Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Veintidós
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Capítulo Veintidós

RILEY

El trayecto duró más de lo habitual debido al tráfico, y empezaba a impacientarme. Quería lavarme el pelo y peinarme bien, pero el tiempo apremiaba.

Cruzaba los dedos para que mis amigas no estuvieran en casa; no quería que acapararan a Duncan mientras yo me preparaba. Pero en cuanto entré, las dos estaban allí.

—¡Hola, Riley! —saludó Julia, que se sorprendió al verme acompañada—. ¡Ah, hola, Duncan!

—Chicas, Duncan me va a esperar aquí mientras me cambio.

Le clavé la mirada a mi amiga con la intención de dejarle claro que fueran educadas. Tendría que haberles enviado un mensaje, pero se me pasó, y no había forma de advertirles sin que Duncan se diera cuenta.

Que sea lo que Dios quiera.

—No te preocupes, nosotras le haremos compañía —dijo Christine.

Lo estaba echando a los leones, pero tenía plena confianza en que Duncan sabría defenderse.

Me metí rápidamente en la ducha. En otras circunstancias, me habría tomado mi tiempo y habría disfrutado del agua caliente, pero me lavé el pelo a toda velocidad y no me eché acondicionador.

No tenía tiempo para dejarlo actuar los cinco minutos que recomendaban las instrucciones, pero, en cuanto empecé a peinarme lo lamenté: tenía tantos nudos que tardé una eternidad.

Debería haber dejado que el acondicionador hiciera su trabajo.

Entonces llegó la parte más difícil. Tras medio día meditando qué ponerme esa noche, me había decantado por un vestido blanco y rosa y unas sandalias blancas, pero, en ese momento, me pareció muy soso. Necesitaba algo más llamativo.

Cogí un vestido rojo que hacía tiempo que no me ponía.

Lo había comprado en unas rebajas con la idea de usarlo en alguna ocasión especial…

y esa noche era la oportunidad ideal para estrenarlo.

Lo combiné con unas sandalias de tiras negras que elevaban el atractivo sexual del outfit al mil por ciento.

El vestido tenía un escote en forma de corazón y se ajustaba perfectamente a mi cuerpo.

Lo complementé con unos pendientes de media luna, un collar a juego y me puse mi perfume favorito: Seduction de Hugo Boss.

Salí de la habitación y escuché a Julia ofreciéndole un chupito a Duncan.

Madre mía. No sé cómo no ha salido corriendo. Debe pensar que somos unas fiesteras sin remedio.

—Gracias, pero tengo que conducir —respondió Duncan con naturalidad.

Acto seguido, entré en el salón y anuncié en voz alta:

—¡Estoy lista! Vámonos.

Julia y Christine me clavaron la mirada incrédulas.

—Vaya, nunca te habías arreglado tan rápido para salir. —Christine le sonrió a Duncan y añadió—: Tómalo como una buena señal: está deseando estar a solas contigo.

—O sacarte de aquí lo antes posible —intervino Julia.

—Pues ambas cosas, chicas —contesté. Luego miré a Duncan—: ¿Nos vamos?

No respondió, pero me recorrió lentamente con la mirada y sentí un escalofrío por todo el cuerpo.

Joder.

—Vamos —dijo con voz ronca.

Les envié un beso al aire a Julia y a Christine, que me guiñó un ojo y me recordó un montón a Knox.

Duncan me puso una mano en el escote de mi espalda y sentí literalmente una descarga eléctrica.

—Hueles de maravilla —dijo, en cuanto salimos —. Y estás preciosa.

—Gracias.

Me abrió la puerta del coche para que tomara asiento, pero apartó rápidamente la mirada.

¿Qué le pasa? ¿Por qué no me mira?

Duncan se subió y, sin siquiera mirarme, encendió el motor.

—¿Duncan? —pregunté.

—¿Sí? —Fue lo único que dijo.

—¿Va todo bien? ¿Estás enfadado conmigo? —Se me hizo un nudo en el estómago solo de pensarlo. ¿Qué le pasaba?

—No, ¿por qué lo dices?

—Es que apenas me has mirado y…

—Estás tan guapa que no puedo hacer otra cosa, Riley —gruñó—. No sé cómo voy a sobrevivir a nuestra cita, y quiero que, al menos, lleguemos al restaurante.

Tragué saliva con dificultad. Madre mía.

