Capítulo Veintinueve
RILEY
El primer día en mi nuevo trabajo fue aún más demoledor de lo que había previsto. Me presenté a las ocho de la mañana y me fui a las nueve de la noche. Lo mismo ocurrió el martes y el miércoles.
Aunque me encantaba el trabajo y poder poner en práctica mis conocimientos, sentía un dolor constante en el pecho. No dejaba de pensar en Jeremy, imaginando qué estaría haciendo en cada momento. Estaba celosa de esa nueva niñera. Sí, celosa.
El jueves se me derritió el corazón cuando Duncan me envió una foto de los dos. Había salido temprano de la oficina y se habían ido a cenar.
Sentía un dolor físico, literalmente, como si tuviera una coraza alrededor del corazón. Mierda. Quizás mejore con el tiempo.
Le respondí al instante:
Riley: Ojalá estuviera allí con vosotros.
Duncan: Estaremos juntos el fin de semana. Piensa en tu trabajo.
Y así fue.
Duncan cumplió su promesa y me recogió todas las tardes. Sabía que no podría hacerlo siempre —tenía que dejar a Jeremy con su madre para venir a recogerme y llevarme a mi casa— pero iba a disfrutarlo mientras durara.
El viernes por la noche, por fin sentí que volvía a respirar. Pasaríamos la noche en su loft ; Jeremy se quedaría con su abuela y al día siguiente lo recogeríamos para ir de acampada otra vez.
Duncan me estaba esperando a una manzana de la entrada de mi oficina, el único sitio donde se podía aparcar. Sonreía de oreja a oreja y casi perdí la compostura mientras caminaba hacia el coche.
Le rodeé el cuello con los brazos y él me rodeó la cintura con los suyos. No me importaba si alguien del trabajo me veía. Mi jornada había terminado.
—Menos mal que es viernes —bufé.
—Sí, y me voy a encargar de mimarte un montón todo el fin de semana.
Me había sugerido que durmiera en su casa las últimas noches, pero todavía no habíamos hablado con Jeremy sobre lo nuestro. Le resultaría tremendamente confuso verme allí por la mañana, así que decidimos esperar y contárselo ese fin de semana cuando fuéramos de acampada.
—Soy toda tuya para que hagas lo que quieras conmigo —dije antes de subir al coche. No paré de hablarle durante todo el trayecto—. Mis compañeros han quedado para tomar algo el domingo por la tarde.
—Es una buena forma de integrar a los nuevos.
—Los jefes también van a ir.
—Genial. Te vendrá bien para conocer a todo el mundo y hacer contactos.
—Ya, pero tendremos que volver un poco antes de nuestra acampada.
—No hay problema.
Esa vez estaríamos a solo media hora de distancia, y no sería un incordio.
Estaba tan cansada que me quité los zapatos empujándolos con el talón.
Al principio, me chocó ver cómo algunas compañeras se cambiaban los tacones cuando se sentaban en su escritorio, pero al cuarto día lo entendí perfectamente.
Llevar tacones altos todo el día era una tortura, incluso estando sentada.
Ya me veía a mí misma haciendo lo mismo en un futuro próximo.
Cuando llegamos al apartamento, sentí cómo me volvía el alma al cuerpo. Y, para coronar, olía de maravilla.
—¿Qué has cocinado?
—He preparado un estofado en la olla de cocción lenta —dijo—. Pensé que hoy preferirías cenar en casa.
—Has acertado —dije. No me apetecía nada salir a comer fuera.
Dejé los zapatos en un rincón y me dirigí directamente a la cocina, asomándome a la olla. Mi corazón dio un vuelco: había preparado chili de pavo y verduras.
Duncan me rodeó la cintura con los brazos y me atrajo hacia su pecho.
—¿Mi hermana se ha chivado? —pregunté.
—No, he hablado con tu madre.
—¿Qué? —pregunté, perpleja, mientras me giraba—. ¿Cuándo?
—Primero llamé a Paula para preguntarle cuál era tu comida favorita, pero no lo recordaba.
—No me sorprende —me reí—. Es mucho más pequeña que yo.
—El caso es que me dio el número de tu madre. Está feliz de que vayas a visitarla el próximo fin de semana.
—Dios mío, es verdad. Se me había olvidado decírtelo: Paula y yo iremos a verla. Hace años les prometí que con mi primer sueldo de abogada pasaríamos las tres juntas un fin de semana de spa . Y llegó la hora de hacerlo.
—Os lo pasaréis muy bien.
—Hace años, muchos años que no como chili —dije con una sonrisa de oreja a oreja.
—Es la primera vez que lo preparo, pero seguí la receta de tu madre, así que veamos si sabe tan bien como la recuerdas.
—¿No solo averiguaste cuál era mi plato favorito, sino que además seguiste su receta? —pregunté incrédula—. Estás a punto de convertirte en mi persona favorita del mundo.
Riendo, me besó por todo el cuello:
—Más me vale que lo sea.
No podía creer lo que estaba viviendo. Tenía el trabajo de mis sueños, y un hombre maravilloso había cocinado para mí y se desvivía por hacerme feliz.
Capturó mis labios y me besó lentamente. Presioné mi pelvis contra él y jadeé al notar que se le estaba poniendo dura.
—Riley —murmuró entre besos—, cuidado.
—¿O qué? ¿Me llevarás a la cama? Te adelanto que eso es justamente lo que quiero.
—Dejémoslo para después de cenar.
Ahora que lo mencionaba, me moría de hambre, así que le di un empujón cariñoso.
