, esperando noticias de Duncan. Por fin, a las nueve, llamó. Estaba charlando con otros empleados nuevos y me excusé para salir al balcón.

—¿Cómo va todo? —pregunté—. ¿Jeremy está despierto?

—No, se despertó un momento y siguió durmiendo. No creo que puedas hablar con él hasta mañana. Pero quería mantenerte al tanto para que no te preocupes.

—Gracias.

—¿Qué tal va el evento?

—Me alegro de haber venido. Estoy conversando con todo el mundo, incluso con algunos de los socios principales.

—Habla muy bien de ellos que se tomen la molestia de conocer personalmente a los nuevos fichajes. Lo vas a petar, ya te digo.

Cada vez que decía algo así, se me disparaba el corazón. Confiaba en mí misma, pero que él creyera en mí era otra historia diferente.

—Te dejo que sigas con lo tuyo —dijo.

—¿Puedes llamarme mañana por la mañana y contarme cómo está? —le pedí.

—Claro. Ahora quiero que te centres en socializar con tus compañeros y dejes de pensar en Jeremy, ¿vale?

—Lo intentaré —respondí, pero sabía que no podría quitármelo de mi mente tan fácilmente.

Cuando se trataba de Jeremy, no podía desentenderme.

* * *

A la mañana siguiente, esperaba tener noticias de Duncan nada más despertarme, pero no fue así.

Lo llamé al salir de casa. No podía empezar la jornada sin saber si Jeremy se encontraba al menos un poco mejor. Por suerte, contestó enseguida.

—Buenos días —saludé.

—Hola —sonaba absolutamente agotado.

—Dios mío, ¿te he despertado?

—No. Es solo que apenas he pegado ojo; Jeremy se ha pasado la noche vomitando. Incluso llamé al médico de guardia para que viniera, y por suerte hemos descartado que sea algo grave. Parece una intoxicación alimentaria común.

—Pobrecito.

—Hoy me quedaré todo el día en casa con él.

—Puedo llamar para decir que estoy enferma y quedarme con él —dije—. Es más, eso es lo que voy a hacer.

—No —dijo Duncan con firmeza, haciéndome estremecer.

—¿Puedo pasar un momento a verlo antes de ir a la oficina?

—Llegarás tarde, Riley. Es tu primer mes y no creo que eso cause buena impresión.

—No me importa —dije.

Era consciente de que no estaba en mis cabales, pero no soportaba estar lejos de Jeremy cuando estaba enfermo. Nunca había experimentado nada parecido.

—A mí sí.

—Vale, ahora voy al bufete, pero me saltaré la reunión informativa prevista para esta tarde después del horario laboral…

—Ni hablar. Escúchame, Riley. Acabas de empezar un nuevo trabajo, tienes que darlo todo y centrarte en eso. No puedes renunciar a nada por nosotros.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, apoyándome contra la pared—. No estoy renunciando a nada.

Duncan soltó un suspiro:

—Prométeme que irás a la oficina, que tu trabajo será tu prioridad y que lo darás todo. Que no perderás el tiempo preocupándote por Jeremy.

—¡Pero quiero hacerlo! —respondí.

—Riley, los bufetes de abogados, al igual que cualquier empresa, son como halcones. No te quitan ojo ni un segundo, y menos cuando estás empezando. Necesitan ver qué eres capaz de ofrecer, y no puedes estar preocupándote por el hijo de tu novio.

Su comentario me partió el corazón. Claro que sabía que no era la madre de Jeremy. Obviamente. Pero sentía lo contrario.

—Dijiste que esta semana iba a ser brutal y que tendrías que quedarte en la oficina todas las tardes —continuó.

—Lo sé. Pero no sabía que Jeremy estaría malo.

—Es un niño, y como todos los niños, enferman a menudo —explicó con un tono más sereno—. Esta semana quiero que te olvides de nosotros y te centres en tu carrera. Ni se te ocurra pedirle a tu jefe salir más temprano.

—No me gusta un pelo cómo suena eso.

—A mí tampoco, pero tenía que decírtelo. No renuncies a nada por nosotros, de verdad.

—Repito: no estoy renunciando a nada —¿Tanto le costaba entenderlo?—. Escríbeme un mensaje para contarme cómo va, ¿vale?

—Te lo prometo —dijo Duncan.

Cuando colgué, tenía el corazón en un puño.

* * *

DUNCAN

—¿Qué coño? ¿Qué forma es esa de decirle que no se preocupe por vosotros, tío?

Griffin se había pasado por mi casa para hablar de negocios cuando le comenté que no iría a la oficina.

—¿Qué dices? —pregunté.

Estaba completamente destrozado. Había dormido como mucho dos horas durante toda la noche; me despertaba a cada rato y no podía volver a conciliar el sueño.

Cuando Jeremy se despertó y vomitó a las cuatro de la mañana, fue cuando llamé al médico. Temía que necesitara suero o una hidratación específica; ya le había ocurrido varias veces de pequeño, y aún no me había recuperado de ese trauma. Pero el médico me aseguró que no era necesario.

—¿A qué viene todo eso de que Riley no renuncie a nada?

—Es la verdad —me encogí de hombros—. ¿Qué crees que pensaría su jefe si le dice que llegará tarde porque tiene que ir a ver al hijo de su novio? ¿O que tiene que irse antes?

—Tienes razón, pero esa no es la cuestión sino cómo se lo has dicho. Cuando estás cansado no tienes filtro.

