Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Veintisiete
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Capítulo Veintisiete

RILEY

Las últimas semanas con Jeremy pasaron en un abrir y cerrar de ojos, y cuando llegó mi último día como niñera, me invadió una profunda melancolía.

—¿Cómo has dormido? —le pregunté a mi hermana que se estaba despertando.

Tras una larga conversación con mis amigas, acordamos que Paula sería su nueva compañera de piso y compartiríamos la habitación hasta que yo consiguiera un nuevo lugar para vivir. Estaba en plena búsqueda y tenía que admitir que el futuro parecía prometedor.

Incluso barajaba alquilar un apartamento de dos habitaciones, por si acaso Paula quisiera mudarse conmigo. Siendo realista, eso solo sería viable después de que ella se graduara y empezara a trabajar de lo suyo.

—Este colchón es sorprendentemente cómodo —dijo. Era hinchable, pero parecía una cama de verdad—. ¿Cómo es que ya te has duchado y estás vestida? Ni siquiera te he oído.

—Duermes como una marmota, hermana.

—Estás muy guapa —comentó tras un profundo bostezo.

—¿A que sí?

Llevaba un vestido blanco con tirantes de encaje y cuello barco.

—Te has arreglado un montón… ¿para impresionar al niño que cuidas? ¿O al padre? —Me guiñó un ojo y me sonrojé.

—Ya sabes que me gusta vestirme bien.

—Es verdad. Y si mi jefe se pareciera a Duncan Sterling, yo también haría un esfuerzo. Un momento, ¿no sueles cuidar de Jeremy por la tarde?

—Sí, pero hoy sale más temprano. De hecho, voy a recogerlo de su clase de hípica.

—Vaya. No sabía que los niños siguieran haciendo ese tipo de actividades extraescolares.

—Yo tampoco —me reí—, hasta que conocí a Jeremy.

Tenía preparada toda una tarde de actividades divertidas para hacer con él.

Mientras me maquillaba frente al pequeño espejo de mi dormitorio, recibí un mensaje de Duncan.

Duncan: Buenos días, guapísima. Resérvate la noche. Quiero llevaros a ti y a Jeremy a celebrar tu último día.

Solté un grito de felicidad.

—Hermana, ¡me has dado un susto de muerte! —protestó Paula.

Giré la pantalla del teléfono, aunque no podía verlo porque estaba al otro lado del dormitorio y dije:

—Duncan nos ha invitado a Jeremy y a mí a salir esta noche. ¿Ves? Menos mal que me he arreglado.

Sonrió tímidamente y miró la enorme mochila que había sacado de debajo de la cama. Quizás mi hermana tenía pensado ir de excursión, pero no quise preguntarle nada, no quería que sintiera que la estaba controlando.

—Seguro que te lo pasarás bien —dijo.

—Deséame suerte en mi último día, hermana.

* * *

Cuarenta minutos más tarde, Jeremy se acercaba a mí con una amplia sonrisa. La finca era increíble y me entraron ganas de montar a caballo. Comprobé que también ofrecían clases de hípica para adultos.

—¡Hoy he sido el mejor! —exclamó.

—Enhorabuena.

—Nunca había salido el primero.

—¿Hacéis competiciones? —pregunté.

—Bueno, entre nosotros.

—Qué bien.

No me había dado cuenta de que Jeremy tenía espíritu competitivo pero, pensándolo bien, nunca lo había visto interactuar con otros niños. Al recordar cómo Duncan y sus hermanos intentaban superarse unos a otros, era probable que Jeremy lo hubiese mamado en su propia familia.

Aún me quedaba mucho por aprender sobre él. Pero se me acababa el tiempo.

—¿Qué te parece si vamos a tomar un helado?

—Es el mejor día de mi vida —sonrió—. Primero gané la carrera, y ahora un helado. ¿Adónde vamos?

—A una heladería cerca de aquí.

Había pasado por su casa y había cogido sus juguetes favoritos, además de algunos puzles. A Jeremy le encantaba parlotear, pero a veces necesitaba mantener las manos ocupadas, y a los dos nos gustaban los puzles.

La heladería era tal y como salía en las fotos…

y los precios tan desorbitados como en internet.

Pensé que quizás se habían equivocado y habían añadido por error un uno delante de cada precio…

¿Cómo era posible que una bola de helado costara catorce dólares?

Pero, claro, era una heladería muy pija cerca de una escuela de hípica.

Poco a poco me sentía más a gusto en el mundo de Duncan y, por extensión, en el de Jeremy.

Dejé de ir a los supermercados económicos y frecuentaba la tienda de la urbanización.

