Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Veintiuno
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Capítulo Veintiuno

RILEY

El lunes por la tarde, cuando Duncan llegó a casa, me moría de ganas de devorarlo allí mismo.

Pero con Jeremy delante, aquello era impensable.

Mierda. No hacía falta tener esa conversación pendiente entre nosotros para saber que tenía que comportarme como una persona normal, no como una adolescente enamorada.

—Hola, Riley —saludó, y buscó con la mirada—. ¿Dónde está Jeremy?

—En el baño, lavándose las manos para cenar.

—Entonces puedo hacer esto —dijo. Me arrinconó contra la pared y me besó hasta dejarme sin aliento.

Sentí cierto alivio al comprobar que no era la única que actuaba como una adolescente enamorada.

El martes empezamos a comportarnos… o al menos eso creía yo. Y cuando me pidió que me quedara a cenar, me negué rotundamente. Era jugar con fuego. Lo mismo el miércoles.

Pero el jueves se nos fue de las manos. Duncan llegó a casa y Jeremy estaba en la ducha, con instrucciones estrictas de quitarse todo el barro y la suciedad tras haber estado jugando fuera.

—Va a tardar un rato, ¿no? —preguntó Duncan.

—Supongo. Acaba de entrar.

—Bien. No sabes las ganas que tengo de besarte.

Me levantó para sentarme sobre la isla de la cocina, y me besó con mucha más intensidad y desesperación que el lunes.

Tras un par de días manteniendo las distancias, habíamos acumulado mucha tensión sexual.

Apreté mis muslos contra sus caderas hasta que un profundo gemido resonó en su garganta y lo sentí por todo mi cuerpo.

—Estoy deseando que llegue mañana —dijo.

—Yo también.

Y de repente, me invadió la ansiedad. No estaba preparada para tener esa conversación; era un dilema sin solución.

Ambos éramos conscientes de nuestras respectivas situaciones: yo empezaría a trabajar en un bufete de abogados en menos de dos meses y él era un padre soltero cuya prioridad era su hijo. No veía cómo conciliar nuestras vidas.

¿En qué momento había elegido estudiar Derecho y pasarme el día encerrada en una oficina, soportando a las personas más engreídas del planeta? Me lo pasaba genial con Jeremy, un niño maravilloso al que le había cogido mucho cariño.

Pero ser abogada me permitiría cubrir las necesidades de mi hermana y de mi madre, y eso haría que todo valiera la pena.

A pesar de mis reservas, estaba deseando que llegara el día siguiente para que Duncan me besara como solo él sabía y volver a tenerlo todo para mí.

El fin de semana pasado había visto una faceta diferente, al hombre detrás del rol de padre.

Y por mucho que me gustara verlo ejercer de padre, me moría por explorar su faceta más salvaje.

Dio un paso atrás y me ayudó a bajar de la isla, justo cuando oímos la puerta del baño.

—Por los pelos —comenté.

Quería preguntarle qué tenía planeado para nuestra cita, pero no tuve oportunidad. Jeremy corrió desnudo hacia nosotros gritando:

—¡Hay una araña en mi toalla! Ah… hola, papá —saludó y volvió corriendo al baño.

—No entiendo… ¿te tienes que ocupar tú de la araña? —preguntó Duncan.

—Así es, soy la encargada de los insectos en esta casa.

—Es curioso porque cuando estamos los dos solos dice que ya es un chico mayor y que puede hacerlo todo solo —comentó.

—Quizá quiera impresionarte —respondí entre risas—. Me encanta que confíe en mí y me muestre sus inseguridades. Es muy tierno. —Y tras una breve pausa, añadí—: Voy a ocuparme de esa arañita antes de que la cosa se complique.

Me puse delante de Duncan y me pellizcó el culo.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté, mirándole de reojo.

—Según tu diccionario, “una caricia”.

—Es un buen ejemplo.

—Pues eso… te estoy acariciando. Qué ganas tengo de estar a solas contigo.

Sonreí y me centré en lo que tenía que hacer:

—Primero vamos a por la araña.

* * *

El viernes, Knox, el hermano de Duncan, llegó antes de lo previsto, lo cual me venía de maravilla, así me daba tiempo de ir a casa y cambiarme. Quería estar perfecta para cuando Duncan viniera a recogerme.

Había dado por hecho que todos los hermanos tendrían un carácter parecido, pero qué equivocada estaba: Knox era mucho más relajado que Duncan y se pasaba el día haciendo chistes. También tenía la sensación de que sabía mucho más sobre mí de lo que yo sabía de él.

—¿Qué tal es trabajar para mi hermano? —preguntó.

—Es un jefe estupendo —respondí.

—Ya te digo… y muy exigente también.

—Quiere que las cosas se hagan de determinada manera, pero da resultados.

—Me han comentado que has estudiado Derecho.

—¿Ah, sí? —pregunté echando la cabeza hacia atrás—: ¿Te lo ha contado Duncan?

—Sí —dijo—. Le gusta hablar de ti.

—Ah…

—Y lo más gracioso es que ni siquiera se da cuenta. Al final de nuestras reuniones, de un modo u otro, siempre acaba hablando de ti.