—Espero que mis amigas no te hayan vuelto loco —dije para cambiar de tema—. Escuché que hasta te ofrecieron un chupito.

—No te preocupes —se rió entre dientes—. Son chicas jóvenes y es totalmente comprensible.

Tenía razón y, aunque Duncan no estaba criticando a nadie, por algún motivo su comentario no me sentó bien. Yo también era una chica joven, con una realidad completamente diferente a la suya… ¿Acaso eso era un problema para él?

No era la primera vez que lo pensaba, pero creía que ya estaba zanjado y que nos complementábamos bien.

Llegamos al restaurante veinte minutos más tarde. Estaba en el barrio de Gaslamp, en lo alto de un edificio de ladrillo rojo.

—A ver si es verdad que es uno de los mejores locales de la ciudad —dijo con orgullo.

—¿Es la primera vez que vienes aquí?

—Sí —se encogió de hombros—, pero me lo han recomendado un montón. Quería impresionarte.

Me incliné hacia él para decirle:

—Ya me has impresionado. ¿No te das cuenta?

—Aún así, no quiero dormirme en los laureles. —Me besó en la sien y añadió—: Venga, salgamos del coche.

—¿No hay que aparcar?

—El restaurante tiene servicio de aparcacoches —respondió, justo cuando un chico con uniforme y gorra se acercó a nosotros.

—Buenas noches, me llamo Duncan Sterling y tengo una reserva.

—Estupendo, señor Sterling. Seré el encargado de aparcar su coche; cuando quiera marcharse, solo tiene que avisar a la recepcionista que yo mismo se lo traeré.

—Gracias —dijo Duncan, y luego me tomó de la mano—. ¿Vamos?

Asentí. Nunca había estado en un restaurante con servicio de aparcacoches. Para ser sincera, nunca había estado en ningún sitio ni remotamente tan elegante.

Cogimos el ascensor para subir al rooftop y nos recibió una chica en el mostrador de entrada.

—Tengo una reserva para dos a nombre de Duncan Sterling.

—Por supuesto —dijo la mujer, mirando la lista de reservas.

—Puede que esté a nombre de Knox Sterling.

Volvió a mirarlo y sonrió:

—Claro, usted debe ser su hermano.

—Efectivamente —asintió Duncan.

—Por aquí, por favor.

Mientras la seguíamos, eché un vistazo al increíble restaurante, que parecía un jardín botánico repleto de plantas.

Daba la sensación de estar en medio de un bosque: las mesas estaban ocultas y mezcladas entre la vegetación, creando una atmósfera muy íntima.

A lo lejos se escuchaba el murmullo de las conversaciones de los otros comensales.

Duncan me miró con una sonrisa:

—Te gusta, ¿eh?

—Me encanta. ¿Así que Knox te recomendó este sitio y, aún así, te pusiste borde con él esta tarde?

—Oye, no tenía derecho a aparecer y hacerte esa encerrona.

—No fue así. No me pareció que… La verdad es que me pareció muy divertido.

Duncan gruñó:

—Knox está al tanto de los sitios de moda .

Está invirtiendo fuerte en el sector de la hostelería y le gusta probar los mejores sitios.

Yo debo ser el hermano que más sabe de restaurantes para ir con niños, y está claro que eso no es lo que quería esta noche —dijo, y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos—.

Hoy quería algo especial solo para nosotros dos.

Sentí que se me volvían a encender las mejillas. Esa noche no paraba de ruborizarme.

—Estaba deseando que llegara este día —dije en un susurro.

—Yo también.

Un momento después, el camarero llegó con los menús y nos recitó los platos del día.

—Podemos empezar con las bebidas. ¿Para la señorita?

—Tomaré un mojito —dije.

Era uno de los cócteles especiales y llevaba un ingrediente secreto.

—Para mí, un Buona Sera —pidió Duncan.

Acto seguido, pedimos la comida. Escogí el pollo con vieiras y hummus, y Duncan se decantó por algo similar pero que además llevaba salsa harissa . Tenían una carta espectacular que fusionaba diferentes platos de la cocina oriental.

—¿De qué te ríes? —preguntó Duncan, en cuanto el camarero se marchó.

—Has estado muy pillo al decirle a Christine que no podías beber porque tenías que conducir.

—No siempre soy tan pillo —gruñó—. Menos contigo.

—Bueno… —me mordí el labio inferior, pero me detuve al ver al camarero con nuestras bebidas.