—No estoy cansado, estoy hecho pedazos —respondí.

—Ya veo —dijo Griffin—. No debería haberme pasado por aquí.

—Ni siquiera puedo pensar en el trabajo. Me voy a dormir con Jeremy.

—Puedo llamar a la familia y organizarnos para cuidarlo entre todos.

—Te lo agradezco, pero no hace falta —negué con la cabeza.

Mi hermano se rio:

—¿Recuerdas que ninguno de nosotros tiene que rendir cuentas a nadie? Somos los jefes y podemos organizar el día como nos apetezca. —Tras una breve pausa, preguntó— ¿Hoy viene la niñera?

—Se suponía que sí, pero le envié un mensaje para decirle que Jeremy está enfermo. No quiero dejarlo solo con alguien nuevo si está malo. Veré cómo va la cosa.

—Bueno, pase lo que pase, no seas tan duro con Riley. Nos cae genial a todos y os hace muy bien a los dos.

—Ya lo sé, deja ya de darme la brasa. —No entendía qué le pasaba a mi hermano.

Tras su partida, me quedé dormido.

* * *

Para el martes, Jeremy tampoco había mejorado mucho y volví a decirle a su niñera que no viniera. Me quedaría todos los días con él hasta que se recuperara.

—Venga campeón, creo que ya está el desayuno. —Apenas había comido una tostada.

—Papá, ¿puedo comer una tortita?

—Veremos cómo sigues las próximas horas, ¿vale?

—Vale —Recostó la barbilla sobre las manos con los codos apoyados sobre la encimera, y me preguntó—: Papá, ¿crees que hoy podré ver a Riley?

—No, campeón —negué con la cabeza—. Esta semana está muy ocupada, pero hablaremos con ella el domingo.

—Me cae muy bien Riley, de verdad.

—A mí también —sonreí.

—¿De verdad? —preguntó, incorporándose en la silla—. Mira papá… Riley es muy guay nos quiere mucho… lo sé porque se lo he preguntado. ¿No crees que podría ser mi mamá aquí? Mamá está en Dublín, y nunca puede jugar conmigo —me soltó como si fuera lo más natural del mundo.

Riley y yo habíamos planeado hablar con él sobre nuestra relación la próxima vez que estuviésemos los tres juntos, pero Jeremy me regaló la oportunidad perfecta para hacerlo en ese momento.

—Jeremy, vamos a sentarnos en el sofá y a hablar un rato.

—¿Qué he hecho? —me preguntó tímidamente.

Mi hijo pensaba que iba a regañarlo.

—Nada, campeón. Pero quiero hablar contigo y estaba esperando el momento adecuado.

Al sentarnos en el sofá, comprobé su estado. Por el momento, parecía estar bien, incluso había recuperado un poco de color en las mejillas.

—Bueno, como ya sabes, Riley y yo nos hemos hecho muy amigos… y ahora somos novios.

Jeremy se levantó de un salto del sofá, y me abrazó:

—¡Toma ya! Le dije a la abuela que me encantaría que tuvieras una novia como el tito Chase, ¡y ha pasado! Riley es la mejor.

—Totalmente.

—Entonces puede ser mi mamá —insistió—. ¿Cuándo se mudará con nosotros?

—Poco a poco —respondí, dando una palmadita en el sofá.

—Vendrá a vivir a casa, ¿verdad? —preguntó, tras volver a sentarse.

—Se lo preguntaré.

—¿Puedo preguntárselo yo?

Su pregunta me hizo reír, pero hablar con Jeremy me dio una gran idea. Por fin, parecía despertar de mi letargo.

¡Mierda! Griffin tenía razón. Me había excedido por teléfono.

—¿Le has pedido que sea tu novia?

—¿Qué? —pregunté atónito.

—Papá, tienes que pedírselo. En el cole se hace así.

—Claro —dije con toda la seriedad del mundo. No quería que mi hijo me viera indeciso o inseguro. —Ya es mi novia.

—¿Desde cuándo?

—Eso da igual… ¿o es importante para ti? —pregunté.

—Sí. Para saber cuánto tiempo tengo que esperar para pedirle que se venga a vivir con nosotros. Tengo un amigo del cole que se cabreó mucho porque la novia de su padre se mudó a su casa demasiado rápido. Pero a mí no me importa.

—¿De dónde has sacado lo de “cabrearse”? —pregunté, con una ceja levantada.

—Siempre lo digo cuando tú y Riley no me veis —sonrió—. A los tíos Finn y Griffin no les importa.

Tenía que hablar seriamente con ellos.

—Riley y yo no tenemos prisa. Vamos a esperar el momento adecuado.

—Los adultos sois un rollo, no lo entiendo —suspiró dramáticamente—. Si ella puede mudarse ya, ¿por qué tenemos que esperar?

Porque no sé si es lo que ella desea. Tiene que estar segura.

Pero me guardé mis pensamientos y no dije nada.

* * *

Mi madre se pasó por casa esa misma tarde. Por desgracia, Jeremy estaba dormido.

—Cariño —susurró—, he traído algo de comer para Jeremy.

—Te lo agradezco, mamá, pero apenas le entra nada.

—Lo sé, son unas galletas probióticas, que os daba a vosotros cuando estabais malos. Ayudan a asentar el estómago —respondió, dejando los tápers sobre la isla de la cocina.

—Gracias. —Abrí uno y eché un vistazo.

—No te fías de mí, ¿eh? —dijo entre risas—. Permíteme que te recuerde que crié a seis niños.