Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Diecinueve
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Capítulo Diecinueve

DUNCAN

A las cuatro recogí a Jeremy de casa de mi madre; quería que tuviera el resto del domingo libre para descansar. Además, echaba de menos a mi pequeño y me moría de ganas de verlo.

—¿Qué tal el fin de semana? —pregunté en cuanto nos subimos al coche.

—Muy bien. La abuela me ha enseñado a hacer magdalenas y me ha dado la receta para que las hagamos en casa.

—Cuenta con ello —dije, mirándole por el espejo retrovisor——. ¿Te apetece que vayamos a dar un paseo?

Se quedó unos segundos cabizbajo y me temí lo peor: seguro que me iba a pedir algo que no me haría ninguna gracia.

—Papá, ¿podemos ir al zoo? —preguntó, y mi ánimo se desplomó.

Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que ya habíamos ido allí y me constaba que esa misma semana Riley lo había llevado. Aun así, me suplicaba con la mirada.

—Claro, campeón. Podemos ir un rato y volver temprano a casa para cenar.

—¡Gracias! Eres el mejor papá del mundo.

—Pues entonces, al zoo —dije.

Intenté mostrar una pizca de entusiasmo, pero lo máximo que conseguí fue poner buena cara y preguntarle qué era lo que más le apetecía ver.

Me encantaba estar con mi hijo, pero detestaba las excursiones a Disney, Legoland o el zoo, y por mucho que lo intentara, no conseguía disfrutarlo.

Y menos después de haber ido tantísimas veces.

Pero quería hacerle feliz; había hecho la promesa de estar atento a todos sus deseos y necesidades.

Quería pasar tiempo de calidad con mi hijo, y si le hacía ilusión ir al zoo, no me quedaba otra que darle el capricho.

Encontramos aparcamiento fácilmente y caminamos hacia la entrada con Jeremy dando saltos de alegría. Nos cruzamos con algunas caras conocidas, algo de esperar después de haber ido tanto por allí.

Paseamos por el camino principal y nos fuimos deteniendo frente a los recintos de los animales. Me llamó la atención la cantidad de gente congregada frente al parque de las cebras.

—¡Oh! ¡A lo mejor ha nacido la cría! —comentó Jeremy emocionado.

—¿Qué?

—Hay una cebra embarazada y Riley ha estado mirando todos los días en la página del zoo para ver si había nacido.

—Pues creo que tienes razón —concluí según nos acercábamos. Había un cartel enorme donde se leía: “¡Ya ha nacido el bebé cebra!”.

—Papá —dijo, mirándome a los ojos—, ¿podemos llamar a Riley para que venga?

—Jeremy —respondí, agachándome para ponerme a su altura—, hoy es su día libre y no podemos pedirle que venga a trabajar.

—Pero le encantará conocer al bebé cebra, papá. Además, me dijo que cuando está conmigo no piensa que está en el trabajo.

—¿A qué viene ese comentario? —pregunté con el ceño fruncido.

—Se lo pregunté a Riley porque la señora Williams me dijo varias veces que si no fuera porque tú le pagas tan bien, no vendría a casa ni muerta —respondió con tanta naturalidad que tuve que tomarme unos segundos para procesarlo. Estaba atónito.

Apenas pude reprimir un taco. ¡¿Pero qué coño?! Sabía que la señora Williams era de la vieja escuela, pero no podía permitir que le hiciera sentir una carga.

En ese mismo momento tomé la decisión: no volvería a cuidar nunca más de mi hijo.

—Cuando le pregunté a Riley si a ella le importaba el dinero, dijo que no —añadió con los ojos empañados de emoción.

Si tuviese a Riley allí delante, la besaría hasta dejarla sin aliento.

—Lo entiendo, hijo, pero no podemos pedirle que venga aquí un domingo por la tarde.

—Por favor, papá, vamos a intentarlo. Si ella no puede, no voy a llorar.

Tenía razón pero no quería ponerla en ese compromiso. Y menos desde que habíamos intimado… No quería que pensara que me estaba aprovechando de mi posición, porque no era lo que estaba sucediendo.

Pero tampoco quería defraudar a mi hijo.

—Vale, la llamaré. Pero si está ocupada, prométeme que no insistirás más.

—Sí.

Tenía a Riley en mi lista de contactos frecuentes y llamé enseguida. Pensé que podría estar preparándose para salir con sus amigas. Joder, quizá estuviera de fiesta en algún club de playa.

Madre mía, la sola idea de que se le acercara algún tío me descentraba por completo.

Tenía que calmarme y recordar que Riley tenía apenas veinticuatro años y acababa de terminar la universidad.

Estábamos en etapas diferentes de la vida; aunque solo le llevara nueve años, dadas las circunstancias personales de cada uno, a veces, parecían décadas.

Y aunque no daba la imagen de ser una chica fiestera, tenía todo el derecho del mundo a salir, por mucho que me disgustara.

—¡Por fin! —exclamé cuando contestó.

—¿Qué pasa? —preguntó con voz aterrada.

Me aclaré la garganta y le solté sin rodeos:

—¿Qué estás haciendo?

