Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

RILEY

Me desperté a la mañana siguiente a las ocho y media en punto.

El problema de llevar años con el mismo horario era que estaba acostumbrada a levantarme temprano, incluso si quería quedarme en la cama y disfrutar de un domingo tranquilo con el hombre guapísimo y sexy que tenía a mi lado.

Para mi sorpresa, Duncan no estaba durmiendo sino que me miraba con una sonrisa pícara.

—Oye. ¿Cuánto tiempo llevas despierto? —pregunté.

—Diez minutos, más o menos.

Me puse boca abajo, abrazando la almohada con ambas manos, y dije:

—¿Llevas todo este rato mirándome?

—Quería hacer muchas más cosas, pero te veía tan tranquila que no quise despertarte —respondió, enrollando un mechón de mi pelo en su dedo.

—Bueno, ahora que estoy despierta, puedes hacer conmigo todo lo que quieras.

Duncan se rió y su risa fue diferente. Sonaba mucho más relajada.

La noche anterior habíamos dado un gran paso, y aunque quería volver a acostarme con él, no sabía si estaba preparada para meterme en terrenos más profundos. Había sido una noche increíble e inolvidable; Duncan era un experto.

—Estoy como nueva, y a diferencia de mucha gente, no necesito café para despertarme. Menos si tengo a un hombre sexy a rabiar a mi lado… de hecho, tu atractivo me hace hablar más de la cuenta. No suelo conversar tanto por las mañanas.

Duncan me besó la punta de la nariz, luego bajó a mi cuello y después a mi oreja.

—Me alegro de que estés contenta y de que no te arrepientas de lo de anoche —dijo mientras me acariciaba la espalda y el culo.

—Por supuesto que no. Fue una noche perfecta —confesé.

Contuve el aliento. ¿Se daría cuenta de que no me refería exclusivamente a los tres orgasmos que me había dado? Se trataba de algo mucho más profundo que me había hecho sentir más viva que nunca. No sabía cómo expresarlo… ni si él querría oírlo.

Al fin y al cabo, era la niñera de su hijo.

¿Por qué estoy tan sensible?

¿Será porque…?

—¡Dios mío! ¡Mi hermana! —Me incorporé de un salto—. ¿Cómo es posible que me haya olvidado de ella? ¿Sabes dónde dejé el móvil?

—Tu bolso está en el salón —dijo Duncan.

Salté de la cama y mientras me dirigía a la cocina, me percaté de que estaba desnuda y sentí cierto pudor. No por Duncan, sino porque era donde habitualmente pasaba las tardes con Jeremy. De alguna manera, parecía que estaba fuera de lugar.

Vi mi bolso sobre la encimera y saqué el móvil:

—¡No puede ser!

—¿Qué ha pasado? —preguntó Duncan, que se acercó a paso ligero, también desnudo.

—No tengo ningún mensaje de Paula.

—Riley —dijo en voz serena, quitándome el teléfono de las manos y guardándolo en mi bolso. Luego me tomó por los hombros—. Es temprano y debe estar durmiendo.

—Tienes razón —susurré y cerré los ojos—.

Sí que sabes cómo tranquilizarme. —Abrí los ojos—.

Anoche en la gasolinera me pusiste la mano en la parte baja de la espalda y, de alguna manera, me mantuve calmada en plena trifulca.

—¿Me estaba pasando? ¿Decirle a Duncan que me sentía segura a su lado era excesivo?

Entonces recordé que había hecho una confesión similar la noche anterior y él no salió corriendo.

Es verdad que todavía no me había llevado a la cama, pero estaba convencida de que ese no era su único objetivo.

Duncan Sterling no se parecía a ninguno de los chicos con los que había salido en la universidad, gracias a Dios.

Sentía una conexión diferente y especial.

—Dale a tu hermana un rato más, ¿vale? Mientras tanto, déjame ser tu anfitrión y prepararte el desayuno como Dios manda. Luego te llevaré a verla.

Asentí, apartándome un mechón detrás de la oreja:

—Solo quiero saber que está bien… Un momento… ¿Has dicho que primero me prepararás el desayuno?

—Sí —respondió, como si fuese lo más normal del mundo.

Nunca le había visto esa sonrisa antes. Era seductora a rabiar.

—Me parece genial. Y para que lo sepas, para desayunar tomo té verde.

—¿Y qué te apetece comer? —preguntó.

—¿Qué es esto, un restaurante? —bromeé, entornando los ojos.

—Soy padre soltero de un niño que siempre tiene hambre. Así que sí, me manejo bien en la cocina. Puedo prepararte un revuelto, gofres, tortitas, tostadas con aguacate. O avena.

—Hoy nada de avena. Me parece un auténtico desperdicio habiendo tantas opciones. Quiero todo lo demás.

Qué a gusto estaba con él. No lo sabía, pero Duncan era todo lo que había soñado. Me llenaba el alma… Él y Jeremy, por supuesto.

¿Pero cómo me he venido tan arriba? Apenas hemos pasado una noche juntos, nada más.

