Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Veinticuatro
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Capítulo Veinticuatro

RILEY

Las siguientes semanas pasaron volando; el reloj no se detenía y se acercaba el día en el que ya no tendría que cuidar de Jeremy.

Pero estaba decidida a centrarme en lo positivo: disfrutaba mucho de las tardes con el niño y Duncan había dejado el listón tan alto que no sabía cómo iba a hacer para volver a estar con otro hombre.

Paula había encontrado un nuevo trabajo y parecía contenta. Por eso, cuando recibí una llamada suya el miércoles por la tarde, justo cuando salía a recoger a Jeremy del campamento de verano, supe que algo iba mal. Ella nunca me llamaba a mitad del día.

—Paula, ¿qué pasa?

Suspiró y dijo:

—Que no cunda el pánico.

—¡¿Qué pasa?! —repetí, con un nudo en el estómago.

—El cabrón de mi exjefe se ha vuelto loco. Me ha llamado para exigirme que vuelva a la gasolinera.

—¿Cómo dices? —Me pasé la mano por el pelo, maldiciendo entre dientes.

—Lo peor es que está viniendo hacia mi casa. No sé cómo ha conseguido mi dirección.

—¿Y qué quiere? —pregunté.

—Hablar. Sé que es un mal momento, pero me vendría bien que le plantaras cara como la última vez… con eso de que eres abogada, seguro que consigues intimidarlo.

—Voy para allá.

—Muchísimas gracias. —El alivio en su voz era palpable. Tras una breve pausa, preguntó—: Oye, ¿has hablado con mamá últimamente? No le has dicho nada, ¿verdad?

—No, Paula, no se lo he dicho, pero tú deberías contárselo. Ya sabes que se enterará tarde o temprano.

—Sí, lo sé —suspiró—. Estaba esperando a conseguir un trabajo nuevo y solucionar un par de cosas antes de contarle todo este lío. ¿Ella sabe lo de Duncan?

—Sabe que trabajo para él.

No sabe que estamos juntos; no quiero que me suelte el rollo de no mezclar trabajo con placer. Ya sé que está mal.

—Pero no el resto, ¿verdad? Te lo pregunto para no meter la pata —dijo Paula, lo cual agradecí.

Hablábamos con nuestra madre al menos una vez por semana y la manteníamos al margen de cualquier problema o preocupación.

Seguimos hablando sobre el cabrón de su exjefe y me arrepentí de no haber aceptado la oferta de Duncan de tomar las medidas necesarias para que ese tío no volviera a molestar a mi hermana. Claramente, no había hecho bien mi trabajo.

Después de colgar, recordé que tenía que recoger a Jeremy.

Maldita sea. Respira hondo.

Intenté serenarme antes de llamar a Duncan. Para mi alivio, contestó de inmediato.

—Hola, Duncan.

—Hola, Riley. ¿Pasa algo?

Maldita sea. Había detectado la preocupación en mi voz, pero no iba a ocultarlo. Ya teníamos demasiada confianza y sabía que Duncan querría saber lo que estaba pasando.

—Sí… —Me temblaba la voz—. Mi hermana tiene un problema, otra vez, con su antiguo jefe. Me ha pedido que vaya a su casa y me quede con ella. ¿Tú puedes recoger a Jeremy?

—¿Qué tipo de problema? —preguntó.

—La ha amenazado por teléfono y va camino a su casa.

—¡¿Pero qué coño?! Eso es acoso, ¡qué pedazo de cabrón! —bramó.

Me encantaba esa vena protectora de Duncan y que se indignara en nombre de mi hermana.

—Lo sé —intervine—. Por eso quiero estar allí.

—Yo también voy.

—¿Y Jeremy? —pregunté de golpe.

—Le pediré a uno de mis hermanos que lo recoja.

—Gracias, pero no hace falta. —Agradecía que se preocupara por Paula, pero tampoco quería arrastrarlo a ese marrón.

—No quiero que estéis solas con él. No me fío un pelo.

