Capítulo Veinte
DUNCAN
Tras recibir un mensaje con su ubicación, Jeremy y yo esperábamos impacientes la llegada de Riley, fijándonos en cada persona que entraba en el zoo. Quedaba poco para que se pusiera el sol y la multitud se había reducido considerablemente.
En cuanto vi a Riley me quedé sin aliento. Llevaba un vestido azul playero. La imaginé en su cama leyendo un libro y pensé lo fácil que sería quitarle esa prenda.
Me recompuse según nos acercábamos a ella.
—¡Sorpresa! —exclamó Jeremy, antes de echarle los brazos a la cintura.
Verlos fundidos en un abrazo me removió por dentro, pero no estaba preparado para admitirlo.
—Te hemos comprado helado y palomitas —dije antes de entregarle ambas cosas.
—¿Palomitas saladas? ¿Helado de caramelo? —preguntó, mirando el cubo—. Dios mío, Jeremy. ¡Te has acordado de lo que me gusta!
Tenía que confiar más en mi hijo. Su memoria era envidiable.
—Claro que sí —y, para rematar la faena, añadió—: Papá no me creía. ¡Me preguntó como cinco veces!
—Sé que no es una combinación muy habitual —explicó Riley entre risas—, pero queda buenísimo. Podéis probarlo si queréis.
—No, gracias —respondí—. Una vez más, gracias por haber venido hasta aquí, Riley.
—De nada. Me alegro de que me hayáis llamado.
—Papá no quería molestarte un domingo —intervino Jeremy.
Riley y yo intercambiamos una mirada. Ya habíamos cruzado los límites laborales, por decirlo de alguna forma, pero no habíamos hablado de cómo actuar delante de Jeremy. Estaba demasiado embobado como para haberlo previsto.
—¿Podemos ir a ver la cebra? —preguntó mi hijo.
—Deja que primero se coma el helado.
Para mi sorpresa, Riley lo tenía todo bajo control.
Usó el brazo izquierdo para sostener el cucurucho y el cubo de palomitas contra su abdomen, mientras que con la mano derecha manejaba la cuchara, que primero sumergía en el helado, y después en el cubo de palomitas.
Era la combinación más extraña que había visto, pero se la veía feliz.
Caminamos directamente hacia la zona de las cebras mientras Riley se terminaba el helado.
Incluso conocía un atajo, así que llegamos en menos de diez minutos.
La multitud también se había dispersado; estaba claro que era la mejor hora para visitar el zoo.
El único inconveniente era que los animales solían estar más apacibles al final del día.
La cebra y su cría estaban tumbadas; el bebé tenía la cabeza apoyada en el vientre de su madre.
—Dios mío, ¡qué bonito! ¿Me haces una foto? —preguntó, sacando con destreza el móvil del bolso.
—Claro —respondí—. Jeremy, ¿quieres salir en la foto?
—Sí, por favor —dijo con entusiasmo.
Jeremy la abrazó, apoyó la cabeza contra su abdomen y posó para la foto.
—Sonreíd —dije, intentando captar tanto a las cebras como a Riley y a Jeremy.
—Venga, vamos a darle a tu padre nuestra mejor sonrisa —comentó Riley.
Ambos sonrieron y empezaron a hacer muecas graciosas.
—Echemos un vistazo para ver con qué foto nos quedamos —dijo Riley—. Apuesto a que será la tercera, ¿qué dices, Jeremy?
No podía creer que tuvieran ese grado de complicidad. ¿En qué momento habían entablado esa relación tan cercana? Riley no llevaba demasiado tiempo con nosotros y, sin embargo, era sumamente importante tanto para mi hijo como para mí.
Se agachó para sostener su móvil a la altura de Jeremy y yo me desplacé hacia la derecha.
—Quiero esta —dijo Jeremy, señalando la segunda, en la que ambos mostraban los dientes.
—Vale. Entonces nos quedamos con esa —respondió.
Riley se incorporó y cuando le devolví el teléfono, le apreté ligeramente los dedos. Ese simple roce hizo que, un segundo después, las palomitas salieran volando y se esparcieran por todo el suelo.
—¡Dios mío! —exclamó atónita, retrocediendo un paso.
—No te preocupes, lo recogeremos. No ha pasado nada —dijo Jeremy, repitiendo la misma frase que yo le decía cada vez que teníamos un percance.
Desde que era un bebé me había propuesto no gritarle ni hacerle sentir mal cuando ocurrían accidentes. Solo eran simples accidentes, y no podía perder los nervios por algo tan irrelevante.
—Lo siento… No quería que… —Riley se humedeció los labios y sus mejillas se tiñeron de rojo. ¿Así había reaccionado por el roce de nuestras manos? ¡Qué maravilla!—. Voy a recoger este desastre.
—Tranquila. Disfruta de tu helado y saca todas las fotos que quieras de la cría. Yo me encargaré y compraré otro cubo de palomitas.
—No hace falta —dijo, negando con la cabeza.
—Venga ya —le guiñé un ojo—, quiero que pases un buen rato aquí.
Se quedaron mirando a las cebras mientras yo recogía las palomitas y me dirigía al carrito.
A lo lejos, escuchaba a Riley contando curiosidades sobre los animales a Jeremy.
Me pregunté si a eso se refería con “hacer cosas de mamá”.
Mi prioridad era que mi hijo tuviese una buena infancia, pero quizás le estaba fallando. ¿Qué podía hacer para mejorar?
Cuando volví con las palomitas recién hechas, me di cuenta de que Jeremy se movía de un lado a otro incómodo, y supe al instante que necesitaba ir al baño.