Así que Jeremy pidió un Mickey Mouse, que costaba la friolera de veintisiete dólares, y yo una bola de chocolate.

Era lo máximo que me atrevía a gastar en ese sitio.

Nos sirvieron los helados y nos los devoramos.

Jeremy estaba tan emocionado que se lo comió todo en el tiempo que yo tardé en terminarme mi mísera ración.

—Estoy llenísimo —dijo, tocándose la barriga.

—Yo también —sonreí—. ¿Quieres ver lo que te he traído de casa?

—Claro —dijo, con un brillo especial en la mirada.

Saqué su peluche favorito, un pingüino, y lo apretó contra su pecho:

—Eres la mejor, Riley.

También saqué el puzle que tanto nos gustaba a los dos.

—¿Quieres ver quién lo hace más rápido y encaja más piezas? —pregunté.

—¡Sí!

Jeremy estaba concentradísimo mientras montábamos el rompecabezas y yo iba deliberadamente despacio; no quería ganar.

En un momento dado, Jeremy se detuvo.

—¿Estás bien? —pregunté preocupada—. ¿Te encuentras mal?

El puzle no era tan difícil y lo había hecho mil veces. Era imposible que no supiera cómo seguir.

Me miró un momento y de repente me soltó:

—Riley, ¿te gustaría ser madre algún día?

Me quedé de piedra sin saber si lo había oído bien, y balbuceé:

—Eh… bueno… me encantaría… pero…

—¿Te gustaría ser mi madre? —repitió, para que no me quedara ninguna duda.

Me enternecí por completo. Sonreí y le puse una mano en la espalda.

—Jeremy, cariño —empecé, y me contuve porque, al fin y al cabo, él no era mi hijo—, sabes que eso no puede ser… Tú ya tienes una madre.

—Lo sé. Pero está lejos, y tú juegas y haces cosas de mamá conmigo.

—Seguro que la señora Williams también lo hacía —dije, arrugando el entrecejo.

—No —negó con la cabeza—. Ella miraba cómo jugaba o, a veces, me enseñaba a hacer cosas, como los puzles, pero tenía que jugar yo solo. Pero tú eres joven y guapa, y me gustaría que fueras mi madre.

Sentí un nudo en la garganta:

—Me encanta estar contigo, Jeremy. Me lo paso genial.

—Cuando vayas al otro trabajo, ya no jugarás conmigo. Pero si fueras mi mamá, nos veríamos todos los días, ¿no?

—Estoy segura de que podemos organizarnos para seguir viéndonos y jugar juntos —le aseguré con una sonrisa. No lo decía para tranquilizarlo, de verdad quería mantener el contacto con él cuando empezara en el bufete.

Resoplé para mis adentros, al darme cuenta de que debería hablar de ese tema con Duncan antes de hacerle ninguna promesa a Jeremy. Pero el pequeño estaba empeñado.

—¿Pero te gustaría ser mi mamá? —insistió—. Si dices que sí, se lo puedo decir a papá.

Una vez más, su pregunta me pilló completamente por sorpresa.

—¿Cómo has dicho? —pregunté, alucinando.

—Creo que a papá le gustaría.

Dios mío. Duncan y yo teníamos que hablar urgentemente. Nunca en la vida me habría imaginado algo así. Y cualquier respuesta que le diera tendría sus repercusiones; si le decía que sí, se haría ilusiones; si le decía que no, le rompería el corazón.

La distracción era mi mejor arma.

—Te propongo algo: si terminas tu parte del puzle antes que yo, podrás elegir lo que quieras para almorzar —dije.

El truco funcionó y Jeremy se concentró inmediatamente en la mesa, ganándome por goleada legítimamente unos minutos más tarde. Acabamos comiendo pizza.

* * *

Por la tarde, Duncan pasó a buscarnos por el zoo. Se había empeñado en que fuéramos en Uber, aunque podría haber usado el coche que me había dado para desplazarme con Jeremy. Llegó con una enorme sonrisa en la cara.

—¡Papá, hoy ha sido un día genial! —exclamó Jeremy—. Riley es la mejor niñera del mundo. ¿Crees que puedes convencerla para que se quede y no vaya a su nuevo trabajo?

Me impresionó la habilidad de Jeremy para exponer sus argumentos.

A Duncan se le borró la sonrisa al instante:

—Ya lo hemos hablado, Jeremy.

¿De verdad? Quizá por eso había estado tan insistente esta mañana.

—¿Listos para seguir? —preguntó Duncan y Jeremy asintió—. Porque tengo una sorpresa para los dos —añadió, alternando la mirada entre su hijo y yo.

