Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Veintinueve #2
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Capítulo Veintinueve #2

Me besó en la frente mientras me acariciaba la espalda. Me humedecí los labios, meciendo las caderas hacia delante y hacia atrás, hasta que él soltó un gemido.

¡Ups! No me había percatado de que me había frotado sobre su polla, que, lógicamente, ya se le había puesto dura.

Me aparté lo justo para deslizar una mano entre mi cuerpo y su cremallera, y dije:

—Vamos a liberarla. No quiero que se enfade por quedar atrapada ahí dentro.

—Pues vamos a hacerla feliz.

Su voz había cambiado. Era grave y gutural, y fue en ese preciso momento cuando confirmé que quería pasar el resto de mi vida con él.

Sonrió mientras le desabrochaba el botón de los vaqueros. Me dio una palmadita en el trasero para indicarme que necesitaba que me quitara de encima, porque de lo contrario no podría bajarse los pantalones.

—Así está mejor —murmuré al bajarle los calzoncillos.

Me sorprendía que se excitara tan rápido… pero a mí me pasaba lo mismo.

Se acarició la polla y sentí tanto calor entre los muslos que contuve el aliento.

—Estás mojada, ¿verdad? —preguntó Duncan.

Asentí y me mordí el labio inferior. Volvió a sonreír y empezó a tirar de mi falda, sin éxito. Era tan ajustada que no le quedó más opción que subirla y dejar mi culo al descubierto.

—Joder, ¿vas así a la oficina? —dijo, apretándome las nalgas.

—Tengo que llevar tanga, si no se me marcarían las bragas.

—Solo de pensar que llevas esto, me vuelve loco.

—¿Prefieres que no lleve nada? —le provoqué.

Me mordisqueó suavemente el cuello en respuesta y todo mi cuerpo se puso en alerta máxima. Me dolían los pezones, presionados contra el sujetador.

No dejé de besarlo mientras intentaba, torpemente, quitarme la falda, pero era imposible, así que solté un resoplido de frustración.

—Yo te desnudaré, preciosa. No te preocupes. Ponte de pie.

Me bajé de su regazo, con la maldita falda subida hasta la cintura. Duncan la volvió a colocar en su posición original, y acto seguido, bajó la cremallera y dejó que cayera por mis muslos.

Ya sin falda, se sentó en el borde del sofá y me indicó que abriera bien las piernas.

Contuve el aliento, mirando hacia abajo.

Desabrochó la parte superior de mi blusa muy lentamente, abriendo botón por botón y besando la piel que quedaba al descubierto.

Era una auténtica tortura y me terminó de encender por completo. Eché la cabeza hacia atrás, gimiendo.

Cuando terminó de desabrochar todos los botones, sacudí los hombros y la blusa se deslizó por mis brazos.

—Este sujetador… ¡joder! —exclamó.

Tenía cierre delantero y lo desabrochó rápidamente. Quería provocarlo y decirle que dejaría de llevar sujetador a la oficina, cosa que en realidad jamás haría, solo para ver su reacción.

Pero no tuve oportunidad… Duncan se llevó un pezón a la boca, empezó a estimularme con su lengua y me frotó la entrepierna por encima del tanga.

Estaba perdida. Me temblaban tanto los muslos que apoyé ambas palmas en sus hombros para no caerme.

—¡Duncan! —exclamé, clavándole las uñas en la piel.

—Joder, me encanta cómo respondes a mis caricias. Y que te excites así de rápido.

—Ni yo me lo creo. Pero llevaba toda la semana soñando con esto.

—Cuando estás en la oficina, ¿te imaginas follando conmigo?

—Sí —confesé.

No lo sabía, pero ahora que lo había dicho, no podía negar que era cierto.

Metió la mano dentro de mi tanga y mis piernas me fallaron por completo.

Sentir sus dedos contra mi piel desnuda me hizo perder el equilibrio, pero Duncan me sujetó; tenía las piernas bien separadas para poder tocarme a su antojo y sin dejar de acariciarme de arriba abajo.

Me excité tanto que empapé la tela por completo.

Apartó la boca de mis pechos para besarme el cuello, la mandíbula y luego la boca; y sin previo aviso, me introdujo dos dedos. Casi me corro en ese mismo instante.

Me estremecí antes de inclinarme hacia adelante y apoyar la frente en su hombro. Dunca intensificó el ritmo de sus dedos, deslizándolos dentro y fuera, rozando mi clítoris con la palma de la mano en cada embestida. Agarré su polla para bombearla al mismo ritmo.

