Capítulo Veintiséis #2
El cariño con que lo dijo me pilló por sorpresa. No conocía a nadie que hablara con tanta admiración de su exmarido.
—¿Cómo te sienta verlo en la tienda todos los días? —pregunté, y enseguida añadí—: Lo siento, mi pregunta ha estado totalmente fuera de lugar. No era mi intención entrometerme.
—No pasa nada, cariño. Me lo pregunta todo el mundo y la respuesta es sorprendentemente fácil: estamos viviendo la vida que siempre quisimos tener.
Cada uno a lo suyo, y sin mucha presión económica.
—Sus ojos se nublaron mientras miraba a la piscina—.
Pero no dejo de lamentar que mis hijos tuvieran que presenciar esas discusiones sin fin cuando eran tan pequeños.
—La crianza es muy dura.
—Estábamos desbordados —asintió—. Ninguno de los dos somos de California, y nuestros padres no podían echar una mano con los pequeños. Por eso insisto tanto en ayudar a mis hijos con los suyos.
—Me has hecho recordar a mi madre —dije, llevándome una mano al pecho.
—Jeremy me comentó que vive lejos de aquí, ¿verdad?
—Sí, y en cuanto empiece a trabajar en el bufete, me ocuparé de que a ella y a mi hermana no les falte de nada.
—Es verdad que tu hermana vive en San Diego —dijo, chasqueando los dedos.
—Sí —asentí—, está estudiando en la universidad.
—Pues tráelas a nuestras reuniones familiares cuando quieras —ofreció Susan, guiñándome un ojo.
—Oh, vaya. G-Gracias —balbuceé. Era un detalle precioso por su parte.
Pero me parecía demasiado… Duncan ya había hecho mucho por ayudar a Paula. El idiota de su exjefe no la había vuelto a molestar, pero sumarla a ese tipo de eventos o reuniones… me parecía excesivo. Aún no habíamos hablado del alcance de nuestra relación, y no tuve el valor de decírselo a Susan.
—Tengo que ponerme más crema solar —dije porque hacía un calor abrasador.
—Sí, yo también —asintió—. Siempre se me olvida y acabo toda roja.
Fui a buscar el bolso bajo la sombrilla y, después de ponerme la crema, miré el móvil para ver si tenía noticias de mi hermana.
Christine: Tenemos los resultados. ¡Hemos aprobado el examen de acceso a la abogacía! ¿Cómo te ha ido a ti?
Me quedé sin aliento y di un paso atrás. Menuda forma de soltármelo.
Temblaba mientras cambiaba el peso de un pie a otro y buscaba la página web de los resultados. Tenía que comprobarlo en ese mismo momento, y para colmo, Internet estaba extremadamente lento —muchos estudiantes debían estar intentando acceder a los resultados. Sí, debe ser eso.
Y cuando la página cargó… ¡había aprobado! Levanté el puño y empecé a saltar de alegría.
—¿Qué pasa? —preguntó Duncan.
El partido se había detenido. Hasta Jeremy me miraba.
—¡He aprobado el examen de acceso a la abogacía! ¡Acaban de publicar los resultados! —No me había dado cuenta de que, durante todos estos meses, en lo más profundo albergué el temor a suspender.
Hubo un coro de felicitaciones. Duncan me miraba con una gran sonrisa y articuló con los labios “Estoy muy orgulloso de ti”.
—¡Hagamos un descanso! —pidió Duncan, mientras salía del agua.
Jeremy fue el más rápido: se acercó corriendo y me rodeó la cintura con los brazos empapados.
—Eres la mejor, Riley —dijo mirándome a los ojos.
—Gracias, Jeremy.
Todos se acercaron y me dieron la enhorabuena.
—¿Cuánto dura el descanso? —pregunté.
—Dos minutos, más o menos. Tenemos que hidratarnos —dijo Wyatt.
—¿La cerveza cuenta como líquido? —preguntó Griffin.
Wyatt lo miró con una ceja levantada:
—Si quieres perder… adelante, sírvete.
Sonreí, alternando la mirada entre Wyatt y Griffin. Me gustaba esa dinámica entre ellos: Wyatt hacía de hermano serio cuando Griffin hacía el tonto.
—Vamos a tomar algo —dijo Knox, mientras se dirigían a las neveras que habían llevado.
Duncan miraba fijamente el resto de crema solar que me había quedado en el pecho sin frotar antes de enterarme del examen. Su mirada desprendía puro deseo y se aclaró la garganta:
—Riley, ¿me ayudas a traer unas toallas?
—Sí, claro —asentí con entusiasmo—. No tenemos suficientes para todos —expliqué, feliz de que se le hubiera ocurrido una excusa. Cada vez que me miraba así, estaba perdida.
Caminamos separados y, en cuanto doblamos la esquina y quedamos a salvo de las miradas, me atrajo hacia él.
—Enhorabuena —dijo.
Sonreí, apoyando las manos en sus hombros:
—Gracias. Estoy muy feliz… tenía miedo de no haber aprobado el examen.
Me puso los dedos debajo de la barbilla y me besó en la comisura de los labios.
—Estaba seguro de que aprobarías. Me alegro muchísimo por ti. Si hubiera sabido que hoy publicarían los resultados…
—¿Qué? —pregunté con curiosidad.
—No lo sé… pero seguro que no habría traído a toda mi familia aquí. Te habría llevado a algún sitio donde pudiésemos estar a solas y celebrarlo como es debido.
