Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Veinte #2
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Capítulo Veinte #2

Sabía que no le gustaba gastar dinero en tonterías, y era lo menos que podía hacer dado que le habíamos pedido que viniera al zoo.

—Campeón —dije, volviéndome hacia Jeremy—, esperaremos hasta que Riley se suba al Uber y luego nos vamos a casa, ¿vale?

—Claro. —Se volvió hacia ella—: Gracias por venir, Riley.

—No me lo perdería por nada del mundo. Gracias a vosotros por haber pensado en mí.

—Yo sí —dijo Jeremy con orgullo—, papá no.

Me reí y miré a Riley con una expresión que indicaba todo lo contrario. Había estado pensando en ella más de lo que podía admitir.

Su coche llegó unos minutos más tarde y se quedó boquiabierta:

—¿Qué es esto, un Uber de lujo?

—¿Qué dices?

—¡Es un Mercedes!

—Es que siempre elijo el coche más cómodo.

Riley estuvo a punto de protestar, pero entorné la mirada y no dijo nada. Si hubiese hecho un comentario descarado como cuando estábamos a solas, Jeremy lo habría notado.

—Gracias. Que tengáis buenas noches.

Jeremy estaba ocupado mirando los imanes que habíamos comprado, y ni siquiera levantó la vista. Sin quitarle el ojo de encima, me incliné hacia Riley:

—Gracias por acompañarnos, Riley. Ha sido lo mejor del día.

Sus labios se entreabrieron ligeramente mientras se sentaba en el coche y yo le cerraba la puerta.

Cuando el Uber se alejó, me volví hacia Jeremy:

—Vamos, colega. Ya podemos irnos a casa.

* * *

Tras una cena rápida, y a pesar de mi temor a que el helado le diera un subidón de energía, Jeremy se quedó frito a las ocho y media. Era probable que la emoción del día hubiera contrarrestado los efectos del azúcar.

Caminaba de un lado a otro por el salón, incapaz de relajarme. Necesitaba hablar con Riley. Lo ideal habría sido hacerlo cara a cara, pero no iba a dejar a mi hijo solo en casa.

Estaba a punto de llamar a mi madre, a Finn o a Knox para pedirles que vinieran a quedarse con el niño, pero me contuve.

En primer lugar, se darían cuenta de que tramaba algo, y no quería que mi familia metiera las narices en mis asuntos.

Ni el consejo de nadie. Y en segundo lugar, temía que Jeremy se despertara y se percatara de que no estaba en casa.

Su primera reacción sería asustarse y pensar lo peor, y quería ahorrarle ese mal trago.

¡Maldita sea! No podía creer que estuviera tan desesperado como para plantearme llamar a mi familia, pero me moría de ganas de hablar con ella.

Salí a la terraza y la llamé. Tenía demasiada energía corriendo por mi cuerpo como para sentarme en el sofá, así que me quedé de pie contra la barandilla, mirando hacia la piscina.

—Venga, Riley, contesta.

—Hola —respondió tras unos cuantos tonos con voz suave.

—¿Estabas durmiendo?

—Sí, me tumbé en la cama a leer y me quedé frita con el Kindle en el pecho.

—Entonces hablamos otro día.

—No, si me vuelvo a dormir ahora me despertaré a las tres de la madrugada. ¿Ha pasado algo con Jeremy? Si le cuesta dormir, puedes decirle que el señor Beagles quizás lo visite en sus sueños.

—¿Te lo ha contado? —pregunté atónito. Había perdido al señor Beagles hacía años.

—Sí, y me ha dicho que a veces sueña con él. Le expliqué que debe de estar en alguna parte y que lo visita en sueños. Y que, cuanto más duerma, más probabilidades tiene de verlo.

—Eres increíble —dije, y era la pura verdad.

Jeremy había tenido muchas niñeras, pero ninguna se había tomado la molestia de entender sus preocupaciones ni su bienestar emocional. No quería estropear ese vínculo pero tenía que hablar con ella.

—Riley…

—No hace falta que lo digas —bufó.

—No sabes lo que voy a decirte.

—Pero me lo imagino… que hoy nos hemos pasado veinte pueblos, que eso de ocultarnos está mal, y que lo nuestro no puede ser. Lo más importante es el bienestar de Jeremy, claro.

Cerré los ojos. Tenía razón, pero tras escucharlo de su propia boca, no me pareció que lo nuestro fuera imposible, ni que los obstáculos fueran tan infranqueables.

—Quiero estar contigo, Riley —fue lo único que pude decir.

—Vaya —dijo, con la respiración entrecortada—. Esto no me lo esperaba.

—Lo que has dicho es cierto —admití, apoyando la mano en la barandilla y mirando hacia abajo—, pero aún así te quiero a mi lado. —Hice una pausa y añadí—: Te necesito.

—¿De verdad? —Su voz era apenas un susurro.

—No tengo una explicación pero es lo que me pasa. Claro que es complicado, pero tenía que decírtelo, o jamás me lo perdonaría a mí mismo.

—Cuéntame más… Me encanta lo que estoy escuchando. No estoy soñando, ¿verdad?

—Joder, claro que no. Si estuviera allí, te lo demostraría con hechos y te acariciaría hasta hacerte estallar de placer.

—Vaya —respondió entre risas—, con esto confirmo que es real porque nunca tengo sueños eróticos.

Contuve el aliento y solté un gemido. La simple idea de que tuviera sueños eróticos fue suficiente para ponerme duro.

—¿Qué ha sido eso?

—Quiero que hablemos en persona.

—¿Y cómo vamos a hacerlo?

—¿Puedo invitarte a una cita? —pregunté.

—¿En serio? Pero ¿cómo? ¿Cuándo?

Tragué saliva y respondí:

—Mi hermano Knox quiere invitar este viernes a Jeremy a pasar el fin de semana con él.

—Entonces que sea el viernes —respondió—. ¡Un momento, por favor! —exclamó de repente.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Mis amigas quieren hablar conmigo.

—¿Nos vemos mañana?

—Sí, hasta mañana.

Ya estaba contando los segundos para el viernes.