—Vale, pero primero vamos a vestirnos. Cocinar sin ropa es un peligro, ya me he quemado unas cuantas veces.

Ese comentario fue como un cubo de agua helada.

¿Es que hace este tipo de cosas a menudo? ¿Traer mujeres a su casa cuando su hijo no está? No lo había pensado.

Pero vamos a ver: es un hombre adulto, tiene experiencia y necesidades físicas como cualquier otro. Por supuesto que trae mujeres a su casa para acostarse con ellas.

No puedo ser más tonta.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, colocándose delante de mí—. Te has quedado pillada.

—Nada, estoy bien —respondí, desviando la mirada, incapaz de mirarle a los ojos.

—Riley… algo te pasa. Estás evitando mi mirada, y no creo que sea por algo bueno. ¿He dicho algo que te haya molestado?

—No. Es una tontería, la verdad. —Además, ¿quién era yo para preguntar si otras mujeres se quedaban a dormir en su casa? Ni que fuéramos a casarnos o algo por el estilo.

¿Y por qué me molestaba ese pensamiento?

—Riley… —insistió Duncan.

Levanté la vista hacia él e, instintivamente, supe que no se iba a rendir tan fácilmente.

—Nada. Es solo que… he pensado en la de mujeres a las que habrás preparado el desayuno.

Su mirada se volvió fría. Duncan bajó las manos y retrocedió un paso atrás.

—¿Y cómo has llegado a esa conclusión? —preguntó con voz neutra.

—Porque dijiste que… me has dado a entender que es habitual que cocines desnudo. —Me costaba hablar, dejando al descubierto una faceta de mí que esperaba mantener oculta. Una faceta de inseguridad y celos.

—Oye —Duncan me levantó la barbilla, obligándome a mirarlo—, no me gusta que saques conclusiones precipitadas y pienses lo peor.

No me lo esperaba. Pensé que saldría por la tangente con delicadeza y cambiaría de tema.

—Y por si sirve de algo, eres la primera mujer en venir aquí, a mi casa. A mi cama.

Sus dedos recorrieron mi mandíbula y cuando me di cuenta de lo que acababa de decir el nudo que tenía en el pecho se deshizo. De hecho, me sentí ligera como una pluma.

—Duncan, ¿hablas en serio? —pregunté.

—Jamás te mentiría, y mucho menos sobre esto. Creo que a estas alturas ya sabes cómo soy. —Parecía sincero, de hecho, nunca me dio la impresión de que fuera un mentiroso.

—Lo siento. No sé qué decir —susurré con la cabeza gacha.

Se acercó y volvió a acariciarme la cara:

—Cariño, cuando quieras saber algo, pregúntame. No te pongas siempre en lo peor.

Le toqué el pecho y dije:

—No sé por qué he reaccionado de ese modo. —Me estaba cavando mi propia tumba y sabía que tenía que salir de allí antes de que fuera demasiado tarde—. ¿Por qué no ha venido ninguna mujer antes? —pregunté, tratando de disimular mi sorpresa.

—Porque me impuse unas reglas y las cumplí a rajatabla. Nunca sentí la necesidad de romperlas por nadie… hasta que apareciste tú.

—Duncan —murmuré, poniendo las manos sobre sus abdominales antes de subirlas lentamente, deteniéndome junto a sus pectorales. Su corazón latía a mil por hora.

—Me gustas mucho, Riley. Nunca he tenido que luchar tanto contra mí mismo como desde que te conocí.

Contuve el aliento:

—¿Te arrepientes de haber perdido la batalla?

—Ni de coña —dijo, y sonreí.

Me capturó la boca, agarrándome por el culo para levantarme y presionándome contra él mientras me llevaba en vilo por el pasillo.

Ese beso tenía un enorme significado después de lo que había dicho: yo era la primera mujer que llevaba a su casa. Estaba rebosante de felicidad.

Una vez que llegamos al dormitorio, me deslicé por su cuerpo, rozando su polla completamente erecta. Eché la cabeza hacia atrás y susurré su nombre.

—¿Ves? —se rió—. Me basta con tenerte desnuda contra mí para que pase esto.

Le apreté la polla con fuerza, Duncan echó la cabeza hacia atrás, pero enseguida se enderezó:

—Ahora no. Vamos a vestirnos, preparar el desayuno y, más tarde, te acerco a casa de tu hermana.

—¿No nos va a dar tiempo a un… segundo asalto? —pregunté con la mirada entornada.

—Ya veremos. Quizá después del desayuno.

—Uff. —Me encantaba su lado mandón.

Después de vestirnos, y de descartar las bragas rotas, volvimos a la cocina.

Duncan preparó una masa con huevos, harina y varios ingredientes. Estábamos uno al lado del otro, pero yo me dedicaba más a observarlo fascinada que a otra cosa. Lo tenía todo muy organizado y se movía con mucha soltura.

—Vaya, sí que tienes mano. ¿Hace mucho que cocinas?

—Sí, de niños ayudábamos a nuestra madre en la cocina.

No era que nos lo pidiera, sino que nos salía de forma espontánea.