Me quedé perpleja.

—¿Te estoy poniendo en una situación incómoda? —preguntó arqueando las cejas.

—Sí, un poco.

—Lo siento. En la familia no tenemos pelos en la lengua, menos Duncan, que es el más educado.

—Ya veo.

La conversación era, cuanto menos, extraña.

—Espero no estar asustándote —añadió con una sonrisa.

—Para nada —respondí—. Me sorprende que seas tan… diferente a Duncan.

—¡Ja! ¡Por supuesto que somos diferentes! Yo soy mucho mejor que él.

—Bueno… no soy precisamente imparcial, así que tendré que dejártelo pasar —comenté entre risas.

Knox silbó:

—Tienes un buen sentido del humor, Riley.

—Gracias. Cuéntame, ¿qué planes tienes con Jeremy?

—Un montón de cosas, pero conociéndolo, terminaremos en la montaña rusa.

Su tono cariñoso me hizo sonreír; me encantaba que Jeremy fuera tan querido por todos los miembros de la familia.

—¿Qué haces todavía aquí? —preguntó Duncan al salir del ascensor.

Knox giró la cabeza para mirarlo y se le iluminó la cara con una amplia sonrisa:

—Esperando a que Jeremy recoja sus juguetes. Y, de paso, conociendo a Riley.

Duncan se detuvo justo a mi lado:

—Ni se te ocurra molestarla.

—Demasiado tarde, hermano —dijo Knox, cruzándose de brazos—. Ya sabes que soy más bruto que un arado, y tengo que hacer honor a mi reputación.

—Lamento que hayas tenido que pasar por esto —me dijo Duncan.

—No ha sido para tanto —comenté entre risas—. ¿Es cierto que eres el único con modales en la familia?

—¿Eso te ha dicho? —preguntó Duncan, entornando los ojos, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

—Lo dije en el sentido de que tú eres un soso, pero parece que a Riley le gusta cómo eres —respondió Knox, riéndose.

Duncan negó con la cabeza:

—¿Cómo no me di cuenta de que te habías marchado antes de la reunión para venir a cotillear?

—Si ya no teníamos nada más que hablar… Era mi oportunidad para conocer a Riley a solas.

¿Qué? ¿Se había marchado antes de una reunión para conocerme?

—Voy a ver si Jeremy necesita…

No terminé la frase, porque justo en ese momento Jeremy vino corriendo hacia nosotros con su autobús de juguete bajo un brazo y un oso de peluche en el otro.

—Estoy listo, tío.

—Muy bien, colega.

Knox miró los juguetes, pero no le reprochó nada.

Evité mirar a Duncan; mi nerviosismo se había disparado.

—Nos vamos —anunció Knox—. Duncan, ya sabes, eso de portarme bien no va conmigo. Y tampoco puedo mentirte… que sea lo que Dios quiera.

Jeremy lo miró con una sonrisa; Knox era el tío del año y a mí cada vez me caía mejor.

—Venga, campeón, ¿puedo llevar alguno de tus juguetes? —preguntó extendiendo las manos.

—No, quiero llevarlos yo —respondió Jeremy, retrocediendo un paso.

—Entonces llevaré tu mochila —dijo Knox, cogiéndola y echándosela al hombro. Era tan pequeña que resultaba comiquísimo.

Tras una breve despedida, se dirigieron hacia el ascensor y nos saludaron con la mano. Las puertas se cerraron y sentí que las mejillas me ardían.

Duncan y yo volvimos a entrar en el piso y preguntó:

—Riley, ¿va todo bien? —Tragó saliva con dificultad, sin apartar la mirada de mí—. ¿Te lo estás pensando?

—¿Qué cosa?

—Lo de nuestra cita.

—¿Qué te hace pensar eso? —pregunté sorprendida.

—Te noto nerviosa.

—No es nada… es que no era así como lo había planeado… Quería ir a mi casa a cambiarme y que me vieras arreglada para la ocasión.

—A veces olvido lo adorable que eres —respondió entre risas—. Incluso como estás, me dejas sin aliento.

—Quiero que nos demos prisa. No tengo mucho tiempo para arreglarme.

—O —dijo, acercándose y poniéndome la mano en la nuca—, podemos ir directamente al sitio que he reservado.

—¡Ni hablar! —respondí, tajante—. Lo digo en serio. Estoy impresentable.

—Pero si estás preciosa —insistió.

—Quiero arreglarme.

—Vale, vamos a tu casa —dijo a regañadientes, irguiéndose. Y tras abrir la puerta, añadió—: Después de ti.

De camino al ascensor, me percaté de que Duncan caminaba bastante apartado de mí.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Mantener la distancia… Quién sabe qué pasaría si pierdo el control.

Sin embargo, en cuanto entramos en el ascensor, todas sus buenas intenciones se desvanecieron y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano por no echarme encima de él.

Me apoyé contra una de las paredes, para no caer en la tentación.

Me estaba volviendo loca; primero fui insistente con lo de pasar por mi casa a cambiarme y ahora quería seducirlo.

Ni yo sabía lo que quería.