Besos Prohibidos (Los Hermanos Sterling 2) Capítulo Dieciséis
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Capítulo Dieciséis

DUNCAN

Cogí su mano mientras conducía a toda velocidad de regreso a casa. Riley estaba tan inquieta que se bajó del coche en cuanto apagué el motor en el aparcamiento, y no me dio tiempo ni a abrirle la puerta.

Volví a abrazarla por los hombros de camino a la entrada, y ella apoyó la cabeza contra mi pecho.

Subimos en el ascensor sin decir una palabra. Cuando entramos en mi casa, se volvió hacia mí y dijo:

—Duncan, ¿crees que esto es buena idea? Creo que no lo he pensado bien. Jeremy…

—Jeremy está con mi madre —dije lentamente.

—Ah, se me había olvidado. —Cerró los ojos y respiró hondo—. Dios, estoy hecha un lío.

—Relájate, ¿vale? Todo está bien.

Acto seguido, sentí cómo bajaba la guardia y la tensión se disipaba de su cuerpo.

—¿Quieres algo de beber? —le ofrecí.

—Creo que una copa me vendría bien —asintió.

—Desde luego. —Le cogí la mano, nos acercamos a la cocina, y ella se sentó en un taburete—. ¿Qué te apetece? Puedo abrir una botella de vino.

—¿Tienes algo más fuerte?

—¿ Bourbon con hielo?

—Genial —dijo, apoyando la barbilla en una mano.

Serví mi mejor bourbon y le eché dos cubitos de hielo. Riley cogió el vaso con ambas manos y le dio un gran trago.

—No tan rápido —le aconsejé.

—Tienes razón. Ya siento cómo se me aflojan las piernas.

—Me alegro.

Me acerqué al otro lado de la isla y me quedé de pie junto a ella. Riley levantó la mirada, le acaricié la mejilla y suspiró:

—Gracias por haber estado conmigo esta noche.

—La verdad es que no he tenido que hacer nada… Te las has apañado muy bien, y le plantaste cara a ese tío de manera espectacular.

—Sí —tragó saliva con dificultad—, pero porque tú estabas allí. No sé cómo explicarlo… pero saber que estabas a mi lado fue como un chute de energía y coraje. ¿Tiene sentido?

—Sí, entiendo lo que quieres decir —confirmé.

—Estaba muy enfadada y asustada a la vez. Por un lado, me preocupaba que mi hermana estuviera herida y no me lo quisiera decir, y por otro, quería poner a ese imbécil en su sitio.

—Y lo hiciste muy bien. Estoy orgulloso de ti.

Rocé mis labios contra los suyos. Me moría por estar con ella y explorarla a fondo, pero primero tenía que allanar el camino.

Le quité el vaso de las manos, lo apoyé sobre la encimera y profundicé el beso.

Ella gimió contra mi boca, acercándose al borde del taburete y apretándose contra mi cuerpo.

Le separé los muslos y me coloqué entre sus piernas; necesitaba besarla y hacer que se volviera loca de placer.

La deseaba con cada fibra de mi ser y por completo: su presencia, su cuerpo, nuestra conexión.

Le recorrí el cuello hasta su escote, y cuando empecé a lamerle la piel de sus pechos Riley se volvió más salvaje. Puso su mano en mi nuca y me apretó contra ella, sacándome una sonrisa.

—Duncan… —suplicó.

Casi pierdo el control en ese mismo instante. Me incorporé y la miré a los ojos:

—Riley, si sigo besándote, ya no podré contenerme.

—No te contengas. Lo quiero todo contigo —afirmó.

—¿Estás segura? Has tenido una noche muy dura.

—Lo sé, pero eso no cambia nada. Estoy segura de lo que quiero.

—¿Y qué es? —volví a preguntarle. Necesitaba que lo dijera claramente.

—A ti. Te quiero a ti, Duncan.

Sus palabras me removieron por dentro. Esa noche iba a hacer que se olvidara de todo.

—¿Estás segura? —pregunté por última vez. Necesitaba que la respuesta fuera un sí rotundo y absoluto.

Se acercó para besarme de nuevo al tiempo que llevaba su mano a la cremallera de mis vaqueros y me acariciaba la polla.

Ni la gruesa tela de mis pantalones ni mi ropa interior lograron reprimir un gemido.

Esa era la confirmación que estaba buscando.

Sentir su mano sobre mi erección me puso a mil, y fue un pequeño adelanto del placer que estaba por venir.

Volví a besarle los labios y el cuello. Necesitaba quitarle la ropa, pero antes quería salir de la cocina; si llegaba a verla desnuda me la follaría allí mismo contra la encimera.

Riley se merecía otra cosa, así que la conduje al dormitorio.

También me llevé el vaso de whisky… se me había ocurrido una idea y quería probarla.

—Dime si cambias de opinión —insistí, para que tuviera la certeza de que su voluntad sería respetada.