Duncan bajó la mirada y respiró hondo. Lo había excitado tanto que estuvo a punto de perder el control. Me encanta .
—Vale. El plato —recordé, dándome la vuelta justo a tiempo para ocultar mi sonrisa.
—He visto esa sonrisa —dijo, pellizcándome el trasero.
—No me estaba esforzando mucho por ocultarla.
El chili olía de maravilla y me transportó directamente a nuestra pequeña caravana. Usábamos la olla de cocción lenta porque era más fácil y económico que encender el fogón.
Estaba delicioso. No hacía falta ni que lo probara. La mezcla de especias era perfecta.
Un momento…
—¿Tenías todas las especias de la receta en la despensa?
—No, fui a comprar.
Me di la vuelta y le solté un “te quiero” sin pensar. Ya no podía ocultarlo y tampoco quería hacerlo. Y menos después de haberme preparado mi comida favorita. Duncan me hacía sentir especial y lo adoraba por encima de todo.
Dejó las copas de vino que había sacado del enorme armario y dijo:
—Madre mía, tenía pensado decírtelo después de la cena. Yo también te quiero… muchísimo.
Esa vez, me abalancé literalmente sobre él. Nadie nos veía y ya no tenía ningún motivo, ni uno solo, para contenerme.
Me besó con fuerza mientras me levantaba y me sentaba en la encimera.
Enredé mis dedos en su pelo, mordisqueándole los labios, y lo rodeé con mis piernas, colocando mis tobillos en la parte baja de su espalda.
—Joder. ¿Ves lo que me haces?
—Sí, y me encanta.
Había pasado de estar cachondo a duro como una roca casi al instante.
Duncan se aclaró la garganta y dijo:
—Primero comamos. Esta noche quiero follarte duro y que todos los vecinos escuchen tus gritos. Te hará falta mucha energía para eso.
—Bueno, puesto así, no puedo quitarte la razón.
Duncan se dispuso a abrir una botella de vino blanco, y aunque estaba al otro extremo de la cocina, me sentía más cerca de él que nunca.
Me había dicho que me quería .
Nos sentamos a la mesa y me resultaba extraño que Jeremy no estuviera allí.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—Echo de menos a Jeremy. Pienso en lo mucho que le gustaría estar aquí y esta comida.
—He hecho un montón de chili de pavo, y mañana le daré para probar. Dime si te gusta.
—Siempre lo como con cuchara —dije.
—Ahora entiendo por qué las habías cogido.
El chili estaba muy caliente, así que soplé antes de tomar una cucharada.
Cerré los ojos y la caravana apareció ante mí: el sofá color mostaza que por la noche también era mi cama.
La mesita con las esquinas astilladas. La risa de mi madre cuando me metía un bocado enorme a pesar de advertirme que estaba caliente.
—Me tomo como un cumplido que no digas nada.
Abrí los ojos.
—Qué sonrisa tan bonita tienes —dijo Duncan.
—Acabo de retroceder en el tiempo. Te ha quedado tal cual.
—Sonríe otra vez. Tu madre me ha pedido una foto.
—Se va a partir de risa cuando la vea.
Hice la misma tontería que cuando era niña: llenar la cuchara con tanta comida que era imposible llevársela a la boca. La sostuve junto a mi cara y sonreí.
Duncan se echó a reír y me hizo una foto:
—Vale, ya la he enviado.
Bebimos un poco de vino mientras comíamos; combinaba a la perfección. Cuando nuestras piernas se tocaron bajo la mesa, me enamoré aún más de él.
¿Podría soñar con tener esa vida? ¿Compartir la tarde después del trabajo y pasar tiempo con Duncan y Jeremy?
No quería hacerme demasiadas ilusiones, pero me resultaba imposible no hacerlo. Parecía que estaba al alcance de la mano.
Cuando terminé de comer y me acabé la copa de vino, me preguntó:
—¿Quieres que pasemos al sofá?
—Claro —respondí.
Volvió a llenar las copas y tomamos asiento. Puse los pies en el sofá, y Duncan colocó mis piernas en su regazo.
—¿Ves? Por eso necesitamos un sofá para ir de acampada.
Me reí:
—Duncan, no tenemos que volver a ir de camping si no quieres. Jeremy y yo estaremos igual de felices en un hotel, de verdad.
—No, la evidencia fotográfica del fin de semana pasado demuestra que vosotros dos os lo pasasteis en grande en esa pequeña y estrecha tienda de campaña.
Cogió su teléfono y me lo mostró.
Había una foto de Jeremy y de mí montando la tienda y otra desplegando las sillas. Y otra en la que jugábamos con la cremallera de la tienda. Se me llenó el corazón con los recuerdos compartidos.
—Os lo pasasteis muy bien.
No podía negarlo: nos reímos tanto que hasta nos dolía la cara.
—Lo echo tanto de menos.
—Joder, que digas esas cosas me hace quererte aún más.
Dejó el teléfono y me tiró de la pierna hasta quedar sentada sobre él. Me aferré a sus hombros como si me fuera la vida en ello.
—No puedo creer que te preocupes tanto por mi hijo.
—Claro que sí. Yo también lo adoro —dije—. Y esta semana lo he echado tanto de menos que hasta me dolía el pecho. No me quiero ni imaginar cómo será cuando tenga que viajar por trabajo y esas cosas.
—Tienes que seguir con tu carrera; nosotros te apoyaremos. Los dos —Me acarició la mejilla—. Estoy deseando contárselo mañana.
—Yo también —confesé.