Capítulo Treinta
DUNCAN
A la mañana siguiente, nos despertamos temprano y mi único plan era disfrutar un rato con Riley antes de ir a recoger a Jeremy. Ella cantaba en la ducha y, aunque no quería molestarla, irrumpí en el baño unos minutos después. No pude resistir la tentación de tenerla desnuda bajo el chorro de agua.
Abrí la puerta de la ducha, y ella gritó y se tambaleó con tanta fuerza que tuve que agarrarla de la cintura con ambas manos.
—¡Qué susto! ¡La próxima vez avísame! —protestó.
—Te avisé, pero estabas cantando. Y muy alto, por cierto.
—Vaya, no me había dado cuenta.
—No pasa nada, cariño. Me encanta que cantes en la ducha, pero no pude resistir la tentación de venir; no podía quedarme en la cama ni un minuto más.
—¿En serio? ¿Mi voz aguda te parece irresistible? Mientes fatal.
—Me refiero a que estabas aquí desnuda… y a que quizá necesitabas ayuda para enjabonarte la espalda.
—¿O mis pechos? —preguntó, mientras empezaba a frotarle los pezones.
—Cada parte de ti —dije, besándole la punta de la nariz.
—Está bien. Déjame devolverte el favor para que no pienses que me estoy aprovechando de ti.
Sonreí, disfrutando de la sensación de sus manos sobre mi piel.
Después de la ducha, tenía pensado tomar un café antes de salir, pero entonces vi un mensaje de mi madre:
Mamá: Jeremy se ha levantado con mucho malestar. Creo que ha pillado una gastroenteritis, está con vómitos y diarrea.
—¡Joder! —exclamé.
—¿Qué pasa? —preguntó Riley, llevándose la mano al estómago.
—Tenemos que cancelar la acampada.
—¿Qué ha pasado?
—Jeremy se ha puesto malo. Mi madre cree que tiene gastroenteritis.
—Oh, no, pobrecito —se lamentó, arrugando el entrecejo.
—Vamos a recogerlo y vemos cómo evoluciona —sugerí.
—Claro —asintió.
Se suponía que le iba a llevar unos dónuts para desayunar, pero fuimos directamente a casa de mi madre. Si había pillado un virus, ni de coña le daría bollería para comer.
Mi madre abrió la puerta y sonrió al vernos.
—Hola —dijo Riley—. Me alegro de volver a verte.
—Igualmente.
—¿Cómo está el pequeño? —pregunté.
—No está tan mal, pero no creo que esté en condiciones para ir de acampada. No es el sitio ideal cuando necesitas ir al baño a cada rato.
—Claro que no —asentí.
—Pero va a dar guerra, te lo aseguro.
Entramos y vimos a Jeremy acurrucado en el sofá con su peluche favorito y una almohada entre las rodillas. Parecía un poco pálido pero, en cuanto vio a Riley, se le iluminó la cara por completo.
Esto es increíble.
—Hola, Riley —saludó—. No te he visto en toda la semana.
—No sabes cuánto te he echado de menos —dijo ella, sentándose a su lado y abrazándolo. A Jeremy parecía importarle un rábano que yo estuviese allí.
—La nueva niñera no es tan guay como tú… Nadie es tan guay como tú. Estoy muy contento de ir de acampada.
Riley me miró y yo asentí.
—Jeremy, tu abuela dice que has estado vomitando y yendo mucho al baño —dije.
—Sí, pero ya me siento bien. —Pero entonces volvió a palidecer y dijo—: Oh, no, ¡tengo que vomitar otra vez! —gritó mientras corría hacia el baño.
—Voy con él —les dije a mi madre y a Riley.
Jeremy entró en el baño y cerró la puerta:
—No entres. Ya soy mayor.
—Vale. Me quedaré aquí fuera por si me necesitas.
Salió unos minutos más tarde. Se había lavado la cara, pero seguía pálido.
Me agaché para ponerme a su altura:
—Campeón, ¿no te parece mejor si pasamos el fin de semana tranquilos en casa? Ya iremos de acampada la próxima semana.
—No —dijo, poniendo morros.
—Imagínate tener que salir corriendo al servicio del camping cada vez que quieras vomitar o ir al baño. Sin contar que, además, no podrás comer nubes ni ninguna chuchería.
Literalmente pude ver cómo su determinación flaqueaba. Se encogió de hombros y las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo.
Riley llegó un momento después.
—Riley, ayúdame —suplicó Jeremy—. Papá me quiere convencer para no ir de acampada.
Ella se sentó en el suelo y le acarició suavemente la mejilla:
—Jeremy, no te encuentras bien.
—¡Pero quiero pasar el fin de semana contigo! —exclamó antes de abrazarla.
Ella lo rodeó con los brazos y lo abrazó con fuerza.
Ahora todo cobraba sentido. Mi hijo se había empecinado con el camping porque pensaba que era la única forma de estar con Riley.
Le puse una mano en la espalda y la miré fijamente a los ojos:
—Riley va a pasar el fin de semana con nosotros, aunque no vayamos de acampada. Nos quedaremos en casa, y si más tarde te encuentras un poco mejor, podemos bajar a la piscina.
Era una buena alternativa. Si se encontraba mal, al menos allí había un baño.
—¿En serio? ¿Riley se queda con nosotros? ¿Podemos hacer una maratón de pelis de Disney?
Me miró con una enorme sonrisa y Riley estaba a punto de descojonarse.
—¿Una maratón? —repetí. La simple idea me sonaba a un auténtico infierno.
—Hemos visto las películas clásicas de Disney —explicó ella—. Hoy en día, muchos niños ya no las conocen.
—Son geniales, papá. ¿Las has visto?