Mis padres rara vez discutían cuando ella estaba frente a los fogones; la cocina se convirtió en un refugio donde ella estaba feliz, y en el nuestro por añadidura.

Y después de separarme de la madre de Jeremy, no me quedó más remedio que ponerme las pilas.

Le toqué el brazo, agradecida de que hubiera elegido una camisa de manga corta.

—¿Quieres contarme un poco cómo fue ese proceso?

—Shona y yo llevábamos muy poco tiempo juntos cuando quedó embarazada, y acordamos hacer todo lo posible para que la relación funcionara —dijo con voz tensa.

Duncan echaba la mezcla en la gofrera. Aún nos quedaba por terminar la tostada de aguacate y el revuelto.

—Un año después tiramos la toalla —continuó—.

Las discusiones eran constantes, y decidimos que lo mejor sería separarnos.

Nunca llegamos a casarnos; en el fondo, los dos sabíamos que no funcionaría.

Nos pusimos de acuerdo para que yo tuviera la custodia principal del niño.

Al principio, ella vivía en San Francisco, así que veía a Jeremy más a menudo, pero luego se mudó a Dublín por trabajo, y lo ve principalmente en las vacaciones.

—¿Os lleváis bien, entonces?

—Compartimos la crianza lo mejor que podemos.

A pesar de la diferencia horaria, se esfuerza por hablar con Jeremy todas las noches, pero no es lo mismo.

Y por mucho que yo me empeñe, no puedo hacer de madre, y Jeremy no consigue conectar del todo con ella.

Mi propia madre lo intenta con todas sus fuerzas, pero…

La tensión de su cuerpo iba en aumento.

—Lo estás haciendo muy bien, Duncan —dije y le besé el bíceps—. Jeremy es un niño feliz, y sabe que su familia lo adora.

—¿Te cuenta algo de sus cosas?

Me encantaba que estuviera tan pendiente de su hijo. Me hacía desearlo aún más.

—Nada en concreto, solo que te quiere con locura y que sois mejores amigos. También adora a sus tíos, en especial a Finn, aunque eso puede variar dependiendo de la semana. Me habló de su madre una vez, pero solo para decirme que vive lejos y que hablan por teléfono.

—Si te cuenta algo que yo debería saber, dímelo por favor.

—Por supuesto. Pero, de verdad, creo que no tienes nada de qué preocuparte.

—Bueno, todos hacemos lo mejor que podemos, y no me arrepiento de ninguna de las decisiones que su madre y yo tomamos.

Unos segundos después, sacó los gofres y puso uno en cada plato:

—El desayuno está listo.

—Esto es un auténtico festín. No recuerdo un desayuno tan abundante —dije mientras llevábamos los platos a la mesa.

—¿En serio?

—Siempre he comido avena: es barata y llena mucho. Para mi hermana y para mí, el almuerzo en el colegio era nuestra comida principal. Por la mañana, tomábamos un desayuno ligero en casa antes de que nuestra madre se fuera a trabajar… la pobre curraba los siete días de la semana.

—Vaya, debe haber sido muy duro para vosotras —dijo Duncan, que me acarició el antebrazo con el pulgar.

—Lo sé. Ese es otro de mis objetivos cuando empiece a ganar dinero: que mi madre no tenga que partirse el lomo trabajando.

Siempre se ha sacrificado mucho, pero ahora se está haciendo mayor y el cuerpo le pasa factura.

Intenta disimularlo, pero las rodillas y las caderas le molestan con el paso de los años.

En cuanto empiece en el bufete, voy a dejar a todo el mundo boquiabierto, y me abriré camino hasta llegar a ser socia, y mi madre y mi hermana no tendrán que preocuparse por nada.

—Estoy seguro de que lo vas a bordar.

—Dios mío, esto está buenísimo —comenté al probar la tostada de aguacate. No sabía qué tenía, aunque lo había visto prepararlo todo. Entonces pregunté—: ¿Por qué crees que lo voy a bordar?

—Porque tienes mucha determinación y garra.

—Eso es verdad, y no le hago ascos al trabajo.

Mucha gente se queja, pero estoy acostumbrada a las jornadas de doce horas desde que tenía dieciséis años, a veces, catorce.

Sinceramente, este es el periodo más relajado de mi vida.

Y el único motivo por el que no me he buscado un trabajo complementario es porque tú me pagas muy bien.

Y así, tengo energía para cuidar y atender a Jeremy.

Si tuviera otro trabajo extra, estaría muy cansada.

—Justamente por eso , ofrezco una buena paga. No quiero que la gente se queme.

—Lo tienes todo pensado, ¿verdad?

—Lo intento —asintió.

Una vez terminada la tostada con aguacate, pasé al gofre.

—Me encanta este desayuno —dije. Comí despacio, saboreando cada bocado.

Al cabo de unos minutos, me di cuenta de que Duncan miraba cómo comía.

—Me gusta verte tan feliz —comentó. Su consideración me hizo sentir especial.

—Ya ves, soy feliz con poco: un par de orgasmos y un desayuno increíble es más que suficiente —bromeé.

—Entonces es pan comido —respondió con una sonrisa.