Capítulo Dieciocho
RILEY
Después de recoger y meter los platos en el lavavajillas, tenía intención de seducir descaradamente al hombre más sexy del planeta y llevarlo a la cama. Sabía que sería muy coser y cantar; Duncan se excitaba en un abrir y cerrar de ojos y en un periquete lo tendría donde quería.
Pero cuando estaba a punto de ponerme manos a la obra, me llegó un mensaje. No hacía falta mirar la pantalla para saber que sería mi hermana; a esas horas, Julia y Christine deberían estar durmiendo a pata suelta.
Tenía razón. Era ella.
Paula: Hola, hermana, ¿estás despierta?
Al instante, la llamé:
—Buenos días, dormilona. ¿Cómo te encuentras?
—Estoy bien —dijo con voz somnolienta—. ¿Tienes algún plan para hoy?
—Voy a ir a tu casa.
—¡Menos mal! Iba a preguntarte si podíamos vernos.
—¿Te viene bien que vaya dentro de media hora y te lleve el desayuno?
—Riley, eres mi persona favorita del mundo.
—Yo también te quiero —respondí.
—Venga, voy a colgar, así puedo darme una ducha antes de que llegues. Te quiero.
—Hoy pienso darte todos los gustos, hermanita.
Después de colgar, me di la vuelta y miré a Duncan con pena:
—Al final no tendré tiempo para un segundo asalto… ¿No te enfadas?
—Riley, la familia es lo primero y eres una hermana estupenda. Ve a acompañarla.
—Hoy me necesita.
—No lo dudo. Te acerco en mi coche.
—Quiero llevarle el desayuno también.
—¿Por qué no coges los gofres que han sobrado? Hay un montón.
Casi me desmayo. ¿No es el hombre más detallista del mundo?
—Mi hermana va a alucinar.
Duncan metió varios gofres dentro de una bolsa con autocierre y me derretí.
¿En qué momento un hombre con una bolsa de comida me parecía lo más sexy que había visto en la vida? Me tenía completamente embobada.
—¿Vamos? —pregunté.
Me sentía un poco incómoda por no llevar bragas, pero no quería perder tiempo yendo hasta mi casa a por unas. Le había prometido a mi hermana que le llevaría el desayuno y cumpliría mi palabra.
Cuando llegamos a la entrada de su edificio, Duncan dijo:
—Vaya, de día el barrio tampoco parece muy seguro.
—Ya te digo. Odio que viva aquí; siempre estoy con el corazón en la boca.
Con el tiempo, cuando empezara mi nuevo trabajo y pudiese permitirme un piso, encontraría la forma de cederle mi habitación en casa de mis amigas.
—Te acompaño arriba.
—Duncan, no hace falta. El edificio es deprimente, sí, pero no suele haber incidentes durante el día, al menos que yo sepa. —Mi hermana solía ocultarme ese tipo de información—. Pensándolo bien, quizá no estaría tan mal que subieras conmigo.
Salimos del coche al mismo tiempo y se puso a mi lado en un instante, con el brazo alrededor de mi cintura.
No dejaba de mirar en todas direcciones; la zona estaba desierta, salvo por tres vagabundos a dos manzanas de distancia que habíamos visto al llegar, pero que pasaron olímpicamente de nosotros.
Al igual que la noche anterior, el ascensor no funcionaba, así que subimos a pie los dos tramos de escaleras.
—No tienes por qué subir —dije—. Estas escaleras son pesadísimas.
—Es lo menos que puedo hacer. Y de paso, hago un poco de cardio.
—Ya… no me digas que con eso te basta para mantener ese cuerpazo —resoplé.
—Claro que no, voy a hacer pesas más tarde —respondió, y pude notar la sonrisa en su voz.
—¿Qué más vas a hacer hoy? —pregunté mientras subíamos.
—Voy a aprovechar para nadar; si voy temprano, la piscina estará vacía. La mayoría de los residentes suelen bajar por la tarde, a excepción de un par de mujeres, que se quedan en las tumbonas.
Dejé de caminar y me di la vuelta, sonriendo de oreja a oreja:
—¿Y no tienes ni idea de qué hacen allí?
—Tomar el sol, supongo.
Dios mío, ¡qué ingenuo! ¿De verdad no lo sabía?
—Te daré una pista —dije—: creo que bajan a disfrutar del espectáculo.
—¿Qué espectáculo? —preguntó, con evidente desconcierto.
—De verte a ti, que eres guapo y sexy de cojones, nadando en la piscina.
Duncan me rodeó la cintura con ambos brazos, con la bolsa de gofres en la mano:
—¿En serio? ¿Crees que todas quieren ligar conmigo?
—Espero que no, pero a deleitarse la vista, seguro que sí. Y las entiendo perfectamente… cuando te pones a nadar a mariposa es para morirse. ¿Podrías al menos ponerte un gorro de natación y gafas para parecer un pringado y no ser tan atractivo? Aunque no creo que funcione.
—Me encanta cómo eres, me haces reír muchísimo. —Duncan parecía divertirse con mis tonterías.