—Yo tampoco —admití—. Nos vemos allí, ¿vale?

—¿No quieres que vaya a recogerte?

—Llegaremos más rápido si vamos por separado.

—Vale.

Me sentía un poco culpable por hacerle salir del trabajo en plena jornada y porque otra persona tuviera que recoger a Jeremy. Pero no podía negar que me aliviaba poder contar con él.

Me apresuré a casa de mi hermana, optando por un Uber para ir más rápido.

Cuando llegué, el coche de Duncan ya estaba aparcado en su edificio.

Tenía que hablar con él sobre esa costumbre de ir a todo gas y saltándose los límites de velocidad.

De todos modos, no creía que llevara mucho rato allí; estaba de pie en el portal, con el teléfono en la mano.

—¡Duncan! —exclamé, corriendo hacia él.

—Estaba a punto de llamarte —dijo, levantando la vista del móvil. Tenía la boca tensa y el entrecejo arrugado.

—¿Va todo bien con Jeremy?

—Sí, Griffin se ha ocupado de recogerlo.

—Lo siento mucho…

—Riley, no tienes que disculparte por nada. Venga, vamos con tu hermana. Se me ha olvidado qué número es.

—El tres.

Pulsé el botón y, un segundo después, nos abrió la puerta. Entramos corriendo ,y mientras subíamos las escaleras, oímos voces provenientes de su piso.

¡Maldita sea! Quería llegar antes para enterarme de todo, pero ese desgraciado ya estaba allí.

Abrimos la puerta sin llamar.

—¡¿Qué demonios hacéis vosotros aquí?! —gritó el hombre con agresividad pasmosa, al igual que la última vez.

—¡¿Qué haces tú aquí?! —rugió Duncan—. Te advertí que te mantuvieras alejado de Paula.

—No tienes ningún derecho a presentarte en su casa y exigir que vuelva a trabajar después de haberla despedido —le espeté con la mayor frialdad posible.

—No me vengas con chorradas: te he investigado y me he enterado de que no eres abogada colegiada. Los dos sois un par de mentirosos —dijo, mirándonos de arriba abajo a Duncan y a mí.

—¿Y a ti que te importa? Este mes me colegiaré.

No entendía cómo podía estar tan serena, pero sospechaba que tenía mucho que ver con el pedazo de hombre que tenía a mi lado. Siempre había sido una mujer fuerte y sin pelos en la lengua, pero Duncan me hacía sentir una seguridad que nunca antes había experimentado.

—Y aunque a Riley le falta un mes para empezar a ejercer, yo tengo un bufete de abogados de primer nivel a mi entera disposición.

—¿En serio? —preguntó aquel desgraciado con una sonrisa burlona—. Anda, ¿y quién coño te crees que eres?

—Duncan Sterling.

El tipo abrió los ojos como platos. Sterling Investments era una compañía gigante y hasta la escoria como él tenía que haber oído hablar de la empresa.

—¡Y una mierda! —espetó con incredulidad—. Eso no te lo crees ni tú.

Duncan se le acercó para decirle:

—Lárgate de aquí ahora mismo o te va a caer una demanda monumental.

—¿Ah sí? ¿Demandarme por qué?

—Por un montón de motivos —dije—. Lo primero, acoso laboral. Y ya tiene dos testigos —añadí señalando a Duncan y a mí.

—Además de por no garantizar la seguridad laboral —agregó Duncan con los dientes apretados—. Y la lista sigue.

Paula no dijo nada. Se limitó a cruzarse de brazos y dar golpecitos con el pie.

—Esto no se va a quedar así —dijo el hombre.

—No hay nada más que hablar —zanjó Duncan—. ¡Lárgate de una puta vez!

Duncan dio un paso al frente y el tipo dio un respingo. Se me subió el corazón a la garganta; no quería que llegaran a las manos, ya que eso jugaría en nuestra contra.

Finalmente, el hombre salió del piso dando un portazo y exhalé un suspiro de alivio.