Para mi sorpresa, el mojito era de color rojo. Y, tras brindar, me volví a sorprender: el cóctel sabía a melón y no a fresa, como había pensado en un principio.

—Oye, está buenísimo.

—Tengo que reconocerle el mérito a Knox —asintió—. Sabe lo que hace.

—¿Ves? Ya puedes disculparte y decirle que te pasaste con él esta tarde.

—Ni de coña —dijo Duncan—. No quiero que se le suba a la cabeza.

—¿Y cuál sería el problema? —comenté entre risas.

—Que se rompería el equilibrio familiar. Dependemos unos de otros para mantener los pies en la tierra.

—Creo que no me estoy enterando de nada.

Duncan se encogió de hombros y explicó:

—Cuando empezamos en el sector de las inversiones y tuvimos éxito, sabíamos que mucha gente nos haría la pelota y que podríamos perder el norte. Nos prometimos unos a otros que jamás olvidaríamos quiénes somos, de dónde venimos y las cosas importantes de la vida.

—Eso demuestra madurez e inteligencia —dije—. Me gusta que estéis tan unidos.

—Sí, y nuestros padres también nos mantienen a raya.

—Estoy un poco confundida… tus padres están separados, ¿verdad? Jeremy me ha contado que a veces hace cosas con la abuela y otras con el abuelo.

—Llevan muchos años divorciados pero han limado asperezas, incluso antes de que mi hermano les regalara la tienda. Parece que hay cierto coqueteo entre ellos, lo cual es un poco raro, si te soy sincero.

—Me lo imagino —asentí.

—Respetaré cualquier decisión que tomen, pero a veces me siento en medio de los dos.

—¿Vas a menudo a la tienda? —pregunté.

—De vez en cuando. No tuvieron suerte con la empresa de reformas que pensaban contratar, así que estamos ayudando a nuestra madre con los últimos retoques de su local: al principio quería una determinada combinación de colores, pero luego cambió de opinión.

No sé si te lo he dicho, pero cada uno tiene su propio negocio dentro del edificio.

Me estaba derritiendo. Duncan Sterling era el hombre de mis sueños, aunque hasta ese momento desconocía que tuviese un prototipo ideal. O puede que no existiera y que mi hombre ideal fuese, únicamente, Duncan Sterling.

—¿Qué estás pensando? Te ha cambiado la mirada.

Suspiré:

—Hasta ahora, pensaba que no tenía un tipo de hombre en particular que me atrajera.

—¿Un tipo de hombre? —Su voz sonaba alarmada.

—Ya sabes, un prototipo que me llamara la atención.

Mi voz se apagó al ver la intensidad de su mirada.

—¿Estás saliendo con otros hombres mientras…?

—¡Claro que no! —exclamé—. Me refería a antes de conocerte.

Tragó saliva con fuerza y me acarició la mejilla. Sentí un escalofrío por todo el cuerpo, impresionada por las conclusiones a las que había llegado.

—Mejor —dijo—. Porque tú eres mía.

—Vale —respondí, y me humedecí los labios.

Sí, Duncan Sterling es cien por cien mi tipo.

—Cuéntame más sobre ti, Riley.

—¿Qué quieres saber?

—¿Algo que te apasione pero que lleves tiempo sin hacer?

—Eso es fácil: me encanta ir de camping .

—¿En serio? —preguntó, extrañado. Asentí con vehemencia y él añadió—: ¿Qué es lo que más te gusta de acampar?

—Estar rodeada de naturaleza.

—Eso también lo puedes tener en un hotel.

—No es lo mismo —negué con la cabeza—. En una tienda de campaña el contacto es mucho más directo. No me digas que no te gusta.

—No es precisamente una de mis actividades favoritas, pero a Jeremy le encanta. Mi padre lo lleva a menudo.

—¿Pero a ti no te gusta? —pregunté, con cierta decepción.

—Si puedo escaquearme, lo prefiero.

—¿Ni siquiera te gustaba de niño?

—Me gustaba cuando mi padre nos llevaba a pescar; él es un amante de la naturaleza como tú, pero yo odiaba pasar la noche en una tienda de campaña. —Dio un sorbo a su bebida—. ¿Dónde te gusta ir de acampada?

—He estado en algunos parques cerca de aquí y son maravillosos. Uno de mis sueños es viajar fuera de Estados Unidos, nunca he salido del país, ¿sabes?