—¿En serio? —pregunté mordiéndome la mejilla—. Sé que a veces puedo llegar a ser demasiado irónica, y eso que me he estado moderando contigo. —Al fin y al cabo, Duncan seguía siendo mi jefe, y no sabía muy bien hasta dónde llegaba “lo nuestro”.
¿A qué vienen estas preguntas? Debería disfrutar de lo que hay y dejar de darle vueltas.
—Pues no lo hagas. Me gusta la Riley descarada y divertida.
—Menos mal, porque me cuesta mucho no ser yo misma.
Ambos nos reímos, y no pude evitar pensar en lo extraña que se había vuelto la situación.
Técnicamente, era mi jefe y nos estábamos acostando. Pero, por otro lado, el trabajo solo duraría un par de meses, y no estaba dispuesta a renunciar a él. Quería ver hasta dónde podíamos llegar y si existía la posibilidad de un futuro feliz, los tres juntos.
Me apartó el pelo hacia un lado y me besó el cuello antes de que siguiéramos subiendo las escaleras. Cuando llegamos a la puerta, Paula la abrió de par en par sin darme tiempo ni a tocar el timbre.
—Por fin. Temía que hubiera pasado algo… ¡Oh! ¡Hola, Duncan! —saludó.
Mi hermana aún tenía la almohada marcada en la cara. Abrió los ojos de par en par y echó la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que casi tropieza.
—Bueno, me marcho —dijo Duncan, antes de entregarle a Paula la bolsa con los gofres—. Aquí tienes el desayuno, espero que tengas sirope en casa. Que lo paséis muy bien y llamadme si necesitáis algo.
—Gracias, Duncan —respondí antes de entrar al piso mientras él bajaba las escaleras.
En cuanto se cerró la puerta, Paula carraspeó y señaló los gofres:
—¿Me puedes explicar de qué se trata todo esto?
—Sí, debería habértelo contado.
—Algo me imaginé, y pensé que a lo mejor estabas en casa de Duncan trabajando cuando te llamé ayer por la noche, y por eso, se ofreció a llevarte a la gasolinera. Pero tu ropa no me cuadraba… y curiosamente es el mismo vestido que llevas ahora. No me lo puedo creer… ¡¿vienes directa de su casa?!
Me reí.
—¿Has tenido tiempo de tomar un café esta mañana?
—Lo he dejado a medias —dijo—. ¿No es obvio?
Entramos en su diminuta cocina y cogió la taza medio vacía del borde del fregadero y se la bebió de un trago.
—A ver si con esto espabilo. No me has respondido, hermana: ¿estás haciendo el paseo de la vergüenza o no?
—Más o menos, pero no me avergüenzo de absolutamente nada —respondí con las mejillas coloradas.
—No me lo puedo creer.
—Hablemos primero de ti. ¿Qué ha pasado?
—¿Qué quieres que te diga? Vivo y trabajo en un sitio de mala muerte, y como era de esperar, me atracaron. Fin de la historia. ¿Te puedes creer que anoche mi jefe tuvo el tupé de enviarme un mensaje para decirme que hoy tengo que volver a la gasolinera? ¿Después de haberme despedido?
Me quedé paralizada.
—Dime que no vas a volver allí, Paula. No puedes.
—Ni de coña. Soy cabezota pero tampoco tonta.
Es más, no cogeré ningún trabajo con horario de noche, y menos en gasolineras.
Y ahora entiendo el motivo por el que hay tanta demanda en el sector: nadie quiere trabajar en esos entornos tan inseguros.
—Soltó un suspiro de frustración mientras se preparaba un segundo café.
—¿Gofres? —pregunté, señalando la bolsa. Parecía que se había olvidado. A mi hermana le costaba mucho madrugar.
—Sí, por favor. Iba a tomar avena, pero esto tiene una pinta de muerte.
—Están deliciosos.
Paula se detuvo mientras sacaba el sirope del armario y preguntó:
—¿Y esa bolsa? No me suena de ninguna cafetería.
—Duncan los hizo y los empaquetó para ti —dije con una leve sonrisa.
Su cara cambió tan rápido que parecía un dibujo animado: se le cayó la mandíbula y puso los ojos como platos.
—Sentémonos —sugerí.
Le alcancé el plato y los cubiertos, y nos sentamos en las sillas de madera alrededor de la mesita juntos a la bolsa de gofres, el sirope y el café.
—¿Ya has desayunado? —preguntó.
—Sí.
—¿Todo esto es para mí?
—Sí, puedes ponerte fina.
Me miró unos segundos antes de decir:
—Así que te acuestas con él, ¿eh? Pero que te haya preparado el desayuno ya son palabras mayores. ¿Estáis… no sé… saliendo? Cuéntame, quiero saber qué está pasando.
—Bueno… para empezar, Duncan me llamó la atención desde el momento en que me hizo la entrevista. —Podía contarle cualquier cosa a mi hermana que jamás me juzgaría.
—Claro que sí, si está más bueno que el pan. Pero es un poco mayor, ¿no? No es que lo parezca, pero por lo que me has contado, tiene un hijo y la vida resuelta.
—Me lleva nueve años, pero no noto la diferencia de edad.