—¿Estás bien? —pregunté al ver que Paula estaba temblando.

—Sí, menos mal que se ha ido —respondió, y nos abrazamos.

—¿Qué demonios quería? —preguntó Duncan en tono áspero. Sacudió los hombros y negó con la cabeza, como si necesitara expulsar la adrenalina de su cuerpo.

—Dijo que no conseguía trabajadores que se quedaran en la gasolinera y que yo había sido la empleada que más había durado.

Fue tan encantador por teléfono y me endulzó el oído al punto que casi me convence.

Pero cuando le pregunté si podía reparar las cámaras, se volvió completamente loco y vino hasta aquí.

—Sabes que no puedes seguir viviendo en este piso ni un segundo más —dijo Duncan—. No hay discusión que valga.

Mi hermana lo miró y luego se volvió hacia mí:

—Tienes razón; debería mudarme.

¿Será posible? La de veces que le rogué a mi hermana que cambiara de casa y Duncan la ha convencido con una sola frase. Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

—No creo que mi exjefe vuelva a aparecer por aquí —dijo Paula—, pero tampoco quiero correr el riesgo.

—Además, el barrio es muy chungo —agregó Duncan con voz severa—. La gente no tiene buena pinta.

—Sí, lo sé —asintió.

—¿Qué tal si te mudas a mi casa hoy mismo? Puedo ayudarte a hacer las maletas. —me apresuré a decir antes de que cambiara de parecer.

—Claro —dijo Paula entre risas—. Tampoco es que tenga muchas cosas aquí y el contrato de alquiler vence la semana que viene.

Eso me sorprendió. ¿Quizá había escuchado mis súplicas después de todo?

—No te preocupes por el contrato, yo me encargaré —intervino Duncan con ese tono de mando que tanto me gustaba.

En realidad no había mucho que hacer; todas sus pertenencias cabían en una sola maleta y todos los muebles pertenecían al piso, porque ya venía amueblado.

Menos de una hora después, íbamos de camino a casa. Aunque sabía que mis amigas no se sorprenderían, les envié un mensaje para ponerlas al corriente. Ya les había comentado con anterioridad la posibilidad de que Paula se mudara conmigo de forma provisional y se habían mostrado muy comprensivas.

Cuando llegamos, Duncan sacó su maleta del coche y la llevó dentro de la casa. Se había remangado hasta los codos y sus brazos tenían un aspecto irresistible.

—¿Quieres comer algo? —le pregunté a Paula una vez en casa.

—Sí… la verdad es que me muero de hambre. Apenas desayuné y no pude almorzar.

—Te prepararé algo rápido —ofrecí, y caminé a la cocina.

No quería que mi hermana se preocupara por mí, pero necesitaba un momento a solas para bajar la adrenalina y tranquilizarme después de todo lo acontecido.

* * *

DUNCAN

—Muchas gracias por todo lo que has hecho —me dijo Paula, antes de sentarse en la cama de Riley.

—No hay de qué. Cuenta conmigo para lo que sea.

—Te pareces a mi hermana, no me extraña que hayáis congeniado —comentó con una sonrisa—. A mí también me caes muy bien, Duncan.

—Pues que sepas que no soy tan bueno como crees —dije, guiñándole un ojo—. Solo quería sumar puntos con tu hermana.

Paula se rio y me alivió verla tan relajada.

—No me lo creo. Creo que eres mejor persona de lo que tú mismo piensas.

—Mi familia es mi prioridad y siempre estoy para lo que haga falta. —Quería transmitirle lo importantes que eran Riley y ella para mí—. Tu hermana está muy contenta de que te hayas venido aquí. Va a estar mucho más tranquila.

—Sí, debería haberlo hecho cuando me lo sugirió por primera vez, pero no se lo digas. —Sonrió y añadió—: No quiero el sermón de “te lo dije” y que se ponga en plan hermana mayor.

Su comentario me hizo reír. Las dos eran mujeres independientes y autosuficientes.