—Joder, cariño —gruñó.

—Te quiero. Te necesito.

—Bésame —dijo, agarrándome del pelo para que me incorporara.

Me besó con ferocidad y perdí todo el sentido. Solté su polla y me aferré a sus bíceps con todas mis fuerzas mientras Duncan seguía estimulando mi punto sensible, llevándome completamente al límite. Cuando el clímax me arrasó, me cogió por el trasero y me atrajo hacia él.

En cuanto frotó la punta de su polla contra mi clítoris, volví a explotar. No sabía si se trataba de un nuevo orgasmo o si aún estaba cabalgando la ola del anterior, pero no me importaba. Mi placer le pertenecía por completo.

Duncan me levantó en sus brazos y empezó a caminar por el apartamento. Pensé que iríamos al dormitorio, pero me llevó a la mesa del comedor y me colocó justo en el borde.

—¿El dormitorio queda muy lejos? —bromeé.

—Llevo tiempo queriendo follarte en esta mesa.

—Bueno, pues… nada como el presente para hacer realidad tus sueños.

—Mira qué descarada estás hoy —sonrió con aire chulesco.

—Así es —admití.

Tras dos orgasmos, o un orgasmo larguísimo, mi descaro no tenía límites. Duncan seguía provocándome, frotando su miembro contra mi pubis.

—Me encanta sentir tu piel.

—A mí también —dije.

Acto seguido, me penetró hasta el fondo. Acababa de tener un clímax increíble y todo mi cuerpo sucumbió a las sensaciones. ¿Cómo era posible? Se retiró centímetro a centímetro y volvió a embestirme con más fuerza que antes.

—Nunca me cansaré de esto —dijo—. De verte, de besarte, de hacerte mía.

Lo deseaba desesperadamente. Quería moverme pero no podía en aquella mesa, y de alguna manera él parecía intuir mis necesidades. Una vez más, me levantó para trasladarme al sofá, y me colocó en el borde del reposabrazos. Me agarré a él con todas mis fuerzas.

—¿Puedes mantenerte así? —preguntó.

—Sí.

Estaba tan desesperada que habría hecho cualquier cosa. Además, el amplio reposabrazos era muy cómodo e ideal para lo que estábamos haciendo.

Mecí las caderas al ritmo de sus embestidas. Su cuerpo musculoso no dejaba de sorprenderme; cada vez que teníamos intimidad me sorprendía su atractivo sexual como si fuese la primera vez.

Sentirlo dentro era de otro mundo. Ya me había llevado a un orgasmo arrollador, pero lo disfrutaba más cuando me penetraba… era mucho más intenso.

—Joder, necesito cambiar de posición —se quejó, y se detuvo.

—¡No! ¡No pares!

Intenté mover las caderas de delante hacia atrás, pero fue en vano.

—Este no es el mejor sitio.

Realmente no me importaba dónde fuéramos, estaría feliz tumbada en el suelo. Lo único que necesitaba era que volviera a penetrarme. Me desplazó hacia el centro del sofá y me ordenó que me tumbara.

—Con mucho gusto —asentí.

Bastó con una sola embestida para alcanzar un nuevo clímax.

El ángulo era sublime; nunca lo había sentido tan profundo.

Me follaba de forma frenética, a conciencia, llenándome por completo.

Me rozó el clítoris suavemente con el pulgar, pero fue suficiente para hacerme estremecer al tiempo que aumentaba el ritmo de sus acometidas.

De repente sentí frío y, un momento después, un calor extremo.

Duncan me agarró un tobillo y cerró sus dedos como si fueran esposas, colocándolo sobre su hombro, volviendo a cambiar de posición.

Nunca me había sentido tan unida a él. Nuestra conexión era palpable.

Luego me levantó la otra pierna y, cuando volvió a acariciarme el clítoris con el pulgar, perdí el sentido por completo.

No sabía ni dónde estaba, solo era consciente del placer exquisito que sacudía mi cuerpo.

Se originó en mi centro, pero se apoderó completamente de mí.

Él también estaba llegando al orgasmo, gruñendo mi nombre, besándome los tobillos y penetrándome con ferocidad.

Cuando mi cuerpo se calmó, redujo el ritmo, y bajó la mirada con el pulgar aún en mi entrepierna.

Se detuvo y me sonrió:

—Eres mi mundo entero, Riley. Lo eres todo.

Tragué saliva con dificultad. La emoción me oprimía la garganta y no conseguí responder ni una palabra… solo levantar la cabeza y besarlo.