—Lo siento —dijo con una mueca—, pero a mí me parece mucho.
Entendía su punto de vista; cuando tenía su edad, un hombre diez años mayor me parecía una barbaridad.
—Es una buena persona y un padre estupendo. Un día estaba con Jeremy en la piscina y de pronto apareció y se bañó con nosotros. Hermana, casi me da un infarto.
—Me lo imagino. En bañador debe estar aún más bueno que con ropa normal.
—Ayer fuimos al cine y…
—Y entonces te llamé —dijo—. Pero como veo que eso no os impidió pasar la noche juntos, no tengo que cargar con el mote de jodepolvos.
Me reí.
—Fue muy considerado conmigo anoche. Y esta mañana también.
—Me alegro —finalizó—. Déjame tomarme otro café y luego veremos qué hacemos.
Pasamos todo el día juntas; fuimos a la playa, disfrutamos del sol y miramos ofertas de trabajo. Me ofrecí a recomendarla en los sitios donde yo había trabajado de camarera, y Paula aceptó, gracias a Dios. También intenté convencerla de que se mudara conmigo, pero se negó rotundamente.
Paso a paso . Con mi hermana tenía que ir poco a poco. Había accedido a cambiar de trabajo, pero no estaba dispuesta a mudarse a la primera.
Llegué a mi casa por la tarde y preparé una ensalada; Paula y yo nos habíamos atiborrado de comida basura todo el día en la playa, y me apetecía algo saludable. Mientras estaba sentada en el pequeño sofá del patio trasero con el bol en las manos, me pregunté dónde estaría todo el mundo.
Conociendo a mis amigas, probablemente se habrían ido de fiesta.
Eso formaba parte de su rutina habitual de los fines de semana: salían por la noche y dormían hasta tarde todos los viernes, sábados y domingos.
Yo siempre había sido la aburrida del grupo.
Había trabajado durante toda la carrera, y casi siempre me tocaba currar los fines de semana, que eran los turnos que nadie quería.
Pero hasta cuando salía de fiesta, solía volver temprano, incluso antes de medianoche. En los últimos años de universidad, algo había cambiado en mí y disfrutaba del silencio maravilloso de nuestro pequeño patio. Sí, mi vida era increíble y cada vez mejoraba más.
Mi teléfono pitó y vi un mensaje de mi hermana.
Paula: Acabo de llegar a casa sana y salva. Me voy a la cama del tirón, no tengo hambre con todo lo que hemos comido.
Entonces me percaté de que tenía otros mensajes. Dios mío, no me había dado cuenta de que Duncan me había escrito.
Duncan: Hola, guapísima, ¿qué tal estás?
Duncan: Tenías razón sobre lo de la piscina.
Duncan: Escríbeme cuando tengas un momento libre.
El último lo había recibido hacía cuatro horas atrás. Le respondí rápidamente.
Riley: Hola, acabo de ver tus mensajes, lo siento. Estuve distraída con mi hermana. ¿En qué tenía razón?
Me respondió un segundo después.
Duncan: Con respecto a las mujeres que van a la piscina cuando voy a nadar.
Me eché a reír tan fuerte que casi se me cae el bol de ensalada.
Riley: ¿Cómo te diste cuenta?
Duncan: Porque una coqueteó descaradamente conmigo.
La risa se me atragantó en la garganta. No. ¿Qué demonios? ¡Ni hablar!
Nunca había sentido unos celos tan irracionales pero saber que alguien había intentado ligar con mi chico me hizo perder el control.
Un momento, Duncan Sterling no es mi chico, sino un tío guapo, exitoso y sumamente atractivo. En ningún momento dijimos que no podíamos ver a otras personas.
Pero esa mañana había dicho que yo era la primera mujer que llevaba a su casa. No me parecía un detalle menor, ¿no?
Respiré hondo y le respondí.
Riley: No sé si debería decírtelo, pero me siento extrañamente celosa.
Expresarlo me produjo alivio. Todos los chicos con los que había salido en el pasado ni iban en serio ni dejaban títere con cabeza. Claro que eran más jóvenes, inmaduros… como yo, por cierto. Pero las cosas habían cambiado.
Duncan: No tienes ningún motivo para estar celosa. Eres la única mujer que quiero en mi cama, Riley.
Ese fue el momento exacto en el que confirmé que él no se parecía a nadie con quien hubiera salido antes. Era un hombre de pies a cabeza y sabía exactamente lo que quería… ¡a mí!
¡Ay, qué emoción!
Y qué diferencia con los chicos con los que había salido antes, que no querían perderse nada ni asumir ningún compromiso. O quizá eran unos capullos sin remedio.
Duncan: La única.
Sonreí a mi teléfono mientras dejaba el bol sobre la mesa.
Lo nuestro no sería fácil ni sencillo; la prioridad era proteger el bienestar de Jeremy.
Recordaba perfectamente cuando dijo que no le presentaría a ninguna mujer a su hijo hasta que tuviera al menos dieciséis años.
De modo que lo nuestro, al final, quizás no tuviera ningún futuro.
Pero decidí apartar ese pensamiento. En ese momento estaba flotando en una nube de felicidad.