Capítulo Veintitrés
DUNCAN
Podría ponerle el mundo a sus pies si ella quisiera, descubrir otros países a su lado y llevarla a cualquier lugar que deseara.
—¿En qué estás pensando? —preguntó.
—En demasiadas cosas —dije, acercándome—. Pero no quiero asustarte.
—Lo dudo —replicó, con el ceño fruncido.
Puse mi mano sobre la mesa con la palma hacia arriba y ella, inmediatamente, me cubrió con la suya.
—Si hasta yo tengo miedo a veces.
Riley contuvo el aliento antes de preguntar:
—¿De qué?
—Nunca antes había sentido algo así… por nadie. Ni siquiera con Shona, la madre de Jeremy. Contigo todo es nuevo.
—¿En qué sentido?
—Por ejemplo, nunca me había costado tanto controlar mis impulsos.
—Bueno… por lo general, los impulsos son difíciles de reprimir —dijo, encogiéndose de hombros.
—Pues yo me jactaba de tener un control absoluto sobre mí mismo, pero contigo no funciona.
—¿Y eso es algo negativo?
—Para nada.
Deslicé el pulgar por su palma hasta su muñeca y ella tomó aire profundamente.
—Riley… —dije en voz baja.
—¿Sí?
—¿Qué te parece si nos tomamos la última en casa?
—¡Gracias a Dios! Pensaba que nunca lo ibas a decir.
Bien. Estábamos en total sintonía y deseando estar a solas. No quería ninguna distracción: ni la comida, ni el camarero, ni las vistas. Quería que Riley se centrara en mí y solo en mí.
Tras pagar a toda prisa la cuenta —había dejado mi tarjeta de crédito en recepción nada más llegar— bajamos del restaurante en un abrir y cerrar de ojos. Durante el trayecto a casa, vi que Riley jugueteaba con los pulgares en su regazo.
—¿Estás segura de que quieres venir a casa? —pregunté con cautela.
—Sí, ¿por qué lo preguntas?
—Te noto muy nerviosa —dije, cubriendo su mano con la mía.
—No es por los nervios. Tener las manos ocupadas me ayuda a no abalanzarme sobre ti… No sabes las ganas que tengo de pedirte que aparques donde sea y comerte a besos.
Me pareció la idea más irresistible del mundo. Tenía que buscar un sitio donde parar.
¡No! Riley se merece algo mejor que un polvo rápido en el asiento trasero del coche.
Llegamos a mi edificio unos minutos más tarde. A esa hora el aparcamiento estaba vacío y tampoco nos cruzamos con nadie en el ascensor. Si antes me había costado la misma vida no parar el coche en un rincón oscuro para acostarme con Riley, el ascensor fue una auténtica pesadilla.
El loft estaba a oscuras y ni siquiera me molesté en encender la luz.
No pude hacer otra cosa que besarla con pasión hasta que chocamos contra una pared.
A pesar de mis esfuerzos por mantener la calma, Riley ejercía un efecto sobre mí que no podía explicar.
Tenía planeado que saliéramos a dar una vuelta por la ciudad hasta bien entrada la noche y, sin embargo, ahí estábamos.
Mi deseo era superior a todo lo demás y dominaba cada uno de mis pensamientos.
—Duncan —murmuró mientras le besaba el cuello.
Su vestido me tenía loco desde el momento en que salió de la habitación. Se amoldaba tan bien a sus curvas que me volvía loco. Realzaba sus pechos sin ser demasiado escotado y le quedaba sexy de cojones. No sabía cómo había conseguido controlarme mientras estábamos en el restaurante.
Pero ahora ya no tenía que contenerme más y podía explorarla a mi antojo. Quería llevarla a la cama lo antes posible, de modo que me aparté y le cogí la mano.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Quiero llevarte a mi cama, porque si no nos movemos ya, terminaré follándote contra la pared.
—Vale —se rio.
La conduje hasta el dormitorio principal y cerré la puerta, aunque no era necesario. Estábamos completamente solos y podía gritar todo lo que quisiera. No me importaban los vecinos.
Volví a besarla y la acerqué a la cama. Tenía la intención de bajarle la cremallera y deslizar el vestido hacia abajo, pero le quedaba tan ceñido que terminé quitándoselo por la cabeza y lo arrojé al suelo. No llevaba sujetador y sus pechos eran lo más excitante que había visto.
Le acaricié los pezones y ella se acercó para aumentar el contacto de mis manos. Me agaché para tomar un pezón con los labios y lamerlo al tiempo que le separé los muslos. Casi pierdo el control al ver lo mojada que estaba y la lujuria con que me deseaba.
Le acaricié suavemente la entrepierna mientras seguía chupándole el pezón. Pasé al otro pecho y comprobé que su excitación aumentaba con cada caricia. Jadeó cuando le rocé el clítoris con el pulgar, y supe que estaba lista para más… al igual que yo.
Bajé las manos y me agarré la polla. Necesitaba aliviarme con todas mis fuerzas, pero también quería saborear su coño y que se corriera en mi lengua.
Me arrodillé e introduje la punta de mi lengua en su sexo.
Riley jadeó y estuvo a punto de perder el equilibrio —la habitación estaba a oscuras y ella no me había visto.
Pensé en encender la lámpara de la mesita de noche, pero me gustaba la intensidad y tener los sentidos a flor de piel.
Le acaricié el clítoris al tiempo que la follaba con mi lengua y todo su cuerpo se entregaba al placer.
No podía aguantar mucho más. Necesitaba más. La necesitaba toda.
—Túmbate en la cama —le ordené, poniéndome de pie.