Lo último que quería era que se sintiera presionada. Podía esperar unas semanas más, o al menos a otra ocasión en la que no estuviera tan abrumada por todo lo que había pasado.

—Duncan, te deseo. Nada va a cambiar eso.

La besé con fuerza, explorándola con la lengua.

Le subí el vestido hasta la cintura, recorrí sus largas y suaves piernas con los dedos.

Su piel era increíble, y estaba deseando besarla y lamerla, pero, por el momento, iba a seguir acariciándola.

Riley era puro fuego, y por eso mismo no le toqué el culo ni entre las piernas. Esperaría a que me suplicara por más.

Hice una mínima pausa para quitarle el vestido por la cabeza y vi que no llevaba sujetador. Sus pechos quedaron expuestos en todo su esplendor y, de repente, me puse tan duro que tuve que desabrocharme el botón de los vaqueros para aliviar la presión.

—Eres la chica más guapa que he conocido, ¿lo sabes? —dije, acariciándole un pecho y agachándome hasta quedar a su altura.

Me llevé el pezón a la boca y ella gritó mi nombre mientras le acariciaba el otro pecho con la palma.

Me encantaba lo fogosa y apasionada que era.

Me senté en el borde de la cama, y la coloqué entre mis piernas.

Sin dejar de lamerle el pecho, le recorrí la cara interna de los muslos y le acaricié la entrepierna por encima de las bragas.

Riley jadeó, balanceando las caderas hacia adelante y hacia atrás, frotándose contra mis dedos a su propio ritmo. Ya se había mojado pero quería que empapara las bragas por completo. Proseguí con mis caricias observando su precioso rostro.

En un momento dado, cogí un cubito de hielo del vaso de bourbon . Riley estaba tan centrada en frotarse contra mi mano que no se esperaría en absoluto mi jugada, y el placer sería más intenso.

Coloqué el cubito bajo su clavícula, y lo solté para que se deslizara hacia su ombligo. Riley gritó, retorciéndose aún más contra mi mano. Me llevé un pezón a la boca, y al segundo, empapó por completo su ropa interior.

Joder, sí. Era justo lo que pretendía: que estuviera completamente mojada antes de deslizarme dentro de ella.

Fui besando su cuerpo hacia abajo, deteniéndome en su ombligo hasta que me aparté unos centímetros.

—¡No! ¿Por qué? —protestó ella.

—Quiero ver tu coño.

El sonido de una rasgadura me indicó que le había bajado las bragas con demasiada ansia. No llegué a romperlas del todo pero seguro que tendrían un buen rasguño. Riley no pareció darse cuenta.

Ver su pubis completamente depilado me llevó al límite; no podía esperar un segundo más para hundir mi lengua en su interior. La senté en el borde de la cama y me arrodillé frente a ella:

—Quiero saborearte ahora mismo.

Presioné mi lengua contra su centro y su gemido fue tan gutural que supe que no aguantaría mucho. Se correría en cualquier momento.

Mientras se retorcía en la cama, me percaté de que aún llevaba puestos los vaqueros. Joder, ¿cómo no me he dado cuenta?

Me los bajé lo justo para liberar mi erección, y me concentré en Riley, que se balanceaba hacia adelante y hacia atrás sobre el colchón, con los muslos temblando. Estaba a punto de alcanzar el orgasmo. Qué orgulloso estaba por haberla llevado a ese punto tan rápido.

Alternaba lametones y caricias sobre su clítoris, al tiempo que introducía la lengua en su sexo. Quería darle a Riley todo lo que necesitaba: mis dedos, mi lengua, y parecía disfrutar de cada sensación.

Me di cuenta de que estaba a punto de correrse antes de que sus jadeos resonaran por toda habitación. Arrugó el entrecejo y abrió la boca como si estuviese sintiendo dolor… pero sabía que estaba desbordada de placer. Clavó las uñas en el colchón, y cuando elevó las caderas había llegado el momento.

Presioné la lengua contra su punto sensible y deslicé un dedo dentro de ella. Si pensaba que Riley era despampanante, ver cómo se corría en mi boca fue un espectáculo que nunca olvidaría.

Se mecía de forma tan salvaje que tuve que sujetarle los muslos con ambas manos para que terminara de correrse, estimulándole el clítoris sin tregua, hasta que sus gritos cesaron y el único sonido era su respiración entrecortada.

Nunca había sentido semejante satisfacción a pesar de estar más duro que una piedra. Cuando su respiración se normalizó, abrió los ojos.

—Te necesito, Riley.

—Yo también te necesito. Por favor.

—Tengo que ir a por un condón —dije.

Riley hizo presión con sus muslos sobre los lados de mi cabeza y preguntó:

—Oye, ¿te has hecho alguna analítica hace poco?

—Sí, y está todo bien.

—Vale, porque yo también estoy sana y además llevo un DIU. No necesitamos condón… a menos que tú quieras.

