Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Veintiocho
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Capítulo Veintiocho

DUNCAN

Montar una tienda de campaña no era tan fácil como parecía en YouTube.

—¡Nunca había visto una tienda tan grande! —exclamó Riley.

—¿En serio? —pregunté, levantando una ceja—. Y yo estaba indignado con el vendedor porque no tenían una más grande.

—Venga ya, si esta tiene varias habitaciones —comentó entre risas—. ¡Es increíble!

Riley era toda una experta y me indicó dónde iba cada cosa. Yo básicamente aporté la fuerza física y Jeremy se quedaba embobado con cada palabra que ella decía. Más que ayudar, estorbaba, de modo que le asigné pequeñas tareas para que se sintiera útil.

Menos mal que conseguimos montar la tienda. Por un momento, estuve a punto de rendirme y volver a San Diego. Pero ellos estaban tan felices que no tuve el valor de sugerirlo.

Mereció la pena el empeño. El camping estaba bien, y los baños y las duchas tenían buen aspecto.

—¿Qué tal si vamos haciendo la cena? —preguntó Riley.

—Buena idea.

No sabía de tiendas de campaña, pero se me daba bien encender el fuego y me llevó menos de cinco minutos.

Riley se acercó con un paquete de salchichas y miré a mi alrededor.

—¿Dónde está Jeremy? —pregunté.

—Recogiendo unas ramitas. No te preocupes, le he dicho que no se aleje mucho.

Seguí mirando a mi alrededor.

—¿Quieres que vaya a buscarlo? —preguntó en voz baja.

—No, tiene diez años y le has dicho que no se alejara. Tengo que aprender a darle un poco más de libertad.

—Gracias por organizar esto —dijo con una enorme sonrisa—. Hace años que quería venir a acampar aquí.

—Me encanta hacer esto por ti.

—Y por Jeremy —añadió.

Le guiñé un ojo y, aprovechando que Jeremy no estaba allí, me acerqué y le di un beso en la mejilla. Olía tan bien que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no hundir la nariz en su cuello y besarla por todas partes. Pero no quería meterme en camisas de once varas.

—Duncan… —murmuró.

—Unos segundos, nada más. No sabes las ganas que tengo de besarte.

Me incorporé a regañadientes y Riley me dedicó una sonrisa tímida. Entonces, empezó a buscar a Jeremy con la mirada.

—Oye, quiero comentarte algo que Jeremy me ha dicho hoy.

—Claro. Te escucho.

Y, justo cuando estaba a punto de hablar, Jeremy volvió corriendo hacia nosotros:

—Mira, papá. ¡He recogido un montón de ramitas! —De repente, se detuvo y su sonrisa se desvaneció—. Vaya, el fuego ya está encendido.

—Está bien. Vamos a necesitar todo eso que has traído para mantener el fuego encendido y para mañana.

—Vale —respondió, pero su voz carecía de entusiasmo.

—Jeremy, ¿hacemos unos s’mores ? —le preguntó Riley.

Joder, Riley era impresionante y sabía de forma instintiva cómo animar a mi hijo. Lo hacía feliz… Nos hacía felices a los dos. Era un sentimiento de alegría inexplicable, ¿cómo iba a dejarla marchar? No podía permitirlo.

—Oh, se me había olvidado —dijo Jeremy, metiendo la mano en el bolsillo y sacando unas flores arrugadas—. Las he cogido para ti.

—¡Me has traído amapolas! —exclamó Riley.

—Sí, tus favoritas.

—Gracias, Jeremy. —Cogió las flores y las llevó con cuidado al interior de la tienda.

Cuando volvió, preguntó:

—¿Hacemos una competición para ver quién hace las mejores nubes?

—¡Sí! —exclamó Jeremy.

No tenía ni la más mínima gana de participar en la competición, pero ella me fulminó con la mirada.

—Me apunto —tuve que decir, y Riley me guiñó un ojo.

Como era de esperar, fue la primera en terminar su s’more : empezó a comérselo cuando yo aún intentaba colocar la nube entre las galletas. Jeremy quedó en segundo lugar.

—Ten cuidado de no quemarte —le dije, apartándolo del fuego.

—Mmm… qué bueno está —comentó en cuanto dio un mordisco.

Rompí mi norma de no comer dulces antes de la cena, pero era viernes por la noche y estábamos de acampada. Tenía que ser un poco flexible.

El sándwich de nube estaba bastante bueno, pero como yo era más de cosas saladas, me comí dos salchichas.

Jeremy y Riley se comieron una cada uno.

Al ponerse el sol, empecé a apreciar la belleza de acampar, con el crepitar del fuego y el silencio que nos rodeaba.

La tienda más cercana estaba bastante lejos y pensaba aprovecharlo.