—¿En serio? —pregunté—. ¿Y qué es?

—He mirado el tiempo y hace una noche perfecta.

—¿Para qué?

—¡Para ir de acampada! —reveló con una sonrisa de oreja a oreja.

Me quedé boquiabierta.

—¡Sí, papá! —Jeremy empezó a saltar de alegría—. ¡Muchísimas gracias! Pensaba que nunca iríamos.

—Nos vamos ahora mismo —nos informó.

—Pero tengo que preparar la mochila —protesté, al borde del pánico.

—Ya me he encargado de eso —dijo, con un brillo en la mirada.

Me moría de ganas de abalanzarme sobre él y besarlo allí mismo, pero no podía ser.

—¿Qué quieres decir? Necesito ropa cómoda y…

—Paula ya te ha hecho la mochila, solo hay que meterla en el coche. Salí temprano de la oficina y preparé la de Jeremy.

Mi hermana es más lista de lo que pensaba. Ahora entendía qué hacía esa mochila debajo de su cama.

—Te quiero, papá —dijo Jeremy.

Me quedé atónita… y completamente embobada.

—Yo también te quiero, hijo. Vamos al coche. —Le abrió la puerta a Jeremy y le ayudó a subir. Luego se volvió hacia mí.

—¿Cuándo has hablado con mi hermana? —pregunté.

—Llevo un tiempo planeando todo esto con ella —me guiñó un ojo y me derretí por completo.

¿ Se puede ser más tierno?

—Pues ella no me comentó nada.

—Claro que no, era una sorpresa —dijo Duncan con expresión divertida.

Tenía tantas preguntas. ¿Cómo íbamos a comportarnos delante de Jeremy? ¿Aprovecharíamos para hablar con él? ¿Valía la pena hacerlo, teniendo en cuenta que el lunes empezaba mi nuevo trabajo? Quería comentarle lo que Jeremy me había dicho acerca de ser su madre; ojalá pudiésemos hablarlo esa noche.

Pasamos por mi casa para recoger mis cosas. No había nadie, pero Paula había dejado la mochila gris sobre mi cama. Duncan la metió en el maletero, junto a sus mochilas y la tienda de campaña.

Tenía que admitirlo, estaba nerviosísima.

—¿Nos vas a decir adónde vamos? —pregunté una vez que volvimos a subir al coche.

—Sí. Al camping Idyllwild , en el monte San Jacinto.

—¡Guau! Será toda una experiencia en la montaña —dije.

Jeremy estaba que se salía en el asiento trasero, y no pude evitar sonreír… parecíamos una familia. ¿Por eso Jeremy me había preguntado si quería ser su madre? Objetivamente, no había necesidad de que fuera de acampada con ellos; Duncan podía apañarse solo con su hijo.

Justo cuando estaba a punto de decir algo, Duncan me apretó los dedos, como si adivinara lo que estaba pensando. Me dedicó una de esas sonrisas irresistibles y me relajé al instante.

Estábamos yendo de acampada, nada más. No tenía por qué darle más vueltas.

—¿Has comprado comida? —pregunté.

—Sí. Tengo salchichas, hamburguesas, pan, bollería y carne para hacer a la brasa.

—¿Y nubes? ¿Para hacer s’mores ⁠ 1 ?

—Por supuesto —asintió—. ¿Qué tipo de acampada sería si no?

Sonreí. Era un padre estupendo.

Más que eso… era un gran hombre con mayúsculas.

El viaje duraría unas dos horas. Busqué información en mi teléfono y no paré de soltar datos sobre el sitio al que íbamos.

Una hora después, Jeremy se quedó dormido, y nos quedamos en silencio. Tenía el sueño ligero, y era probable que se despertara si empezábamos a hablar. Duncan me volvió a coger la mano, apretándome los dedos, y disfruté de su contacto.

Una hora más tarde, al entrar en el parque, Jeremy se despertó.

—¡Ya hemos llegado! —exclamó.

Sonreí de oreja a oreja. Se perfilaba como el mejor fin de semana de mi vida.

Jeremy me abrazó cuando nos bajamos del coche:

—Sé que a ti y a papá os gusta la niñera que empieza el lunes, pero tú eres la mejor.

Le di un beso en la frente e intenté no pensar en que otra persona ocuparía mi lugar en unos días.

1   Nota de la Traductora: Un s’more es un dulce tradicional típico de Estados Unidos, que consiste en montar un sándwich con galletas dulces, relleno de una nube y un trozo de chocolate, y que se asa sobre las brasas.