—Joder, claro que no. —Me puse de pie, apoyando una rodilla en el colchón—. ¿Estás segura de esto?

—Por favor, me muero por estar contigo.

El poco autocontrol que me quedaba me sirvió para bajarme los vaqueros y poder moverme con más libertad. Saqué una pierna de un tirón, y ni siquiera me molesté con la otra… me subí directamente a la cama.

Riley intentó desabrocharme los botones de la camisa.

Una vez más, escuché el sonido de una costura que se rasgaba, pero no me importó.

Logró desabrocharme hasta el ombligo justo cuando empecé a frotarle la punta de la polla arriba y abajo por su entrada.

Puso sus manos en mi culo, y bajó la mirada:

—¡La tienes enorme! —exclamó, casi sin aliento.

—Por eso quería que estuvieras completamente preparada y empapada para mí, Riley.

—Lo estoy… puedo con ella.

Me introduje unos centímetros y suspiré:

—Joder.

Qué puñeteramente apretada estaba. Me obligué a respirar hondo… no me esperaba estar tan al límite desde el primer momento.

—¿Puedo entrar un poco más? —pregunté con los dientes apretados.

—Sí, pero solo un poquito.

—Tranquila, Riley. Te prometo que jamás te haría daño.

—Lo sé —susurró.

Empujé otro centímetro y ella jadeó:

—¡Qué gozada! Quiero más.

La observé mientras me deslizaba con tanta lentitud que era una tortura. Pero estaba dispuesto a soportar el tormento con tal de no hacerle daño a esa increíble mujer. Todavía me quedaban unos centímetros por recorrer.

—¡Más! ¡Quiero más! Lo quiero todo.

Acto seguido, la penetré hasta el fondo. Su grito rasgó el aire, pero era de placer. No me moví durante casi un minuto para que se acostumbrara a mi tamaño, pero luego ya no pude contenerme más. Empecé a embestir con ritmo y ella se aferró a la almohada que tenía sobre la cabeza.

—¡Oooh!

No daba crédito a que estuviese a punto de llegar al orgasmo otra vez. No lo vi venir y cuando sus músculos internos se contrajeron a mi alrededor, estuve a punto de correrme.

Ver cómo sucumbía tan pronto al clímax por segunda vez fue sublime.

No iba a tener piedad con ella. Haría que se corriera hasta que no pudiera más. Mi propio orgasmo empezó a notarse, pero estaba decidido a llevarla al límite por tercera vez.

Cuando empezó a calmarse, cogí el hielo que quedaba en el vaso.

No era mucho, pero bastaba para lo que necesitaba.

Lo deslicé entre nuestros cuerpos. Riley tenía los ojos abiertos, sorprendida, mientras yo pegaba mi pecho al suyo.

La sensación de frío y calor era tan excitante que se le puso la piel de gallina.

Me impulsé sobre las rodillas y me llevé uno de sus tobillos al hombro. Le elevé el trasero para colocarle una almohada debajo, y cuando arremetí con fuerza gritó:

—¡Esto es impresionante!

Sentía cómo el orgasmo avanzaba por mi cuerpo, y sabiendo que no me quedaba mucho tiempo, le estimulé el clítoris lentamente con mis dedos. Estaba demasiado sensible, y no quería apretar con demasiada fuerza. Un momento después, Riley se corrió con la misma intensidad que la última vez.

Disfruté de su orgasmo, y cinco segundos después, mi propio clímax tomó el control. El placer empezó en mi polla, pero se extendió como la pólvora por todo mi cuerpo, haciéndome estallar.

Bajé la pierna que tenía sobre mi hombro y la embestí con salvaje abandono. Quería llegar hasta el final y me entregué con tanta fuerza que fui incapaz de ver ni escuchar nada.

Cuando recuperé el sentido, entendí todo lo que estaba sucediendo: cómo mi cuerpo se rendía al clímax —y a ella—.

Cómo Riley se entregaba sin reservas; me encantaba cómo cambiaba su rostro y los gemidos que emitía.

Seguí dentro de ella, incapaz de romper nuestra conexión hasta que quedé tan exhausto que me tumbé y le besé en el cuello.

Tenía la piel caliente y un sabor salado.

Unos minutos más tarde, nos aseamos rápidamente en el baño y volvimos a la cama.

—Me encanta este colchón —dijo—. Es blando pero firme a la vez.

—Sí, tiene una capa extra de viscoelástica —expliqué.

—Ya veo, es un colchón de lujo . Mejor que no me acostumbre a él —murmuró, con la voz cargada de sueño.

Se quedó dormida al instante, y me quedé un rato mirándola.

Quería decirle muchas cosas, pero ni de coña iba a despertarla.

Era la primera mujer que pasaba la noche en mi cama, y no me importaría que se acostumbrara.

Llevaba años negándome algo así a mí mismo, convencido de que no lo necesitaba, y joder, ¡qué bien me había sentado!

Pero no me valía con cualquiera.

Quería que fuese con Riley.