—Riley, aquí tienes —dije.
—Gracias —respondió antes de coger el cubo de palomitas.
—Jeremy, ¿necesitas ir al baño? —le pregunté a mi hijo.
—Sí —asintió—, tengo un montón de ganas.
—Vaya… no me había dado cuenta —intervino Riley.
—¿Te acompaño? —le ofrecí.
—¡No, papá! —respondió indignado, y enderezó como si quisiera hacerse más alto—. Ya soy mayor y puedo ir solo.
—Está bien —dije, y señalé los aseos que había justo al lado del recinto de las cebras—. El baño está justo aquí al lado. Te esperaré fuera.
—No, ¿qué va a pensar la gente? ¿Me podéis esperar aquí ?
—Claro —fue mi respuesta.
No sabía por qué me empeñaba tanto en acompañarlo. Desde los cinco años pedía ir solo al baño, y siempre lo esperaba junto a la puerta. Jeremy se fue corriendo y entendí que llevaba mucho rato aguantándose.
Acto seguido, me volví hacia Riley, que estaba mirando las palomitas. No pude contenerme ni un momento más: le acaricié la mejilla y le recorrí la mandíbula para que levantara la vista.
—¿Riley? —pregunté—. ¿Por qué no me miras?
—No sé cómo manejar todo esto… Pensé que aclararíamos las cosas antes de ponerme a trabajar mañana, o…
Asentí y dejé de tocarla.
—Yo tampoco sé cómo hacerlo —admití, lo cual no era propio de mí.
Me jactaba de ser una persona organizada y de tener todo bajo control.
Era mi especialidad y lo que se me daba bien.
Y, sin embargo, en ese momento, necesitaba tocarla tanto como el aire para respirar.
Y también quería darle a Jeremy una buena infancia y no generarle confusión o falsas expectativas. No veía cómo compaginar ambas cosas.
Riley me tocó la muñeca y el antebrazo, desplazándose lentamente hacia mi codo.
—¿Me estás acariciando? —pregunté, atónito.
—Si tú lo dices… Para mí, las caricias son otra cosa… no sé si me explico.
—Claro que sí, joder —dije, y me acerqué hasta pegar mi boca a su oído—. Pero esto me excita muchísimo.
—¿Que te toque el brazo?
—Todo lo que haces. Tú. Cómo comes, respiras, sonríes. Especialmente esa puñetera sonrisa que me vuelve loco.
—Duncan… —susurró con la respiración entrecortada.
Acerqué mis labios a la comisura de su boca, con la única intención de disfrutar del delicioso aroma de su piel. Si hasta mi almohada había quedado impregnada de su olor; de hecho no quería cambiar las sábanas para conservar ese recuerdo de ella.
Sin pensarlo dos veces, desplacé mi boca un poco para atrapar sus labios suaves y tentadores. Necesitaba besarla con ansia. Entrelacé nuestras lenguas al tiempo que le ponía la mano tras la nuca y le pasaba los dedos por el pelo. Joder, cómo necesitaba ese beso.
Un ruido nos sobresaltó. Otra vez se le había caído el cubo de palomitas.
—¡Dios mío! —dijo mirando hacia abajo, y se echó a reír—. ¡No puede ser!
—Tranquila, te compraré otro.
—No, lo tomaré como una señal para que lo deje de una vez… Me puede pasar una vez, pero dos ya es demasiado. Siento una vocecita diciendo: “Para ya, Riley. Llevas todo el fin de semana comiendo sin parar”.
—¿Pero qué dices? Si estás guapísima.
—Porque normalmente me cuido.
—Eres preciosa tal y como eres —dije, acercándome a ella—. Y no lo niegues, o tendré que demostrarte lo sexy que eres para mí.
—Oye, que hay gente… —dijo con la mirada entornada.
—¿Y qué?
—Y Jeremy está en el baño.
Ese comentario me detuvo en seco. Miré las palomitas derramadas en el suelo y me agaché para recoger la basura.
—¡¿Otra vez se han caído las palomitas?! —exclamó Jeremy, que acababa de salir del baño y corría en nuestra dirección.
¿En qué demonios estaba pensando? No podía besarla en público, y menos con Jeremy a escasos metros de distancia.
Era injusto para los dos; mi hijo merecía crecer en un hogar estable, y Riley se merecía mucho más que un beso robado en el zoo, o una noche en mi cama cuando tuviese un hueco.
Se merecía lo mejor, y no sabía si podría dárselo.
Tiré las palomitas a la papelera y miré a Riley, que se mordió el labio, evitando mirarme. ¿Se daría cuenta de lo que estaba pensando? ¿Estaría pensando lo mismo que yo?
—Vamos saliendo —sugerí—. Van a cerrar pronto.
Jeremy puso mala cara, pero asintió. Caminamos hacia la salida y él se colocó en el medio. De vez en cuando le echaba un vistazo a Riley, que parecía decidida a evitar mi mirada. Necesitaba tener una seria conversación con ella a solas, y no sabía cuándo podría ser.
—Te llevo a casa —le ofrecí una vez que estuvimos fuera.
—Te lo agradezco, pero no te pilla de camino y se te hará tarde para acostar a Jeremy.
—Es verdad —observé—. Entonces te pido un Uber.
—¿En serio? —preguntó con una leve sonrisa en los labios—. ¿Vamos a volver a discutir por lo mismo?
Jeremy levantó la cabeza de golpe y ella apretó los labios. Estaba claro que mi hijo había reparado en su tono coqueto, muy diferente al habitual. Estábamos jugando con fuego.
—Riley —dije con voz decidida.
—Vale —respondió ella.