La guié para que se sentara y se desplazó hacia el centro del colchón. Luché contra las ganas de encender la luz para no perderme ningún detalle, pero, aún en la oscuridad absoluta, sentía cada una de sus seductoras reacciones.
Tracé una línea recta a besos desde su clavícula hasta el pubis con mi boca y rocé su centro íntimo con la nariz. Al mismo tiempo, acariciaba todo su cuerpo y jugueteaba con sus pechos. Me gustaba tenerla en vilo y que no pudiese anticipar mi próximo movimiento.
Esa noche estaba siendo diferente y era evidente que algo había cambiado entre nosotros. La vez anterior me preocupaba que no estuviera preparada y que no fuera el momento adecuado, pero ya no. Todo era puñeteramente perfecto y volver a sentir su aroma en mis sábanas era un sueño hecho realidad.
Volví a besar todo su cuerpo, y tenía intención de besarla en los labios, cuando, de repente, Riley se giró hacia un lado.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Quiero chupártela.
La noche no puede ir mejor. Me coloqué encima de ella para hacer un sesenta y nueve con comodidad. Cuando se llevó mi polla a la boca, perdí el sentido y cuando empezó a trazar círculos sobre mi glande con la lengua, estaba en el puto paraíso.
Empecé a lamer su sexo, pero en cuanto le mordisqueé el clítoris, se corrió al instante, apretando los labios con fuerza alrededor de mi miembro.
Joder. Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por contener mi instinto de empujar las caderas y correrme dentro de ella. Continué acariciándola con mi boca mientras todo su cuerpo se contraía, hasta que por fin se relajó. Fue entonces cuando me aparté.
—No puedo creer que haya sido tan rápido. ¿Por qué te has apartado?
—Quiero estar dentro de ti, Riley. No puedo más.
—Yo también lo necesito.
—Ponte a cuatro patas —le indiqué, mientras me estiraba hacia la mesita de noche y encendía la luz. Me encantaba sentir su cuerpo, pero también quería verla.
Tenía la cara sonrojada por el rubor que se extendía hasta el cuello y el pecho. Verla así en medio de la cama, con ese turgente trasero, me volvió loco. Riley me miró de reojo y, por accidente, rozó su entrepierna contra mi polla.
—¡Dios mío! —gimió y hundió la cabeza en el colchón.
—Riley, ¿qué me estás haciendo?
Me deslicé dentro de ella al segundo siguiente. Ya no podía aguantar más.
Riley gemía contra su mano y, al ver que se estaba mordiendo el brazo, casi me corro.
—Quiero escuchar tus gritos y que todo San Diego se entere. No te escondas.
—Duncan, no creo que pueda…
Todo mi cuerpo estaba al límite.
—¿Confías en mí? —pregunté.
—Sí —dijo con firmeza, aunque le temblara la voz.
—Haré que te corras otra vez, y lo vas a disfrutar como nunca.
—Estoy lista —susurró.
Me aparté unos centímetros antes de embestirla con toda mi fuerza. Su grito resonó por toda la habitación; qué gozada era escuchar su pasión desenfrenada. Que ella obedeciera mis órdenes no hacía más que aumentar mi excitación.
Me empapé de todos los gemidos que retumbaban por su cuerpo.
Nuestra unión iba mucho más allá de satisfacer la necesidad desesperada de alcanzar el clímax.
Sentía algo sobrenatural cuando estaba enterrado en ella…
Desataba todo su placer, como si yo fuese la única persona que tuviera la llave de su cuerpo.
No podía parar de tocarle los muslos y las caderas, y me acerqué más para acariciar sus pechos. Descubrí que le gustaba que le acariciara los pezones con movimientos circulares mientras la penetraba con fuerza. El tono de sus gemidos cambió, como si proviniera de lo más profundo de su cuerpo.
Cuando llevó una mano a un lado y empezó a tantear a ciegas, entendí que buscaba mi mano. Entrelacé nuestros dedos y ella los apretó con fuerza. Estaba a punto de correrse, al igual que yo… pero no sucumbiría al clímax hasta sentir el suyo. Era el broche final que necesitaba.
Le acaricié las nalgas y deslicé la mano por su muslo hasta llegar a su clítoris y estimularlo. Su gemido fue tan gutural que supe que estaba a punto de llegar y no sabía si sería capaz de frenar mi propia excitación.
De repente, Riley se giró y nos derrumbamos sobre la cama. Me tumbé de espaldas y la acomodé encima de mi abdomen.
Su espalda quedó pegada a mi pecho y su cabeza descansaba junto a la mía, mejilla con mejilla. Le elevé un poco las caderas y la penetré sin pausa.
¿Cómo no se me había ocurrido hacer esa postura antes? Podía sentir el ritmo de su respiración y su pulso parecía haberse fusionado con el mío. Éramos uno.
Y lo mejor era que tenía acceso total a su sexo.
Cuando empecé a trazar círculos sobre su clítoris, Riley me recompensó con el gemido más fuerte que había escuchado; vibró en toda la habitación.
Le mordisqueé el lóbulo de la oreja y besé su mejilla.
Fue entonces cuando me entregué a mi propio clímax.
Gruñí tan fuerte que me sorprendí de mí mismo. Una intensa ola de calor se extendió por mi cuerpo, apoderándose de todo mi ser. Me hundí en el colchón sin dejar de embestirla, pero tuve que apartar la mano de su entrepierna para poder sujetarla por las caderas y mecerla contra mí.
Al sentir sus dedos recorriendo mi polla, comprendí que Riley también se estaba dejando llevar. Mi orgasmo se intensificó al tiempo que sus gemidos se desvanecían. Poco a poco, fuimos recuperando el aliento, pero la mantuve sobre mi cuerpo, inhalando su perfume.
Ha sido la mejor noche de mi vida.