Sí, y eran más viejas que la tos. Como yo. Pero eso no significaba que quisiera volver a verlas.
—¿Podemos hacer una maratón, por favor? Porfi.
Sus ojos me suplicaban y Riley tenía una expresión comprensiva en el rostro, así que no me quedó alternativa.
—Claro. ¿Nos vamos a casa?
* * *
Para cuando llegamos al loft, pensé que quizá le apetecía hacer otra cosa, pero no tuve suerte.
Nos dirigimos a la sala de televisión, Riley bajó las persianas y Jeremy cogió el mando. Normalmente, hacíamos palomitas pero ese día la prioridad era que se mantuviera hidratado.
—Muy bien, ¿por cuál empezamos? ¿ La Cenicienta ? —sugirió Riley.
—No, empecemos con Blancanieves —respondió Jeremy.
De mal en peor.
—Muy bien, que sea Blancanieves —dijo Riley con una gran sonrisa, al igual que Jeremy.
Si eso los hacía felices, tendría que aguantarlo. Nos pasamos el día mirando una película tras otra.
Cuando Jeremy se quedó dormido, lo llevé a su habitación y volví con Riley.
Ella también se había quedado dormida. Yo fui el único en ver el final de El rey león , y tenía que reconocer que no recordaba nada y que, al final, no había estado tan mal.
Riley ni siquiera se movió cuando la cogí en brazos y la llevé a la cama.
Al día siguiente, Jeremy seguía igual. Al menos podía beber agua sin vomitar, pero la comida le costaba muchísimo.
Había conseguido comer unas tostadas para desayunar y, en un arrebato de optimismo, le di un poco del chili de pavo que había sobrado a la hora de la comida.
Le sentó fatal . Huelga decir que el resto del día lo pasó a pan y agua.
A medida que avanzaba la tarde, nos metimos en otra maratón de Disney.
A las cinco en punto, el teléfono de Riley sonó, pero ella lo silenció. Tenía la cabeza de Jeremy en su regazo.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté.
—El recordatorio del evento del trabajo.
—Ah, sí, lo siento. Se me había olvidado por completo —dije—. Te pido un Uber.
—No voy a ir —negó con la cabeza.
Fruncí el ceño y pausé la película. Jeremy estaba durmiendo y le hice un gesto con la cabeza para que saliera de la habitación.
Después de salir de puntillas, cerré la puerta y le pregunté:
—¿Qué quieres decir con que no vas a ir?
—Jeremy está malito y no quiero dejarlo solo.
Me derretía con cada cosa que decía, pero esa responsabilidad no le correspondía.
—Riley, yo me quedo con él.
—Pero a él le gusta que yo esté aquí.
A los dos nos encantaba tenerla en casa. Había estado tan absorto en disfrutar de esas últimas horas que ni siquiera recordaba que ella tenía planes. Jeremy la necesitaba… y yo también, pero ella tenía que hacer su vida.
—Ya lo hemos hablado, Riley. Es una gran oportunidad para ti y no quiero que te pierdas tu primer evento laboral.
—Seguro que habrá más —dijo con un ademán, para restarle importancia.
—Riley… Lo digo en serio, ve.
Se mordió el labio y respondió:
—Pero si se despierta y no me ve, puede que se disguste.
—Podríamos despertarlo ahora y explicárselo.
—Ni hablar —negó con la cabeza—. Está agotado y necesita recuperarse.
Me acerqué, le di un beso en la frente y en la comisura de los labios.
—Se lo diré cuando despierte. Si quieres, puedes hablar más tarde por teléfono con él.
—Vale, acepto el trato. Pero, sinceramente, preferiría no ir.
—Riley, no puedes faltar al trabajo cada vez que se ponga malo.
Los niños se enferman muy a menudo. De hecho, es increíble que no haya pillado ningún virus en los últimos meses.
Has tenido suerte, pero que sepas qué habrá ocasiones en las que él estará enfermo y tú tendrás que atender a un cliente o estarás haciendo cualquier otra cosa.
—Vale —dijo con desánimo— Pero tenía muchas ganas de pasar todo el tiempo posible con él, sobre todo porque el fin de semana que viene voy a visitar a mi madre.
—Habrá muchos fines de semana. Yo me encargo de todo —le prometí—. Ve y disfruta del evento. ¿Tienes tiempo suficiente para ir a tu casa a cambiarte?
—Sí, voy sobrada. Puse el recordatorio dos horas antes por si nos íbamos de acampada.
Ella dudaba, pero yo asentí para animarla. Ese evento era importante y quería que lo disfrutara.
—Vale, entonces me voy.
—Antes de que te vayas…
La atraje hacia mí y fundí mis labios con los suyos.
No había tenido muchas oportunidades de besarla, a pesar de que llevábamos juntos las últimas cuarenta y ocho horas.
Y aunque había disfrutado de esa cercanía y de nuestro tiempo como familia, la deseaba desesperadamente.
Cuanto más la abrazaba, más la necesitaba.
La besé hasta que gimió, y di un paso atrás.
—¿Por qué te has detenido? —preguntó.
—Porque tienes que irte y no quiero retenerte más.
—No me importa llegar tarde… diré que tuve un “percance erótico”.
—No —gruñí—. Vete ahora, antes de que cambie de opinión y no te deje salir por esa puerta.
Me guiñó un ojo, se puso los zapatos, y colgó su bolso al hombro:
—Después del evento, me voy a mi casa, ¿vale?
Sentí un puñetazo en el estómago. Esos dos días juntos había sentido que éramos una familia. No me gustaba que se fuera. Algo tenía que cambiar.
—Claro —asentí—. Te llamaré cuando Jeremy se despierte.