Miré a Jeremy, que estaba dando golpecitos con el pie derecho con impaciencia.

—Nada muy divertido… Estoy en casa… leyendo.

Menos mal . Maldita sea, tenía más ganas de verla que mi propio hijo.

—¿Has mirado la página web del zoo? —conseguí decir ya con un tono más sereno.

—Hoy no, ¿hay noticias? ¡Cuéntame!

No pude evitar sonreír por su entusiasmo y porque se alegrara por algo tan insignificante.

—Sí, hemos venido con Jeremy, y nos alegra informarte que ha nacido la cría de la cebra.

—¡Qué buena noticia! Un momento que cojo mi portátil para poner la cámara del zoo. —Escuché el sonido del teclado—. ¡Oh, qué monada! Ha nacido unos días antes de lo previsto. Me alegro mucho de que todo haya ido bien y de que no haya necesitado cuidados intensivos.

—¿Te gustaría venir ahora a pasar un rato con nosotros?

—¿Al zoo?

Jeremy se levantó de un salto:

—¿Qué ha dicho?

—¿Jeremy está contigo? —preguntó.

—Sí. Y tiene muchas ganas de que vengas.

—¿Y tú? —susurró.

Respiré hondo:

—Yo también.

Si Jeremy no estuviera justo delante, le diría que me moría de ganas de verla. Sentía en lo más profundo de mi ser que Riley pertenecía aquí con nosotros.

—Vale, intentaré estar allí en cuarenta minutos.

Sentía una extraña sensación en el pecho, como una pequeña explosión de alivio.

—Genial, te esperamos aquí —dije.

Jeremy gritó y empezó a saltar de alegría. Ambos compartíamos la misma emoción.

—Gracias —dijo ella.

—Te pido un Uber.

—No, Duncan, no hace falta. Yo me encargo.

—Nosotros te hemos invitado.

—Estoy en mi día libre y puedo hacer lo que me dé la gana, y es mi decisión ir al zoo a ver a la cría de cebra.

No quería discutir delante de Jeremy, y no tenía sentido contradecirla. Tenía que admitir que estaba perdido.

—Vale. Avísanos cuando estés a punto de llegar.

En cuanto colgó, Jeremy volvió a saltar de alegría:

—¡Te dije que vendría, papá! ¡Te lo dije! Me encanta Riley.

—A mí también.

—Cuando estoy con ella, siento como si tuviera una mamá —dijo con una amplia sonrisa.

Su comentario fue como un puñetazo en el estómago. Mi euforia se desvaneció al instante, dando paso a una intensa preocupación mientras nos apartábamos del recinto de las cebras para que otros visitantes pudieran verlas.

—Jeremy, tú ya tienes una mamá. —Fue lo único que atiné a decir.

—Lo sé, pero con Riley puedo hacer las cosas que hacen las mamás con sus hijos.

Apreté los dientes. Por mucho que me empeñara en que no le faltara de nada, era hora de admitir que no podía sustituir a su madre.

—Vamos a sentarnos —dije, ocupando el banco que había junto a un restaurante—. Jeremy, ¿qué te gustaría que hiciéramos juntos? ¿Hay algo en especial que te haga ilusión?

—Mmm. No lo sé… voy a pensarlo —dijo, moviendo los pies que apenas rozaban el suelo, y se aferró a los bordes del banco, con la mirada baja—. Es que… me gusta mucho Riley.

Cada vez que pensaba que tenía la paternidad bajo control, Jeremy pasaba a una nueva etapa y tenía que lidiar con otro nivel de complejidad.

Sentía que siempre iba una casilla por detrás.

Era un experto en inversiones y podía manejar cualquier crisis que surgiera en el trabajo, pero con mi hijo no podía bajar la guardia ni un minuto.

Crecía a pasos agigantados y nunca sabía con qué conflicto me iba a encontrar.

—Compremos algo para picar y lo guardamos para cuando llegue Riley —sugerí.

—¡Sí!

—¿Qué le gusta comer cuando viene al zoo?

—Le gusta pedir helado y un cubo de palomitas. Luego se sienta y lo come todo junto.

—Vale —respondí.

La combinación de palomitas dulces con helado me pareció bastante extraña, pero no lo cuestioné, y nos dirigimos al puesto a comprar.

No sabía que la cosa se iba a poner aún más extraña: a Riley le gustaban las palomitas saladas con helado.

Tuve que comprobarlo con Jeremy tres veces porque no me lo creía.

—¿Estás seguro? —pregunté por cuarta vez.

—¡Papá! —exclamó dando una patada en el suelo y soltando un suspiro de exasperación—. Ya te lo he dicho.

—Está bien.

Estuve tentado de enviarle un mensaje a Riley para salir de dudas. No me cuadraba esa combinación tan ridícula, pero arruinaría la sorpresa. En el peor de los casos, tiraríamos las palomitas saladas a la basura.

Jeremy también quería un helado y, aunque como norma general, no le permitía comer dulces antes de cenar, ese día estaba rompiendo demasiadas reglas como para ponerme estricto, y tampoco quería ser hipócrita.

Después de pagar, cogí el helado y las palomitas de Riley y fuimos a esperarla a la entrada del zoo.