Una hora después de cenar, Jeremy se quedó frito.

Riley y yo nos quedamos fuera en las sillas de acampada, que tenían el respaldo reclinable.

Me había preguntado si valía la pena comprarlas, pero al ver a Riley recostarse para señalar al cielo y decir: “Qué bien se ven las estrellas”, supe que había merecido la pena.

—¿Qué pasa? —murmuró al darse cuenta de que la estaba mirando.

—Me gusta mirarte y verte feliz.

— Estoy feliz. Es la mejor noche de mi vida.

Joder, ¿en serio? Me iría de acampada con ella todas las noches.

Me senté a su lado, reclinando mi silla en la misma posición.

—¿Jeremy está dormido? —preguntó. Asentí, y dijo—: Entonces aprovechemos para hablar de lo de hoy.

—¿Qué ha pasado?

—Hubo una conversación delicada en la heladería. No sé por qué lo sacó a colación o qué pudo haberlo provocado, pero tienes que saberlo.

Le cogí la mano.

—Claro. ¿Qué pasa? —Riley dudó un momento. Entrelacé nuestros dedos y los apreté con fuerza—: Puedes contarme cualquier cosa.

—Mientras nos tomábamos el helado, Jeremy me preguntó si me gustaría ser su madre.

—¿Qué? —pregunté, quedándome de piedra—. ¿De verdad te dijo eso?

—Sí, fue muy tierno. Dijo que jugamos mucho y hacemos “cosas de mamá e hijo”. Yo… le dije que me encanta estar con él y que me divierto mucho, lo cual es totalmente cierto, y tú lo sabes. Pero no respondí a su pregunta.

Y, sin embargo, yo quería saberlo. ¿Riley quería asumir ese rol?

Se me hizo un nudo en la garganta. Nunca me había costado expresar lo que quería y necesitaba, pero no podía preguntárselo directamente. Si decía que no, no habría vuelta atrás.

—Voy a hablar con él, necesito saber de dónde ha sacado eso —dije—. No te preocupes por nada.

—Gracias.

Me incliné y rocé la punta de mi nariz contra su mejilla antes de bajar hacia su cuello. Acerqué mis labios a los suyos y luego me detuve.

—Duncan —me reprendió—, no podemos hacer esto aquí. ¿Y si Jeremy se despierta?

—Lo sé. —Estar en mitad de la naturaleza me disparaba los instintos más básicos y necesitaba estar con ella.

—Gracias por traernos aquí esta noche. Es justo la despedida que necesitaba antes de pasar todo el día encerrada en una oficina.

Sentí como si me hubiera caído un cubo de agua helada.

Así es. El lunes todo cambiará.

—¿Te hace ilusión? —pregunté.

—Sinceramente, sí.

Puse sus piernas sobre mi regazo y le acaricié.

—Qué buen masaje —comentó. Y, tras una breve pausa, añadió—: Llevo tanto tiempo luchando por sacarme la carrera que no puedo creer que por fin vaya a trabajar de abogada y ver el fruto de mis esfuerzos.

A ver… tendré que trabajar como una esclava; he visto fotos en Facebook de compañeros de la Universidad dando a entender que se quedan en la oficina hasta la noche, pero tengo muchas ganas de vivir todo eso.

Tragué saliva. Menos mal que no le pregunté qué pensaba de la pregunta de Jeremy. No era justo ponerla entre la espada y la pared: era joven, estaba empezando su carrera, y no podía asumir un compromiso tan grande con mi hijo.

Y, sin embargo, sabía que las cosas tenían que cambiar, de una forma u otra.

Moví la silla, cambiando el ángulo.

—Tenemos que comprar algún tipo de sofá de camping .

—¿Eso significa que quieres volver a ir de acampada?

—Por supuesto. A ti y a Jeremy os hace felices.

—Entonces, ¿eso significa que quieres seguir con lo nuestro?

Le puse la mano en la mandíbula, y le giré la cabeza para que nos miráramos cara a cara:

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—No lo sé. Pensé que quizá esto era… un viaje de despedida. Nunca hemos hablado de nosotros ni de lo que vamos a hacer cuando termine mi contrato.

—Te voy a decir lo que yo quiero y tú me dirás si estás de acuerdo. Tú triunfarás como abogada y trabajarás muchas horas. Yo iré a buscarte, te llenaré de mimos y cuidaré de ti. ¿Qué te parece?

—Me parece bien —murmuró ella.

—Bien. —Me removí en la silla—. Maldita sea, no sabes las ganas que tengo de tocarte.

—Te puedo dar un pequeño adelanto —dijo, levantándose y sentándose a horcajadas sobre mí.

Sonreí mientras acercaba mi boca a sus labios:

—Gracias.