—Voy a ver cómo está.

—Iba a decir lo mismo —dijo Paula—. Le ha plantado cara a mi exjefe, pero la conozco… le cuesta muchísimo hacerse la dura.

—Lo sé.

—Vaya, veo que la conoces mejor de lo que pensaba —comentó con evidente sorpresa—. Mi hermana no podía tener a nadie mejor a su lado.

Su observación me alegró el día.

Salí de la habitación y me dirigí a la cocina. Riley estaba colocando pan tostado, queso y jamón en un plato, y le temblaban ligeramente las manos. Me acerqué sin decir nada y le rodeé la cintura con un brazo.

—Tranquila, estoy aquí para lo que necesites —le susurré al oído.

Se dio la vuelta, hundió la cara en mi pecho y sentí cómo todo su cuerpo se relajaba. Le masajeé la nuca suavemente.

—Gracias —murmuró—. Por tu apoyo y por convencer a mi hermana para que se viniera aquí.

—No tuve que hacer mucho, la verdad —dije—. Ella accedió enseguida.

Riley me miró con una sonrisa, pero tenía los ojos empañados. ¿Había estado llorando?

—Lógico. Cuando pones esa voz tan irresistible… Puede que tu atractivo te haya jugado a tu favor. —No tenía mucho sentido lo que estaba diciendo, pero no la interrumpí—. Pero me has ayudado muchísimo.

—De nada, Riley.

—Mira… otra vez con ese tono. ¡Qué efectivo es!

—Oye, quiero aclarar que lo que dije con respecto a los abogados que tenemos en Sterling Investments es verdad: tenemos a los mejores profesionales a nuestra disposición y puedo pedirles que se encarguen de él antes de que se convierta en un problema mayor.

—Pero, ¿eso no sería extralimitarse? —preguntó, mordiéndose el interior de la mejilla—. ¿Le puedes asignar un caso personal?

—Sí, y haría cualquier cosa por ti. Nuestros abogados se ocupan tanto de la empresa como de la familia.

Su mirada se suavizó. Murmuró “la familia” y volvió a sonreír.

—Vale —dijo mucho más relajada que antes—. Si no es mucha molestia, aceptaré tu oferta.

—No es ninguna molestia. Haría cualquier cosa por ayudarte a ti y a Paula. No dudes en pedirme ayuda para lo que sea, por favor.

—¿Estás seguro de lo que estás diciendo? —preguntó con una sonrisa irónica.

—Por supuesto. Sé que las dos sois muy capaces, pero yo puedo haceros la vida más fácil. —Tenía dinero, influencia y muchísimos recursos a mi entera disposición—. Te propongo algo: ¿por qué no te quedas con tu hermana y más tarde paso a buscarte, y así me encargo yo de cuidar de ti?

—Puede que Paula me necesite todo el día.

Negué con la cabeza:

—Creo que le gustará saber que tú también tienes a alguien que se preocupa por ti.

Riley se acercó para acariciarme la mejilla. Acto seguido, deslizó la mano por mi hombro, bajando hasta mi pecho.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté.

—Comprobando que eres real. Que de verdad estás aquí, diciendo esas cosas tan bonitas.

—Aún no has visto nada, Riley. Ya verás.

Le acaricié la mejilla y su respiración se agitó. Me encantaba tener ese efecto en ella: que, pasara lo que pasara, siempre podía acelerarle el pulso.

Me incliné y le di un beso en el cuello antes de decir:

—Vamos con tu hermana.

Pasamos toda la tarde juntos e hicimos varias llamadas a mis abogados.

No quería perder ni un minuto. Paula nos proporcionó toda la información que tenía sobre el hombre en cuestión.

El abogado aconsejó que empezáramos con un toque de atención para darle un buen susto, y si no funcionaba, proceder con una orden de alejamiento.

Ya había tratado con canallas como él en el pasado y una simple demostración de poder solía ser suficiente para achantarle.