—Me lo estoy pasando muy bien —dije—. Me gusta estar con tu familia.
Me capturó la boca y me besó con desesperación. ¿Cómo era posible que me deseara de ese modo? ¿Y cómo me podía gustar tanto?
Me perdí en el beso y en el tacto de su piel fría bajo mis dedos. El contacto con su cuerpo me excitó, y al apretarme contra él, me di cuenta de que estaba teniendo una erección.
Qué maravilla.
Pero di un respingo y dije:
—No. —Señalé su bañador y, añadí—: Tienes que controlar eso.
Duncan echó la cabeza hacia atrás, riéndose:
—Pues es tarde, Riley. No puedo controlarme cuando estamos solos.
—Entonces volvamos con el grupo antes de que todos se den cuenta.
—Sí, tienes razón —dijo.
Volvimos a la piscina uno al lado del otro. Finn sonreía de oreja a oreja, Knox se reía y no entendía por qué Griffin nos miraba fijamente.
—¿Y las toallas? —preguntó con desgana.
Joder. Había olvidado por completo la excusa que habíamos puesto. Y lo peor era que ni siquiera habíamos cogido la llave para subir al piso.
—Están todas en la lavadora… o en la secadora —balbuceé.
—Riley —intervino Jeremy—, en mi baño hay toallas para la piscina.
Mierda.
—Es verdad, campeón, pero son muy pequeñas. Ya iré a por ellas cuando termine el ciclo de secado —explicó Duncan.
—Bueno —dijo Knox—, reanudemos el partido. Tenemos toda la tarde para ponerlos en un aprieto.
—¿Qué es un aprieto? —preguntó Jeremy sorprendido.
Duncan miró a su hermano con el entrecejo arrugado y Knox le guiñó un ojo:
—Esto va a ser más divertido de lo que pensaba.
* * *
Tal y como había predicho Finn, la piscina se llenó al poco rato… de mujeres. Hannah y yo intercambiamos una mirada y nos reímos.
—Les gusta tener público, ¿verdad? —pregunté.
En cuanto se dieron cuenta de que se había formado un grupo, la actitud de los hermanos cambió. Antes jugaban para ganar, y a partir de ese momento jugaron para presumir de músculos. Griffin, Knox y Finn eran los más evidentes, razón por la cual, perdieron estrepitosamente.
—¡Papá, tito Chase y el tito Wyatt han ganado! —declaró Jeremy con incredulidad.
—Hijo, lamento que te hayan decepcionado. Eso les pasa a tus tíos por no prestar atención —dijo Duncan, reprimiendo una risa mientras caminaba hacia el bordillo de la piscina.
Wyatt negaba con la cabeza y se reía.
Al equipo perdedor no parecía importarle lo más mínimo; me gustaba que no dejaran que el ego les arruinara la tarde.
Mientras los demás salían de la piscina, Jeremy bostezó. Había pasado mucho tiempo en el agua sin descansar y debía de estar agotado.
—Jeremy —empecé con cautela, pensando en cómo decírselo. Si le sugería dormir una siesta, lo tomaría mal—. ¿Quieres subir conmigo? Quiero coger un nuevo bote de crema solar.
Una vez dentro, le convencería para que se acostara un rato.
—Qué coincidencia —dijo Susan, poniéndose de pie—. Justo iba a hacer eso. Tú quédate aquí, Riley, y yo te la traeré.
—Subiré contigo, abuela —dijo Jeremy, envolviéndose en una toalla.
—Voy con vosotros —intervino Bruce—. Necesito descansar un rato del sol.
Mientras los tres se dirigían hacia la entrada, volví a sentarme.
—Mamá tiene un sexto sentido —dijo Griffin.
Knox sonrió con aire burlón:
—Sabe que nuestro buen comportamiento está a punto de terminar, y se ha llevado a Jeremy por su seguridad.
—Me has leído el pensamiento, hermano —dijo Finn.
—Con lo bien que nos hemos portado, nos merecemos un reconocimiento —dijo Griffin.
—Vaya, Duncan ha sido muy blando a la hora de describiros —dije en voz alta.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Knox, soltando una carcajada.
—Vuestro hermano dijo que erais unos prendas, pero eso no alcanza ni para empezar.
—Y aún no has visto nada —dijo Griffin.
Wyatt se rió y dijo:
—Por lo general, intento apoyar a Duncan y mantener a todos a raya, pero hoy no puedo prometer nada.
—Por fin te tenemos de nuestro lado —dijo Griffin—. Empezaba a pensar que querías formar parte del grupo de los hermanos mayores y aburridos.
—Qué golpe bajo, tío —soltó Wyatt echando la cabeza hacia atrás.
Hannah y yo empezamos a reírnos.
—Riley —empezó ella—, que sepas que llevo bastante tiempo con ellos y no consigo acostumbrarme a estas dinámicas.
Mi corazón empezó a latir a toda velocidad. ¿Debería acostumbrarme yo también a… todo esto? Duncan y yo no habíamos hablado de lo que pasaría una vez que ya no fuera la niñera de Jeremy.
—Bueno, Riley, queremos saberlo todo sobre ti —dijo Griffin con total naturalidad y el grupo se quedó en silencio.
Joder. No me había dado cuenta de que, sin Jeremy delante, vendrían a por mí.
—Claro —respondí—. Pero antes, ¿qué os apetece beber?
—Nosotros nos encargamos —dijo Knox.
—Es nuestro trabajo —añadió Finn—. Nosotros servimos las bebidas y tú hablas.